lunes, 5 de marzo de 2012

JOLÓ 5

El doctor Sande recibió a los franciscanos el 15 de julio de 1.578, la noche anterior la armada procedente de Borneo había atracado en el puerto de Manila. Cuarenta soldados habían fallecido durante el viaje de regreso. Sande tenía fiebre pero aún tuvo fuerzas para llamar a Fray Agustín de Alburquerque y darle en persona la noticia de la muerte del Padre Rada. La misión franciscana se unió a los rezos que los agustinos elevaron por el alma de su amigo y de todos los hombres que habían caído en esa trágica expedición a Borneo. Los habitantes de Manila extendieron un velo negro en sus corazones y los llantos se sucedieron en todas las casas conforme se leía la lista de los fallecidos. La mayoría de los que habían conseguido regresar con vida estaban extenuados, sin fuerzas para luchar contra la enfermedad. Fray Juan Clemente, franciscano, y Fray Alonso Castro, agustino, ambos buenos conocedores de las plantas, se repartieron la población y pasaron la noche de casa en casa aplicando emplastes y administrando jarabes medicinales a los recién llegados.
El Padre Alfaro fue recibido en las habitaciones privadas del gobernador. Sande se disculpó por su lamentable estado de salud. En batín, sentado en un precioso sillón de terciopelo granate, indicó al prelado de los franciscanos una silla de madera tallada.
- Le pido disculpas de nuevo por recibirlo en este estado pero he considerado que mi deteriorada salud no podía dilatar nuestro encuentro. Me satisface que mis reiteradas peticiones a Su Majestad para el envío de religiosos hayan sido escuchadas. Su presencia en Manila, lo confirma. Espero que hayan tenido un buen viaje.
    La fiebre había apaciguado la natural arrogancia de Sande. Alfaro estaba sorprendido por tanta amabilidad después de haber escuchado los duros comentarios que se hacían sobre el carácter del hombre que tenía ante sus ojos.
    - Ha sido un largo viaje que ha costado la vida a muchos de mis hermanos pero, gracias a Dios, ya estamos aquí dispuestos a comenzar nuestra labor apostólica.
      Alfaro hablaba despacio, midiendo sus palabras, como le habían aconsejado.
      - Lo primero que necesitan es un lugar para vivir. Sé que disfrutan, en estos momentos, de la hospitalidad de Fray Agustín de Alburquerque, pero necesitan su propio monasterio. Un poco antes de su llegada he tratado este tema con el maestre de campo y hemos convenido que se trasladen, esta misma tarde, a una de las casas que comparten los soldados; una muy amplia que hay en la zona meridional de la ciudad, alrededor hay suficiente terreno para levantar una pequeña iglesia. El maestre ha dado la orden de desalojar la vivienda y en un par de días comenzaremos las obras de la capilla, si a usted le parece correcto...
        Sande sudaba profusamente.
        - Es usted muy generoso, doctor Sande.

        - Me gustaría conocer algunos detalles de sus planes para estas tierras, si no es un poco precipitado.- El gobernador tocó una campanilla para llamar al servicio. - ¿Quiere algo de beber? Yo necesito agua.

        - No, gracias, nada- contestó Alfaro al ofrecimiento. - Mis planes son las órdenes que he recibido de mis superiores y de Su Majestad: atraer al mayor número de almas a la fe cristiana y ayudarle a usted y a los hombres de estas islas en todo lo necesario. El hermano Fray Antonio de San Gregario se separó de la misión en Nueva España para conseguir del Padre General de la Orden de San Francisco la autorización necesaria para la erección de la Custodia de San Gregorio y conseguir de la Santa Sede la indulgencia plenaria a todos los fieles que visiten las iglesias franciscanas de estos territorios los días uno y dos de agosto y en las fiestas de San Francisco, San Antonio de Padua, Santa Clara, San Luis y San Bernardino.

        - ¿Cree que conseguirán el Breve de Gregorio XIII? – preguntó sin mucho interés Sande.

        - Por supuesto. No tengo ninguna duda aunque tardará un poco en llegar hasta Manila. ¡Como vaya tan despacio como nosotros! – bromeó Alfaro al notar que la atención del gobernador decaía.
          El irónico comentario fue bien recibido por Sande que intuyó un talante más flexible y dicharachero que el de los agustinos. Le gustó aquel fraile.
          - Tendrán que aprender el tagalo.

          - Sí, en cuanto nos instalemos en nuestra casa dispondré que los hermanos estudien a conciencia la lengua filipina.
            Alfaro ya había pensado en eso.
            -Sería conveniente, si me permite una sugerencia, que alguno de los frailes aprendiera también la lengua china. Las relaciones ahora no son muy buenas con el Reino de China pero los tratos comerciales no se han resentido... Ya se habrá enterado de la forma en que trataron a los agustinos...- Alfaro que escuchaba interesado asintió. - Es posible que en un futuro el Reino de España necesite hombres que conozcan la lengua china, no ahora mismo pero... Los agustinos tienen libros que trajeron de su viaje a China.

            - Me parece una idea muy acertada, podría pedir a alguno de los sangleyes que trabajan en el puerto que nos ayude...
              La conversación se prolongó varias horas. Los franciscanos se trasladaron a su nueva casa y pocos días después, cuando los trabajadores empezaron a levantar las paredes de la iglesia, el Padre Alfaro reunió a sus hermanos y distribuyó los cargos. Nombró guardián del convento de Manila a Juan de Ayora y vicario a Fray Agustín de Tordesillas. Los demás dedicaron su tiempo al estudio del tagalo y Fray Esteban Ortiz fue liberado de todas sus tareas para que estudiara además la lengua de China.

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