sábado, 14 de abril de 2012

RONQUILLO NUEVO GOBERNADOR DE FILIPINAS 2


El relevo de poder se llevó a cabo con toda normalidad. Sande se había prometido a si mismo no demostrar la humillación que sentía y sin dilación traspasó la dirección de Filipinas y se dedicó a preparar su regreso a Nueva España. Sahajosa y Bernardino de Sande decidieron quedarse de momento en Filipinas. Don Gonzalo de Ronquillo era abordado por capitanes, soldados y habitantes de las islas; todos querían darle la bienvenida y contarle sus cuitas personales con Sande. Ronquillo era prudente en sus manifestaciones porque sabía que un gobernador siempre es criticado y lo que veía en Manila, revelaba que su predecesor no lo había hecho tan mal. Los soldados vivían en casas confortables, la fortificación de la ciudad estaba terminada, las memorias oficiales reflejaban un control riguroso del gasto, la pacificación de la tierra había avanzado, los tratos con Borneo proseguían y los muelles recibían periódicamente la visita de los buques de China.


Mientras el doctor Sande terminaba de empaquetar sus infinitas posesiones decidido a embarcar el 22 de junio, Ronquillo tocó levemente con los dedos la gran mesa que a partir de ese momento iba a ser su lugar de trabajo y admiró el magnífico armario de artesanía oriental que le había regalado su predecesor. “Todavía hay mucho que hacer” pensaba hinchando su pecho, respirando con fruición el aire de esa habitación que representaba la culminación de sus aspiraciones. En cuanto llegó había tomado las riendas de las islas y se apresuró a tomar decisiones. Una criada filipina abrió la puerta y se sorprendió al encontrarlo allí, él pidió que le trajese algo de beber y separó la silla de la mesa, se sentó y tocó la pluma y el tintero que reposaban  en una esquina. Escribiría al virrey de Nueva España y mandaría la carta en el barco que llevaba a Sande.
“Salí de Panamá el 24 de febrero… Los de esta tierra han mostrado mucho contento y muestran estar muy molestos con el doctor Sande pero, según son de mal contentos dichos hombres de Indias, otro tanto puedo yo aguardar presto y más quien comienza a picarles en la bolsa. Yo hallé a casi todos los que viven en las islas ricos y a su Majestad pobre y tanto que si no es valiéndose de las haciendas de los ausentes y difuntos no pueden sustentar el gasto que tienen. Parecióme cosa rigurosa pasar adelante con que ganen 300 o 400 por ciento de las mercancías que llevan las naves de Su Majestad sin que ellas paguen fletes ni almojarifazgo. Así me he echado al agua y les he puesto a tres por ciento de entrada y salida de este reino y 12 pesos de flete de cada tonelada; todo es bien moderado y poco, según son gruesas las ganancias…” La criada llamó tímidamente a la puerta y entró con una botella de vino y un vaso, haciendo una reverencia salió. “Estoy pensando que lo más esencial es abrir la puerta a todos para este reino. Porque siguiéndose el trato y comercio con toda la gente de todas partes siempre entrará gente de refresco en ellas. También he visto grandes ganancias que hay de las cosas de China y de esta tierra vienen algunos navíos de particulares y así probaré los medios que me parecen buenos a tal ejercicio…” Sorbió la bebida con cara de satisfacción. “Según las buenas nuevas que se van teniendo de esta tierra se puede socorrer a los que quieran venir con solo el flete y el matalotaje. Aunque a Vuestra Merced le parece no conveniente entre mucha en ella, yo no lo entiendo así porque ninguna tierra puede ser mucho si la gente es poca y ella es la que rompe la tierra, labra las minas. Especialmente aquí nunca sobra gente porque son muchas las ocasiones y están muy a la mano en qué ocuparlas. Y lo principal es la China. Yo no estoy muy fuera de ella. Si me veo con caudal de gente y más teniendo a los portugueses…” Se levantó para contemplar el atardecer, encendió un candelabro que había en una repisa y lo acercó a la hoja que estaba escribiendo. “Lo que pienso este verano es ocupar las fuerzas, aunque tengo pocas y con poca salud, en la población de Ilocos y otros condados para buscar oro, para ver qué se puede aprovechar. Se necesitan más españoles, según me certifican en la Jornada de Borneo se perdieron doscientos. También sería preciso que enviaran a un boticario, ganaría bien de comer. Y arcabuces de munición y pólvora, todo lo demás por ahora puede esperar. La mitad de los que vinieron conmigo por marineros no lo son pero los aprovecharé como soldados”. La noche se echó encima, guardando la carta en un cajón salió hacia el comedor, la risa de Aquilino sonaba por toda la casa.

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