martes, 20 de marzo de 2012

EL FRACASO DE ALFARO 5

Aquilino todavía llevaba vendado el hombro pero sus piernas no paraban de danzar por el piso mojado a pesar de las advertencias de los marineros y de Don Gonzalo, que temían ver al niño con el otro hombro dislocado.
- Es insoportable - decía Don Diego a su primo y al Obispo de Cartagena, apoyado en la barandilla del puente de mando.
    Las veinte naves que componían la flota les seguían en formación, la claridad del día permitía ver todas las velas blancas hinchadas por la brisa.

    - ¿Por qué no lo mandas abajo? No para de molestar a los marineros.
    - ¡Qué espectáculo más grandioso! - comentaba Gonzalo sin prestar atención a las quejas. - Miren qué maravilla.

    - ¿Qué va a hacer, Don Gonzalo, cuando llegue a Tierra Firme? - preguntó el Obispo. - Han perdido cien hombres  en el naufragio.

    - Bueno, da igual, aún quedan quinientos colonos y los soldados se han salvado casi todos... No sé... ¡Tantos contratiempos! Ahora en vez de ir a Nueva España, arribaremos en Tierra Firme, aseguran que es más fácil la navegación y más segura en las condiciones en que viajamos. Sólo espero que tengan preparados los barcos y no nos demoremos más. Su Majestad ha dado las órdenes precisas sobre las necesidades que tenemos. Sin embargo, me extraña que en todo el tiempo que hemos permanecido en Sanlúcar, no nos hayan enviado ninguna relación sobre los preparativos y eso que le he pedido información en repetidas ocasiones al contador Núñez de Illescas...
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      Los días posteriores a la desilusión de Mindoro, el Padre Alfaro estuvo decaído. Todos en Manila observaron sus profundas ojeras y temieron por la salud del franciscano aunque nadie sabía el motivo de tanto abatimiento. Llegó la Semana Santa y el Prelado convocó en la capital a los padres de las poblaciones cercanas. Su compañía y los relatos de sus avances apostólicos mejoraron un poco al triste fraile. Pasada la Pascua de Resurrección los mandó de nuevo a sus lugares. En la soledad de su celda Alfaro seguía soñando con los dragones que los mercaderes chinos lucían en sus ropas. Reflexionaba sobre el fracaso de su empresa para encontrar los fallos que había cometido. Arrodillado suplicaba a la Virgen que le mostrara el camino y le diera una nueva oportunidad. Sus ruegos fueron atendidos más pronto de lo que imaginaba.
      - Capitán, ahora nada ni nadie nos detendrá.
        Alfaro paseaba con el capitán Juan Díaz Pardo por la orilla del Río Pasig.
         - Creí, Padre, que ya lo había olvidado.

        - Reconozco que he tenido tentaciones de claudicar. Al principio me sumí en la tristeza pero luego he conseguido levantar mi ánimo. No soy hombre que se deje abatir por los fracasos. De toda esta decepción vamos a salir más fuertes y no hablo sólo en sentido espiritual. He estudiado de nuevo el plan y he comprendido que tres personas somos muy pocas para la lucha que se nos presenta, así que incrementaremos el número de misioneros y de soldados. Hace dos días, el gobernador me llamó para pedirme que algunos franciscanos acompañen al capitán Juan Pablo Carrión que va a poblar las márgenes del Río Cagayán. Reconocí que era la oportunidad que estábamos esperando y por la que tanto he rezado. Le indiqué que podía contar con uno de nuestros religiosos y me ofrecí a acompañarlo para visitar a los hermanos que están en Ilocos. Ayer hablé con el alférez Francisco Dueñas quien se ha puesto incondicionalmente a mis órdenes y muestra su deseo de cruzar hasta China. Tengo pensado que el Padre Lucarelli, Fray Sebastián de Baeza y Fray Agustín de Tordesillas se unan a esta misión. Necesitamos personas emprendedoras para sortear con éxito todas las dificultades que se vayan presentando. Si me pasara algo a mí, el Padre Lucarelli podría continuar la tarea. Ha obtenido unos resultados increíbles en Ilocos, se dice que en tres meses convirtió a 3.000 almas y ha levantado una iglesia que los domingos rebosa de fieles. Lo necesitamos.

        -Pero ¿cómo podremos sortear la vigilancia del capitán Carrión?- preguntó Díaz Pardo anonadado.

        - Por ahí viene el alférez Dueñas, él contestará a su pregunta.

        Se acercó un joven con el pelo ensortijado que le caía por la cara sonriente.

        - ¿Todo listo?

        Todo listo, Padre. Sande no ha puesto ningún impedimento a que yo acompañe al capitán Juan Pablo Carrión a Río Cagayán. Ni tampoco se ha negado a que nosotros, con el capitán Díaz Pardo, nos adelantemos para visitar Ilocos. Nos da una fragatilla, La Justicia, propiedad de Rodrigo Frías, con ella podemos hacer el viaje. En una semana nos marchamos, el tiempo necesario para concluir unas reparaciones y recoger las provisiones necesarias. Hemos quedado que el capitán Carrión vendrá a buscarnos a Ilocos.

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