miércoles, 22 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 1


Magat y Magachina, principales de Balayán, se acercaron en dos lanchas impulsadas por remeros hacia la armada del Sultán de Borneo. Cinco indios de Balayán y uno de Tongo remaban de pie en el centro de la larga canoa con un palo en cada mano que se cruzaban a la altura del pecho. Magat y Magachina, sentados en un pequeño taburete en la parte de atrás de las barcas, contemplaban cómo los árboles de la playa crecían conforme la distancia iba siendo menor. Un hombre alto, con un turbante en la cabeza y una cuidada barba, se acercó a la embajada de paz en cuanto saltaron a tierra; era Salalilla, tío del Sultán Rexar. Con una inclinación de su delgado cuerpo, tocando con su mano la frente y el corazón, los invitó a seguirlo a bordo de la galera que él comandaba. Los adornos de oro de los principales de Balayán despedían destellos de luz al contacto con el sol y tintineaban al ascender por la escala del navío.
Los ojos de los españoles se cerraron intentando precisar qué ocurría con los embajadores, la tensión estiraba los músculos de los capitanes a quienes el maestre de campo había dado órdenes de estar preparados para un posible ataque. Los cañones de la armada de Castilla apuntaban a la flota de Borneo, listos para ser disparados al menor signo de hostilidad. El gobernador y el Padre Rada permanecían en silencio con la vista fija en los puntitos que se movían en la lejanía.
Magat y Magachina, en la cubierta de la galera, entregaron las dos cartas de presentación. Salalilla las miró e hizo pedazos la escrita en tagalo. A un gesto autoritario de su brazo se adelantaron varios de sus soldados, inmovilizaron a Magachina y a los seis remeros, los despojaron de sus armas y joyas. Otros tres hombres empujaron a Magat hacia la escala y lo obligaron a montar en una lancha, sosteniendo tembloroso la carta en lengua nativa. La pequeña embarcación se dirigió al navío donde esperaba el Rey de Borneo.
Los nervios consumían a los españoles, los soldados se revolvían con impaciencia y los capitanes intentaban mantener el silencio a gritos. Luis de Sahajosa contenía el aliento. El doctor Sande recorría la cubierta de la nao capitana con pasos inquietos. Esteban Rodríguez de Figueroa acariciaba su espada, Bernardino lo imitaba. El Padre Rada comenzó a rezar mentalmente un rosario, el ruido que producían las cuentas en sus manos desquiciaba a Sande y a los marineros. El sol cegaba las pupilas inmóviles que observaban la costa.
Salalilla bajó a Magachina a un camarote y los remeros fueron atados a los postes de cubierta. Con ayuda de un intérprete, el tío del Sultán interrogó al prisionero sobre las armas y fuerzas que llevaban los españoles. Magachina se negó a hablar. Salalilla le propinó un fuerte golpe en la cara que le partió la nariz y varios dientes, tumbado en el suelo el principal de Balayán se retorcía de dolor. Lo levantaron y el interrogatorio prosiguió con las mismas preguntas; dos puñetazos le aplastaron las costillas. Magachina se dobló y entre jadeos sanguinolentos informó del número de soldados y las armas de los españoles. Salalilla satisfecho mandó que lo encerraran en la prisión del pueblo que se encontraba dos leguas río arriba. Peor suerte corrió Magat. Una vez entregada la carta al Sultán Rexar, hombre joven e impetuoso, éste sin mediar palabra ordenó que lo degollaran y lanzaran su cuerpo al mar. El cadáver se sumergía en el agua cuando surgió el primer cañonazo dirigido a una de las galeras de Castilla, no dio en el blanco pero el impacto de la bala a dos palmos de su casco la hizo oscilar. La batalla se desencadenó.

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