miércoles, 29 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 7

Gonzalo de Ronquillo se quitó el sombrero y se secó el sudor que perlaba su rostro.
-         Vengo de recoger la licencia del servicio. Doce esclavos negros en total.
Diego estaba sentado bajo la sombra de un árbol del jardín trasero de la casa de Sevilla. Le enseñó la carta que estab leyendo.
-         Ha llegado hace un rato y me he tomado la libertad de abrirla como tu heredero que soy. Es una Cédula del Rey. Es gracioso, te pide que ayudes a Sande a regresar a Nueva España y que no lo obligues a embarcar hasta que él no lo considere necesario. Conociendo a Sande, dudo mucho que nos esté ni siquiera esperando. Saldrá corriendo en cuanto lleguemos y se llevará los papeles para que tú no sepas ni dónde te encuentras.
-         La verdad, no consigo comprender por qué lo odias tanto. Tiene un carácter difícil pero no es para tanto.
-         Cambiando de tema, primo, te has perdido esta mañana una escena digna del teatro. Aquilino apareció gritando y temblando diciendo que el “fantasma” de Lucio ha vuelto a la ciudad y que lo va a matar. Han sido necesarias dos tazas de tila para calmarlo y aún anda por ahí refunfuñando “pues yo lo he visto”, “lo he visto”. No ha habido forma de que entendiera que Lucio es un borracho pero no está tan loco como para volver a Sevilla donde sabe, con total seguridad, que lo están buscando y que el futuro mejor que puede encontrar es acompañarnos en este viaje encadenado a un remo.
-         Cosas de chiquillos. Aquilino tenía pasión por ese malnacido; menos mal que se te ocurrió comprar a Mariano y su influencia ha sido muy beneficiosa; si no habríamos tenido dos ladrones en la casa. Ya se le pasará, habrá visto a alguien parecido.

Gonzalo se dirigió a su habitación para lavarse antes de comer.

martes, 28 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 6


-         Queridos y bien amados hermanos. Nos ha costado mucho esfuerzo y muchas vidas llegar hasta estas tierras. Han pasado casi quince meses desde que abandonamos la costa de Sanlúcar. Llevar la palabra de Dios y su santo Evangelio a todos aquellos que son menos afortunados que nosotros y que todavía viven en las tinieblas es nuestra única misión. Aunque a veces ante los muros que se levantan en el camino nos sintamos desfallecer, no debemos rendirnos. Cuanto más dura sea la lucha, más nos acercamos a nuestro Señor Jesucristo. Si él entregó su sangre por todos los hombres, nosotros, humildes pecadores, no podemos negarnos a sufrir el mismo martirio. No sabemos qué encontraremos oculto en esas oscuras espesuras que se adivinan en el horizonte, sea lo que sea lo enfrentaremos con la palabra de Dios en los labios. Los hermanos Fray Pablo de Jesús y Fray Bartolomé Ruiz van a desembarcar en esas playas que llaman de Camarines y harán el resto del trayecto a pie para darnos cuenta de sus impresiones cuando se reúnan con nosotros en Manila. Todos rezaremos por ustedes, hermanos, para que no haya peligro en su camino.
El Padre Alfaro estaba en la cubierta del navío que había salido en marzo de Acapulco. La travesía, a pesar de los últimos vientos contrarios, no había sido mala. En las Islas de Los Ladrones descansaron seis días antes de contemplar las tierras de Filipinas. Fray Pablo de Jesús y Fray Bartolomé Ruiz esperaban en silencio, con las cabezas inclinadas, la bendición del Prelado. Alfaro realizó la señal de la Cruz en el aire y la pequeña embarcación, que acercaría a los frailes a la playa, comenzó a alejarse. Los barcos prosiguieron hasta Manila donde llegaron en los primeros días de julio de 1.578. (*)
La llegada de los religiosos produjo una revolución en Manila, todos se acercaban a darles la bienvenida. El primero fue Fray Agustín de Alburquerque.
-         Es un milagro. ¡Un verdadero milagro! Llevamos años rezando para que alguien nos ayude. Vayamos al Monasterio, los hermanos están deseando conocerlos.
El Padre Alfaro preguntó por el gobernador y Alburquerque le explicó que se encontraba en Borneo.
-         Llevan desde marzo fuera de Manila. Mientras regresa el Doctor Sande, no se apuren, compartirán nuestra mesa y nuestra humilde morada.
Los franciscanos estaban abrumados con tantas muestras de cariño; mujeres y niños besaban sus manos y los hombres se descubrían la cabeza en señal de respeto a su paso. El Monasterio de San Agustín tocó la campana que coronaba su torre.
-         Fue lo único que se salvó del asalto del corsario Li- Ma-Hong -explicó el Padre Alburquerque señalando la campana.
-         ¿Corsario?- preguntó temeroso Fray Esteban Ortiz.
-         No se preocupen, huyó y nadie sabe con certeza dónde se encuentra.
 Sonrió el agustino abriendo la puerta del Monasterio.
-         ¡Alabado sea el Señor! Por fin llegaron. ¿Has oído? Ya han llegado -dijo Fray Francisco Ortega en cuanto vio a los invitados.
-         Les presento al Padre Ortega, nuestro contacto directo con Dios.
Los franciscanos pronunciaron algunas palabras de presentación dirigidas al anciano que se alejaba en dirección a la cocina corriendo y mascullando “la comida”, “más comida”.

