miércoles, 14 de marzo de 2012

EL HUNDIMIENTO DE LA FLOTA 5

Después de tres intensos días luchando contra el viento y las lluvias en alta mar, los capitanes de las naves que esperaban frente a las costas de Sanlúcar tomaron la peligrosa decisión de dar marcha atrás y regresar a puerto para resguardarse. Los primeros en iniciar tan ardua maniobra fueron los barcos que remolcaban a las galeras. Con bastantes dificultades giraron enfilando sus proas hacia la desembocadura del Guadalquivir. Los remolinos acercaban hasta la desesperación las galeras a los barcos provocando algunos choques que, por fortuna, no produjeron daños irreparables. Las dimensiones más reducidas de estos navíos les permitieron penetrar sin muchos contratiempos en las calmadas aguas de la ría. Tras doce intensas horas, todos los ojos que habían vigilado el proceso conteniendo el aliento, se fueron a descansar.
- Lo peor será mañana como no amaine el viento- decían las lenguas expertas de los marineros que estaban en tierra.

- Tendremos que rezar con todas nuestras fuerzas como no amaine el viento - decían las expertas lenguas de los marineros que permanecían en alta mar.
    El temporal no aflojó al día siguiente; al contrario, toda la furia de los infiernos se desató aquella mañana. El pueblo entero se acercó a la playa a contemplar los lentos movimientos de la Capitana y la Almiranta. Las mujeres rezaban, el contador Núñez de Illescas seguía en silencio las letanías que, a pesar del ruido de las olas, se podían escuchar y su corazón se unía a esas plegarias. Comenzó la Capitana a virar las quinientas toneladas de su casco bamboleándose. Los pasajeros del interior sujetaban la carga para evitar que en una oscilación todo el peso se inclinase a un lado y se fueran a pique. Aquilino fue encargado de vigilar un grupo de barriles de municiones que estaban atados entre sí en la parte izquierda de la bodega. El silencio de los marineros y sus caras de preocupación introdujo en los inexpertos colonos un miedo sordo y se calmaron sus mareos. Un aire grave y pesado flotaba en todos los rincones de la nave uniéndose instintivamente todos los cuerpos en uno solo cada vez que escuchaban "cinco grados a babor", "tres a estribor". Una pared de agua se levantó cuando la Capitana metió la proa en las turbulencias del final del Guadalquivir. El piloto cegado por la cortina no pudo enderezar la nave. El pueblo entero gritaba "a la derecha", "a la derecha" en un inútil esfuerzo por evitar lo que ocurrió. La nao se acercó peligrosamente a la barra de arena y quedó inmóvil. El golpe provocó el desprendimiento de la carga y algunos hombres fueron aprisionados por quintales de plomo, comida y ropa. Aquilino sintió un tirón y su brazo se desgarró al intentar frenar los barriles que custodiaba. La clavícula se desencajó del hombro y sus gritos se unieron a los de sus compañeros. Los que habían resultado ilesos se apresuraron a ayudar a los heridos al comprobar que una vía de agua se había abierto en un lateral del casco. El capitán procuraba mantener la calma y que el pánico no empeorase la situación; gritaba que no saltaran directamente al agua. Las galeras, que habían permanecido toda la noche en la ría, pusieron sus remos en movimiento para recoger a los que luchaban contra las olas.
    Para entonces la Almiranta había llegado al mismo punto donde comenzó el desastre. El camino era más angosto, algunas mercancías de la Capitana flotaban arrastradas hacia alta mar. No tuvo tiempo de retroceder, virar en aquel lugar era imposible. El nerviosismo cundió y un fuerte golpe de mar la inclinó hacia la izquierda. Las galeras obstaculizaban la entrada, en la barra se partía la Capitana, cayeron dos mástiles y los grandes maderos golpeaban los botes que transportaban hombres a tierra. La Almiranta intentó girar un poco pero una fuerte ola la elevó y la quebró en lo alto. El pueblo de Sanlúcar percibió el crujido, "como cuando se retuerce el pescuezo a una gallina" comentaban. Las maderas del casco se resquebrajaron y la nao, partida de cuajo, se hundió. Las galeras no podían acercarse a auxiliar a los náufragos; no dio tiempo a soltar las lanchas salvavidas. Las mujeres elevaban sus lamentos al cielo, el contador Juan Núñez de Illescas se desmayó. El caos era total, las órdenes se sucedían sin control ni acierto. Los hombres del puerto echaron sus barcas al agua para recoger a los marineros que nadaban medio desfallecidos. Una de las galeras que había ido en auxilio de la Capitana tocó también el fondo de arena y se rompió como una cáscara de huevo. Toda la carga flotaba descontrolada. Don Gonzalo de Ronquillo, sus acompañantes, el Obispo de Cartagena, los oficiales que volvían a Nueva España y los colonos se salvaron al llegar en los bateles a la playa. La suerte fue más negra para los pasajeros de la Almiranta, la mayoría murieron ahogados.
    Sanlúcar se vistió de luto esa noche. En las cantinas los hombres bebían en silencio, el campamento de los filipinos lloraba en silencio, en la casa de los Ronquillo se miraban en silencio.

    No hay comentarios:

    Publicar un comentario