viernes, 6 de abril de 2012

EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO EN CHINA 3

Se despertó en la calle, un sentimiento de culpa le impulsó a correr hasta la colina que se alzaba a las afueras de la ciudad donde vio a sus compañeros discutir acaloradamente.
- No, hermano Quintero, no puede ser tan grande. No es necesario -gritaba el Padre Lucarelli.
    Alfaro respiró hondo mientras escuchaba el sonido del mar rompiendo en las piedras del acantilado. El montículo elegido era una pequeña península. El azul del agua la envolvía y por el camino que serpenteaba hasta la cumbre se divisaba la ciudad de Macao.
    - Menos mal que ha llegado, Padre Alfaro. El hermano Quintero- dijo Lucarelli- no escucha mis palabras y quiere construir aquí una iglesia como la Catedral de Sevilla. Tal vez a usted le haga más caso.
      El Padre Alfaro se impuso la penitencia de dormir en el suelo y rezar tres rosarios al día por la sensación de plenitud que le había invadido en el sacrílego templo.
      - No, hermano Quintero. Aunque imagino que el Padre Lucarelli exagera, nuestras necesidades son muy pocas y deseamos una pequeña ermita y una sencilla casa donde vivir y comenzar nuestra labor. Nuestra Señora de los Ángeles estará satisfecha con una humilde ermita. La ostentación no es buena consejera en ninguna parte, menos en tierra de infieles.
        Pedro Quintero se vio desarmado y la iglesia se levantó según los deseos de los padres franciscanos. Alfaro, en una de sus cartas, describiría la capilla como "una fuente de agua". El 2 de febrero de 1.580, los franciscanos sentían sus corazones golpear en el pecho, esperaban en la puerta de la ermita la llegada del obispo, de los hermanos de otras congregaciones y principales señores de la ciudad quienes, acompañados por los naturales conversos, se acercaron cantando hasta la cima de la colina. Con una solemne misa celebrada por Alfaro y con un sermón que gentilmente cedió al obispo, se declaró oficialmente inaugurada la primera Casa Franciscana de China.
        En su nueva morada, la vida de los castellanos se estableció siguiendo los preceptos que regían a su orden. Se levantaban antes del amanecer para orar, dedicaban dos horas al estudio de la lengua china, desayunaban una pieza de fruta y marchaban al hospital de leprosos, instalado en el otro extremo de la ciudad, para ayudar a Fray Jacinto Deus en la ingrata tarea de curar las heridas y en la más edificante de animar a los enfermos. Pasado el mediodía regresaban satisfechos al convento y comían un poco de verdura. Por la tarde, mientras el Padre Lucarelli se dedicaba a levantar con sus propias manos una nueva ermita muy cerca del monasterio, que con el tiempo consagraría a Nuestra Señora del Rosario, Alfaro recorría los barrios de Macao predicando. Cuando la luz abandonaba el cielo, la sagrada misa y la oración volvían a inundar la capilla y las celdas de los monjes. Alfaro tenía el convencimiento que una vida humilde y caritativa terminaría por barrer las desconfianzas de los portugueses. Dormían en esteras sobre el suelo y entregaban más de la mitad de las provisiones que regalaban las almas cristianas de la ciudad. Un aura de santidad se fue forjando en torno a estos dos religiosos. El soldado Villarroel atendía las cuestiones menos espirituales: buscaba correos entre los navegantes chinos para que llevasen las cartas que, de vez en cuando, escribía Alfaro para sus superiores y para Sande; controlaba que la madera de las obras estuviera bien cortada y pulida para la ermita del Padre Lucarelli; buscaba artesanos capaces de esculpir las imágenes religiosas que se iban necesitando y visitaba con frecuencia al castellano Quintero, el único laico que no le negaba el saludo en la ciudad. Las palabras de Alfaro no conseguían convencerlo, él estaba seguro de que no era cuestión de tiempo el que los aceptasen en la ciudad. "Los oficiales nos espían y están esperando que cometamos el más mínimo error para expulsarnos. Si no fuera por el apoyo del obispo, nos habrían matado ya". Alfaro no compartía los temores de Villarroel, la vida de penitencia estaba comenzando a dar sus frutos y las peticiones de jóvenes para ingresar en la orden se acumulaban en la mesa de Andrés Couthino, varios frailes solicitaron permiso para cambiar de congregación e ingresar en los franciscanos. En la primavera de 1.580, la pequeña comunidad se vio incrementada con Fray Antonio de los Mártires, Fray Buenaventura de Lisboa, Fray Bernardino de Jesús y el novicio Fray Jacinto. No obstante, Alfaro no estaba satisfecho, todos los hermanos eran portugueses.

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