* NOTA DEL AUTOR-Algunas fuentes sitúan la llegada de los franciscanos en el mes de julio de 1.577. No obstante, si tenemos en cuenta una carta escrita por Alfaro el 25 de julio de 1.578, en la que expone que su peregrinación ha durado 15 meses y que cuando él y sus hermanos llegaron, Sande estaba en la Jornada de Borneo, no queda más remedio que fechar en el 78 la llegada de los franciscanos.

domingo, 26 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 5

Luis de Sahajosa y los capitanes se reunieron con los soldados que habían salido primero en busca del Sultán Rexar en una populosa población situada en la margen izquierda de un río de aguas esmeralda. La ciudad contaba con un fuerte y numerosas casas alargadas donde convivían varias familias. Unos botes estrechos y planos circulaban con tranquilidad por el río, los hombres los impulsaban con pértigas. Los puercos y las gallinas correteaban entre las casas, el suelo ya no era pantanoso. Las plantaciones de pimienta y frutas rodeaban el poblado. Las mujeres, vestidas con telas de alegres colores sujetas a la cintura, lavaban la ropa en el río; los niños, felices y desnudos, se lanzaban desde los árboles cayendo entre parloteos y risas en el agua fresca. La sorpresa dejó mudos a los españoles.
Acomodados en una larga casa con una terraza sobre el río, fueron obsequiados con manjares exquisitos y recibieron la discreta visita de las mujeres que se ofrecieron para descargar las tensiones de sus agotados cuerpos con masajes íntimos y excitantes. Los soldados, olvidando dónde estaban, se entregaron al placer entre aquellos dulces brazos.
-         ¡Es un sueño! - comentaba Luis de Sahajosa al capitán Herrera. - Ahora comprendo por qué no regresabais y nosotros muriéndonos de asco en ese pueblo inmundo, lleno de alacranes y víboras.
-           El Sultán nos recibió y prometió que se sometería a nuestra ley; después nos pidió que no rechazáramos su hospitalidad y ¿quién puede negarse? Los hombres necesitan un descanso, muchos están enfermos.
-         No te disculpes, este descanso nos ha venido bien a todos. El Sultán nos ha invitado mañana a comer. ¿Crees que son ciertas sus intenciones?
Las relaciones entre el maestre de campo y los capitanes se habían relajado. Todos valoraban la actitud que había tomado en la jornada de Borneo y sabían de sus esfuerzos, infructuosos, para conseguir que Sande entrara en razón.
-         Es joven, demasiado joven e impulsivo pero no creo que nos traicione. Ha perdido muchos hombres y lo que le pedimos es poco. Sus consejeros están a favor de un entendimiento y de mantener relaciones amistosas. No se entienden con los portugueses; según he podido saber, el año pasado mataron a los integrantes de una flota entera. Los portugueses no quieren tratos con ellos, utilizan esta isla para coger esclavos, en lo que va de año han secuestrado a unos ochocientos. Cuando han sabido de nuestro odio por los portugueses, se han ablandado y cuando les explicamos con claridad las pretensiones del gobernador, la posibilidad de comprar barcos, mostraron mucho interés. Lo que no creo que sea tan fácil es el tema de los religiosos pero, la verdad, hay tan pocos en Filipinas y tienen tanto trabajo que no van a tener muchas ocasiones de viajar hasta aquí.
Luis de Sahajosa comprobó lo acertado que estaba el capitán Salvador Herrera. La entrevista con el Sultán se desarrolló durante la comida a la que habían invitado a los capitanes y al maestre de campo mientras los soldados se entretenían en unas largas esteras colocadas en la tierra y repletas de viandas. Las solícitas mujeres les daban de comer entre bromas y caricias. Los capitanes, siguiendo el ejemplo de su anfitrión, se acomodaron en unos mullidos almohadones, descalzos y sin armas, y con la mano derecha, como si fuera una cuchara, cogían el deslizante arroz para llevarlo a la boca junto a sabrosísimos pescados. La conversación, a través de los intérpretes de tagalo y de la lengua de Borneo, fue fluida y amena. Quedó sellado el compromiso con el Sultán brindando con agua.
Permanecieron un par de días más en aquel paraíso. Durante ese tiempo murieron cuarenta soldados de los que estaban en los barcos por enfermedad. Sande se estaba quedando solo y esperaba impaciente el regreso de los capitanes y de Sahajosa. Todos los días tenían que arrojar cadáveres al mar. Cuando a principios de junio adivinó las velas de los navíos y oyó las voces de los remeros de las galeras, su corazón dio un vuelco.
- No, Francisco, sigo pensando lo mismo, no hace falta que nos establezcamos en la isla. Los hombres están enfermos y el Sultán ha dado su palabra de paz. ¿Para qué vamos a malgastar vidas y dinero? Las relaciones comerciales no precisan destacamentos. Tenías razón, tengo que dártela, los barcos son buenos y tienen grandes fundiciones pero si dejamos hombres aquí, habrán muerto antes de que lleguemos el resto a Manila.
El gobernador escuchaba de mala gana los razonamientos de Sahajosa. Muy a su pesar comprendía que estaba en lo cierto.
-         Últimamente te dejas influenciar mucho por esos malditos capitanes. De acuerdo, regresaremos a Manila pero no todos.
-         Francisco...- interrumpió el maestre desconsolado.
-         Calla, estúpido. He decidido que algunos vuelvan dando un rodeo por Coló y Mindanao.
Ante el estupor de capitanes y soldados, Sande nombró capitanes a Esteban Rodríguez de Figueroa y a su hermano Bernardino. Las quejas de todos no pudieron con la obstinación del gobernador que, por despecho, insultó y rebajó de categoría a varios de los capitanes más críticos con su decisión.
La armada giró hacia Manila y despidió con tres salvas a la pequeña flota que, comandada por el nuevo capitán Esteban Rodríguez de Figueroa, puso rumbo a la pequeña Isla de Joló, seguido por Bernardino.

