martes, 6 de marzo de 2012

MINDANAO 1

El sometimiento de los naturales de la Isla de Joló levantó los ánimos de los soldados españoles. Tras varias semanas de descanso, el Sultán Raxa Ira entregó en señal de vasallaje doce perlas y treinta y cinco taes de oro en su nombre y en el de sus súbditos de Joló, Taguima, Cavite y Tavitavi. Prometió no asaltar ni piratear y liberó a quince naturales de Cebú que tenía retenidos, además de veinte piezas de artillería. El capitán Esteban Rodríguez de Figueroa distribuyó a los españoles entre los barcos de la armada y las cuatro naves aprehendidas a los vasallos de la isla y con una embajada de naturales se dirigió hacia la próxima escala de su viaje, la gran Isla de Mindanao, al sur del Archipiélago de las Filipinas. El Sultán envió un barco propio con ocho esclavos cristianos a Cebú para que entregaran una carta dirigida al gobernador; en ella solicitaba que en un año los Castilla no pidieran tributo pues habían entregado todas sus riquezas como muestra de sumisión.
El tiempo acompañó a la flota española en su corto recorrido, la desembocadura del Río Mindanao se presentó ante sus ojos como una hermosa mujer; estaban seguros de conseguir una rápida victoria. Los capitanes fueron los primeros en saltar a tierra. Sin tardanza enviaron a dos nativos musulmanes a presentar sus respetos al Principal Señor de Río Mindanao en nombre del Rey de Joló y del Rey de España. Los soldados iban llegando en botes de remos hasta la orilla. El reposo, la comida y el agua pura de Joló habían recuperado a los enfermos y ochenta hombres se agruparon junto a los capitanes Esteban Rodríguez de Figueroa y Bernardino de Sande. El joven hermano del gobernador lucía una rala barba intentando parecer mayor y conseguir de esta forma el respeto merecido por su cargo; la iniciativa y los cuidados que dedicaba a esa parte de su cuerpo suscitaban alegres comentarios entre sus subordinados que, tras el carácter batallador mostrado en Joló, le habían perdonado que fuera el hermano del gobernador.
Los Castilla prepararon sus armas y se desplegaron por las dos márgenes del río en busca del poblado al que se había dirigido la embajada de paz. No tardaron mucho en alcanzar la aldea de chozas donde vivía el Principal Señor de Río Mindanao; allí, descubrieron estupefactos los cuerpos desangrados de los dos moros amigos. Nerviosos registraron las casas vacías y solitarias y los alrededores, pero no hallaron ningún signo de vida. Los capitanes no ocultaron su desconcierto y distribuyeron a los soldados por el poblado intuyendo un asalto sorpresa.
Las primeras lanzas fueron sorteadas con facilidad, unos pocos indios salieron aullando de los matorrales pero amedrentados por los fieros Castilla, mejor armados y superiores en número, se replegaron casi instantáneamente desapareciendo de nuevo.
- Tenemos que perseguirlos - decía Bernardino llamando a sus hombres.

- Así lo haremos pero sin violencia- le recordó Esteban.
    Durante cinco días siguieron el cauce del Mindanao sin establecer contacto alguno con los habitantes de la zona. Se sabían espiados por ojos ocultos en la maleza.
    - Es inútil que sigamos adelante- dijo Esteban Rodríguez de Figueroa parando la lenta marcha de los soldados. -Nos enviaron a estudiar la zona e intentar la paz pero con órdenes expresas de no pelear salvo en caso de manifiesta violencia. Estos hombres saben que no ganan nada con enfrentarse a nosotros, no poseen armas de fuego. No es la primera vez que los visitamos y ya han comprobado que en cuanto nos cansemos abandonaremos sus territorios; ellos conocen bien la selva, pueden permanecer meses vagando por ella sin que los veamos. Lo mejor es retroceder hacia los barcos y volver a Manila. Para conseguir el tributo de esta isla se necesitan muchos más hombres y tiempo.
      Relajados volvieron sobre sus espaldas aprovechando el camino para estudiar los cultivos de la comarca, la calidad del suelo y las características de las aldeas despobladas que iban encontrando. Habían cumplido gran parte de su misión y, orgullosos de la larga Jornada que los llevaría a surcar doscientas leguas de mar sin perder un solo navío y con el único coste humano de dos vidas, empezaron a soñar con Manila, sus amigos, sus casas y las mujeres.

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