jueves, 12 de abril de 2012

RONQUILLO NUEVO GOBERNADOR DE FILIPINAS 1


Don Gonzalo de Ronquillo y la expedición de pobladores pasaron las Navidades de 1.579 en Panamá. Ronquillo oteaba el horizonte cada mañana esperando ver aparecer las velas de los navíos que los llevarían por fin a su destino, pero su vigilancia era en vano. Mandó un correo urgente al virrey de Nueva España para que le proveyera de gente y completar el número inicial de pobladores muy menguado por las deserciones y muertes, en Panamá desaparecieron casi ochenta hombres más. A finales de enero, las dos esperadas naves llegaron y el júbilo del campamento fue inmenso. Todos se apresuraron a cargar lo necesario para la larga travesía y el 24 de febrero de 1.580 desplegaron velas rumbo a Acapulco, primera escala donde otro navío con cincuenta voluntarios se uniría a la pequeña flota. Habían permanecido en Panamá cuatro meses. La navegación hasta Filipinas fue más corta, tres apacibles meses y después de tantos infortunios casi no se lo podían creer, sin ningún contratiempo. El 1 de junio lanzaron las amarras en el puerto de Manila.
- Mira, Diego, lo hemos conseguido.
    Gonzalo, emocionado, no pudo evitar dar un abrazo a su primo.
    - Eh, ¿qué modales sensibleros son esos para el gobernador de estas islas?- le contestó Diego desembarazándose del abrazo. - Veo acercarse a nuestro amigo Sande y no vamos a darle el gusto de que vaya diciendo a nuestras espaldas que somos dos mujercitas.
      Aquilino, que había crecido mucho durante el largo viaje y se había convertido en un espigado muchachito con una sombra de bozo sobre su labio superior, gritaba en cubierta "hemos llegado. Por fin, hemos llegado". Amancio y Mariano sonreían y hablaban. "Creí que nunca íbamos a pisar estas extrañas tierras". "No se apresure, Amancio, que todavía estamos en el barco..." Los demás criados empezaron a sacar los baúles más necesarios, subían y bajaban las escaleras deprisa, con ganas de pisar suelo firme. Los colonos que aún estaban en la bodega cantaban, los que miraban a Manila desde cubierta se abrazaban y besaban sin importarles lo que dijeran los extraños. Las pocas mujeres que habían conseguido superar la prueba, diez en total, atusaban sus cabellos y se arreglaban los vestidos raídos y sucios. La misma algarabía se formó en el puerto. Los mercaderes chinos cerraban más sus ojos y preguntaban el motivo de tanto alboroto. Los indios iban colocándose en fila para descargar las bodegas de los barcos en cuanto tocaran los muelles.
      Gonzalo de Ronquillo tuvo el mismo recibimiento que cinco años atrás Sande; aunque éste, en contra de lo que hizo Lavezaris, fue a recibirlo al puerto en cuanto se divisaron las naves y le dieron el aviso.
      - Encantado de verle, doctor Sande. Ha sido un viaje muy trabajoso. .. En varias ocasiones pensé que no llegaríamos a Manila.
        Ronquillo se alejaba con el gobernador hacia el centro de la ciudad.
        - Vamos a las Casas Reales para proceder al traspaso de poderes.
          El gobernador vio a Don Diego pero no se molestó en saludarlo.
          - No hay prisa, desearía escuchar primero una Misa en agradecimiento a la bondad del Señor que nos ha traído sanos y salvos hasta ustedes. Hay un religioso franciscano, el Padre Alfaro, al que conocí en Sevilla que me gustaría ver. Quizás él quisiera oficiar la ceremonia.
            Don Diego gritó a Aquilino que dejara de hablar. Los dos hombres se volvieron y los ojos de Don Gonzalo expresaron un mudo reproche.
            Mucho me temo que eso no será posible. El Padre Alfaro se encuentra en Macao, en China. Es una larga historia que después, si le place, le contaré. No obstante, el Prelado de los agustinos, Fray Agustín de Alburquerque, se considerará honrado de celebrar la Santa Misa.

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