sábado, 25 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 4

En el poblado apenas había artillería, los españoles sólo pudieron hacerse con tres pedreros, una pieza de batir saetas y unos pocos arcabuces sin munición. Uno de los pedreros tenía las Armas de Portugal.
-         Francisco, no considero acertado establecer un destacamento en esta tierra enferma y estéril.- Luis de Sahajosa hablaba con un Sande que cada día confiaba menos en él. - Los hombres están agotados, podemos volver con la cabeza alta a Manila; les hemos infringido una gran derrota pero continuar aquí sería una estupidez. Perdona que te hable así pero no sé qué te ocurre, ya no razonas.
-         El que no entiende qué te está pasando soy yo, Luis.- Sande lo miraba con el ceño fruncido. - Tampoco me encuentro bien, tengo fiebre, pesadez en las piernas... pero me aguanto- gritó pegando un puñetazo en la mesa. - ¿Crees que voy a abandonar ahora? Estás muy equivocado. Llevo años esperando una victoria como ésta. Ahora Su Majestad me tendrá en consideración. Esta sucia tierra, como tú la llamas, será conocida como la isla que conquistó el doctor Sande, Francisco de Sande, natural de Cáceres. Años soñando con un triunfo como éste... Escribiré al Rey Felipe II solicitando el hábito de Santiago o el de Alcántara en reconocimiento a una empresa tan gloriosa y ni tú, ni un puñado de maricones que se llaman soldados podrá hacerme desistir.
Luis de Sahajosa enojado abandonó la habitación del palacio.  Apenas fuera varios soldados se acercaron llamándole con grandes aspavientos. El maestre de campo, intrigado, fue hacia ellos para comprobar qué pasaba. El capitán Juan de Carrión, con voz entrecortada por la emoción, le dio la gran noticia.
-         Tenemos a un tío y un primo del sultán. Magachina lo ha reconocido como el que lo cogió prisionero. Estaban cerca, espiando con unos pocos soldados. No han presentado oposición y piden hablar con el gobernador.
Sahajosa se acercó a saludar a los prisioneros como se merecían al ser personas importantes y pidió que los trataran bien. La entrevista con Sande tuvo lugar en el palacio al día siguiente. Los dos prisioneros se mostraron muy comedidos y amistosos y prometieron hablar con el Sultán Rexar para conseguir que se doblegase a las exigencias de los ganadores. Sande, entusiasmado, mandó a Sahajosa, a los capitanes Juan Pablo Carrión, Juan Maldonado, Juan de Morón, al tesorero Salvador Aldave y a setenta hombres que escoltaran a Salalilla hasta el refugio del Sultán. El gobernador se quedó en el poblado con cuatro capitanes de galeras.
Los soldados castellanos empeoraban día a día; la fiebre se cebaba en ellos y permanecían tumbados y delirando. Las primeras muertes se produjeron con rapidez,  Sande tampoco se recuperaba y la enfermedad alcanzó al Padre Rada, quien debilitado tras el atropello de los chinos, murió de la noche a la mañana. Esta muerte consiguió que Sande recuperara un destello de lucidez y, por primera vez, contempló a los soldados tendidos en el suelo fangoso, devorados por los bichos que andaban por sus cuerpos con impunidad. Trastornado por la visión, levantó el campamento y se refugiaron en los barcos que fondeaban frente a la costa en espera del regreso de los demás.

viernes, 24 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 3

El doctor Sande dispuso que los navíos más pesados anclaran a cuatro leguas de la costa y él en persona encabezó la marcha hacia el poblado. Recogieron a Magachina, que les hacía señas desde la orilla, y llegaron al lugar donde el principal de Balayán había estado encerrado. Los soldados se desplegaron por las calles con el agua por las rodillas, las casas se levantaban tres o cuatro brazos sobre el líquido marrón oscuro. En el extremo más oriental del conjunto de chozas, los brazos de agua se abrían en una laguna igual de embarrada presidida por una edificación gigantesca en comparación con las que habían visto hasta ese momento. Acertaron al apostar que se trataba del Palacio del Sultán. Dos sierras enmarcaban la laguna, se deslizaban de sus cumbres cascadas de agua cristalina, la misma que perdía su pureza al tomar contacto con la tierra pantanosa de la base de las colinas.
El gobernador recorrió sin descanso el poblado buscando un sitio llano para levantar un campamento. Tras muchas vueltas escogió una diminuta llanura que salvaba a la única mezquita de la aldea de ser tragada por las aguas. El terreno seguía siendo fangoso pero allí la humedad que brotaba del suelo no superaba los tobillos de los soldados. Sande ordenó que se levantara una empalizada en previsión de que el Sultán regresara para defender sus tierras. En cuanto los soldados empezaron a cortar madera, el gobernador acompañado del Padre Rada subió al Palacio que dormitaba vacío en la laguna. La escalera de troncos que partía del agua terminaba en una especie de mirador que se abría al lago plagado de mosquitos. La edificación era de madera hasta el techo que jugaba con varios niveles de tejadillos cubiertos de musgo. Un corredor techado permitía acceder a las habitaciones comunicadas entre si por puertas y cortinas. El suelo estaba  tapizado por esteras de palmas trenzadas de dos colores: gris y marrón. No había ningún signo de lujo; nada que mereciera la pena expoliar, incluso la vajilla y los enseres estaban fabricados con tosca madera sin adornos. El Padre Rada comentaba a cada paso la diferencia de ese palacio con los de los virreyes y gobernadores de China.
-         Son muy pobres -decía el agustino. - Si hubiera visto las sedas y el oro de los chinos...
-         Cállese, Padre Rada, ya me lo ha contado -atajó, brusco, el gobernador.
Sande, decepcionado, estableció en el palacio su cuartel general. Los días transcurrieron sin novedad; los barcos españoles regresaron con la mala noticia de que habían perdido al Sultán. Los soldados se afanaban en concluir la cerca para lo que necesitaron doce jornadas. Los primeros síntomas de enfermedad aparecieron pronto. El agua fangosa, la humedad, las picaduras de animales afectaron a todos, incluido Sande. El maestre de campo organizó grupos para capturar indígenas huidos. Cuando empezaron a llegar los prisioneros supieron que el Sultán había burlado a los Castilla escapando por un río menor y que permanecía escondido en una población a tres días de camino. Sande envió al capitán Salvador Herrera, con ciento veinte hombres, a darle captura. Salieron a bordo de tres galeotas y dos fragatas de las que habían tomado a los vencidos de Borneo.

