viernes, 3 de febrero de 2012

LA REVANCHA 7

Lavezaris no calló su furia y la aspereza de la escena que se desarrolló en el despacho del nuevo gobernador se comentó varios meses en los corrillos de Filipinas.
- Esto no va a quedar así. Hemos servido fielmente a Su Majestad y él siempre se ha mostrado generoso. Ha defendido que nuestros desvelos y penurias fueran recompensados. Y me jugaría el cuello a que a usted le ha encargado que nos premie: pero ya sabemos cómo es usted y lo que le interesa. ¡Bonito despacho! ¿Con qué dinero ha pagado estos costosos muebles? ¿Con el destinado al astillero, por ejemplo?
Los oficiales reales nunca habían visto a Lavezaris tan alterado.
 - No le voy a dar explicaciones a usted, que quede bien claro.
Sande estaba indignado ante la salida de tono del siempre comedido Lavezaris.
- No se levanten, caballeros -dijo a los oficiales.-Todavía no he terminado. Sus salarios quedan embargados hasta nueva orden.
 - No puede hacer eso- gritó Aldave.
 - Claro que puedo hacerlo; es más, ya lo he hecho. Cuando comprobemos las ganancias que han obtenido estos años con sus encomiendas, entonces liquidaremos.
- Escribiremos al Rey- aulló Cauchela al levantarse.
- Y al virrey de Nueva España- concluyó Mirandola.
- Escriban, señores, a quien les plazca. Mi decisión no cambiará. Pueden marcharse.

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