viernes, 30 de marzo de 2012

LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 3

"¿Que no están los barcos listos? ¿Que el corsario inglés ha robado uno de los navíos que tenían preparados para mí?" Gonzalo da Ronquillo gritaba y golpeaba el suelo con los pies, sus manos cogieron por el cuello de la camisa al oficial del puerto de Panamá que en voz muy baja se lamentaba de haber sido víctima de Drake. Don Diego separó a su primo del inocente soldado y le pidió que se tranquilizara.
Panamá era un pequeño pueblo en comparación con Cartagena, las poblaciones de la parte oriental de América eran muy jóvenes y carecían de todo.
- No sé cómo disculparme por este problema - decía el gobernador de Panamá a su invitado que refunfuñaba en una silla de la casa de madera que cumplía las funciones de residencia oficial. - Nadie podía esperar que el corsario Drake pudiera atravesar el Estrecho de Magallanes y subir por el Mar del Sur. Es muy inteligente y peligroso.
    El gobernador temía la reacción de Ronquillo cuando le dijera lo peor, por eso dilataba el momento.
    - De todas formas, lo capturaremos muy pronto. Sabemos que ha perdido a muchos de sus hombres en el Estrecho, al menos cuatro barcos y otro grande se hundió en la costa de Perú. Pero es muy listo y con un solo navío ha seguido subiendo y robando en todas las poblaciones que ha encontrado a su paso hasta que llegó a nuestra altura y se topó con el barco que venía a Panamá para esperarles. Lo asaltó en el mar y cogió a uno de los pilotos... y las cartas de mar y del virrey de Nueva España que mandaba instrucciones para usted…
      El gobernador espiaba el semblante de don Gonzalo mientras decía esto último, pero Ronquillo estaba demasiado desmoralizado para captar lo que quería sugerirle.
      - Sin embargo, no creo que hayan cogido el derrotero de Filipinas, el camino es muy largo... Claro que ahora conocen la ruta.
        Esperó un poco mas, a ver si su invitado reaccionaba y se daba cuenta del peligro y los problemas que podían surgir ahora que el peligroso pirata conocía el camino de los españoles hacia las nuevas tierras de Filipinas. El silencio de don Gonzalo era pertinaz. ¿Qué podía ocurrir si al pirata le daba por interceptar los barcos cargados de mercancías que hacían la ruta entre América y Filipinas? Como no había respuesta prosiguió hablando.

        - Han salido desde Perú dos navíos con sus bergantines y soldados para cortar la retirada de Drake y estudiar las posibilidades de fortificación del Estrecho. Ahora es invierno y no pueden regresar a Inglaterra. Van muy cargados, sabemos que tienen municiones y provisiones en abundancia. Hace poco hemos recibido la mala noticia de que asaltaron Guatulco. Los soldados no supieron reaccionar y los corsarios se hicieron los dueños de la ciudad. Tenemos muchos problemas porque hasta esta parte no llega la artillería pesada, es casi imposible atravesar la selva cargados con cañones y piezas gruesas; las municiones escasean... Pues, lo que le iba diciendo, para que usted comprenda la crueldad de esos demonios, entraron en la iglesia de Guatulco y la emprendieron a cuchilladas con el crucifijo. ¡Un crucifijo! Prendieron al clérigo y a dos españoles, los desnudaron y obligaron a recorrer las calles mientras les pinchaban con los puñales y machetes. No mataron a nadie. Saquearon la ciudad aunque ellos tienen ya de todo. Riéndose marcharon, y avisaron que se fueran preparando nuestros hermanos de Acapulco.

            Don Gonzalo era consciente de las carencias de la zona y la situación límite que había ocasionado el pirata. Todos tenían su parecer sobre las intenciones de Drake, las cartas viajaban entre México, Panamá, Perú, Guatemala y Nicaragua llevando ideas sobre la mejor manera de cortar su retirada. En México se abogaba por avisar a Filipinas para que se fortificaran por si a Drake, que tenía las cartas de navegación, se le ocurría buscar una salida por la llamada navegación de los portugueses. En Perú defendían la tesis de mandar expertos que estudiaran el Estrecho de Magallanes y vieran la efectividad de fortificarlo. La audiencia de Guatemala dio un aviso y se acuerda enviar a doscientos hombres en persecución del inglés. Todos están de acuerdo en que la mejor defensa del Estrecho son las galeras. Las múltiples tesis se resumen en el informe que Juan Bautista Gessio preparó para Felipe II, fechado el 27 de agosto de 1.579.

        jueves, 29 de marzo de 2012

        LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 2

        Conversaciones como ésta se repetían sin cesar. En los cincuenta días que la expedición tuvo que permanecer en Cartagena preparando lo necesario para proseguir el camino hasta Panamá desertaron cien hombres. Don Gonzalo de Ronquillo llegó a amenazar al gobernador, Pedro Fernández de Burgos, por no ordenar la búsqueda y captura de los prófugos.
        -  No, señor Ronquillo. La seguridad de este puerto me importa más que cien desarrapados que no van a durar vivos en la selva ni una semana. Con la protección que les presto a ustedes hasta Tierra Firme ya dejo bastante indefensa la ciudad. Puede amenazarme y escribir, si quiere, al Consejo de Indias y al mismísimo Rey de España, yo tengo una tarea encomendada y nada me hará incumplir mis deberes buscando fugitivos.
          Don Gonzalo estaba indignado, la tarea de encontrar indios que acarrearan las mercancías, mulas "me piden hasta veinte ducados por mula, un robo", el tiempo que iba empeorando, "va a llegar la época de las lluvias y los caminos serán impracticables", y los hombres que se esfumaban como por arte de magia, "si seguimos aquí mucho tiempo, Diego, nos quedamos solos", todos estos pensamientos lo sumieron en una profunda desesperación. El camino hasta Nombre de Dios no mejoró los ánimos de Ronquillo, la marcha era lenta. Atravesaron selvas bajo intensos aguaceros que hacían resbaladizo el terreno cubierto de hojas; las mulas y porteadores caían llenos de barro. Los colonos entorpecían la marcha, nada acostumbrados al clima, al agua contaminada y a las picaduras de los insectos comenzaron a enfermar. "¿Cuántos han muerto ya?" preguntaba Gonzalo al sargento mayor Esteban. "Cincuenta, señor y hay muchos muy malos". A pesar de la fiebre seguían escalando lomas, cortando ramas y lianas. Dormían calados hasta los huesos. "Me duele el hombro" se quejaba Aquilino, resentida su herida con la humedad.
          Cruzaron Nombre de Dios, en la costa del Caribe, y al otro lado del istmo, en octubre, alcanzaron a ver las casas de Panamá. Ochenta pobladores habían muerto en el camino, otros tantos esperaban el momento de contemplar la civilización para seguir el ejemplo de sus compañeros en Cartagena y desertar.

          miércoles, 28 de marzo de 2012

          LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA

          Los meses transcurrían despacio en los barcos que iban a Tierra Firme, nombre que se le daba al territorio que comprendía Venezuela, el istmo de Panamá y parte de Colombia. El cansancio de los pasajeros y la impaciencia por llegar al primer destino provocaron algunos alborotos en las naves que llevaban a los pobladores. Peleas por juego, por borracheras. Broncas sin sentido provocadas por hombres acostumbrados a los espacios ilimitados de la Mancha o a los verdes olivares de Andalucía. Sus espíritus libres se sentían aprisionados entre las maderas de los navíos, muchos no habían podido superar el miedo que el naufragio de Sanlúcar les había provocado. Si una ola más alta que otra meneaba los barcos se oían gritos de pánico que suplicaban "otra vez no, por favor". Cuando en pleno verano español, la flota dobló por la Isla de la Española, un velero rápido que estaba esperando salió del Puerto de Santa Catalina en pos de la Capitana. Un oficial con un mensaje del virrey de Tierra Firme y varias cartas de Nueva España subió al puesto de mando para hablar con el capitán.
          - Se nos recomienda- dijo el capitán Maldonado- que cambiemos de nuevo el rumbo y vayamos prestos al puerto de Cartagena. Al parecer un corsario inglés, conocido como Francisco Drake, anda huido por esta zona después de haber asaltado varios puertos y debido a nuestra débil posición, sin grandes barcos ni munición con que defendernos, consideran que es más seguro recalar en Cartagena y seguir por tierra hasta Panamá. No es una orden categórica pero, después de tantos descalabros, no puedo arrastrar a la flota que tengo a mi mando a más peligros. Si hubiera una confrontación con los corsarios ingleses no tendríamos posibilidad alguna de salir victoriosos.
            El puerto de Cartagena no se había salvado de los demoledores efectos del ataque de los ingleses. Los pasajeros de la flota bajaron a tierra entre apresurados indios que acarreaban lo necesario para fortificar la zona. La ciudad era un desbarajuste desde que varios meses antes hubiera despertado por el fuego del temible enemigo. Ni una casa se ocultó a los expertos ojos de los piratas. Sin embargo, la valentía de los soldados había ocasionado muchas bajas y la ciudad no estaba arrasada. Don Gonzalo y su séquito fueron acomodados en una bonita residencia de frondosos patios muy cerca de la plaza mayor de Cartagena. El olor de las flores inundaba estancias que tenían grandes balcones de madera con flores colgando. "Parece Sevilla" decía Aquilino al penetrar por la calle donde estaba situada su nueva residencia, una larga y populosa travesía que comenzaba en la plaza y descubría en el otro extremo el azul intenso de la bahía. Enojado por el nuevo retraso, Don Gonzalo no podía apreciar las maravillas de su alojamiento.
            Cuatrocientos soldados e igual número de pobladores se perdieron por las ajetreadas calles en busca de tabernas donde refrescarse del calor pegajoso y donde estirar las piernas que seguían más abiertas que de costumbre para evitar caerse, como si aún siguieran en alta mar. Los hombres, con unas cuantas copas de ron, se reían unos de otros al verse andar de lado. La ciudad los acogió con alegría y todos querían contarles las excelencias de la tierra, la calidez de sus mujeres, los desastres de los corsarios. Muchos de los que tenían licencia para Filipinas comenzaron a pensar que, después de tantos problemas, sería temerario continuar; cuando se enteraron de los meses que todavía faltaban para llegar a su destino, sus fuerzas flaquearon.
            - A mí no me mete nadie en un barco. Nunca jamás.