jueves, 23 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 2

Durante varias horas las flotas lucharon encarnizadamente, los hombres de un bando y otro caían al mar, heridos o muertos. El fuego prendía en mástiles y velas. El doctor Sande se refugió en el camarote principal de su navío dejando al maestre de campo que organizara la lucha. El Padre Rada corría ayudando a los heridos a ponerse a cubierto y dando una rápida absolución a los cuerpos mutilados que quedaban tendidos desangrándose entre espasmos. La superioridad de los españoles quedó pronto en evidencia y así lo entendió el Sultán Rexar. Los navíos se encontraban a la par, la lucha cuerpo a cuerpo se volcaba a favor de los españoles. Los cuerpos semidesnudos de los soldados de Borneo perecían ensartados en los aceros castellanos. Esteban Rodríguez de Figueroa giraba sobre sí mismo destrozando cinturas enemigas, inferiores en habilidad, fuerza y estatura. Bernardino de Sande gritaba como un poseso clavando su espada en los musulmanes que le interceptaban el paso hacia el timón de la galeota de Borneo.
El Sultán comprendió que había sido derrotado y comenzó a huir río arriba seguido de las naves más ligeras. Los españoles tardaron un tiempo, enfrascados como estaban en la lucha, hasta percibir la maniobra de su enemigo.
Los disparos retumbaban en el centro de la selva. Magachina y los seis remeros caminaban, escoltados por tres soldados, hacia el poblado donde estaba la prisión. Magachina, con un cepo en la garganta y cadenas en los pies, sorteaba piedras y lianas, cayéndose frecuentemente y retardando la marcha. Los seis remeros, atados sólo con cuerdas en las manos, aprovecharon una de sus caídas para salir corriendo. Los soldados que los custodiaban dispararon acertando a tres, el resto se perdió en el bosque. Magachina siguió hasta el presidio vigilado por los tres furiosos soldados.
La noche llegó a la desembocadura del Río Borney, los Castilla, extenuados por la batalla, contaban las bajas: cien soldados españoles habían muerto, el número era muy superior en el bando contrario. "No podemos saberlo con certeza pero superan los seiscientos" aseguraban los capitanes. El gobernador subió al aire libre cuando la pelea concluyó y mandó que cinco barcos, los de menor tonelaje, siguieran al Sultán huido. Los ganadores de la batalla  tomaron para sí veintiún galeras y veintisiete navíos ya que muchos de los nativos, al comprobar la maniobra de su jefe, habían abandonado las naves saltando por la borda para internarse en la jungla.
-         No ha estado mal, Luis - decía Sande al maestre de campo. - Nos hemos hecho con medio centenar de navíos y la mayoría están nuevos. ¿Has visto cómo saltaban al agua esos cobardes? Nos han entregado la ciudad limpiamente. Mañana bajaré en persona al poblado.
Magachina escuchó aquella noche gritos airados que pedían su cabeza. Un pelotón de borneyes, embrutecidos por la derrota, querían lincharlo. El carcelero se enfrentaba a la masa amenazando con la cólera del Sultán cuando comprobara que su prisionero había sido asesinado. Los iracundos hombres se apaciguaron y se fueron dispersando en los pantanos que rodeaban el poblado. Magachina, alarmado por el incidente y contento por la victoria castellana, intentó que el carcelero lo soltara. La aldea estaba casi vacía, sólo quedaban mujeres y niños incapacitados para luchar. Magachina convenció al hombre de la precariedad de su situación, abandonado por todos, esperando la llegada de las tropas invasoras. El carcelero tomó conciencia de la derrota y abriendo los candados que sujetaban al prisionero lo dejó en libertad. El mensajero de los Castilla llegó al amanecer a la desembocadura del Borney, justo a tiempo de ver las figuras de los cinco barcos emprender la persecución del Sultán.

miércoles, 22 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 1


Magat y Magachina, principales de Balayán, se acercaron en dos lanchas impulsadas por remeros hacia la armada del Sultán de Borneo. Cinco indios de Balayán y uno de Tongo remaban de pie en el centro de la larga canoa con un palo en cada mano que se cruzaban a la altura del pecho. Magat y Magachina, sentados en un pequeño taburete en la parte de atrás de las barcas, contemplaban cómo los árboles de la playa crecían conforme la distancia iba siendo menor. Un hombre alto, con un turbante en la cabeza y una cuidada barba, se acercó a la embajada de paz en cuanto saltaron a tierra; era Salalilla, tío del Sultán Rexar. Con una inclinación de su delgado cuerpo, tocando con su mano la frente y el corazón, los invitó a seguirlo a bordo de la galera que él comandaba. Los adornos de oro de los principales de Balayán despedían destellos de luz al contacto con el sol y tintineaban al ascender por la escala del navío.
Los ojos de los españoles se cerraron intentando precisar qué ocurría con los embajadores, la tensión estiraba los músculos de los capitanes a quienes el maestre de campo había dado órdenes de estar preparados para un posible ataque. Los cañones de la armada de Castilla apuntaban a la flota de Borneo, listos para ser disparados al menor signo de hostilidad. El gobernador y el Padre Rada permanecían en silencio con la vista fija en los puntitos que se movían en la lejanía.
Magat y Magachina, en la cubierta de la galera, entregaron las dos cartas de presentación. Salalilla las miró e hizo pedazos la escrita en tagalo. A un gesto autoritario de su brazo se adelantaron varios de sus soldados, inmovilizaron a Magachina y a los seis remeros, los despojaron de sus armas y joyas. Otros tres hombres empujaron a Magat hacia la escala y lo obligaron a montar en una lancha, sosteniendo tembloroso la carta en lengua nativa. La pequeña embarcación se dirigió al navío donde esperaba el Rey de Borneo.
Los nervios consumían a los españoles, los soldados se revolvían con impaciencia y los capitanes intentaban mantener el silencio a gritos. Luis de Sahajosa contenía el aliento. El doctor Sande recorría la cubierta de la nao capitana con pasos inquietos. Esteban Rodríguez de Figueroa acariciaba su espada, Bernardino lo imitaba. El Padre Rada comenzó a rezar mentalmente un rosario, el ruido que producían las cuentas en sus manos desquiciaba a Sande y a los marineros. El sol cegaba las pupilas inmóviles que observaban la costa.
Salalilla bajó a Magachina a un camarote y los remeros fueron atados a los postes de cubierta. Con ayuda de un intérprete, el tío del Sultán interrogó al prisionero sobre las armas y fuerzas que llevaban los españoles. Magachina se negó a hablar. Salalilla le propinó un fuerte golpe en la cara que le partió la nariz y varios dientes, tumbado en el suelo el principal de Balayán se retorcía de dolor. Lo levantaron y el interrogatorio prosiguió con las mismas preguntas; dos puñetazos le aplastaron las costillas. Magachina se dobló y entre jadeos sanguinolentos informó del número de soldados y las armas de los españoles. Salalilla satisfecho mandó que lo encerraran en la prisión del pueblo que se encontraba dos leguas río arriba. Peor suerte corrió Magat. Una vez entregada la carta al Sultán Rexar, hombre joven e impetuoso, éste sin mediar palabra ordenó que lo degollaran y lanzaran su cuerpo al mar. El cadáver se sumergía en el agua cuando surgió el primer cañonazo dirigido a una de las galeras de Castilla, no dio en el blanco pero el impacto de la bala a dos palmos de su casco la hizo oscilar. La batalla se desencadenó.

