miércoles, 7 de marzo de 2012

MINDANAO 2

La avalancha de reclutas creaba problemas de alojamiento y abastecimiento en Sevilla. La Casa de la Contratación no tuvo más remedio que instalar en un campo de las afueras de la ciudad numerosas tiendas de las que utilizaban los soldados en los campamentos para acoger a los más de trescientos voluntarios que esperaban la orden de salir hacia Sanlúcar.
- ¡Magnífico, Gonzalo! ¡Qué triunfo! Doscientos veinte solteros y el resto casados, con sus mujeres, y en Sanlúcar no paran de llegar.
    La chimenea crepitaba en el hogar de los Ronquillo en Sevilla.
    - Me preocupa, sin embargo, que tardemos en embarcar y la gente se ponga nerviosa. Aquí están hacinados, veremos cuando se reúnan todos en el puerto... Los de la Casa de la Contratación no están de acuerdo con prestarnos tanta ayuda, cumplen las órdenes de mala gana. Si voy con cualquier problema, me dicen con total descaro que lo arregle yo.
      Así se lamentaba Gonzalo de Ronquillo a su primo que servía con cara de absoluta satisfacción dos copas de brandy tras la cena.

      - Esta mañana he ido a solicitar una nueva licencia para los criados, la verdad es que no entiendo qué ha podido pasar. ¿Cómo la he perdido? Es ilógico, juraría que la dejé en el escritorio pero… He revisado la casa de arriba a abajo, incluso dentro de los trajes por si la hubiera olvidado en algún bolsillo y ha desaparecido...
      - Es muy extraño - dijo Diego que no sabía nada pues acababa de volver de Sanlúcar. - ¿No la habrán robado?

      - Eso no tiene ningún sentido ¿quién puede querer una licencia para criados que no va a poder utilizar?

      - Sí, tienes razón. ¿Qué decías de la Casa de la Contratación?

      - Ah, que he ido esta mañana para contarles lo de la pérdida y solicitar una nueva y me han puesto miles de objeciones. He tenido que enfadarme. No hay tiempo para pedir una licencia al Consejo de Indias, con que ellos me hagan un justificante, vale. Al fin y al cabo tengo la Real Cédula del Rey ordenando que se deje pasar a doce criados conmigo. Al final han dicho que no habrá problemas. He dado los nombres de todos y han sellado un permiso especial.

      - No te desanimes, yo también he tenido algunos roces con el contador Juan Núñez de Illescas que se encarga de todo en Sanlúcar. No hace más que quejarse porque vienen demasiados voluntarios. Está muy preocupado pues hay muchos que se han quedado fuera del cupo, no tienen licencia y van por ahí ofreciendo dinero a quien los embarque. Están dispuestos a pagar hasta treinta ducados por pasaje. Luego está el otro asuntillo, pero a nosotros no nos compete, ya le he indicado que era su deber evitarlo, no el nuestro.- Gonzalo lo miró con curiosidad. - Verás, se ha corrido la voz de que son demasiados los que esperan en el puerto para salir con la flota y que no va a haber suficientes barcos. Así que algunos listos se han acercado a la costa de Cádiz con sus navíos y embarcan sin licencia mercancías o hacen tratos con los pasajeros. Núñez ha embargado ya dos navíos. Eso es de su incumbencia, para algo es el representante de la Casa de la Contratación. Nuestro acuerdo estipula que agruparemos a la gente y la embarcaremos donde ellos digan, no vamos a ir nosotros revisando los barcos; esa es su obligación. ¿No te parece, Gonzalo?- preguntó Diego que veía a su primo perder el interés por momentos.

      - Sí, claro, es su obligación. Te ruego me disculpes pero estoy muy cansado. Anoche con el registro no pude pegar ojo. Buenas noches.
        - Buenas noches -se despidió Diego.

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