jueves, 23 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 2

Durante varias horas las flotas lucharon encarnizadamente, los hombres de un bando y otro caían al mar, heridos o muertos. El fuego prendía en mástiles y velas. El doctor Sande se refugió en el camarote principal de su navío dejando al maestre de campo que organizara la lucha. El Padre Rada corría ayudando a los heridos a ponerse a cubierto y dando una rápida absolución a los cuerpos mutilados que quedaban tendidos desangrándose entre espasmos. La superioridad de los españoles quedó pronto en evidencia y así lo entendió el Sultán Rexar. Los navíos se encontraban a la par, la lucha cuerpo a cuerpo se volcaba a favor de los españoles. Los cuerpos semidesnudos de los soldados de Borneo perecían ensartados en los aceros castellanos. Esteban Rodríguez de Figueroa giraba sobre sí mismo destrozando cinturas enemigas, inferiores en habilidad, fuerza y estatura. Bernardino de Sande gritaba como un poseso clavando su espada en los musulmanes que le interceptaban el paso hacia el timón de la galeota de Borneo.
El Sultán comprendió que había sido derrotado y comenzó a huir río arriba seguido de las naves más ligeras. Los españoles tardaron un tiempo, enfrascados como estaban en la lucha, hasta percibir la maniobra de su enemigo.
Los disparos retumbaban en el centro de la selva. Magachina y los seis remeros caminaban, escoltados por tres soldados, hacia el poblado donde estaba la prisión. Magachina, con un cepo en la garganta y cadenas en los pies, sorteaba piedras y lianas, cayéndose frecuentemente y retardando la marcha. Los seis remeros, atados sólo con cuerdas en las manos, aprovecharon una de sus caídas para salir corriendo. Los soldados que los custodiaban dispararon acertando a tres, el resto se perdió en el bosque. Magachina siguió hasta el presidio vigilado por los tres furiosos soldados.
La noche llegó a la desembocadura del Río Borney, los Castilla, extenuados por la batalla, contaban las bajas: cien soldados españoles habían muerto, el número era muy superior en el bando contrario. "No podemos saberlo con certeza pero superan los seiscientos" aseguraban los capitanes. El gobernador subió al aire libre cuando la pelea concluyó y mandó que cinco barcos, los de menor tonelaje, siguieran al Sultán huido. Los ganadores de la batalla  tomaron para sí veintiún galeras y veintisiete navíos ya que muchos de los nativos, al comprobar la maniobra de su jefe, habían abandonado las naves saltando por la borda para internarse en la jungla.
-         No ha estado mal, Luis - decía Sande al maestre de campo. - Nos hemos hecho con medio centenar de navíos y la mayoría están nuevos. ¿Has visto cómo saltaban al agua esos cobardes? Nos han entregado la ciudad limpiamente. Mañana bajaré en persona al poblado.
Magachina escuchó aquella noche gritos airados que pedían su cabeza. Un pelotón de borneyes, embrutecidos por la derrota, querían lincharlo. El carcelero se enfrentaba a la masa amenazando con la cólera del Sultán cuando comprobara que su prisionero había sido asesinado. Los iracundos hombres se apaciguaron y se fueron dispersando en los pantanos que rodeaban el poblado. Magachina, alarmado por el incidente y contento por la victoria castellana, intentó que el carcelero lo soltara. La aldea estaba casi vacía, sólo quedaban mujeres y niños incapacitados para luchar. Magachina convenció al hombre de la precariedad de su situación, abandonado por todos, esperando la llegada de las tropas invasoras. El carcelero tomó conciencia de la derrota y abriendo los candados que sujetaban al prisionero lo dejó en libertad. El mensajero de los Castilla llegó al amanecer a la desembocadura del Borney, justo a tiempo de ver las figuras de los cinco barcos emprender la persecución del Sultán.

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