miércoles, 29 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 7

Gonzalo de Ronquillo se quitó el sombrero y se secó el sudor que perlaba su rostro.
-         Vengo de recoger la licencia del servicio. Doce esclavos negros en total.
Diego estaba sentado bajo la sombra de un árbol del jardín trasero de la casa de Sevilla. Le enseñó la carta que estab leyendo.
-         Ha llegado hace un rato y me he tomado la libertad de abrirla como tu heredero que soy. Es una Cédula del Rey. Es gracioso, te pide que ayudes a Sande a regresar a Nueva España y que no lo obligues a embarcar hasta que él no lo considere necesario. Conociendo a Sande, dudo mucho que nos esté ni siquiera esperando. Saldrá corriendo en cuanto lleguemos y se llevará los papeles para que tú no sepas ni dónde te encuentras.
-         La verdad, no consigo comprender por qué lo odias tanto. Tiene un carácter difícil pero no es para tanto.
-         Cambiando de tema, primo, te has perdido esta mañana una escena digna del teatro. Aquilino apareció gritando y temblando diciendo que el “fantasma” de Lucio ha vuelto a la ciudad y que lo va a matar. Han sido necesarias dos tazas de tila para calmarlo y aún anda por ahí refunfuñando “pues yo lo he visto”, “lo he visto”. No ha habido forma de que entendiera que Lucio es un borracho pero no está tan loco como para volver a Sevilla donde sabe, con total seguridad, que lo están buscando y que el futuro mejor que puede encontrar es acompañarnos en este viaje encadenado a un remo.
-         Cosas de chiquillos. Aquilino tenía pasión por ese malnacido; menos mal que se te ocurrió comprar a Mariano y su influencia ha sido muy beneficiosa; si no habríamos tenido dos ladrones en la casa. Ya se le pasará, habrá visto a alguien parecido.

Gonzalo se dirigió a su habitación para lavarse antes de comer.

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