            - Aquí, dicen, hay trabajo. No voy a tentar a la suerte subiéndome de nuevo en uno de esos cascarones.
              Yo me marcho esta misma noche hacia el interior. Cuentan que en la selva nadie te encuentra. Cuando se hayan marchado, regresaré. ¿Quién se viene conmigo?

              martes, 27 de marzo de 2012

              EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 6

              El conbun volvió a llamarlos a la mañana siguiente y pidió que entregaran lo que llevaban encima. Tocó las cruces y los rosarios y los mandó al tesorero al que había dado órdenes para que los despachara. El tesorero se sintió intrigado por la figura de la cruz y preguntó qué era. Los semblantes se iluminaran, Alfaro con la voz entrecortada por la emoción explicó que era Jesucristo, el Hijo de Dios, que había venido al mundo y muerto para salvar a los hombres, que su palabra era única y verdadera y ellos los apóstoles encargados de transmitirla. Simón rehizo la contestación y dijo que era un soldado castellano al que los japoneses habían martirizado por negarse a dar información de las tropas. El tesorero hizo un gesto con la cabeza de comprensión, los japoneses eran antiguos enemigos de los chinos.
              Dos días después llegó la contestación del conbun que les permitía utilizar una casa en Cantón hasta que se marcharan con los portugueses, adjuntaba algo de dinero para el viaje. La alegría de Alfaro y sus compañeros era inmensa.
              - Repítelo de nuevo, Simón. Nos han dado una casa para que podamos empezar nuestra labor, para que nos quedemos a vivir aquí.- El Padre Lucarelli abrazaba sin pudor al intérprete. - Tenía razón, Padre Alfaro, conseguiremos que estos hombres abracen nuestra fe. ¿Se fijó en la cara del tesorero cuando escuchó quién era Jesucristo? Dentro de poco, en vez de esos templos lacados en rojo, habrá luminosas iglesias con imágenes de la Virgen. Escribiremos a Su Majestad para que mande hermanos de todas las Órdenes. . .
              Imaginando las posibilidades que se les abrían hicieron el viaje de regreso a Cantón. El único que no disfrutó con los arrozales y los extensos campos fue Fray Sebastián de Baeza, la fiebre lo consumía y en cuanto llegó a la fragata se tumbó en el catre sin fuerzas. Sus compañeros fueron inmediatamente a ver la casa que iba a ser su hogar. La alegría se trastocó en estupor cuando estuvieron delante de la ruinosa edificación que habían dispuesto para ellos. Las ratas corrían entre los escombros de algunas paredes derrumbadas, la madera de puertas y ventanas estaba carcomida. No se explicaban cómo el virrey, que se había mostrado tan amable, les cedía una choza.
              - Una choza no, una cuadra. Las vacas que tenía mi padre vivían mejor - dijo el soldado Villarroel.
                Los Padres Alfaro y Lucarelli interrogaron a Simón.
                - ¿No habrá entendido mal y es otra casa?
                  Simón se encogía de hombros vigilado de cerca por Juanico. El mudo había visitado Cantón mientras los castellanos viajaban a Xauquin. Los comentarios que escucharon sobre Simón, su mala fama, los motivos por los que tuvo que escapar de Macao lo alarmaron y dedicó dos mañanas a investigar sobre el verdadero estado de los asuntos de los franciscanos. Supo que les iban a dar licencia para unos pocos meses, comprendió el engaño. Juanico sabía que había llegado el momento de hablar aunque temía las reacciones de los españoles cuando supieran lo que había pasado.
                  En el camino de vuelta a la fragata, se acercó a Alfaro y pidió que lo escuchara en confesión. Alfaro contento de ver que el converso hablaba se rezagó y sentados en un tronco dieron paso al sacramento.
                  - Me acuso, Padre, de haber sido débil. De haber callado por temor y ser cómplice de un engaño.
                    Acallada su conciencia le expuso al asombrado franciscano la verdadera calaña de Simón y sus negocios. Esa misma noche, en el camarote, se desarrolló la siguiente escena:
                    - Ya os he contado lo que me ha dicho Juanico. Como vistéis, esta tarde he mantenido una larga conversación con Simón. Al principio lo negó todo, después no le ha quedado otro remedio y ha confesado. Se ha exculpado asegurando que si hubiera expuesto a los oficiales del Emperador nuestras pretensiones, nos habrían cortado la cabeza. La única posibilidad que tenemos de momento para quedarnos en China es aceptar la invitación de nuestros hermanos de Macao.

                    - Antes me dejo cortar en trocitos que ir con los portugueses –gritó el capitán Díaz Pardo.

                    - Yo pienso igual. Ya hemos desafiado demasiado a Su Majestad el Rey de España al venir a esta Jornada sin licencia, huyendo como ladrones, para ir a estrechar la mano de nuestros enemigos y aparecer ante ellos como perros sin rabo - apuntó el alférez Francisco Dueñas.

                    - Comprendo bien vuestras razones. No os puedo obligar a proseguir, además considero conveniente que algunos vuelvan a Manila para dar cuenta de todos nuestros infortunios y explicar lo falsos que son los chinos.

                    - Yo, lo siento, Padre Alfaro, pero en mis condiciones, sin poder andar, continuar hasta Macao sólo podría causarles inconvenientes. Desearía volver a Filipinas - dijo Fray Sebastián de Baeza como en un suspiro, extenuado por el esfuerzo de hablar. Sus pulmones emitían preocupantes sonidos.

                    - Por supuesto que podrá regresar, Fray Sebastián, ya le he pedido demasiado. Yo, sin embargo, pueden tacharme de loco, pero no voy a retroceder. Aceptaré el auxilio que nos ofrecen nuestros vecinos. El obispo y el clérigo Andrés Couthino me han contado en sus cartas la necesidad de religiosos que tienen e iré a ayudarles.

                    - Yo iré con usted- dijo Lucarelli. - Quiero fundar la Orden de San Francisco en esta tierra y nada me detendrá cuando estamos tan cerca del final. Además deseo aprender su extraña lengua para que nunca vuelva a pasar lo que hoy hemos sabido.
                      El soldado Villarroel, temeroso de volver a Filipinas después de haber abandonado su puesto y regresar sin gloria ni fortuna, decidió que continuaría con los frailes hasta que viera una salida más honorífica a su escapada ( *). Fray Agustín de Tordesillas, el único que no se había pronunciado, concluyó que haría lo que se le ordenase.

                      El Padre Alfaro escribió al obispo de Macao y a Andrés Couthino pidiendo limosna para los dos viajes. Alfaro entregó al capitán el segundo, y último, cáliz para que lo vendiese. La fragata estaba en muy malas condiciones, no soportaría el largo viaje, los que se dirigían a Manila tendrían que ir por tierra hasta Chicheo y allí negociar con los mercaderes que hacían la ruta de Luzón. Los castellanos ya no se fiaban de nadie.
                      Los preparativos para la visita del Virrey a Cantón entorpecieron las gestiones de los españoles. Fray Sebastián de Baeza no pudo resistir más y tras una lenta agonía que duró cuatro días murió. Fray Agustín de Tordesillas quedó encargado de llevar su cuerpo y darle cristiana sepultura en Manila. El virrey, enterado de la precipitada marcha de los extranjeros y de sus planes, les entregó, en un rasgo de buena voluntad, monedas de plata para cinco días a los que iban a Macao y las suficientes, para cuarenta días, a los que regresaban a Filipinas.
                      * NOTA DE LA AUTORA- Según los escritos de la época y los distintos historiadores no queda muy claro si Pedro de Villarroel vuelve a Manila con sus compañeros o prosigue hasta Macao. Si tomamos, como referencia, la carta que Alfaro envía al guardián del Convento de Manila, Fray Juan de Ayora, el 13 de noviembre de 1.579, en la que ruega tome bajo su protección al capitán Díaz Pardo y al alférez Dueñas, cabe suponer que Villarroel sigue con ellos en Macao.

                      lunes, 26 de marzo de 2012

                      EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 5

                      Los días pasaban y la comida escaseaba. El Padre Alfaro temía por la salud de Fray Sebastián de Baeza que adelgazaba sin remedio. Los franciscanos estaban acostumbrados a comer muy poco, nunca probaban la carne, su dieta se reducía a un poco de verdura y fruta. Sus cuerpos hacía tiempo que no se rebelaban por la abstinencia. Sin embargo, Alfaro sufría al comprobar los tormentos que el hambre producía en los jóvenes estómagos de Dueñas y Villarroel y en los marineros. El capitán Díaz Pardo soportaba los rigores del forzado ayuno sin pronunciar una queja. El Prelado, compadecido, decidió que saldrían a mendigar por los arrabales de la ciudad. Los extranjeros eran muy populares, los cantoneses conocían las penurias que habían vivido y les tenían lástima por estar tan lejos de su tierra. Cuando los vieron con la mano alzada en las calles más pobres, se volcaron para ayudarles. Al depositar las monedas en sus manos, sonreían y ofrecían palabras de consuelo. Por el contrario la acción molestó a las autoridades. Para que no se movieran de la nave mandaban viandas todos los días. Las caras de los soldados y marineros se alegraron con el olor del pollo y las especias.
                      La noticia de que el virrey de Xauquin quería verlos sin demora provocó una auténtica revolución en la fragata. Excepto Juanico y los marineros, todos se dispusieron para el corto viaje hasta la capital de la provincia. Alfaro creía soñar cuando entró en el monasterio bonzo donde se alojaron. Como el Padre Rada. Ya estamos más cerca de nuestro objetivo pensaba esperanzado.
                      El palacio del virrey era muy grande, el Prelado franciscano creía hallarse en el cuerpo de Rada, recordaba cada una de las palabras que había escrito el agustino y coincidía en que el Reino de China era mucho más rico que el de España. Las porcelanas, las figuras de marfil, los muebles finamente tallados de las estancias que iban cruzando provocaban exclamaciones de asombro entre sus compañeros. Al fin llegaron a la sala de audiencias, una habitación gigantesca con un pequeño trono elevado del suelo. Los soldados de la sala los obligaron a arrodillarse y dijeron unas palabras que Simón tradujo azorado: No pueden mirar a la cara al conbun. No pueden preguntar nada, sólo contestar cuando el virrey les hable.
                      La indignación prendió en los españoles. Alfaro también consideraba humillante tener que postrarse ante un hombre pero calmó a sus amigos convenciéndoles de que muchas cosas dependían de esa entrevista. "No podemos abandonar esta importante empresa por un estúpido orgullo". Sintió una mano que empujaba su cabeza hacia el suelo, la puerta se estaba abriendo, el conbun se acercaba al estrado, podía ver los pies tapados por medias y enfundados en sandalias. El traje era de seda amarilla bordada con pájaros. Desde su postura no alcanzaba a verle la cara, intentó levantar la vista pero la mano de hierro se lo impidió. La voz del virrey era estridente, la habitación vacía producía un leve eco. Preguntó de qué tierra eran, contestó Alfaro que de Castila, tradujo Simón que de Castilla. Preguntó el virrey que a qué iban a China, contestó Alfaro que iban a predicar la ley de Dios y su Evangelio, tradujo Simón que habían llegado tras un lamentable naufragio y que esperaban a la nave portuguesa que comerciaba en la zona para no viajar solos. Preguntó el conbun qué mercancías traían, contestó Alfaro que ninguna, tradujo Simón que ninguna. Tras el breve interrogatorio el virrey abandonó la sala.
                      - Los monjes chinos comen menos que ustedes - bromeó el alférez Dueñas con los frailes tras salir de la entrevista, una vez regresaron al monasterio donde se alojaban. - Menos mal que en Cantón comemos muy bien últimamente.

                      - ¿Qué pensáis, hermanos? -preguntó Alfaro masticando una zanahoria.