martes, 21 de febrero de 2012

LA JORNADA DE BORNEO 5


-         Estoy impaciente por llegar- dijo el Padre Lucarelli apoyado en la barandilla de estribor del barco que les llevaba en la etapa final de su complicado viaje.
Llevaban más de un mes navegando con placidez y sin contratiempos. El velo de temor que cubría a los franciscanos cuando contemplaron el navío en el que debían encerrarse durante varios meses se había descorrido con el aire limpio y sano que rodeaba la cubierta apenas oscilante sobre las tranquilas aguas.
-         Temía que volviera a cercarnos la enfermedad. - Susurró el Padre Lucarelli dejando que sus anchos pulmones se llenaran del aroma del salitre marino.
-         Yo también lo temí pero Dios, nuestro Señor, no nos abandona y ha escuchado nuestras plegarias. Este viaje tranquilo y placentero, comparado al que nos llevó de España a México es una bendición. Debemos agradecer al Señor su misericordia. -El Padre Alfaro sonreía cegado por los destellos que el sol ponía en la superficie cristalina del mar -. ¿Ha visto alguna vez aguas más claras que éstas?
-         Nunca, tienen un color que embriaga si se contemplan mucho rato. El Caribe es verdoso, este mar es como el paraíso. ¿Será igual Filipinas? ¿No siente curiosidad, Padre Alfaro, por lo que nos encontraremos? - Lucarelli se secó una gota de sudor
-         Más que curiosidad, estoy deseando empezar nuestra labor, hace doce meses que iniciamos esta peregrinación, mi corazón está en ascuas, impaciente por predicar el mensaje de Jesucristo, por perderme en la selva llevando en mis labios la palabra de Dios. He interrogado a los capitanes y marineros que han estado en Manila y todos coinciden en que la falta de religiosos es uno de los problemas principales para la pacificación. Los agustinos no pueden multiplicarse y llegar a todos los territorios que componen el Archipiélago. En Manila hay más conversiones porque mantenemos un férreo control pero en las demás aldeas los indios olvidan pronto las promesas que hacen y vuelven a su idolatría pagana en cuanto los misioneros los abandonan. Los capitanes aconsejan que nos ejercitemos en el manejo de las armas, eso no me gustaría.... La palabra de Dios no puede ir acompañada de violencia. Muchos frailes se comportan como verdaderos soldados pero yo no admitiré esas actitudes en nuestra Orden.
-         Estoy de acuerdo. Nuestra misión es salvar almas, no matar. Yo le quería pedir un favor.
El Padre Alfaro lo miró con una sonrisa interrogante pero varios franciscanos se acercaron a la pareja y los dos Padres se volvieron para integrar a los recién llegados en la conversación.
-         Los veo muy sonrientes - dijo Alfaro a los tres religiosos que se habían incorporado al grupo.
-         Nos reímos, aunque no esté bien, de Fray Esteban Ortiz. Tiene un miedo pavoroso al agua y se pasa el día rezando tembloroso -dijo con marcado acento mexicano Fray Juan de Ayora.
-         Ninguno sabíamos de ese pánico de Fray Esteban. Nunca había comentado nada pero en cuanto vio el navío amarrado en Acapulco sus piernas se aflojaron y estuvo a punto de caer de bruces. Creíamos que se encontraba un poco débil, ésa fue la excusa que nos dio -agregó Fray Bartolomé Ruiz.
-         Le preguntamos pero no admitió, entonces, la verdadera causa de su palidez. Cuando el barco comenzó a moverse, confesó que nunca había podido soportar los barcos, pero tenía más miedo de usted. -Rió abiertamente Fray Francisco Muñique.
-         ¿De mí? - El Padre Alfaro estaba asombrado. -¿Tan duro parezco?
-         No, no es eso - se disculpó Fray Francisco Muñique. - El temía que si usted se enteraba de su pavor al mar, no lo dejaría ir a Filipinas. Se ha impuesto como penitencia este viaje y está muy avergonzado de su miedo. Se castiga porque piensa que es indigno de un representante de Dios tener miedo de sus creaciones. Nos reímos pero lo está pasando fatal. -Fray Juan de Ayora concluyó en tono de disculpa al ver la cara seria de Alfaro.
-         No sabía nada, luego hablaré con él. Estábamos comentando sobre Filipinas y lo que nos espera. ¿Qué piensan ustedes, que vienen de México, y tendrán más experiencia que nosotros en lo referente a conversiones?
-          El grado de colonización en las islas es muy bajo, no es comparable a Nueva España pero no creo que sea complicado atraer a los naturales a la verdadera fe si se les trata con paciencia y delicadeza.
-         Eso decíamos -apuntó Lucarelli. - Los capitanes han recomendado que aprendamos a manejar armas pero opinamos que va en contra de lo que predicamos. Nuestro Señor nos manda que en caso de ofensa pongamos la otra mejilla, no que carguemos contra el ofensor con una espada en la mano.
Un murmullo de aprobación surgió en el corrillo de franciscanos. Fray Pablo de Jesús se acercó para avisarles de que la comida estaba lista.
-         Me tenía que decir algo.- Alfaro paró las grandes zancadas de Lucarelli. - Algo de un favor.
-          Sí, claro, el favor. Se me había olvidado. Quería pedirle, siempre que usted lo estime conveniente, que cuando lleguemos a Manila no me detenga en la ciudad. Desearía viajar por las islas, querría descubrir las tribus, conocer a sus gentes y apoyar los en sus labores cotidianas mientras les explico la palabra de Jesucristo.
-         Ya veremos cuando lleguemos. No puedo prometer le nada pero comprendo su ansia y tendré en cuenta esta conversación.

