viernes, 16 de marzo de 2012

EL FRACASO DE ALFARO 2

- Capitán, lo he meditado mucho. Estoy seguro de mi decisión y dispuesto a correr todos los riesgos que sean necesarios. Nuestro gobernador no es persona que se caracterice por su vida cristiana, como todos sabemos. No he querido dar crédito a las quejas de los agustinos sobre los desprecios que les ha infringido pero la obcecación del doctor Sande en negarme la cédula para China ha terminado por convencerme. Nuestro ministerio y nuestra labor está por encima de esos mezquinos papeles. ¿Qué habría pasado si los apóstoles hubieran tenido que pedir permiso para ir a predicar? No se puede poner trabas al mensaje de Jesucristo. Nuestro fin, que es sagrado, justifica la libertad que vamos a tomarnos al desdeñar los trámites humanos.
El Padre Alfaro se encontraba en su despacho de la Casa Grande de los Franciscanos acompañado del capitán Juan Díaz Pardo, hombre profundamente religioso. El capitán meditaba las consecuencias que podían derivarse de un enfrentamiento cara a cara con el gobernador.
- Fray Esteban Ortiz ha estado estudiando, con bastante aprovechamiento, la lengua china y está preparado para traducir la Verdadera Palabra. Sé que es mucho lo que le pido. Usted es buen cristiano y buen soldado, le estoy obligando a rebelarse contra sus jefes y comprendo que dude. El doctor Sande es persona inflexible pero yo me comprometo a responder por usted. Dios no le va a desamparar en esta tarea; sin embargo, para que esté más tranquilo, le aseguro que llegado el momento diré que lo arrastré conmigo.
    Las súplicas de Alfaro aplacaron los temores del capitán Díaz Pardo. El respeto que sentía por el Prelado, la certeza de que Dios hablaba por boca de ese hombre disiparon sus últimos recelos.
    - Si usted cree necesaria mi colaboración, no seré yo quien ponga obstáculos. Será un honor acompañarlo en tan honrada labor.