                      - Yo creo que si todavía estamos aquí, es que todo marcha bien. Son lentos pero ya sabíamos que el Reino de China está mucho más organizado que el de Castilla. Nadie se mueve sin haber recibido una orden de su superior y además todos tienen algún superior. Usted mismo me habló de lo que había escrito el Padre Rada y que precisamente tuvieron que abandonar Chincheo porque la respuesta del Emperador podía tardar seis meses. Nadie ha hablado de momento del Emperador y aunque nos ha costado un poco llegar al virrey, éste nos ha recibido. Yo estoy bastante esperanzado- dijo el capitán Díaz Pardo mirando con resignación su plato de sopa.
                        Simón comía sin hablar, escuchaba y reflexionaba sobre el momento más propicio para abandonar a los españoles. En algún momento se darían cuenta de que la licencia no era permanente y no quería estar presente cuando los soldados los echasen por la fuerza del país. Todavía le quedaban un par de meses para sacar algo más de valor pero después debía desaparecer.

                        sábado, 24 de marzo de 2012

                        EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 4

                        Tres horas después los condujeron ante el mandarín de Cantón. Cansados y sucios explicaron a aquel hombre de largos bigotes que eran personas de bien. “Somos de Castilla, establecidos en la cercana Isla de Luzón. Venimos a solicitar su permiso para predicar en su Reino la Palabra de Dios; la única y verdadera. Nuestra misión es de paz y amistad”. Simón temía que si traducía lo que los frailes habían dicho les cortarían a todos, incluido a él, la cabeza, así que dijo al mandarín que eran monjes, como los de China, que yendo de Luzón a otra tierra habían sido envueltos por una tormenta y la nao había zozobrado muriendo toda la tripulación excepto ellos y cuatro indios que estaban en el río. Preguntó el mandarín si traían armas, oro y plata. Simón, siguiendo las palabras de Alfara, lo negó. El representante del Emperador creyó la versión de Simón al observar los hábitos pardos de los monjes que contrastaban con las sedas de su vestido y se compadeció de los náufragos. Dijo que comprobaría, no obstante, la veracidad del relato registrando la nave. Los soldados no hallaron nada sospechoso en el registro y el mandarín les prohibió abandonar la fragata hasta que no recibieran noticias suyas.
                        Simón los visitaba cada mañana y agradecía con humildad las muestras de simpatía de los españoles. Juanico seguía mudo. Aunque tenía muchos remordimientos por el aprieto en que había metido a sus amigos, se sentía aliviado de que fuera otro quien tratara con las autoridades. Le asombró la traducción que Simón había hecho pero él también sabía que decir la verdad sólo podría costarles la vida. El pérfido intérprete era hombre meticuloso, pasados dos días, notando que los frailes confiaban en él, pidió dinero para pagar a algunos funcionarios que, dijo, estaban trabajando para conseguir la licencia que les permitiera quedarse en China por tiempo indefinido. Alfaro le explicó que no tenían dinero. Simón replicó que los funcionarios eran gente de mala fe y, sin oro, nunca pondrían los sellos en la ansiada cédula. Su gesto desesperanzado convenció a Alfaro que acabó entregándole uno de los dos cálices que tenían. Simón, muy astuto, protestó alegando que eso era demasiado importante y además no estaba seguro de poder empeñarlo. Alfaro insistió y el intérprete lo cogió prometiendo que haría lo que pudiera. El chino no se molestó en empeñarlo, lo fundió rápidamente y guardó en su habitación el dinero obtenido. Estaba eufórico por lo sencillo que resultaba engañar a los castellanos, hasta Juanico lo miraba con adoración. No contento con el cáliz, a los pocos días volvió a solicitar más dinero. El Padre Alfaro se negó.
                        -         No puedo, ya te he entregado un cáliz.
                        Alfaro estaba desolado, los oficiales del Emperador habían ido tres veces más a registrar la fragata. Todos los días, acompañado de Simón, visitaba a algún funcionario, algún juez para pedir que agilizaran los trámites de la licencia. Simón lo mantenía engañado: el franciscano sabía que los extranjeros no podían vivir en el Reino de China pero el chino le hacía creer que con un poco de tiempo y dinero, el virrey aceptaría que ellos se quedaran en Cantón.
                        -         Lo único que se me ocurre es escribir a nuestros hermanos de Macao solicitando limosna. He recibido dos misivas invitándonos a ir a la ciudad, las trajo hace unos días un mercader.
                        Alfaro escribió dos cartas: una para el obispo de Macao y otra para el clérigo Andrés Couthino solicitando limosna para rescatar el cáliz y pagar al intérprete. Los portugueses estaban enterados de la llegada de los franciscanos, el comercio entre las dos poblaciones era continuo y dos días después del encarcelamiento la noticia había llegado al territorio portugués. Un cisma se produjo en la población entre los que se alegraban de la llegada de religiosos aunque fueran españoles y los que no se fiaban y lanzaban amenazas acusándolos de espías. El obispo y el clérigo Andrés Couthino estaban entre los primeros, sólo vieron más manos para continuar la labor misionera. En Macao se amontonaban los árboles talados en espera de brazos que levantaran iglesias. Sus continuos ruegos a Lisboa para que enviaran nuevos misioneros se veían entorpecidos por uno de los objetivos de la Compañía de Jesús, el principal en aquella época, la conquista de Japón. Ambos se alegraron con la proximidad de los castellanos y enviaron sin tardanza sendas cartas de presentación poniéndose a las órdenes de Alfaro para lo que necesitara e invitándolos a que se establecieran en Macao.
                        Simón buscó un mensajero y en cinco días estaba de vuelta con el dinero solicitado y una sorpresa, una carta de un español afincado en la ciudad portuguesa, llamado Pedro Quintero, que les suplicaba que aceptaran la invitación del obispo y marcharan cuanto antes para Macao. Los ojos le brillaban a Simón cuando Alfaro puso en sus manos el dinero. Su codicia, sin embargo, era insaciable.
                        El mandarín los llamó una tarde para comunicarles que el virrey había ordenado que los tratara bien y les proveyera de lo necesario para proseguir su viaje pues era imposible que permanecieran en China. Simón vio peligrar su sustento y tradujo lo que le interesó, silenció la parte que trataba de la marcha forzada del reino, y suplicó al mandarín que prorrogara su clemencia unos meses mientras los extranjeros arreglaban el barco y esperaban mejores vientos y así, de paso, para no regresar solos se unirían a la nave portuguesa que todos los años tocaba las aguas de Cantón. El mandatario sangley comprendió la angustia de los náufragos y prometió escribir al virrey para que les concediera una casa donde pasar los cuatro meses que faltaban hasta que arribara la nao portuguesa.

                        viernes, 23 de marzo de 2012

                        EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 3

                        Una gruesa pared de piedra rodeaba todas las edificaciones. Desde el río espiaron el trajín de los habitantes, las barcas cargadas de fruta y pescados, los hombres y las mujeres de tierra que iban y venían muy atareados alrededor del muro. Los tejados suavemente curvados asomaban por encima de él. Durante varias horas esperaron en el río para ver si alguien adivinaba quiénes eran y de dónde venían. Nadie les molestó. Aburridos y tranquilizados llamaron a gritos a una pequeña embarcación cargada de fruta, Juanico les habló y los ayudaron a llegar hasta la orilla. Como iba muy cargada fueron necesarios tres viajes para llevar a los cuatro religiosos, los tres soldados y Juanico hasta la hierba que bordeaba la muralla. El converso preguntó y se enteraron que estaban muy alejados de su destino, a cien leguas, que habían llegado a una ciudad llamada Río Cantón. Todos juntos en la orilla entonaron con devoción el Te Deum Laudamos. Los hombres que andaban por la zona miraron con curiosidad al grupo de extranjeros que hablaba en alto arrodillados en el suelo. Poco a poco, entre risas y codazos, los rodearon tocando sus hábitos y las armaduras de los soldados. Juanico se encogía nervioso y asustado. Mientras estuvo en Filipinas, había olvidado lo crueles que eran los oficiales de su país. Sabía que sin licencia no podrían dar un paso por China, recordó la prohibición expresa del Emperador de admitir en su Reino a ningún extraño. Habría interrogatorios y prisión por osar desafiar sus leyes. Empujado por la multitud que los llevaba casi en volandas hacia la puerta principal de la ciudad vio, como en una pesadilla, aparecer a dos soldados que se abrían paso a manotazos hasta el pintoresco grupo. No habían dado ni treinta pasos desde que cruzaron las puertas de madera decoradas con metal dorado cuando los dos soldados les dieron el alto. Juanico enardecido por su nueva pasión cristiana no había sopesado los peligros de su aventura y fue en el barco cuando despertó de su místico sueño, pero ya era demasiado tarde, no podía escapar; ahora el pánico a la cárcel, donde habían muerto su padre y un hermano, lo enmudeció. Los vigilantes interrogaban a los visitantes y los españoles miraban a Juanico esperando su traducción pero el converso sólo oía un zumbido en su cabeza. Los ojos desorbitados, la tez blanca, el sudor frío corriéndole por la espalda. El capitán Díaz Pardo lo zarandeó ordenándole que descifrara el extraño lenguaje, los centinelas se impacientaban. Juanico abría la boca aspirando ruidosamente aire pero no conseguía articular palabra. Los soldados del Emperador, impertérritos ante las súplicas de los religiosos, los detuvieron y escoltaron hasta una húmeda celda de la prisión de Cantón.
                        El capitán Díaz Pardo gritaba y amenazaba a Juanico quien se tapaba la cara llorando en un rincón. Los Padres Alfaro y Lucarelli sujetaron al encolerizado soldado que había comenzado a golpear al converso.
                        - No lo asuste más, capitán. Si lo sigue golpeando, no hablará nunca. Debemos dejar que se calme para que pueda recuperar el habla. Tenemos un verdadero problema y él es el único que puede ayudarnos. Si estuviera aquí Fray Esteban...
                          La noticia de la detención se extendió por la ciudad. No había hombre o mujer que no jurara que él había asistido a la detención o que no dijera que los había visto cantando en la orilla del río. Simón, un sangley que había vivido en Macao y había aprendido allí el portugués, oyó la historia de boca del dueño del bar donde pasaba la mayor parte del día. Sonrió al comprender por las descripciones que eran frailes, como los que paseaban por Macao; pensó que eran portugueses. Frailes sin armas pero con cruces y copas de oro, plata y piedras preciosas a las que eran tan aficionados. Eran gente de paz, había conocido a muchos, fáciles de engañar. Frotándose las manos se fue a la posada donde vivía, rescató unos viejos pantalones como los que usaban los portugueses y una camisa. Tenía que convencerlos de que era cristiano, que en Macao había abrazado la religión que predicaban y que sólo deseaba ayudarles. No sería complicado, siempre y cuando el chino que los acompañaba y que por la historia que le habían contado era mudo, no descubriera sus verdaderas intenciones. Si esto llegaba a suceder, ya se encargaría de él. Esperaría a la mañana siguiente, después de una noche en la cárcel estarían más desanimados.
                          Con gesto humilde se acercó a los barrotes de la celda donde estaba apoyado Fray Agustín de Tordesillas. El Padre Alfaro se inclinaba ante Fray Sebastián de Baeza que tenía mareos y la temperatura muy alta. Juanico dormitaba en el suelo. El Padre Lucarelli y los soldados hablaban muy quedo en un rincón. Las palabras portuguesas de saludo les sonaron a música celestial. Se agolparon en la reja mientras Simón se presentaba y les ofrecía sus servicios como intérprete. Como cristiano que era no podía permitir que sus hermanos sufrieran en prisión. Sus ojos miraban hacia abajo y dando la espalda al vigilante hizo sobre su frente la señal de la cruz.
                          - Simón, ha sido usted enviado del cielo. Una vez más, Nuestra Señora de los Ángeles no nos ha abandonado - proclamó triunfante el Padre Alfaro. - ¿Dónde ha aprendido portugués?
                            Simón tardó unos instantes en comprender al fraile que le hablaba, sus palabras aunque muy parecidas no sonaban como el idioma que él había aprendido; no obstante, podían entenderse. El falso cristiano explicó que Macao, donde vivían los portugueses, estaba a dos jornadas de Cantón y que él había vivido en esa población diez años. Les preguntó su procedencia y torció el gesto al comprobar que se había equivocado y los cautivos eran de los famosos Castilla tan odiados por los portugueses. No se arredró ante el fallo y prometió que los sacaría de allí.

