domingo, 26 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 5

Luis de Sahajosa y los capitanes se reunieron con los soldados que habían salido primero en busca del Sultán Rexar en una populosa población situada en la margen izquierda de un río de aguas esmeralda. La ciudad contaba con un fuerte y numerosas casas alargadas donde convivían varias familias. Unos botes estrechos y planos circulaban con tranquilidad por el río, los hombres los impulsaban con pértigas. Los puercos y las gallinas correteaban entre las casas, el suelo ya no era pantanoso. Las plantaciones de pimienta y frutas rodeaban el poblado. Las mujeres, vestidas con telas de alegres colores sujetas a la cintura, lavaban la ropa en el río; los niños, felices y desnudos, se lanzaban desde los árboles cayendo entre parloteos y risas en el agua fresca. La sorpresa dejó mudos a los españoles.
Acomodados en una larga casa con una terraza sobre el río, fueron obsequiados con manjares exquisitos y recibieron la discreta visita de las mujeres que se ofrecieron para descargar las tensiones de sus agotados cuerpos con masajes íntimos y excitantes. Los soldados, olvidando dónde estaban, se entregaron al placer entre aquellos dulces brazos.
-         ¡Es un sueño! - comentaba Luis de Sahajosa al capitán Herrera. - Ahora comprendo por qué no regresabais y nosotros muriéndonos de asco en ese pueblo inmundo, lleno de alacranes y víboras.
-           El Sultán nos recibió y prometió que se sometería a nuestra ley; después nos pidió que no rechazáramos su hospitalidad y ¿quién puede negarse? Los hombres necesitan un descanso, muchos están enfermos.
-         No te disculpes, este descanso nos ha venido bien a todos. El Sultán nos ha invitado mañana a comer. ¿Crees que son ciertas sus intenciones?
Las relaciones entre el maestre de campo y los capitanes se habían relajado. Todos valoraban la actitud que había tomado en la jornada de Borneo y sabían de sus esfuerzos, infructuosos, para conseguir que Sande entrara en razón.
-         Es joven, demasiado joven e impulsivo pero no creo que nos traicione. Ha perdido muchos hombres y lo que le pedimos es poco. Sus consejeros están a favor de un entendimiento y de mantener relaciones amistosas. No se entienden con los portugueses; según he podido saber, el año pasado mataron a los integrantes de una flota entera. Los portugueses no quieren tratos con ellos, utilizan esta isla para coger esclavos, en lo que va de año han secuestrado a unos ochocientos. Cuando han sabido de nuestro odio por los portugueses, se han ablandado y cuando les explicamos con claridad las pretensiones del gobernador, la posibilidad de comprar barcos, mostraron mucho interés. Lo que no creo que sea tan fácil es el tema de los religiosos pero, la verdad, hay tan pocos en Filipinas y tienen tanto trabajo que no van a tener muchas ocasiones de viajar hasta aquí.
Luis de Sahajosa comprobó lo acertado que estaba el capitán Salvador Herrera. La entrevista con el Sultán se desarrolló durante la comida a la que habían invitado a los capitanes y al maestre de campo mientras los soldados se entretenían en unas largas esteras colocadas en la tierra y repletas de viandas. Las solícitas mujeres les daban de comer entre bromas y caricias. Los capitanes, siguiendo el ejemplo de su anfitrión, se acomodaron en unos mullidos almohadones, descalzos y sin armas, y con la mano derecha, como si fuera una cuchara, cogían el deslizante arroz para llevarlo a la boca junto a sabrosísimos pescados. La conversación, a través de los intérpretes de tagalo y de la lengua de Borneo, fue fluida y amena. Quedó sellado el compromiso con el Sultán brindando con agua.
Permanecieron un par de días más en aquel paraíso. Durante ese tiempo murieron cuarenta soldados de los que estaban en los barcos por enfermedad. Sande se estaba quedando solo y esperaba impaciente el regreso de los capitanes y de Sahajosa. Todos los días tenían que arrojar cadáveres al mar. Cuando a principios de junio adivinó las velas de los navíos y oyó las voces de los remeros de las galeras, su corazón dio un vuelco.
- No, Francisco, sigo pensando lo mismo, no hace falta que nos establezcamos en la isla. Los hombres están enfermos y el Sultán ha dado su palabra de paz. ¿Para qué vamos a malgastar vidas y dinero? Las relaciones comerciales no precisan destacamentos. Tenías razón, tengo que dártela, los barcos son buenos y tienen grandes fundiciones pero si dejamos hombres aquí, habrán muerto antes de que lleguemos el resto a Manila.
El gobernador escuchaba de mala gana los razonamientos de Sahajosa. Muy a su pesar comprendía que estaba en lo cierto.
-         Últimamente te dejas influenciar mucho por esos malditos capitanes. De acuerdo, regresaremos a Manila pero no todos.
-         Francisco...- interrumpió el maestre desconsolado.
-         Calla, estúpido. He decidido que algunos vuelvan dando un rodeo por Coló y Mindanao.
Ante el estupor de capitanes y soldados, Sande nombró capitanes a Esteban Rodríguez de Figueroa y a su hermano Bernardino. Las quejas de todos no pudieron con la obstinación del gobernador que, por despecho, insultó y rebajó de categoría a varios de los capitanes más críticos con su decisión.
La armada giró hacia Manila y despidió con tres salvas a la pequeña flota que, comandada por el nuevo capitán Esteban Rodríguez de Figueroa, puso rumbo a la pequeña Isla de Joló, seguido por Bernardino.

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