sábado, 10 de marzo de 2012

EL HUNDIMIENTO DE LA FLOTA 1


Los barcos de la flota, que llevarían a Ronquillo y a sus hombres hasta el conocido como nuevo mundo, estaban amarrados en el puerto de Sanlúcar el 25 de febrero de 1.579. Durante veinte días los cargadores habían trabajado a destajo para colocar en las bodegas las mercancías que se enviaban a Nueva España. Entre las municiones y la artillería que sustentaban el imperio americano se pensaba acomodar a los insólitos pasajeros. El tiempo había entorpecido las labores de carga debido a los fuertes vientos y las lluvias persistentes. Todo estaba preparado para partir en cuanto se abrieran las nubes o cesara el vendaval.
El 27 de febrero, Juan Núñez de Illescas, contador de la Casa de la Contratación, observando algo de mejoría dio la orden para que las naos Capitana y Almiranta desplegasen las velas y emprendieran la salida de la barra del río. Don Gonzalo de Ronquillo, sus acompañantes, algunos oficiales que volvían a México, el obispo de Cartagena y 50 hombres de la expedición subieron a la nao capitana. Aquilino correteaba por cubierta haciendo miles de preguntas a los marineros que le contestaban que ya tendría tiempo durante el viaje de comprobar todos los aparejos y aprender el nombre de las velas que, en aquel momento, oscilaban henchidas por las ráfagas de viento. Don Gonzalo miraba con pesar las densas nubes negras que se acercaban desde alta mar. Estaban próximos a la desembocadura del río Guadalquivir pero la salida a mar abierto era muy peligrosa. Mariano también observaba la tempestad que se aproximaba, Aquilino corrió a aferrarse a su brazo cuando el barco empezó a oscilar y los golpes de viento amenazaron con rasgar las velas. El capitán de la nao bajó a tierra y lo podían ver moviendo los brazos y negando con la cabeza mientras hablaba con el obstinado contador. Don Gonzalo descendió al muelle y se acercó a escuchar la conversación.
-         Las naves van cargadas hasta el límite. Además de la ropa, las municiones y artillería que llevamos para Nueva España están todas esas personas. Intentar atravesar la barra con esta tormenta sería una temeridad. Yo no me responsabilizo de las vidas que se puedan perder -gritaba enojado.
Juan Núñez, impasible, seguía con la idea de despachar cuanto antes a todas esas enojosas personas y los obligaba  a seguir adelante.
-         El capitán tiene razón- dijo Ronquillo. - No podremos cruzar la barra. Será mejor dejarlo para otro día, no se tardará mucho en embarcar a mi gente, tienen instrucciones precisas del barco al que deben acudir cuando usted dé la señal. En unas horas pueden estar todos dentro de los barcos.
El contador Núñez de Illescas, bien a su pesar, tuvo que ceder. Los vientos arreciaron y esa noche se desató un temporal como sólo los viejos del lugar aseguraban haber visto otro. El campo, donde estaban las tiendas que alojaban a los pobladores de Filipinas, se convirtió en un barrizal. El agua se colaba por las telas y los hombres  empapados asaltaron las tabernas buscando refugio y algo de diversión. Las peleas eran frecuentes. Este proceder desquiciaba al meticuloso Núñez de Illescas que deseaba que acabara cuanto antes ese tormento.
-         Bastante trabajo tenemos para lo poco que nos pagan controlando todas las mercancías que se embarcan hacia América, para que ahora nos venga un señorito caprichoso con un montón de gandules pendencieros y tengamos que ser nosotros también quienes los controlemos. Llevo meses sin dormir, desde que empezó esta pesadilla. Y ¡ese remilgado de Don Diego! Se pasa el día pavoneándose y riéndose en nuestras caras. Siempre dando órdenes: “Aquí tengo la lista de otros sesenta pasajeros. Me puede decir en qué barco harán la travesía”. Aparece cuando más ocupado estoy comprobando la carga de un barco o revisando las licencias de esos haraganes. Busca el momento en que más ajetreado ando para descentrarme y ponerme nervioso.
El contador se lamentaba a su compañero Miguel de Alvarado. La llegada de un alguacil interrumpió el monólogo. Éste les comunicó que en el campamento de los filipinos, como habían bautizado al lugar de las tiendas, se había producido una reyerta y un hombre había sido herido de muerte. De mala gana y pensando “lo sabía”, se cubrió con la capa y se adentró en la desapacible noche.
Un corro de mirones rodeaba a la víctima que tenía una fatal herida de arma blanca a la altura del corazón. Dos oficiales habían maniatado al agresor y sujetaban a una mujer que, a pesar del frío, permanecía en camisa interior. Los oficiales expusieron los hechos al contador.
-         Este hombre - dijeron empujando al asesino- se ha peleado por esta mujer. No satisfecho por sus servicios se ha negado a pagar al hombre que ha muerto. Han discutido y él, jura que por accidente, ha clavado su puñal en el pecho de la víctima.
El contador estaba desconcertado. Explicó a los oficiales que en el campamento las mujeres que había eran esposas de colonos y que lo que le contaban era un vulgar trato con una prostituta. Interrogó al acusado quien, asustado, confesó toda la historia. Los relámpagos iluminaron la escena confiriéndole un aspecto fantasmagórico. El meticuloso trabajo de falsificación de cédulas salió al aire. La historia que escucharon los dejó mudos de asombro.
-         Soy Manuel de Alcántara, carpintero de profesión. Esta mañana, cuando esperábamos en el muelle para subir al navío, reconocí a esta mujer que desde hace años vende su cuerpo en una posada de una localidad cercana a Alcántara. Iba con ese hombre al que yo no conocía. Me acerqué a ella sorprendido de verla en este lugar. El hombre me amenazó con matarme si les delataba. No me separé de ellos y comprobé cómo pasaban ante el oficial como marido y mujer. - Un trueno retumbó provocando una pausa. - Él me dijo que se llamaba León y que si le guardaba el secreto hasta llegar a Filipinas, donde pensaba sacar mucho dinero con ella, podría pasar algunos ratos de placer sin pagar. No creí que fuera nada malo, llevamos mucho tiempo esperando a viajar... Esta noche me acerqué a la tienda y le recordé el trato. Cuando me disponía a marchar después de estar con ella, él, borracho, me solicitó el dinero. Yo me negué y amenacé con delatarlo, él me golpeó y yo, no sé cómo pude hacerlo, se lo juro por mi madre y por la Virgen, no tenía intención de matarlo sólo quería que se asustara... Saqué el puñal. Él con la lluvia no lo vio, vino hacia mí y se lo clavó con tan mala fortuna que ahí ha quedado tendido. Le juro, señor, que no quería matarlo. Nunca he matado a nadie.- El hombre se tiró al suelo y agarró las piernas de Núñez de Illescas suplicando que le creyese. - Lo siento, perdóneme...

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