                            jueves, 22 de marzo de 2012

                            EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 2

                            La primera tentativa para salir de la barra de Vigan fue infructuosa, las olas barrían y zarandeaban a La Justicia que oscilaba como un barquito de papel. Fray Esteban Ortiz rezaba temblando en el camarote mientras los demás procuraban serenarlo. Ese mismo día lo intentaron dos veces más con idénticos resultados. Los marineros suplicaron al Padre Alfaro que abandonase su idea hasta que hubiera una mejoría, pero el Prelado no escuchó sus lamentos. El día 13 de junio amaneció más negro que el anterior, los vientos levantaban olas que ascendían el barco para dejarlo caer pesadamente envuelto en agua. La tripulación no podía gobernar la nave. Todos, excepto Fray Esteban, ayudaron a los marineros. En una de las embestidas estuvieron a punto de naufragar; asustados regresaron a la orilla y Fray Esteban, histérico, se negó a proseguir. Su deserción causó un gran desconsuelo al ser el único de los hermanos que conocía la lengua china. Mucho tuvieron que arrepentirse de su deserción poco después.
                            El 14 de junio, Día de la Santísima Trinidad, los vientos se calmaron y el mar ofrecía una tranquilidad propicia para iniciar la marcha. Sin problemas esta vez atravesaron la barra y en un islote cercano, Alfaro desembarcó a la mayor parte de la tripulación dejando proseguir el viaje sólo a cuatro filipinos. Fray Esteban se había quedado en Vigan con órdenes de esperar y acompañar al capitán Carrión cuando llegara. "Al final no he mentido tanto. El capitán cuenta con un religioso como prometí a Sande" ironizó Alfaro guiñando un ojo a Lucarelli. Pasaron la noche en la isleta, el temporal arreció; a pesar de ello, al alba pusieron rumbo a Chicheo. Remolinos de viento los empujaban sin concierto, los cuatro marineros no conseguían gobernar la fragata, la inexperta ayuda de los demás no hacía sino entorpecer. Entre gemidos de los filipinos y rezos de los castellanos se abandonaron a la suerte que el destino quisiera depararles.
                            "Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad..." Los rosarios se sucedían en el camarote. Religiosos y soldados intentaban mantener el equilibrio de rodillas pero caían golpeándose con los pocos muebles que había en el cubículo.
                            - No aguanto más sin hacer nada. Voy a subir a cubierta.
                              El Padre Lucarelli rompió el sopor que envolvía la estancia donde los rezos eran un murmullo apagado tras el estruendo de las enfurecidas olas que azotaban el casco.
                              - No sea usted loco -gritó Alfaro empujando a Lucarelli hacia el catre donde yacía Fray Sebastián, un golpe de mar se confundió con el movimiento y el italiano cayó sobre la cama. - Perdone, no pensaba que tenía tanta fuerza -se disculpó Alfaro. - Fray Esteban, ¿se encuentra bien?

                              - No ha pasado nada - contestó con un gemido el fraile enfermo.

                              - Padre Lucarelli, subir a cubierta y ser arrojado por la borda no nos ayudará. Los marineros han abandonado las velas y el timón, es demasiado peligroso estar ahí afuera. Estamos a merced del viento y de lo que Dios nos tenga reservado.

                              - Perdone, Padre Alfaro. Esta sensación de impotencia me carcome. No es así como esperaba morir.

                              - Sí, ahogados. Moriremos todos ahogados -comentó el capitán Díaz Pardo acercándose a la mesa donde se apoyaban los franciscanos. - Dicen que es una muerte muy dulce, como si durmieras. Yo imaginaba que cuando me llegase la hora de abandonar este mundo sería con una lanza enemiga en el corazón. Una agonía terrible, he visto a muchos morir en el campo de batalla, sus gritos ensordecen; el estómago se encoge con esos aullidos que no parecen humanos. Estaba seguro de que alguna vez sería yo el que abriera la boca y expulsara el último aliento aferrado a una lanza clavada en mi pecho.

                              - Por favor, capitán, deje ya de hablar de eso- dijo Alfaro. – No se ponga tan dramático, nadie va a morir, nuestra misión es demasiado importante para que se trunque antes de empezar.- Se acercó al armario que estaba detrás de él y cogió una botella. - No me miren así, el calor del vino nos reconfortará.
                                El día 19 divisaron unas islas en la lejanía y numerosos puntos móviles, que estuvieron de acuerdo, eran velas de barcos. Revividos celebraron en cubierta una Misa de Acción de Gracias y se aproximaron confiados a tierra. Pasaron entre los islotes e intentaron establecer contacto con los navíos que se cruzaban con ellos para preguntar dónde se encontraban exactamente pero los barquitos se alejaban presurosos cuando los veían acercarse. Navegando despacio, recelosos después de ver la reacción de los pescadores, hallaron la desembocadura de un gran río. A cada lado se levantaban unas poderosas fortificaciones con vigilantes bien armados. Juanico les advirtió que los chinos tenían militares y espías por todas partes y que era mejor, de momento, evitar todo contacto hasta que llegaran a la ciudad. El río se bifurcó y comprobando que la mayoría de los viajeros tomaban la corriente de la izquierda, los siguieron. La fragatilla no llamó la atención de nadie y el día 21 llegaron ante las murallas de una populosa población.

                                miércoles, 21 de marzo de 2012

                                EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 1

                                El 18 de mayo de 1.579 amaneció nublado aunque el mar estaba en calma. No era una buena época para navegar, la estación de los tifones estaba próxima mas "si desaprovechamos esta oportunidad, nunca haremos realidad nuestro ansiado sueño" decía el Padre Alfaro abordo de La Justicia. La fragatilla se dirigió a Balayán para recoger a Fray Esteban Ortiz que estaba en esa zona desde que fueron engañados por Feng Jianyun. Fray Agustín de Tordesillas, el capitán Díaz Pardo, el alférez Francisco Dueñas y Juanico disfrutaron de la travesía junto a Alfaro que recordaba el semblante melancólico de Fray Diego de Oropesa cuando los despidió en el puerto de Manila. Habían conseguido guardar el secreto y nadie, excepto Fray Diego, sabía el verdadero destino de la nave. Fray Esteban Ortiz temblaba cuando subió al barco y la cara de susto persistió durante todo el viaje a Ilocos; el tiempo, para su desgracia, empeoró día a día. Su llegada fue recibida con entusiasmo por el Padre Lucarelli y Fray Sebastián de Baeza que asombrados se unieron a la expedición sin saber el motivo por el que Alfaro los obligaba a acompañarlo. Ninguno de los franciscanos sabía de los planes de su Prelado. Fray Sebastián de Baeza que se encontraba muy débil y delgado se alegró de lo que creía que era su regreso a Manila, mas la alegría le duró poco al comprobar cómo la fragata ponía rumbo norte. Con caras de estupor fondearon en Vigan.
                                Esta pequeña aldea fue la escogida por Alfaro para desvelar el misterio. Alrededor de una fogata, los franciscanos al escucharlo se quedaron mudos, las llamas sombreaban sus facciones atónitas. Se miraban unos a otros sin articular palabra. Entre ellos, una cara nueva, un joven amigo del alférez Dueñas, llamado Pedro Villarroel que llevaba meses destinado en Vigan.
                                - No obligo a nadie. Sólo espero que si alguno de ustedes no desea acompañarnos, guarde el secreto. Fray Sebastián, su estado de salud no es muy bueno, su cara está pálida y apenas tiene fuerzas, quizás sería mejor que se quede aquí - dijo Alfaro mientras azuzaba la lumbre con un palo.

                                - No, por favor, Padre Alfaro. Nada hay que desee más que servirle y seguirle a China o adonde usted me pida. Estoy cansado pero me repondré. Es cosa del agua de esta tierra; en cuanto salga de ella, mejoraré.

                                - Debo decirles que esta misión no es un capricho mío, es voluntad de Dios. El Reino de China es muy grande y nosotros pocos pero tengo la certeza de que Nuestra Señora de los Ángeles nos guiará y apoyará. Sería imperdonable que estando tan cerca no intentemos introducir el Evangelio en la tierra de los chinos. Por lo que he podido leer en los relatos del Padre Rada, la oscuridad en la que viven es mayor que la de los indígenas de Filipinas. Nuestros vecinos hacen ostentación de gran riqueza; los poderosos tienen varias mujeres; adoran a ídolos con muchos brazos, verdaderas imágenes satánicas. Su crueldad es infinita. Son especialistas e incluso ponen por escrito ritos malignos que pretenden descubrir el futuro de los mortales a través de las líneas de las manos. Eso en España sólo tiene un nombre, brujería. Desafían a cada momento las leyes de Dios. Les digo esto para que comprendan hasta qué punto es necesario abrir los ojos a esos infieles, que descubran la única verdad que existe y que sus sordos oídos se limpien con la Santa Palabra del Evangelio.

                                - Yo voy - interrumpió con su vozarrón el Padre Lucarelli.
                                  "Yo también", "yo también" fueron repitiendo los demás. Recabado el apoyo de todos, el Padre Alfaro siguió con su farsa delante de las autoridades de Vigan. Se despidió del alcalde diciéndole que Fray Esteban Ortiz y el alférez Dueñas quedarían esperando al capitán Carrión y los demás regresaban a Manila. En total permanecieron siete días en la pequeña aldea descansando y abasteciéndose de lo necesario para la travesía que se avecinaba. El 12 de junio, bajo una tromba de agua y con fuertes vientos que dificultaban la ascensión a cubierta, embarcaron.

                                  martes, 20 de marzo de 2012

                                  EL FRACASO DE ALFARO 5

                                  Aquilino todavía llevaba vendado el hombro pero sus piernas no paraban de danzar por el piso mojado a pesar de las advertencias de los marineros y de Don Gonzalo, que temían ver al niño con el otro hombro dislocado.
                                  - Es insoportable - decía Don Diego a su primo y al Obispo de Cartagena, apoyado en la barandilla del puente de mando.
                                    Las veinte naves que componían la flota les seguían en formación, la claridad del día permitía ver todas las velas blancas hinchadas por la brisa.