lunes, 20 de febrero de 2012

LA JORNADA DE BORNEO 4

Al amanecer, Sande llamó al Padre Rada y al escribano Alonso Beltrán al que dictó una carta para enviarla con una embajada de paz al Sultán Rexar, rey de Borneo. Sahajosa asistió a la reunión.
-         Le voy diciendo y usted, que es persona instruida y experimentada en cuestiones de paz, si considera que algo no es correcto, me lo hace saber.
Sande se dirigía al Padre Rada. Hablaba dando zancadas por el camarote.
     Ya vos sabéis que tanto yo, Sande, como mis capitanes, por mandato del Rey nuestro Señor, vivimos en Manila, en la Isla de Luzón, y Cebú y otras partes. Allá en Manila se ha publicado que estáis intentando hacernos la guerra, incitando a los naturales de Luzón y otras partes para que se levanten y alboroten contra nosotros, habéis enviado espías a Cebú para que se levanten y a otras partes y que saliste fuera de vuestra casa con esta idea de proclamarnos la guerra con armada de navíos... ¿Le pasa algo, maestre? ¿No es eso con lo que me ha mareado los últimos meses?
Sahajosa no respondió. La voz de Sande se elevó.
– Y porque mi voluntad es buena no os vengo a robar ni dañar sino a hacer negocios, porque el Rey nuestro Señor así lo manda. El Rey de Castilla nuestro Señor gasta mucho dinero con nosotros y nos envía por todo el mundo a que divulguemos la ley del verdadero Dios y ahora vengo a vos a deciros principalmente para que conozcáis a nuestro verdadero Dios y Creador. No quiero haceros mal alguno, ni tomaros vuestras haciendas. Al contrario si vos sois nuestro amigo os ayudaré  y defenderé, que así lo ha mandado el Rey, mi Señor, y así ofrezco paz y amistad de nuestra parte.  De tal manera que haya seguridad de una parte y de la otra, para poder ir y venir unos a otros a contratar y mercadear como se suele hacer entre amigos. Lo que habéis de hacer es admitir predicadores del Santo Evangelio que prediquen la ley de los cristianos en esas tierras con toda seguridad y que también tenga libertad y licencia cualquier persona de los naturales de esa tierra para oír al predicador de la ley de los cristianos y el que quisiere volverse cristiano, lo pueda hacer sin que por ello se le haga mal alguno. Así mismo quiero que vos no enviéis a predicar la secta de Mahoma a ninguna parte de estas islas ni a los gentiles que hay en Tingues y otras partes de esa isla, por ser como es ley mala y falsa y mala la secta de Mahoma y sólo la de los cristianos es verdadera, santa y buena...
El Padre Rada escuchaba satisfecho e hizo un gesto a Sande para que prosiguiera. Sahajosa seguía taciturno.
-         Asímismo habéis de dar a los herederos de Raxa Solimán y Laucadora, naturales de Luzón, que son Vasallos del Rey Nuestro Señor, mis súbditos, en su real nombre esclavos y bienes que tenéis allá suyos retenidos y los prisioneros vuestros que estén en mis tierras os los devolveré. Además debéis dejar venir libremente a las personas que tenéis retenidas por decir que son ricos y que tengan licencia para volver a su tierra pues vinieron a contratar con vosotros y no es razón hacerles fuerza sino dejarlos libremente ir con sus mujeres e hijos y haciendas. Así mismo habéis de prohibir que vuestra gente pida tributo en esta isla porque a partir de ahora los cobraré yo. Respondedme y no detengáis a los mensajeros aunque ellos digan que se quieren quedar allá con vos porque si así ocurre, entenderé que hay algún engaño de vuestra parte contra nosotros. Como venimos por la mar y tenemos necesidad de provisiones, enviarnos ustedes algunas, las que os dirán los mensajeros y se os pagará como vos quisieres, que para ello traemos oro y plata. Espero vuestra respuesta y poder tener una entrevista personal; avisadme con toda brevedad. Dios os de la verdadera luz y salud, el doctor Francisco de Sande. En trece de abril de 1.578.

