miércoles, 11 de abril de 2012

EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO DE CHINA 6

Las lágrimas corrían por las mejillas del italiano, su cuerpo se inclinó entre sollozos hasta posar sus rizos negros en los pies de su amigo, de su superior, del Padre Alfaro.
El barco donde montó Alfaro era pequeño y estaba abarrotado de pasajeros y mercancías. El trayecto hasta Malaca se vislumbraba largo y peligroso. Se alejaron de las costas de China con buen tiempo, el Padre Alfaro había llevado consigo a Fray Jacinto, el hermano que mejor conocía la lengua china y que le había servido de intérprete en tantas ocasiones. Pasaban las horas rezando y hablando con los compañeros de travesía. Las gallinas cloqueaban en las jaulas que cubrían la cubierta y los puercos tiraban con fuerza de las sogas que los sujetaban. Fray Jacinto, divertido, jugaba con los niños mientras Alfaro prestaba atención a las historias que le contaban hombres y mujeres, comprendiendo cada día un poco más de esa extraña tierra que tantos disgustos le estaba dando. Cuando los dos frailes se arrodillaban mirando al cielo para rezar, la chiquillería entre risas los imitaba, creyendo que se trataba de un juego más. Los niños copiaban sus gestos, hacían sobre la frente y el pecho la señal de la cruz y emitía murmullos inteligibles que se suponía eran las oraciones. Los padres se acostumbraron pronto a estas bromas inocentes y los dejaban hacer. Alfaro los miraba con simpatía y fabricaba rosarios con granos de arroz e hilos de seda, uno para cada niño.
El tiempo empeoró al acercarse a la gran isla de Borneo. Una gran tormenta los envolvió. Las olas ahogaron a las gallinas y los gritos de las mujeres que aferraban a los niños no cesaban. Dejaron a los animales en cubierta y se amontonaron como pudieron en las bodegas pero el barco era demasiado frágil para los rigores de esa mar embravecida, el agua se colaba entre los maderos. En medio de la noche, el piloto no pudo ver lo cerca que estaba de los arrecifes. El ruido del barco al chocar con las rocas fue como un rugido furioso; el agua resquebrajó la madera entrando en tromba en las bodegas, los chillidos estridentes de los niños y los gritos de dolor de los heridos se confundían con el sonido del huracán. Todo fue muy rápido, el barco se inclinó y se hundió en las negras aguas turbulentas. El padre Alfaro sintió la punzada de la roca traspasar su costado tiñendo de rojo el hábito de tela parda y desgastada. Malherido cogió a una niña que lloraba a su lado y por la abertura del casco nadó hacia la superficie, le pesaba la ropa, tocó una jaula que flotaba con varias gallinas muertas y agarró los bracitos de la pequeña a ella. No podía respirar, las olas lo zarandeaban, se alejaba de los restos del barco hundido. Agotado por el esfuerzo y la sangre derramada, perdió el conocimiento y descendió con dulzura hacia las profundidades marinas.

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