                                    - ¿Por qué no lo mandas abajo? No para de molestar a los marineros.
                                    - ¡Qué espectáculo más grandioso! - comentaba Gonzalo sin prestar atención a las quejas. - Miren qué maravilla.

                                    - ¿Qué va a hacer, Don Gonzalo, cuando llegue a Tierra Firme? - preguntó el Obispo. - Han perdido cien hombres  en el naufragio.

                                    - Bueno, da igual, aún quedan quinientos colonos y los soldados se han salvado casi todos... No sé... ¡Tantos contratiempos! Ahora en vez de ir a Nueva España, arribaremos en Tierra Firme, aseguran que es más fácil la navegación y más segura en las condiciones en que viajamos. Sólo espero que tengan preparados los barcos y no nos demoremos más. Su Majestad ha dado las órdenes precisas sobre las necesidades que tenemos. Sin embargo, me extraña que en todo el tiempo que hemos permanecido en Sanlúcar, no nos hayan enviado ninguna relación sobre los preparativos y eso que le he pedido información en repetidas ocasiones al contador Núñez de Illescas...
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                                      Los días posteriores a la desilusión de Mindoro, el Padre Alfaro estuvo decaído. Todos en Manila observaron sus profundas ojeras y temieron por la salud del franciscano aunque nadie sabía el motivo de tanto abatimiento. Llegó la Semana Santa y el Prelado convocó en la capital a los padres de las poblaciones cercanas. Su compañía y los relatos de sus avances apostólicos mejoraron un poco al triste fraile. Pasada la Pascua de Resurrección los mandó de nuevo a sus lugares. En la soledad de su celda Alfaro seguía soñando con los dragones que los mercaderes chinos lucían en sus ropas. Reflexionaba sobre el fracaso de su empresa para encontrar los fallos que había cometido. Arrodillado suplicaba a la Virgen que le mostrara el camino y le diera una nueva oportunidad. Sus ruegos fueron atendidos más pronto de lo que imaginaba.
                                      - Capitán, ahora nada ni nadie nos detendrá.
                                        Alfaro paseaba con el capitán Juan Díaz Pardo por la orilla del Río Pasig.
                                         - Creí, Padre, que ya lo había olvidado.

                                        - Reconozco que he tenido tentaciones de claudicar. Al principio me sumí en la tristeza pero luego he conseguido levantar mi ánimo. No soy hombre que se deje abatir por los fracasos. De toda esta decepción vamos a salir más fuertes y no hablo sólo en sentido espiritual. He estudiado de nuevo el plan y he comprendido que tres personas somos muy pocas para la lucha que se nos presenta, así que incrementaremos el número de misioneros y de soldados. Hace dos días, el gobernador me llamó para pedirme que algunos franciscanos acompañen al capitán Juan Pablo Carrión que va a poblar las márgenes del Río Cagayán. Reconocí que era la oportunidad que estábamos esperando y por la que tanto he rezado. Le indiqué que podía contar con uno de nuestros religiosos y me ofrecí a acompañarlo para visitar a los hermanos que están en Ilocos. Ayer hablé con el alférez Francisco Dueñas quien se ha puesto incondicionalmente a mis órdenes y muestra su deseo de cruzar hasta China. Tengo pensado que el Padre Lucarelli, Fray Sebastián de Baeza y Fray Agustín de Tordesillas se unan a esta misión. Necesitamos personas emprendedoras para sortear con éxito todas las dificultades que se vayan presentando. Si me pasara algo a mí, el Padre Lucarelli podría continuar la tarea. Ha obtenido unos resultados increíbles en Ilocos, se dice que en tres meses convirtió a 3.000 almas y ha levantado una iglesia que los domingos rebosa de fieles. Lo necesitamos.

                                        -Pero ¿cómo podremos sortear la vigilancia del capitán Carrión?- preguntó Díaz Pardo anonadado.

                                        - Por ahí viene el alférez Dueñas, él contestará a su pregunta.

                                        Se acercó un joven con el pelo ensortijado que le caía por la cara sonriente.

                                        - ¿Todo listo?

                                        Todo listo, Padre. Sande no ha puesto ningún impedimento a que yo acompañe al capitán Juan Pablo Carrión a Río Cagayán. Ni tampoco se ha negado a que nosotros, con el capitán Díaz Pardo, nos adelantemos para visitar Ilocos. Nos da una fragatilla, La Justicia, propiedad de Rodrigo Frías, con ella podemos hacer el viaje. En una semana nos marchamos, el tiempo necesario para concluir unas reparaciones y recoger las provisiones necesarias. Hemos quedado que el capitán Carrión vendrá a buscarnos a Ilocos.

                                        lunes, 19 de marzo de 2012

                                        EL FRACASO DE ALFARO 4

                                        - ¡Mierda!

                                        El doctor Sande se paseaba furioso por el despacho de las Casas Reales. Luis de Sahajosa abrió la puerta, había recibido un mensaje urgente del gobernador.
                                        - ¿Qué pasa, Francisco? Estaba hablando con los capitanes de la flota que ha llegado de Nueva España.
                                          Le asustó el estado de nerviosismo y cólera de su amigo.
                                          - ¡Ojalá se los hubiera llevado por delante un huracán! ¡Malditos sean! Así me pagan mis desvelos...- dijo Sande tirando las cartas oficiales que tenía en la mano.

                                          - Vamos a ver, Francisco, tranquilízate y hablamos como seres civilizados.
                                            Sahajosa se acercó al gobernador y de un suave empujón lo sentó en la silla que momentos antes estaba tirada en el suelo. Cogió las cartas desparramadas por el escritorio y comprendió el enojo de su compañero. –
                                            - Así que, según leo, Su Majestad se niega a iniciar la conquista de China. No sé por qué te enfadas tanto.
                                            - Eso no es lo importante, sigue leyendo o mejor te lo cuento yo.
                                              Sande sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se secó la cara y las manos. Su cara tenía un rictus fiero.

                                              - Se acaban nuestros días en Manila. En esta Real Cédula me dicen que Gonzalo de Ronquillo vendrá con no sé cuántos hombres y que en premio a esa idea tan original, el cargo de Gobernador de estas Islas recae en su persona de por vida. ¡Le han dado a ese mariposón de salones el cargo vitalicio de gobernador! Me pide, gentilmente Su Majestad ¡mal rayo lo parta! que ayude a mi sucesor en lo posible y regrese a Nueva España.
                                              - ¿Gonzalo de Ronquillo? ¿El antiguo alguacil Mayor de México? ¿Pero no había regresado a España? - El maestre de campo se había quedado sin voz.

                                              - Sí. Y parece que ha aprovechado bien el tiempo en la Corte. Ya veo al afeminado de su primo sacando información a las esposas de los miembros del Consejo de Indias para ver el modo de asestarme esta puñalada. Me odia desde que le quité a Matilde. ¿Te acuerdas de aquella chamaca?
                                                Sahajosa le arrebató la Real Cédula y la leyó palabra por palabra.
                                                - Y eso no es todo. Han llegado hasta cinco cartas de distintas fechas y en ellas me obliga a devolver a Lavezaris y a los demás las encomiendas, que los trate bien, que les pague los salarios. ¡Esos chivatos lenguaraces!
                                                  -------------------------------------------------------------------------------------------

                                                  Mientras en Sanlúcar, las esperanzas de salvar la nao Capitana se hundieron con ella, sólo pudieron recuperarse siete piezas de artillería y otras veinticuatro menores. Era imposible conseguir dos nuevos barcos grandes con la rapidez que se precisaba, no hubo más remedio que reorganizar la flota con los navíos que quedaban. El barco más pesado fue nombrado nao Capitana y en él volvió a embarcar Gonzalo de Ronquillo a mitad de abril de 1.579; otro de los navíos fue nombrado Almiranta. La primavera había cubierto de verde los campos, el tiempo era desde comienzos del mes apacible. Desencantados pero con nuevos bríos, la flota que llevaba a los 500 pobladores de Filipinas que no se habían ahogado, puso rumbo a un nuevo destino, a Tierra Firme. El sol coloreó las cenicientas caras de los supervivientes de la catástrofe de la desembocadura del Guadalquivir.

                                                  sábado, 17 de marzo de 2012

                                                  EL FRACASO DE ALFARO 3

                                                  El capitán Gabriel de Rivera contemplaba las líneas de luz que se filtraban por los árboles de la jungla de Mindanao. Había tardado varios meses en concluir el primer censo de la isla; durante ese tiempo sus intentos de atraer al vasallaje a los naturales habían resultado vanos. Siguiendo las indicaciones del gobernador, había recalado primero en Joló. No llevaba órdenes de solicitar tributo, las súplicas del Sultán Raxa Ira habían sido atendidas; el motivo de su visita era comprobar si el Rey de Joló cumplía lo que había prometido al capitán Esteban Rodríguez de Figueroa. Cuando fondearon en la pequeña isla, vieron un barco chino medio enterrado en la arena de la costa, preguntaron al Sultán y confesó que había matado a diez tripulantes y el resto permanecía bajo su custodia. Gabriel de Rivera obligó a Raxa Ira a soltar a los prisioneros y con ayuda de los soldados españoles arreglaron el navío y los chinos regresaron a su tierra muy agradecidos. Para solicitar su perdón, el Sultán regaló al capitán una pieza redonda de artillería que tenía grabadas las Armas de Portugal y tres anclas grandes que podían servir para naves de mil toneladas.
                                                  Los españoles cruzaron hasta Mindanao y el recibimiento fue el esperado, las tribus corrieron al interior de la selva en cuanto escucharon los pasos de los soldados. El capitán, que ya estaba preparado para esta fría acogida, dejaba en los poblados por los que pasaba regalos de buena voluntad como puñales, mantas y cera. Su táctica obtuvo frutos tras varias semanas de pacífica espera dedicadas al estudio de las plantas y cultivos de la zona.
                                                  Bahandre, Principal del pueblo de Silanga de Mindanao, se acercó una mañana acompañado de sus guerreros al campamento instalado en la margen izquierda del río. Los soldados lo recibieron con calurosas muestras de satisfacción y reverencia y Gabriel de Rivera, acompañado de un traductor, mantuvo la primera conversación con el anciano, cuyo cuerpo estaba profusamente decorado por tatuajes azules, estableciendo un débil vínculo de amistad. El Principal de Silanga cooperó en la elaboración del censo cuando comprobó que las intenciones de los intrusos no eran violentas. Gabriel de Rivera, orgulloso, firmó el 2 de abril de 1.579 el primer censo de Filipinas donde se podía comprobar desde la información de cuántos habitantes tenían las pequeñas poblaciones de la zona. Silanga-200/ Smirey-200/Caracan-100/ Luzon 160 /Costa al Este, en un río donde hay minas de oro, están los Milanes, a los que se calcula en diez mil tingues (monteses) que formaban un pueblo llamado Casuipaán - 10.000. Un detallado censo del que siempre estuvo orgulloso.