domingo, 19 de febrero de 2012

LA JORNADA DE BORNEO 3

Las quejas de los oficiales y capitanes de Manila habían surtido efecto aunque las buenas noticias no habían llegado aún a las lejanas islas. El Rey Felipe II había escrito varias Reales Cédulas a Sande, pero todavía se encontraban en camino, el trayecto entre España y Filipinas era muy largo. En ellas afirmaba que la conquista de China no le parecía acertada de momento, que sólo se procurara la amistad y las buenas relaciones con el vecino reino, evitando cualquier causa de indignación. El monarca no deseaba en esos momentos correr grandes riesgos, para él era suficiente que los descubrimientos fueran dentro del ámbito de las Filipinas, y que esos territorios fueran posteriormente pacificados y poblados. Para seguir con esa política se comprometía a mandar desde España cada año más personas, armas y municiones y todo lo que se pudiera enviar. En una de las cédulas explicaba que se habían enviado ya al virrey de Nueva España algunas armas y le habían solicitado que mandara toda la artillería, los fundidores, ingenieros, mandadores de galeras, plomo y pólvora  que pudiera. También le habían encargado que enviara más religiosos y comentaba que ya estaba en camino una expedición de descalzos. En esas cartas el rey español daba seguridad a Sande  de que no olvidaba a  las Filipinas y aconsejaba  que gobernara con el seso y la prudencia que su cargo le confería.
Agradecía al gobernador la fortificación de Manila y aconsejaba que en el presidio principal hubiera gente por si había problemas para poder utilizarlos en la defensa de la zona. Una parte muy importante de esas cartas era la que hacía referencia a los repartos de tierras, las llamadas encomiendas. Para Felipe II las encomiendas eran necesarias, era un premio para los soldados y los que habían sufrido por el reino. Así que se reafirmaba en las encomiendas que ya estaban dadas y ordenaba que en el futuro se regalaran más tierras a quien se las hubiera ganado. El Rey ordenó a Sande que devolviera a Guido de Lavezaris todo lo que le había quitado: tributos, casa e indios por lo bien que había servido a la Corona. Un tiempo después, en mayo de 1.578, contestaría a los oficiales y obligó a Sande a levantar el embargo, a devolver las tierras y a pagar todos los salarios.
Pero las cartas tardaban años en llegar a su destino, el camino entre Madrid a Manila era largo y tortuoso. De momento, Sande que aunque no lo sabía ya no era gobernador, seguía haciendo su santa voluntad. La armada española cruzó las 200 leguas que separaban la Isla de Luzón de Borneo en cuarenta días de tranquila navegación y el 12 de abril de 1.578, la flota se encontraba a legua y media de la desembocadura del río Borneo. La bienvenida confirmó las malas expectativas de Sahajosa y los capitanes: una gran armada los esperaba a la salida del río y sus intenciones no eran amistosas.

sábado, 18 de febrero de 2012

LA JORNADA DE BORNEO 2

Gonzalo de Ronquillo no tuvo problemas para ver aceptada su propuesta por el Consejo de Indias. Sus expectativas de poder fueron ampliamente superadas. Tras las consultas pertinentes, sólo tuvo que modificar un punto a petición del virrey de Nueva España: de los seiscientos hombres, al menos doscientos deberían ser casados y sus mujeres viajarían con ellos. Hecha la modificación, la Capitulación siguió su curso y en ella quedó constatado para Ronquillo el cargo vitalicio de gobernador de Filipinas, 4.450 pesos anuales de salario y el cargo de alguacil mayor, con facultad para poner o quitar alguaciles menores en los pueblos que poblara. En esos mismos pueblos podría escoger tres repartos de indios, en moderada cantidad y se le hacía merced de una pesquería de perlas y otra de pescado. Asímismo, no tenía que pagar ningún impuesto aduanero por las provisiones y equipaje de los hombres que reclutara, se le concedió la exención almojarifazgo en esos términos. Se facultó a Ronquillo también para encomendar indios y repartir tierras, solares, estancias y caballerías a los hombres que llevaba y a sus hijos, legítimos o ilegítimos. Podía nombrar regidores, oficios, señalar términos y se le daba licencia para poblar las islas con ganado, edificios, molinos y todo lo que creyera conveniente para el buen gobierno de la zona. El Consejo también le hizo algunas recomendaciones, pocas para tantas facultades. Tan sólo algunos consejos sobre la conveniencia de tratar benignamente a los indios, sobre todo en el caso de los traductores y guías que debían acompañar por su propia voluntad a los españoles, con autorización de los jefes de las tribus de las que procedieran. Por último un encargo muy especial: el buen trato, conversión y doctrina de los indios. Su Majestad prometía que todo lo necesario sería enviado. El Consejo de Indias ayudó al coste de la expedición con 12.000 ducados.
Felipe II aceptó el proyecto aunque en una carta, dirigida al Consejo de Indias, se mostraba algo reticente con la expedición al considerar que se ofrecía mucho dinero y demasiada ayuda a unos hombres que no iban a descubrir nada ya que las islas estaban pobladas. El Consejo de Indias reconsideró la propuesta y redujo su ayuda; sin embargo, los avatares del destino y el mal tiempo hicieron que la reducción fuera pura teoría.
-         Y sólo una orden, Gonzalo, el anzuelo que sabíamos iban a picar: descubrir minas de oro y plata, registrarlas y aprovechar lo que de ellas se extraiga.
Diego leía la Capitulación ansioso, sus expectativas habían sido más que cumplidas, jamás se aventuró a soñar tanto.
- Nos han dado mucho más de lo imaginado. Tengo ganas de ver     la cara de Sande cuando lleguemos.
-         No corras tanto, Diego. Ahora queda lo más difícil. Tenemos mucho que preparar. La próxima semana volvemos a casa, quiero controlar personalmente los preparativos. Ah, quería encargarte que busques algunos criados más en Sevilla, los vamos a necesitar.
La maquinaria burocrática se puso en marcha de inmediato, las Reales Cédulas se multiplicaron. Era preciso disponer de naves en América, dispuestas y preparadas para cuando llegara la expedición; se necesitaban expertos en la navegación del Mar del Sur. El correo entre Nueva España, Tierra Firme, Guatemala, Nicaragua y Panamá se puso en marcha reflejando la importancia de la propuesta de Ronquillo. La búsqueda de pobladores se realizó en toda España: Burgos, Palencia, Valladolid, Medina del Campo, Segovia, Jaén, Granada, Murcia, Córdoba, Medina Sidonia, Martos... Como estaba dispuesto, se llamó a los hombres “sin tocar pífano, ni tambor, ni enarbolar bandera” y se les convocó en Sevilla o Sanlúcar. A la Orden de San Agustín se le pidió que escogiera a doce religiosos que acompañarían a Ronquillo para atender la conversión de indios y administrar los sacramentos a los pobladores que fueran a las Islas.

