jueves, 8 de marzo de 2012

Mindanao 3

La iglesia de los franciscanos se alzaba produciendo una agradable sombra donde se refugiaba el Padre Alfaro que sentado en el suelo leía atentamente unas páginas escritas con una letra menuda y puntiaguda. Hasta su tranquilo asiento le llegaban las conversaciones de los enfermos que se agolpaban en la puerta de la casa que habitaban hacía varios meses. Fray Juan Clemente, portero del convento, recibía todas las mañanas a los pacientes de Manila y a otros de poblaciones lejanas que caminaban día y noche en busca de sus milagrosos remedios. Las tardes las dedicaba a recorrer los bosques en busca de plantas medicinales. Su fama se había extendido con rapidez pues nunca negaba su auxilio a nadie y cada vez tenia más trabajo. Cuando la cola de enfermos disminuyó, cerró la puerta del monasterio y se acercó al Padre Alfaro que seguía enfrascado en la lectura.
- Disculpe, Padre. Desearía hablar con usted de una idea que lleva semanas rondándome en la cabeza...- El Prelado levantó la vista del manuscrito e invitó al fraile a acompañarle en el suelo. - Como ha podido observar, cada día son más los que llaman a nuestra puerta en busca de remedios. A todos ayudo en lo que puedo pero muchos vienen demasiado enfermos; para conseguir su curación debería prestarles mis cuidados más tiempo...

- Padre Clemente por qué no se deja de tantos discursos y me habla con franqueza y claridad - le animó Alfaro.

- Necesito un hospital con camas donde poder acostar a los más graves o a los que llegan agotados del camino.

- Es una excelente idea pero creo que hay un problema, en Manila no sobran edificaciones, nosotros mismos desalojamos a unos soldados para poder vivir aquí.

- Eso no es problema. Algunos de los convalecientes se han ofrecido a allanar un terreno pantanoso que hay cerca y ellos mismos construirían una casa de caña y nipa. Lo hemos hablado, serían dos pabellones alargados...
    La cara de Fray Juan Clemente reflejaba ilusión.
    - Sí, ya veo que lo han estudiado con detenimiento. - Sonrió Alfaro. - Siendo así por mí no hay inconveniente. Deje que hable con el gobernador y si él acepta, pueden comenzar cuando lo deseen.
      El fraile se alejó agradecido y Alfaro sintió en su corazón un nuevo brío. Le complacía el esfuerzo de los hermanos. A los dos meses de la llegada, todos hablaban con relativa fluidez el tagalo. Ése fue el momento escogido por Alfaro para distribuir, siguiendo las directrices de Sande, los destinos de cada uno. Recordando la petición del Padre Lucarelli, lo envió junto a Fray Sebastián de Baeza, a Ilocos y Pangansinan. El capitán Pedro Lucas los acompañó. Por las noticias que le habían llegado Fray Sebastián de Baeza había comenzado su labor apostólica fundando una escuela de niños. El Padre Lucarelli recorría sin descanso la zona propagando la palabra de Jesucristo en los lugares más recónditos. Fray Pedro Muñique y Fray Alonso de Jesús Medina se encaminaron con optimismo a las Islas Panay y Cebú. Fray Juan de Plasencia marchó a Laguna Bay. Fray Diego de Oropesa se estableció en Balayán y a Mindoro fue destinado Fray Juan de Porras. Fray Pablo de Jesús y Fray Bartolomé Ruiz, que habían desembarcado en Camarines para hacer el trayecto a pie hasta Manila, regresaron a la comarca y vivían en Bicor; el capitán Juan de Guzmán fue con ellos. En Manila quedaron el Padre Alfaro, Fray Juan de Ayora, Fray Agustín de Tordesillas, Fray Francisco de Santa María, Fray Juan Clemente y Fray Esteban Ortiz, que seguía avanzando en el estudio de la lengua china. Alfaro presentía que sus servicios serían muy valiosos antes de lo que nadie pensaba y entró a orar en la iglesia que tenía a su espalda, dedicada a su querida Señora de los Ángeles, que había sido bendecida unos días antes de la partida de sus compañeros hacia las aldeas alejadas de la capital.

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