jueves, 15 de marzo de 2012

EL FRACASO DE ALFARO 1

El Padre Alfaro no podía dormir desde que leyó los relatos del viaje del agustino Fray Martín de la Rada a China. Una idea obsesiva le rondaba: quería ir en persona a Chincheo y Ucheo y concluir la labor que Rada no había podido llevar a cabo. Le fascinaban las enigmáticas expresiones de los sangleyes que pululaban por Manila; su laboriosidad, su eterna sonrisa lo atraían. No eran sueños de gloria los que le movían, era el espíritu de superación, la búsqueda del más difícil todavía. Cuando viajaba hacia Manila, abrumado por las muertes de sus hermanos, imaginaba una tarea de evangelización titánica; a veces se quedaba sin respiración absorto en fantasías que tenían como protagonistas sangrientas batallas con los naturales de las cuales emergía él con una gran cruz a la que todos los heridos terminaban por besar. Había escuchado demasiadas historias de frailes mártires por las traiciones de los indios y esperaba poner a prueba en Manila toda su fe para salvar las almas de los infieles. Pero la labor estaba resultando bastante sencilla, las cartas de sus compañeros reflejaban una actitud pacífica, sin rechazo de las tribus y él, como delegado de todos los religiosos de las islas, pasaba los días enredado en labores más propias de cualquier administrador. El espíritu aventurero e impaciente se agitaba en su interior. Durante un tiempo rezó y rezó pidiendo a Dios que calmara su insatisfacción tan contraria al espíritu de resignación cristiana que se le exigía. Sin embargo, cuando recibía noticias de algún hermano que se encontraba en la selva, sus piernas se dirigían sin poder evitarlo a los palmerales que bordeaban la ciudad y sentía el irresistible deseo de correr, perderse entre los árboles, sus manos buscaban en el vacío un tablón que colocar en cualquier pequeña ermita donde él pudiera alabar a Dios junto a los indios. Cada día soportaba con menos paciencia las horas que pasaba en su escritorio dando curso a peticiones y escribiendo cartas oficiales. La conversión de Filipinas estaba resultando demasiado sencilla para él. La tarde en que Fray Agustín de Alburquerque le habló de su ingrata experiencia con los chinos y del viaje que había encabezado el Padre Rada, algo dentro de Alfaro empezó a moverse. No alcanzaba la ansiada paz ni por las noches. Consiguió que el Prelado de los Agustinos le permitiera leer los escritos de Rada y el colorido fascinante del relato le arrebató la poca paciencia que le quedaba. Las sedas de los ricos mercaderes le parecían más brillantes y la seguridad de que San Francisco podía conseguir que los chinos aceptaran abrazar la fe católica fue acallando su conciencia. Con disimulo al principio, y de forma directa después, solicitó al doctor Sande la licencia necesaria para abandonar Manila y adentrarse en la dura conquista del vecino reino. El gobernador lo rechazó una y otra vez y trató de hacerle comprender que hasta que no llegara la contestación de Su Majestad dando instrucciones, nadie se movería de Filipinas.
Pero el Padre Alfaro había roto los lazos que le ataban a esa tierra. Como el corazón fogoso siempre encuentra justificación, el Prelado tomó la decisión de saltarse todas las reglas y emprender la que sería su gran aventura obviando los permisos preceptivos. Si Sande no le daba autorización para ir a China, donde tantas almas podían salvar... No había ningún problema, él marcharía, bajo su responsabilidad, sin licencia. Sabía que su gran momento había llegado, sin dilación se puso a organizar el plan, a urdir el engaño.

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