viernes, 17 de febrero de 2012

LAS JORNADA DE BORNEO 1



Cuatro días antes de la salida de los franciscanos de Acapulco, el puerto de Manila despidió a la armada que zarpaba con el doctor Sande al frente hacia la gran isla de Borneo. Nada ni nadie  había detenido al gobernador. Su buen amigo Sahajosa lo intentó de todas formas pero su voz no fue escuchada. Fray Martín de la Rada viajaba en el mismo navío que el gobernador, su espíritu vagaba de nuevo entre sueños de conversión: Los habitantes del cercano sultanato de Borneo eran musulmanes, almas infieles, engañadas, esperando oír el evangelio que les demostraría la verdadera fe católica.
Tres galeras, dos galeotas, dos fragatas y treinta y seis navíos transportaban a trescientos cincuenta soldados y más de dos mil indios amigos. La precaución de sus superiores contrastaba con el entusiasmo de los soldados, deseosos de una gran confrontación. Bernardino de Sande seguía como una sombra a Esteban Rodríguez de Figueroa.
-         Jovencito, cuando comience la juerga, observa lo que hago y aprenderás.
El hermano del gobernador asentía, los nervios del viaje le impedían quedarse quieto. Luis de Sahajosa se mostraba preocupado: si cuando tuvo que enfrentarse a unos indios mal armados había perdido a la mitad de sus hombres, temía lo que pudiera pasar ahora que el enemigo tenía grandes barcos y mucha experiencia. Los nativos de Borneo eran muy temidos en las islas del archipiélago filipino.

-         Alegra esa cara, Luis, parece que vas a un funeral - le animaba Sande. - He estado pensando en cuando tengamos al Sultán en nuestras manos y no tenga más remedio que firmar la paz. Borneo está fuera del Tratado del Maluco, los portugueses no podrán decir nada. Fíjate lo que sería si las especias de Borneo fueran nuestras, se podría abrir una ruta siguiendo la navegación portuguesa, bajando por el Cabo de Buena Esperanza hasta llegar a Borneo. No podrían detenernos. Ya veo el puerto de Sevilla inundado de pimienta musulmana.
-          Baja de las nubes, Francisco - atajó Sahajosa. - Puede que tengamos una verdadera batalla y, a lo mejor, no ganamos. Hasta podríamos morir.
-         No digas sandeces, no va a haber ninguna batalla. Su Majestad me informó hace tiempo que el Rey de Borneo estaba dispuesto a negociar con nosotros y me pidió que tratara su amistad. Lo demás son rumores.
Sande se esponjaba  de lo orgulloso que se sentía de sí mismo.
-         Son peligrosos. Los capitanes dicen que los soldados que llegan de España cada día son más jóvenes e inexpertos. Recuerda lo que pasó en Cagayán. Quizás sería hora de tomar en consideración las opiniones de los que llegaron a Filipinas antes que nosotros.
-         Me empiezas a preocupar, Luis. No sigas por ese camino.
La amenaza era muy clara.

jueves, 16 de febrero de 2012

LA PROPUESTA DE RONQUILLO 8

La fe era lo único que animaba a los franciscanos que permanecían en el Convento de San Francisco de México. Esperaban descansar, recibir ayuda y ánimos pero hallaron recelos y trabas, muchas trabas. Los frailes no daban crédito a la actitud de sus anfitriones quienes se oponían a que fuesen a fundar la orden a Filipinas; pasaron muchos días debatiendo el tema. No obstante, el tiempo que permanecieron en México luchando contra la burocracia de su propia orden, consiguió que  se restableciera el color de la mermada expedición.
-         No lo puedo entender, Padre Alfaro. Si no creyera en la santidad de estos hombres, juraría que la envidia los corroe.
-         No siga, Padre Lucarelli, que después se arrepentirá de sus palabras. Disfrute de la Natividad de nuestro Señor en un clima tan benigno. Este año no se le helarán los pies en la Misa del Gallo. ¿Dónde está ahora ese lirismo del que hacía gala en el puerto de San Juan cuando llegamos? Los frailes están sanos y por fin hemos llegado  a un acuerdo que nos permitirá embarcar dentro de unos meses hacia Filipinas. Tenemos una gran labor por delante, no esperaba de usted este abatimiento.
Después de las primeras reticencias muchos frailes de México se ofrecieron a acompañarlos y hacer una expedición digna. Entre los voluntarios Alfaro escogió a Fray Juan de Ayora, provincial de Jalisco; Fray Bartolomé Ruiz, Fray Esteban Ortiz y Fray Francisco Muñique, todos de la provincia de Valencia; Fray Juan de Porras, de San Miguel  y Fray Juan Clemente, religioso lego de la provincia de Burgos. A los dos días de la partida de México llegaron a Caravaca, a la tercera jornada a Txalapa donde permanecieron diez días hospedados en el Convento de los Padres Agustinos; el último tramo los llevó hasta aguas de Acapulco, hasta el brillante Océano Pacífico.
Los franciscanos, a pesar de su impaciencia, tuvieron que esperar un mes hasta que el 7 de marzo de 1.578 el navío que los llevaría a su destino final desplegó las velas y se adentró en el Mar del Sur. El color azul del horizonte devolvió al Padre Lucarelli todo su ímpetu religioso.