jueves, 29 de marzo de 2012

LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 2

Conversaciones como ésta se repetían sin cesar. En los cincuenta días que la expedición tuvo que permanecer en Cartagena preparando lo necesario para proseguir el camino hasta Panamá desertaron cien hombres. Don Gonzalo de Ronquillo llegó a amenazar al gobernador, Pedro Fernández de Burgos, por no ordenar la búsqueda y captura de los prófugos.
-  No, señor Ronquillo. La seguridad de este puerto me importa más que cien desarrapados que no van a durar vivos en la selva ni una semana. Con la protección que les presto a ustedes hasta Tierra Firme ya dejo bastante indefensa la ciudad. Puede amenazarme y escribir, si quiere, al Consejo de Indias y al mismísimo Rey de España, yo tengo una tarea encomendada y nada me hará incumplir mis deberes buscando fugitivos.
    Don Gonzalo estaba indignado, la tarea de encontrar indios que acarrearan las mercancías, mulas "me piden hasta veinte ducados por mula, un robo", el tiempo que iba empeorando, "va a llegar la época de las lluvias y los caminos serán impracticables", y los hombres que se esfumaban como por arte de magia, "si seguimos aquí mucho tiempo, Diego, nos quedamos solos", todos estos pensamientos lo sumieron en una profunda desesperación. El camino hasta Nombre de Dios no mejoró los ánimos de Ronquillo, la marcha era lenta. Atravesaron selvas bajo intensos aguaceros que hacían resbaladizo el terreno cubierto de hojas; las mulas y porteadores caían llenos de barro. Los colonos entorpecían la marcha, nada acostumbrados al clima, al agua contaminada y a las picaduras de los insectos comenzaron a enfermar. "¿Cuántos han muerto ya?" preguntaba Gonzalo al sargento mayor Esteban. "Cincuenta, señor y hay muchos muy malos". A pesar de la fiebre seguían escalando lomas, cortando ramas y lianas. Dormían calados hasta los huesos. "Me duele el hombro" se quejaba Aquilino, resentida su herida con la humedad.
    Cruzaron Nombre de Dios, en la costa del Caribe, y al otro lado del istmo, en octubre, alcanzaron a ver las casas de Panamá. Ochenta pobladores habían muerto en el camino, otros tantos esperaban el momento de contemplar la civilización para seguir el ejemplo de sus compañeros en Cartagena y desertar.

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