                                                  viernes, 16 de marzo de 2012

                                                  EL FRACASO DE ALFARO 2

                                                  - Capitán, lo he meditado mucho. Estoy seguro de mi decisión y dispuesto a correr todos los riesgos que sean necesarios. Nuestro gobernador no es persona que se caracterice por su vida cristiana, como todos sabemos. No he querido dar crédito a las quejas de los agustinos sobre los desprecios que les ha infringido pero la obcecación del doctor Sande en negarme la cédula para China ha terminado por convencerme. Nuestro ministerio y nuestra labor está por encima de esos mezquinos papeles. ¿Qué habría pasado si los apóstoles hubieran tenido que pedir permiso para ir a predicar? No se puede poner trabas al mensaje de Jesucristo. Nuestro fin, que es sagrado, justifica la libertad que vamos a tomarnos al desdeñar los trámites humanos.
                                                  El Padre Alfaro se encontraba en su despacho de la Casa Grande de los Franciscanos acompañado del capitán Juan Díaz Pardo, hombre profundamente religioso. El capitán meditaba las consecuencias que podían derivarse de un enfrentamiento cara a cara con el gobernador.
                                                  - Fray Esteban Ortiz ha estado estudiando, con bastante aprovechamiento, la lengua china y está preparado para traducir la Verdadera Palabra. Sé que es mucho lo que le pido. Usted es buen cristiano y buen soldado, le estoy obligando a rebelarse contra sus jefes y comprendo que dude. El doctor Sande es persona inflexible pero yo me comprometo a responder por usted. Dios no le va a desamparar en esta tarea; sin embargo, para que esté más tranquilo, le aseguro que llegado el momento diré que lo arrastré conmigo.
                                                    Las súplicas de Alfaro aplacaron los temores del capitán Díaz Pardo. El respeto que sentía por el Prelado, la certeza de que Dios hablaba por boca de ese hombre disiparon sus últimos recelos.
                                                    - Si usted cree necesaria mi colaboración, no seré yo quien ponga obstáculos. Será un honor acompañarlo en tan honrada labor.

                                                    - Me alegro de escuchar sus palabras. Sabía que no iba a fallar a la voluntad divina que nos empuja hacia ese desconocido reino. Tengo un plan. Verá, salir de Manila es imposible porque nos descubrirían. Tenemos que embarcar en algún lugar cercano para que podamos llegar a él sin grandes riesgos pero lo suficientemente alejado para que nadie se preocupe del rumbo que tomamos. He estudiado con cuidado las posibilidades y creo que el puerto más propicio es Mindoro. Me he tomado la libertad de adelantarme a esta reunión y he escrito a Fray Diego de Oropesa que está cerca en Balayán, pidiéndole que venga a verme con urgencia. Cuando esté aquí, Sande no sospechará si acompañamos a Fray Esteban Ortiz para que sustituya al Padre Oropesa. De esta forma, ambos podremos salir de Manila sin levantar sospechas; pero no iremos a Balayán continuaremos a Mindoro. Allí debemos tener un barco esperando que nos lleve a las costas de Chincheo. En este punto es donde necesito su ayuda, yo no puedo negociar con los comerciantes sangleyes para conseguir un barco. De esa parte debería encargarse usted- dijo mirando con fijeza al capitán. - Ah, se me olvidaba, aunque Fray Esteban Ortiz posee conocimientos de la lengua de China, no estaría de más buscar a alguien nativo de esa tierra que pueda socorrernos en algún momento de apuro. Me han hablado de un chino converso que responde al nombre de Juanico, suele hacer recados por los muelles y es muy devoto. Tal vez podría unirse a nosotros.
                                                      El plan estaba urdido y todos se aprestaron a ponerlo en práctica. El capitán Díaz Pardo no tuvo dificultad en convencer a Juanico que se sintió muy halagado de que el Padre Alfaro, al que había visto en la ciudad, quisiera llevarlo a su lado. El capitán le hizo jurar que ninguna de sus gestiones sería desvelada y desde el momento en que sellaron el trato, lo vigiló estrechamente y lo llevó a vivir a su casa. Tardaron más tiempo en encontrar a un capitán chino que quisiera hacer la travesía hasta su reino con varios religiosos sin licencia. Tras muchos rechazos, contactaron con Feng Jianyun; al capitán Díaz Pardo no le gustó la apariencia del hombre ni la suciedad del navío pero llevaba demasiado retraso, Fray Diego de Oropesa había llegado dos días antes a Manila, no podía esperar mucho. Después de un intenso regateo quedó fijado el precio del viaje y la forma de pago. Estuvieron de acuerdo en que Juanico embarcaría en Manila y, camuflado entre la tripulación, haría el recorrido a Mindoro donde esperarían la llegada del capitán con los religiosos. Díaz Pardo adelantó la mitad del dinero concertado y respiró aliviado al saber que Juanico se marchaba y así evitaría el peligro de truncar con algún desliz toda la operación.
                                                      Alfaro recibió exultante el cierre del negocio y contó a Díaz Pardo que Fray Diego de Oropesa había apoyado sus pretensiones.
                                                      - Es preciso que quede alguien en Manila que sepa la verdad. Cuando se den cuenta de nuestra desaparición será el momento de que Fray Diego hable y evite que nos den por muertos. Fray Esteban no sospecha nada, es bastante miedoso al agua y no quiero que se angustie antes de tiempo. Ha recibido con mucha ilusión su nuevo destino y acosa sin tregua a Fray Diego pidiéndole informes de Balayán. Le diremos a Sande que usted nos acompañará para protegernos y guiarnos y, con tal de evitar mi presencia diaria solicitándole la licencia, nos despachará con gusto. Pensará que así me distraigo y olvido China.
                                                        Con esta alegría, no exenta de infantil optimismo, los dos frailes y el capitán emprendieron camino hacia Mindoro, era la cuarta semana de Cuaresma. El espíritu de Alfaro vagaba por las sombras de los espesos bosques que atravesaban y el sonido de los extraños pájaros que anidaban en lo alto le insuflaban nueva vida. Su respiración atrapaba todos los olores de plantas que nunca había visto. No temía a la noche y descansaba a regañadientes cuando sus compañeros acampaban fatigados tras luchar todo el día con las traicioneras hierbas que crecían en el camino y lo ocultaban a cada paso. Alfaro soñaba con el momento tan anhelado de emprender la travesía; si por él hubiera sido, no habrían dormido nunca. Añoraba al Padre Lucarelli, éste le conocía bien y era con el único que podía descansar su agitado interior sin que le reprocharan sus humanas debilidades. Fray Esteban era un buen misionero, trabajador y paciente, acostumbrado a cumplir sin rechistar con todo lo que se le ordenara pero no tenía arrojo ni ideas propias y nunca comprendería lo que pasaba por la mente de Alfaro. Lucarelli era como él, emprendedor y arriesgado, con un valor rayano en la temeridad algunas veces y con unos vertiginosos declives hacia la desesperación en otras ocasiones. Impaciencia, coraje, comprensión e indulgencia, esas cualidades los unían. Alfaro se lamentaba de no haber podido avisarlo; sabía que Lucarelli habría saltado de alegría ante el viaje pero ya llegaría el momento de llamarlo desde China.

                                                        En una barca atravesaron la corta distancia hasta la Isla de Mindoro y cuando vieron las casas de la aldea no se refrenó y prácticamente se tiró del bote para correr hacia la playa. La población era pequeña y no tardó en encontrar a Juanico. Le preocupó la mirada huidiza del converso pero en su precipitación hacía preguntas sobre Feng Jianyun sin dejarle contestar a ninguna. El capitán Díaz Pardo y Fray Esteban lo alcanzaron y Alfaro retornó su habitual compostura. Entonces supieron que el capitán chino los había traicionado. La desilusión estuvo a punto de hacer llorar a los dos hombres ante la sorpresa de Fray Esteban que no comprendía nada pues sólo había una palabra que retumbaba en sus oídos: barco. Fueron al puerto y hallaron a Feng Jianyun ultimando los preparativos para salir hacia su patria. Ni la invocación del compromiso adquirido, ni los ruegos posteriores consiguieron que cambiara de idea. Señalando el cargamento del barco repitió hasta la saciedad que era de un rico dirigente de una tribu, al que debía varios favores, que iba con su familia y no podía defraudarlo. Seguros del engaño del capitán, Díaz Pardo intentó que devolviera el dinero adelantado a lo cual Feng Jianyun se negó alegando que había traído a Juanico. Varios miembros de la tripulación ante la violencia que mostró el capitán, se situaron detrás de su jefe con aire amenazador. Fray Esteban y Juanico estaban asustados; el Padre Alfaro calmó al soldado susurrándole que habían escogido esa aldea porque las tropas españolas estaban lejos y que lo mejor, para todos, sería irse si no querían acabar silenciados de un tajo en la garganta.

                                                        jueves, 15 de marzo de 2012

                                                        EL FRACASO DE ALFARO 1

                                                        El Padre Alfaro no podía dormir desde que leyó los relatos del viaje del agustino Fray Martín de la Rada a China. Una idea obsesiva le rondaba: quería ir en persona a Chincheo y Ucheo y concluir la labor que Rada no había podido llevar a cabo. Le fascinaban las enigmáticas expresiones de los sangleyes que pululaban por Manila; su laboriosidad, su eterna sonrisa lo atraían. No eran sueños de gloria los que le movían, era el espíritu de superación, la búsqueda del más difícil todavía. Cuando viajaba hacia Manila, abrumado por las muertes de sus hermanos, imaginaba una tarea de evangelización titánica; a veces se quedaba sin respiración absorto en fantasías que tenían como protagonistas sangrientas batallas con los naturales de las cuales emergía él con una gran cruz a la que todos los heridos terminaban por besar. Había escuchado demasiadas historias de frailes mártires por las traiciones de los indios y esperaba poner a prueba en Manila toda su fe para salvar las almas de los infieles. Pero la labor estaba resultando bastante sencilla, las cartas de sus compañeros reflejaban una actitud pacífica, sin rechazo de las tribus y él, como delegado de todos los religiosos de las islas, pasaba los días enredado en labores más propias de cualquier administrador. El espíritu aventurero e impaciente se agitaba en su interior. Durante un tiempo rezó y rezó pidiendo a Dios que calmara su insatisfacción tan contraria al espíritu de resignación cristiana que se le exigía. Sin embargo, cuando recibía noticias de algún hermano que se encontraba en la selva, sus piernas se dirigían sin poder evitarlo a los palmerales que bordeaban la ciudad y sentía el irresistible deseo de correr, perderse entre los árboles, sus manos buscaban en el vacío un tablón que colocar en cualquier pequeña ermita donde él pudiera alabar a Dios junto a los indios. Cada día soportaba con menos paciencia las horas que pasaba en su escritorio dando curso a peticiones y escribiendo cartas oficiales. La conversión de Filipinas estaba resultando demasiado sencilla para él. La tarde en que Fray Agustín de Alburquerque le habló de su ingrata experiencia con los chinos y del viaje que había encabezado el Padre Rada, algo dentro de Alfaro empezó a moverse. No alcanzaba la ansiada paz ni por las noches. Consiguió que el Prelado de los Agustinos le permitiera leer los escritos de Rada y el colorido fascinante del relato le arrebató la poca paciencia que le quedaba. Las sedas de los ricos mercaderes le parecían más brillantes y la seguridad de que San Francisco podía conseguir que los chinos aceptaran abrazar la fe católica fue acallando su conciencia. Con disimulo al principio, y de forma directa después, solicitó al doctor Sande la licencia necesaria para abandonar Manila y adentrarse en la dura conquista del vecino reino. El gobernador lo rechazó una y otra vez y trató de hacerle comprender que hasta que no llegara la contestación de Su Majestad dando instrucciones, nadie se movería de Filipinas.
                                                        Pero el Padre Alfaro había roto los lazos que le ataban a esa tierra. Como el corazón fogoso siempre encuentra justificación, el Prelado tomó la decisión de saltarse todas las reglas y emprender la que sería su gran aventura obviando los permisos preceptivos. Si Sande no le daba autorización para ir a China, donde tantas almas podían salvar... No había ningún problema, él marcharía, bajo su responsabilidad, sin licencia. Sabía que su gran momento había llegado, sin dilación se puso a organizar el plan, a urdir el engaño.

