domingo, 4 de marzo de 2012

JOLÓ 4

-         Estás tardando demasiado. Dijiste que en un par de días habrías acabado. ¿No será que quieres traicionarnos? - Velasco, sentado en la única silla del cuarto que compartían en una posada de los arrabales de Sevilla, hablaba desafiante. - A lo mejor este necio ha pensado que puede vendernos a su amo y conseguir el perdón.
Lucio de una patada rompió una de las patas de la silla, Velasco cayó con las manos del gigante aprisionando su garganta.
-         Basta ya de peleas, nos van a descubrir y terminaremos todos en galeras - gritó Veneciano mirando con odio a su socio. - Aunque, Velasco tiene razón, estamos tardando demasiado y a ninguno nos gustaría que la Justicia nos encontrase. Tenemos muchas cuentas que saldar con ellos.
-         ¡Que se vaya! dijo Lucio empujando hacia la puerta a Velasco. - ¡Fuera de mi vista, bastardo, si no quieres que te mate!
Andrés Veneciano señaló a su compinche la puerta con la navaja que tenía en la mano derecha, con la cual se limpiaba sus negras uñas. Velasco, furioso, pegó un portazo. Lucio se tumbó en la cama e ideó un nuevo plan ya que la posibilidad de coger a Aquilino sin compañía en la calle y amenazarlo estaba siendo lenta e improbable. Decidió que mejor sería ir directamente al grano.
La luna iluminaba las calles retorcidas y estrechas del centro de la ciudad. Lucio escaló el muro del jardín trasero de la casa de Don Gonzalo sin que nadie lo viera. Conocía cada palmo de esa casa. Sin ruido, como aprendió cuando era un niño que se debía acechar a los leones, atravesó el jardín posando sus enormes pies sin romper un tallo de las hierbas. La respiración serena, el pulso firme. Su primera idea había fracasado, tenía que arriesgarse más, aun a sabiendas de que si lo descubrían en la casa podía darse por muerto. Como de costumbre, la puerta que comunicaba con el interior no estaba cerrada con llave. Lucio sonrió para adentro, giró con precaución la manilla y se coló en el oscuro patio. Esperó unos segundos a que sus pupilas se dilataran y se encaminó al despacho de su antiguo amo. El orden de Don Gonzalo le ayudó y sin titubear se acercó al escritorio, las licencias de los criados no podían estar muy escondidas.
Debajo de unos papeles, que parecían cartas, encontró un pliego muy similar al que Andrés Veneciano le había hecho memorizar. Lucio no sabía leer pero era listo. Andrés para evitar que se equivocase le había metido entre los ojos la licencia de Madrid que obraba en su poder, las características del escrito no podían diferenciarse mucho. Con el papel en la mano, después de estudiarlo a la luz que se filtraba por la ventana, deshizo el camino hasta saltar sin hacer ni un ruido al callejón trasero. Todo lo aprendido en su niñez le había sido de gran ayuda a la hora de robar. Los habitantes de la casa no habían notado nada y seguían durmiendo plácidamente. Lucio se había llevado el pliego que contenía las licencias de todos los criados. Corriendo se alejó del lugar y cuando estuvo a salvo, un rugido salvaje se expandió de sus pulmones al infinito. Los vecinos de la zona comentaban asustados a la mañana siguiente que un animal, engendro del diablo, andaba suelto y los había despertado a las cuatro de la madrugada.
Con el dinero obtenido, Lucio regresó a la sierra, su refugio preferido. Andrés Veneciano y Velasco volvieron a Sanlúcar a trabajar sin descanso, el tiempo apremiaba y querían hacer un buen negocio. Veneciano se encerró en la pensión donde su esposa lo esperaba, Velasco rondaba las calles de la población captando posibles clientes.
Andrés Veneciano tallaba con minuciosidad pedazos de madera dándoles la forma de los sellos, en los pergaminos punteaba con un punzón las firmas que después dibujaría con tinta. Algunas noches Velasco se acercaba a la pensión, situada en las afueras de Sanlúcar, para ayudar en la delicada tarea de falsificación, también era muy hábil con las manos.

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