    - Me alegro de escuchar sus palabras. Sabía que no iba a fallar a la voluntad divina que nos empuja hacia ese desconocido reino. Tengo un plan. Verá, salir de Manila es imposible porque nos descubrirían. Tenemos que embarcar en algún lugar cercano para que podamos llegar a él sin grandes riesgos pero lo suficientemente alejado para que nadie se preocupe del rumbo que tomamos. He estudiado con cuidado las posibilidades y creo que el puerto más propicio es Mindoro. Me he tomado la libertad de adelantarme a esta reunión y he escrito a Fray Diego de Oropesa que está cerca en Balayán, pidiéndole que venga a verme con urgencia. Cuando esté aquí, Sande no sospechará si acompañamos a Fray Esteban Ortiz para que sustituya al Padre Oropesa. De esta forma, ambos podremos salir de Manila sin levantar sospechas; pero no iremos a Balayán continuaremos a Mindoro. Allí debemos tener un barco esperando que nos lleve a las costas de Chincheo. En este punto es donde necesito su ayuda, yo no puedo negociar con los comerciantes sangleyes para conseguir un barco. De esa parte debería encargarse usted- dijo mirando con fijeza al capitán. - Ah, se me olvidaba, aunque Fray Esteban Ortiz posee conocimientos de la lengua de China, no estaría de más buscar a alguien nativo de esa tierra que pueda socorrernos en algún momento de apuro. Me han hablado de un chino converso que responde al nombre de Juanico, suele hacer recados por los muelles y es muy devoto. Tal vez podría unirse a nosotros.
      El plan estaba urdido y todos se aprestaron a ponerlo en práctica. El capitán Díaz Pardo no tuvo dificultad en convencer a Juanico que se sintió muy halagado de que el Padre Alfaro, al que había visto en la ciudad, quisiera llevarlo a su lado. El capitán le hizo jurar que ninguna de sus gestiones sería desvelada y desde el momento en que sellaron el trato, lo vigiló estrechamente y lo llevó a vivir a su casa. Tardaron más tiempo en encontrar a un capitán chino que quisiera hacer la travesía hasta su reino con varios religiosos sin licencia. Tras muchos rechazos, contactaron con Feng Jianyun; al capitán Díaz Pardo no le gustó la apariencia del hombre ni la suciedad del navío pero llevaba demasiado retraso, Fray Diego de Oropesa había llegado dos días antes a Manila, no podía esperar mucho. Después de un intenso regateo quedó fijado el precio del viaje y la forma de pago. Estuvieron de acuerdo en que Juanico embarcaría en Manila y, camuflado entre la tripulación, haría el recorrido a Mindoro donde esperarían la llegada del capitán con los religiosos. Díaz Pardo adelantó la mitad del dinero concertado y respiró aliviado al saber que Juanico se marchaba y así evitaría el peligro de truncar con algún desliz toda la operación.
      Alfaro recibió exultante el cierre del negocio y contó a Díaz Pardo que Fray Diego de Oropesa había apoyado sus pretensiones.
      - Es preciso que quede alguien en Manila que sepa la verdad. Cuando se den cuenta de nuestra desaparición será el momento de que Fray Diego hable y evite que nos den por muertos. Fray Esteban no sospecha nada, es bastante miedoso al agua y no quiero que se angustie antes de tiempo. Ha recibido con mucha ilusión su nuevo destino y acosa sin tregua a Fray Diego pidiéndole informes de Balayán. Le diremos a Sande que usted nos acompañará para protegernos y guiarnos y, con tal de evitar mi presencia diaria solicitándole la licencia, nos despachará con gusto. Pensará que así me distraigo y olvido China.
        Con esta alegría, no exenta de infantil optimismo, los dos frailes y el capitán emprendieron camino hacia Mindoro, era la cuarta semana de Cuaresma. El espíritu de Alfaro vagaba por las sombras de los espesos bosques que atravesaban y el sonido de los extraños pájaros que anidaban en lo alto le insuflaban nueva vida. Su respiración atrapaba todos los olores de plantas que nunca había visto. No temía a la noche y descansaba a regañadientes cuando sus compañeros acampaban fatigados tras luchar todo el día con las traicioneras hierbas que crecían en el camino y lo ocultaban a cada paso. Alfaro soñaba con el momento tan anhelado de emprender la travesía; si por él hubiera sido, no habrían dormido nunca. Añoraba al Padre Lucarelli, éste le conocía bien y era con el único que podía descansar su agitado interior sin que le reprocharan sus humanas debilidades. Fray Esteban era un buen misionero, trabajador y paciente, acostumbrado a cumplir sin rechistar con todo lo que se le ordenara pero no tenía arrojo ni ideas propias y nunca comprendería lo que pasaba por la mente de Alfaro. Lucarelli era como él, emprendedor y arriesgado, con un valor rayano en la temeridad algunas veces y con unos vertiginosos declives hacia la desesperación en otras ocasiones. Impaciencia, coraje, comprensión e indulgencia, esas cualidades los unían. Alfaro se lamentaba de no haber podido avisarlo; sabía que Lucarelli habría saltado de alegría ante el viaje pero ya llegaría el momento de llamarlo desde China.

        En una barca atravesaron la corta distancia hasta la Isla de Mindoro y cuando vieron las casas de la aldea no se refrenó y prácticamente se tiró del bote para correr hacia la playa. La población era pequeña y no tardó en encontrar a Juanico. Le preocupó la mirada huidiza del converso pero en su precipitación hacía preguntas sobre Feng Jianyun sin dejarle contestar a ninguna. El capitán Díaz Pardo y Fray Esteban lo alcanzaron y Alfaro retornó su habitual compostura. Entonces supieron que el capitán chino los había traicionado. La desilusión estuvo a punto de hacer llorar a los dos hombres ante la sorpresa de Fray Esteban que no comprendía nada pues sólo había una palabra que retumbaba en sus oídos: barco. Fueron al puerto y hallaron a Feng Jianyun ultimando los preparativos para salir hacia su patria. Ni la invocación del compromiso adquirido, ni los ruegos posteriores consiguieron que cambiara de idea. Señalando el cargamento del barco repitió hasta la saciedad que era de un rico dirigente de una tribu, al que debía varios favores, que iba con su familia y no podía defraudarlo. Seguros del engaño del capitán, Díaz Pardo intentó que devolviera el dinero adelantado a lo cual Feng Jianyun se negó alegando que había traído a Juanico. Varios miembros de la tripulación ante la violencia que mostró el capitán, se situaron detrás de su jefe con aire amenazador. Fray Esteban y Juanico estaban asustados; el Padre Alfaro calmó al soldado susurrándole que habían escogido esa aldea porque las tropas españolas estaban lejos y que lo mejor, para todos, sería irse si no querían acabar silenciados de un tajo en la garganta.

        No hay comentarios:

        Publicar un comentario en la entrada