miércoles, 28 de marzo de 2012

LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA

Los meses transcurrían despacio en los barcos que iban a Tierra Firme, nombre que se le daba al territorio que comprendía Venezuela, el istmo de Panamá y parte de Colombia. El cansancio de los pasajeros y la impaciencia por llegar al primer destino provocaron algunos alborotos en las naves que llevaban a los pobladores. Peleas por juego, por borracheras. Broncas sin sentido provocadas por hombres acostumbrados a los espacios ilimitados de la Mancha o a los verdes olivares de Andalucía. Sus espíritus libres se sentían aprisionados entre las maderas de los navíos, muchos no habían podido superar el miedo que el naufragio de Sanlúcar les había provocado. Si una ola más alta que otra meneaba los barcos se oían gritos de pánico que suplicaban "otra vez no, por favor". Cuando en pleno verano español, la flota dobló por la Isla de la Española, un velero rápido que estaba esperando salió del Puerto de Santa Catalina en pos de la Capitana. Un oficial con un mensaje del virrey de Tierra Firme y varias cartas de Nueva España subió al puesto de mando para hablar con el capitán.
- Se nos recomienda- dijo el capitán Maldonado- que cambiemos de nuevo el rumbo y vayamos prestos al puerto de Cartagena. Al parecer un corsario inglés, conocido como Francisco Drake, anda huido por esta zona después de haber asaltado varios puertos y debido a nuestra débil posición, sin grandes barcos ni munición con que defendernos, consideran que es más seguro recalar en Cartagena y seguir por tierra hasta Panamá. No es una orden categórica pero, después de tantos descalabros, no puedo arrastrar a la flota que tengo a mi mando a más peligros. Si hubiera una confrontación con los corsarios ingleses no tendríamos posibilidad alguna de salir victoriosos.
    El puerto de Cartagena no se había salvado de los demoledores efectos del ataque de los ingleses. Los pasajeros de la flota bajaron a tierra entre apresurados indios que acarreaban lo necesario para fortificar la zona. La ciudad era un desbarajuste desde que varios meses antes hubiera despertado por el fuego del temible enemigo. Ni una casa se ocultó a los expertos ojos de los piratas. Sin embargo, la valentía de los soldados había ocasionado muchas bajas y la ciudad no estaba arrasada. Don Gonzalo y su séquito fueron acomodados en una bonita residencia de frondosos patios muy cerca de la plaza mayor de Cartagena. El olor de las flores inundaba estancias que tenían grandes balcones de madera con flores colgando. "Parece Sevilla" decía Aquilino al penetrar por la calle donde estaba situada su nueva residencia, una larga y populosa travesía que comenzaba en la plaza y descubría en el otro extremo el azul intenso de la bahía. Enojado por el nuevo retraso, Don Gonzalo no podía apreciar las maravillas de su alojamiento.
    Cuatrocientos soldados e igual número de pobladores se perdieron por las ajetreadas calles en busca de tabernas donde refrescarse del calor pegajoso y donde estirar las piernas que seguían más abiertas que de costumbre para evitar caerse, como si aún siguieran en alta mar. Los hombres, con unas cuantas copas de ron, se reían unos de otros al verse andar de lado. La ciudad los acogió con alegría y todos querían contarles las excelencias de la tierra, la calidez de sus mujeres, los desastres de los corsarios. Muchos de los que tenían licencia para Filipinas comenzaron a pensar que, después de tantos problemas, sería temerario continuar; cuando se enteraron de los meses que todavía faltaban para llegar a su destino, sus fuerzas flaquearon.
    - A mí no me mete nadie en un barco. Nunca jamás.

    - Aquí, dicen, hay trabajo. No voy a tentar a la suerte subiéndome de nuevo en uno de esos cascarones.
      Yo me marcho esta misma noche hacia el interior. Cuentan que en la selva nadie te encuentra. Cuando se hayan marchado, regresaré. ¿Quién se viene conmigo?

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