                                                        miércoles, 14 de marzo de 2012

                                                        EL HUNDIMIENTO DE LA FLOTA 5

                                                        Después de tres intensos días luchando contra el viento y las lluvias en alta mar, los capitanes de las naves que esperaban frente a las costas de Sanlúcar tomaron la peligrosa decisión de dar marcha atrás y regresar a puerto para resguardarse. Los primeros en iniciar tan ardua maniobra fueron los barcos que remolcaban a las galeras. Con bastantes dificultades giraron enfilando sus proas hacia la desembocadura del Guadalquivir. Los remolinos acercaban hasta la desesperación las galeras a los barcos provocando algunos choques que, por fortuna, no produjeron daños irreparables. Las dimensiones más reducidas de estos navíos les permitieron penetrar sin muchos contratiempos en las calmadas aguas de la ría. Tras doce intensas horas, todos los ojos que habían vigilado el proceso conteniendo el aliento, se fueron a descansar.
                                                        - Lo peor será mañana como no amaine el viento- decían las lenguas expertas de los marineros que estaban en tierra.

                                                        - Tendremos que rezar con todas nuestras fuerzas como no amaine el viento - decían las expertas lenguas de los marineros que permanecían en alta mar.
                                                          El temporal no aflojó al día siguiente; al contrario, toda la furia de los infiernos se desató aquella mañana. El pueblo entero se acercó a la playa a contemplar los lentos movimientos de la Capitana y la Almiranta. Las mujeres rezaban, el contador Núñez de Illescas seguía en silencio las letanías que, a pesar del ruido de las olas, se podían escuchar y su corazón se unía a esas plegarias. Comenzó la Capitana a virar las quinientas toneladas de su casco bamboleándose. Los pasajeros del interior sujetaban la carga para evitar que en una oscilación todo el peso se inclinase a un lado y se fueran a pique. Aquilino fue encargado de vigilar un grupo de barriles de municiones que estaban atados entre sí en la parte izquierda de la bodega. El silencio de los marineros y sus caras de preocupación introdujo en los inexpertos colonos un miedo sordo y se calmaron sus mareos. Un aire grave y pesado flotaba en todos los rincones de la nave uniéndose instintivamente todos los cuerpos en uno solo cada vez que escuchaban "cinco grados a babor", "tres a estribor". Una pared de agua se levantó cuando la Capitana metió la proa en las turbulencias del final del Guadalquivir. El piloto cegado por la cortina no pudo enderezar la nave. El pueblo entero gritaba "a la derecha", "a la derecha" en un inútil esfuerzo por evitar lo que ocurrió. La nao se acercó peligrosamente a la barra de arena y quedó inmóvil. El golpe provocó el desprendimiento de la carga y algunos hombres fueron aprisionados por quintales de plomo, comida y ropa. Aquilino sintió un tirón y su brazo se desgarró al intentar frenar los barriles que custodiaba. La clavícula se desencajó del hombro y sus gritos se unieron a los de sus compañeros. Los que habían resultado ilesos se apresuraron a ayudar a los heridos al comprobar que una vía de agua se había abierto en un lateral del casco. El capitán procuraba mantener la calma y que el pánico no empeorase la situación; gritaba que no saltaran directamente al agua. Las galeras, que habían permanecido toda la noche en la ría, pusieron sus remos en movimiento para recoger a los que luchaban contra las olas.
                                                          Para entonces la Almiranta había llegado al mismo punto donde comenzó el desastre. El camino era más angosto, algunas mercancías de la Capitana flotaban arrastradas hacia alta mar. No tuvo tiempo de retroceder, virar en aquel lugar era imposible. El nerviosismo cundió y un fuerte golpe de mar la inclinó hacia la izquierda. Las galeras obstaculizaban la entrada, en la barra se partía la Capitana, cayeron dos mástiles y los grandes maderos golpeaban los botes que transportaban hombres a tierra. La Almiranta intentó girar un poco pero una fuerte ola la elevó y la quebró en lo alto. El pueblo de Sanlúcar percibió el crujido, "como cuando se retuerce el pescuezo a una gallina" comentaban. Las maderas del casco se resquebrajaron y la nao, partida de cuajo, se hundió. Las galeras no podían acercarse a auxiliar a los náufragos; no dio tiempo a soltar las lanchas salvavidas. Las mujeres elevaban sus lamentos al cielo, el contador Juan Núñez de Illescas se desmayó. El caos era total, las órdenes se sucedían sin control ni acierto. Los hombres del puerto echaron sus barcas al agua para recoger a los marineros que nadaban medio desfallecidos. Una de las galeras que había ido en auxilio de la Capitana tocó también el fondo de arena y se rompió como una cáscara de huevo. Toda la carga flotaba descontrolada. Don Gonzalo de Ronquillo, sus acompañantes, el Obispo de Cartagena, los oficiales que volvían a Nueva España y los colonos se salvaron al llegar en los bateles a la playa. La suerte fue más negra para los pasajeros de la Almiranta, la mayoría murieron ahogados.
                                                          Sanlúcar se vistió de luto esa noche. En las cantinas los hombres bebían en silencio, el campamento de los filipinos lloraba en silencio, en la casa de los Ronquillo se miraban en silencio.

                                                          martes, 13 de marzo de 2012

                                                          EL HUNDIMIENTO DE LA FLOTA 4

                                                          Aquilino se agarraba a los laterales del catre del compartimiento que les habían preparado a los criados cerca de las literas de los marineros. El olor de la cocina del barco le producía náuseas y su cara tenía un color entre amarillento y verdoso de tanto vomitar. El gran navío se inclinaba de un lado a otro como un frágil cascarón. La mayoría de los pasajeros se encontraban igual de enfermos de tanto movimiento. Amancio entró con un tazón de caldo que Aquilino rechazó.
                                                          - Debes comer algo aunque te dé asco, si no te vas a quedar muy débil y no podrás subir al mástil.
                                                            El buen hombre intentaba animar al niño aunque él mismo sentía repugnancia al hablar de la comida.
                                                            - No puedo, Amancio. ¿Lo pasaste tan mal cuando eras pequeño y te llevaron preso? ¿Se movía el barco tanto como éste?

                                                            - Era mucho peor.

                                                            - ¿Por qué no me lo cuentas?

                                                            - Ya te lo he contado miles de veces, Aquilino.

                                                            - Por favor... Si me lo cuentas, me bebo el caldo.

                                                            - Era como tú ahora. Yo era un niño feliz.- La voz del anciano oscilaba al compás del mar, se apagaba y resurgía de emoción. - Tenía una familia, mi padre era un gran guerrero, mi madre era muy cariñosa y tenía tres hermanas y un hermano mayor. Vivíamos en una choza en un poblado cerca del mar. Allí los árboles son distintos, más altos, tienen las hojas muy verdes y brillan cada mañana después de la lluvia. Nunca hace frío. Las mujeres del poblado amasaban la comida con unos palos muy grandes y los hombres cazaban y pescaban. Yo era capaz de pescar con la mano, me enseñó mi padre, y a él su padre...

                                                            - Yo no tengo padre. ¿Por qué no tengo padre, Amancio?
                                                              El viejo lo miró con tristeza y siguió con su historia:
                                                              - Un día, estaba con mis dos hermanas en la playa. Corríamos, ellas fueron las primeras en ver a unos hombres altos y blancos que descansaban debajo de las palmeras y reían muy fuerte con una botella en la mano. Nunca habíamos visto a unos hombres con ese color de piel. Ellas, curiosas, se acercaron. Los hombres comenzaron a decirles cosas, yo no sé por qué tenía miedo, no me gustaban aquellos barbudos. Me escondí detrás de un tronco caído en la arena. Agazapado vi cómo uno de los hombres agarraba a mi hermana mayor, la otra era chiquitita, y le enseñaba algo que yo no sabía entonces qué era.

                                                              -Un espejo -terminó Aquilino.

                                                              - Sí, está claro que recuerdas la historia. Un espejo. Esos malnacidos, alentados por la inocencia de la niña, la tumbaron en el suelo y ella empezó a gritar.

                                                              - Y tú la salvaste y ellos te cogieron a ti.

                                                              - Ya eres mayor para saber la verdad, Aquilino, y comprender de paso por qué no tienes padre. Soy mayor, cada día me acerco un paso a la muerte y debes saber lo que en realidad ocurrió para que conozcas cómo son los hombres. No, claro que no la salvé. Ellos la forzaron y aterrorizada por sus gritos mi otra hermana echó a correr hacia donde yo estaba y me descubrieron. No hizo falta mucha fuerza para agarrar a un niño asustado que no entendía qué le pasaba a su hermana que, tirada en el suelo llena de sangre, gritaba y lloraba. Cuando todos estuvieron satisfechos, me sujetaron la cabeza y me abrieron los ojos que yo cerraba para que viera la espada cortarle su delgado cuello. Han pasado muchos años pero todavía me despierto por la noche viendo la cabeza de mi querida hermana rodando por la arena roja.
                                                                Aquilino se había quedado con la boca abierta y los ojos desorbitados por el espanto.
                                                                - Me llevaron con la pequeña a un campamento donde había muchas lanchas, a lo lejos se veían dos grandes barcos. Nunca habíamos visto en mi poblado unos navíos tan grandes. Las cuerdas sujetaron mis manos y poco tiempo después fueron apareciendo, atados por el cuello, mis vecinos que tampoco entendían qué estaba ocurriendo. No llevaban mujeres pues a todas les habían hecho lo mismo que a mi hermana. El poblado quedó arrasado, según me contaron después en el barco mis amigos. Mi madre y mi hermana menor, un bebé, habían sido asesinadas. Nunca había sucedido algo parecido. No sabíamos que algunos hombres blancos cazaban personas como si fueran animales y se las llevaban lejos. Nos cogieron por sorpresa, si no habríamos presentado batalla con nuestras lanzas. Si se caza a un león, es más fácil apresar a un hombre. Ellos iban por la costa barriendo todo el litoral, fue hace muchos años. Por esclavos más jóvenes sé que ahora están avisados, que huyen a la selva o se defienden, pero entonces... -Amancio se limpió con el dorso de la mano unas lágrimas rebeldes que corrían por sus mejillas. - Mi padre y mi hermano estaban de caza fuera de la aldea y se salvaron, por lo menos aquella vez; no bajaron a la bodega encadenados como animales. Había muchos cajones con rejas y nos metieron a presión. Casi no podíamos respirar. Éramos muchos hombres y las mujeres, las pocas que habían dejado vivas, estaban separadas, con ellas se llevaron a mi hermanita. No sé cuánto duró esa recogida de esclavos, estuvimos muchos meses, fuimos a muchos poblados y, enjaulados, veíamos llegar a otros como nosotros. Murieron algunos, aunque pocos. Los portugueses son bastante cuidadosos con la mercancía y no les interesa que mueran muchos. Llegamos a Lisboa en invierno, desnudos nos bajaran a una plaza y allí me vio el padre de Don Gonzalo, acababa de casarse, estaba por negocios en la ciudad y me compró. Tuve suerte, como la tienes tú. Se compadeció de lo flaco y asustado que estaba y me trajo con él a España. Me dio educación y ya sabes el resto: me traspasó, como jefe de criados a su hijo, y nos fuimos a México donde te encontramos a ti.

                                                                - A mí me compraron el mismo día que llegasteis a Nueva España, ¿verdad?

                                                                - No, piensa que México es muy grande y los esclavos llegan, casi siempre a Veracruz. Los señores no van a recorrer medio país para ir a comprar esclavos. El viaje es muy largo. En Veracruz hay comerciantes que compran barcos enteros; amontonan a los hombres en almacenes, allí sí que mueren muchos, y luego van de ciudad en ciudad vendiéndolos o ya tienen encargos. Los negreros españoles son peores que los portugueses. A ellos les da lo mismo el estado de salud de los esclavos. La necesidad de trabajadores en los campos es mucha y siempre hay comprador; antes era diferente, los criados debían ser fuertes y tener buena cara pues nos dedicábamos sólo al servicio de la casa; a nadie le gusta que le abra la puerta alguien con mal aspecto. En América los compran para las plantaciones y poco importa los dientes que tengas.
                                                                  Aquilino se incorporó para vomitar pero no había nada sólido en su estómago y el esfuerzo le hizo llorar. Amancio le obligó a tomarse el caldo.

                                                                  lunes, 12 de marzo de 2012

                                                                  EL HUNDIMIENTO DE LA FLOTA 3

                                                                  - Menos mal que llega ya, señor Núñez. Hemos encontrado a éste con una licencia falsa.- Señalaron a un hombre de mediana edad. - Asegura que un tal Velasco, que decía que iba para las Indias pero que al final se había arrepentido, se la ha vendido por veinte ducados.
                                                                  - Métanlo en la cárcel y busquen inmediatamente a ese Velasco -ordenó con tono de triunfo Juan Núñez de Illescas.
                                                                    No fue difícil encontrar a Velasco que, sin sospechar del peligro, seguía vendiendo cédulas por Sanlúcar. Los interrogatorios fueron muy duros y Velasco, con tres dientes menos, confesó que su socio era Andrés Veneciano. Un destacamento al completo enfiló sus caballos hacia la posada donde vivía el falsificador. La mujer del perseguido, Lola, preparaba un cocido en la lumbre. La irrupción de las autoridades le hizo chillar. Dos soldados la sujetaron mientras el capitán del destacamento averiguaba el paradero de su marido.
                                                                    - No sé dónde está, se marchó hace dos días y no ha vuelto.

                                                                    - Mentirosa- le insultó el capitán pegándole en la cara un fuerte manotazo que le hizo trastabillar.

                                                                    - No lo sé.
                                                                      Siguió insistiendo Lola con la boca ensangrentada por el golpe que le había partido el labio inferior.
                                                                      - Mire, capitán, lo que hemos encontrado - gritó emocionado un soldado desde la habitación del matrimonio y acto seguido salió con dos cajoncillos de madera seguido de su compañero que llevaba dos esportillas de palma.

                                                                      El capitán señaló la mesa y pusieron en ella los cajones que contenían trozos de madera tallados, varias estampas de yeso con los sellos reales, un punzón, tinta y papeles. En las esportillas enrolladas había cinco cédulas con diferentes nombres para pasar a Indias, en el reverso tenían la firma del Rey y las rúbricas del Consejo de Indias. Había también algunas hojas de papel punzadas para conseguir provisiones y un pliego entero con las firmas del Consejo de Castilla, refrendadas por el secretario y diferentes signaturas de escribanos públicos. En un segundo pliego aparecían las rúbricas del Conde de Badajoz y otros notables.
                                                                      - ¿Qué tiene que decir ahora?

                                                                      - Yo le dije que no estaba bien, que le cogerían pero no me hizo caso - se disculpó la mujer sin mucho convencimiento. - Pero no sé dónde está, de verdad. Hace dos noches que no duerme en casa, se marchó con varias licencias.
                                                                        La esposa de Veneciano ingresó en prisión aunque estaban convencidos de que no sabia nada sobre el escondite de su marido. Andrés era listo y llevaba muchos años eludiendo a la Justicia. Cuando se enteró del crimen del campamento, supo que iba a tener dificultades y decidió desaparecer. Falsificó muchas licencias para conseguir dinero rápido, algunas con más fallos de lo habitual por las prisas, y dos días antes, como Lola juraba, se esfumó. Sus compinches no fueron tan precavidos. Además de Velasco, cayó Sebastián de Barrameda, que ayudaba a vender las cédulas. Éste declaró que Veneciano era su amigo y le dio una licencia para escapar a las Indias pues tenía problemas en la ciudad por antiguas deudas pero que él prefirió unirse al negocio. Que así había conseguido vender unas diez por veintidós ducados cada una, una tercera parte de lo obtenido se la daba a Veneciano.

                                                                        El contador se quedó con una de las cinco licencias para cotejar de nuevo todas las cédulas de los pasajeros y apresar a cualquiera que tuviera un papel con firmas parecidas. Las restantes las mandó a la Casa de la Contratación a Sevilla para que las enviaran, a su vez, a Madrid.
                                                                        Todos estos hechos ocurrieron en menos de una semana. En medio de tantos problemas y sin que el tiempo fuera sereno, las naos Capitana y Almiranta y otras cinco naves, remolcando a igual número de galeras, consiguieron atravesar la barra de Sanlúcar. Los vientos eran cada vez más recios y el resto de la flota se quedó en el río sin poder salir debido a los remolinos que giraban en la desembocadura del Guadalquivir. El temporal empeoró. Los grandes navíos, que no podían continuar el viaje sin el resto de la flota, tenían grandes dificultades para permanecer anclados en alta mar.

                                                                        domingo, 11 de marzo de 2012

                                                                        EL HUNDIMIENTO DE LA FLOTA 2

                                                                        El contador muy enfadado mandó a los oficiales que llevaran al hombre y a la mujer a la cárcel y retiraran el cadáver. Furioso se encaminó, acompañado de Miguel de Alcántara, a la casa donde estaba hospedado Don Gonzalo de Ronquillo. Con rabia golpeó el portón, el ruido resonó en el interior sobresaltando a los inquilinos. Arrastrando los píes, Amancio gritaba “ya voy, un momento, por favor”, “estas no son horas”, “no hagan más ruido”. La lluvia se coló al abrir la puerta.
                                                                        -         Haga el favor de llamar a su amo- dijo el Contador con un tono imperativo que no daba lugar a réplicas.
                                                                        -         Un momento, señor Núñez, me visto y bajo. - Don Gonzalo habló desde lo alto de la escalera. - Amancio, deles algo de beber y que se sequen junto a la chimenea.
                                                                        Cuando los visitantes explicaron el suceso que acababan de vivir en el campamento, Don Gonzalo no podía creer que fuera cierto. Su cara reflejaba asombro e incredulidad. Don Diego tenía idéntica expresión en el rostro. Esos sentimientos de incredulidad se fueron mezclando con rabia, humillación, hasta llegar a la furia. Habían pecado de ingenuos, Don Gonzalo sentía vergüenza de sí mismo.
                                                                        -         He intentado advertirles muchas veces de que algo parecido podía suceder. Nosotros no podemos controlar a tantas personas. La posibilidad de salir del país con total impunidad y sin gastos es un sueño dorado para muchos maleantes que han podido colarse entre esos colonos. La Casa de la Contratación no puede dedicar todo su esfuerzo a comprobar las identidades de los pobladores, tenemos otras misiones también muy importantes aunque a ustedes no se lo parezcan - dijo con intención mirando a Don Diego. - No son los únicos que ocupan esos barcos, nuestros soldados y gobernantes de América dependen de las mercancías que van en los navíos, sus hombres son sólo otra carga más.
                                                                        -         Lo entiendo, lo entiendo...- dijo Don Gonzalo apesadumbrado.
                                                                        -         No quiero parecer exigente... Su Majestad ha dado órdenes de que les ayudemos en todo pero. .. necesito de su colaboración. Además para ustedes es preferible descubrir los posibles engaños aquí. ¿Qué será de su expedición si entre la gente honrada se han escondido criminales? Causarán terribles desgracias cuando se sientan libres en tierras lejanas.
                                                                        Don Gonzalo interrogó con la mirada a Don Diego y éste asintió con la cabeza reconociendo su error.
                                                                        -         Haremos todo lo que nos pida, lo que considere necesario.
                                                                        El Contador bebió un sorbo largo de la copa que reposaba en una pequeña mesa al lado del sillón en el que estaba sentado junto al fuego.
                                                                        -         Es preciso revisar las licencias con detenimiento y en el caso de las mujeres comprobar con conocidos, si los hay, la autenticidad del vínculo matrimonial. Haremos una relación exacta de todos los pasajeros, seglares y frailes, y la mandaremos al Consejo de Indias para que compruebe si son las personas que han recibido licencias de ellos. En el caso de que haya algún extraño, se le mandará aviso de forma urgente para que tome las medidas que considere precisas.
                                                                        Así se hizo. Se establecieron varios controles para revisar los permisos entre los gritos de protesta de los colonos que tenían que aguantar colas e interrogatorios bajo la lluvia que no acababa de parar. Dos veces más, en días sucesivos, el contador dispuso que las naves abandonaran puerto; sin embargo, no llegaron a soltar amarras, fue imposible.
                                                                        Una de esas lluviosas mañanas ocurrió un suceso muy importante y clarificador.
                                                                        -         Contador, ¿puede venir un momento al control del campamento?
                                                                        El soldado Serafín estaba ahogado por la carrera. El contador hablaba con los capitanes de los barcos diciéndoles que si el tiempo no mejoraba, habría que arriesgarse, que la flota ya se había retrasado demasiado y eso entorpecía el comercio de toda la temporada pues al estar los muelles ocupados, las otras flotas, que irían a Tierra Firme y demás puertos de América, no podían empezar a cargar las mercancías.
                                                                        -         Las naves de la próxima flota deben pagar sus fianzas antes del 15 de marzo, ese día ya estarán aquí - decía sin prestar atención al soldado Serafín. - Tienen que estar listas para salir el 15 de abril. Es preciso, como ustedes comprenderán, vaciar el puerto antes.
                                                                        -         Por favor, contador... Don Gonzalo de Ronquillo me envía con un aviso urgente para que se reúna con él en el control del campamento.
                                                                        El conjunto de tiendas, mojadas y embarradas, hervía de comentarios. Don Gonzalo y Don Diego estaban muy preocupados.