jueves, 2 de febrero de 2012

LA REVANCHA 6

El Padre Rada y el Padre Alburquerque despertaron malheridos en la playa, no acababan de creer lo que había sucedido.
 - ¿Cómo se encuentra, Padre Rada? - preguntó, intentando ponerse en pie, el Padre Alburquerque.
- Creo que tengo alguna costilla rota, no puedo respirar... ¿Y usted? - le replicó tendido en la arena.
- No puedo mover el brazo izquierdo pero puedo andar. ¿Sabe dónde nos encontramos?
Alburquerque se acercó a auxiliar a su buen amigo.
- Hace dos días que el navío paró frente a Bolinao. Creo que hemos tenido suerte, estamos en alguna parte de las costas de Ilocos. Habría sido peor si nos abandonan en una isla china. No habríamos salido con vida. Rada con ayuda de Alburquerque se incorporó.
 - ¿Qué hacemos? ¿Para dónde está Manila? Estoy muy desorientado.
- No me haga reír, ¿desorientado? Si ha venido miles de veces a esta zona. Lo primero será esperar hasta mañana, pronto anochecerá y no tengo ganas de perderme por la selva. Ayúdeme a llegar hasta aquellos árboles, allí estaremos resguardados, mucho me temo que va a caer un verdadero diluvio.

Apoyándose el uno en el otro, los frailes se acercaron a duras penas a las palmeras que se inclinaban hasta la arena. Los nubarrones negros empezaron a tapar el lánguido sol de la tarde. Las horas pasaron despacio, la lluvia comenzó de madrugada y les despertó del doloroso sueño en el que habían caído.
- En cuanto amanezca iniciaremos la marcha a Bolinao, en dos o tres jornada alcanzaremos refugio.

Como había dicho el Padre Rada, los primeros rayos del sol que siguieron a la tormenta los encontraron intentando caminar. El Padre Rada andaba doblado y apoyado en su compañero pero éste al tener un brazo inutilizado no podía sujetar bien el peso. Cada dos o tres pasos caían a tierra arañándose la piel. Los hábitos rasgados y manchados de sangre se enredaban en la maraña de hierbas y matorrales.
- Pare, Padre Alburquerque. Descanse un poco más, no se levante todavía.
El Padre Rada se daba la vuelta con cuidado después de la última caída.
 - No podemos continuar los dos. No llegaremos nunca.
Un gesto de agudo dolor se reflejó en su cara.
 - Mire mis pies. -Las heridas los cubrían completo. -Es mejor que siga usted solo y busque ayuda; yo esperaré aquí.
- No pienso dejarlo solo; apenas puede moverse. ¿Y si se acerca algún animal salvaje? No, no me moveré de aquí si no es con usted y no me replique.
 El Padre Alburquerque, reprimiendo un grito de dolor, apoyó en el hombro sano el cuerpo exánime de su amigo. La oscuridad llega pronto al interior de la jungla, las tupidas paredes de hojas impiden que la luz se filtre. A esas horas del anochecer las fuerzas los habían abandonado por completo. El Padre Alburquerque recogía hojas húmedas de los árboles y las exprimía hasta que una gota caía en los agrietados labios del Padre Rada. Dormitaban exhaustos cuando unas fuertes voces en castellano resonaron en el aire.
- Despierte, Padre Rada. ¿Ha escuchado eso?
 El Padre Alburquerque se levantó lo más rápido que pudo y aguzó el oído para comprobar en qué dirección se oían las voces.
 - ¿Qué?- preguntó entre gemidos su compañero.
 - ¿Que si ha escuchado esas voces? Hablaban en castellano...Oiga. Distorsionado por la distancia sonó “levantarse, que ya es de día”. La cara de Alburquerque se iluminó.
-¡Estamos salvados! Y salió corriendo siguiendo el sonido de la voz salvadora. Su sorpresiva llegada asustó al destacamento que lideraba el sargento mayor Juan de Morón. Los soldados recibieron con las armas dispuestas a la sucia figura que corría gritando:"Gracias a Dios". "Gracias, Dios mío".
No podían creer lo que veían, al principio pensaron que era un animal salvaje, después algún indígena loco o temerario. Lo último que pensaban era encontrar en lo más recóndito de aquella selva a dos frailes castellanos, llenos de heridas y solos. Venían de las minas de Igolot y se dirigían a Bolinao. Una vez que escucharon la terrible historia de la traición de los capitanes chinos, indignados el los soldados del destacamento auxiliaron a los frailes y los acompañaron hasta el puerto más cercano. El Padre Rada viajaba tendido en unas parihuelas que llevaban cuatro soldados. El Padre Alburquerque hizo el trayecto a pie. La comida y el agua devolvieron el ánimo a sus piernas. Los soldados al despedirse de los ultrajados hombres de Dios prometieron venganza.

 "Venganza" clamaban también los oficiales reales y Lavezaris cuando Sande les comunicó que debían devolver a la Corona sus encomiendas. En una tensa reunión, que había tenido lugar en el nuevo despacho del gobernador, situado en la planta superior de las Casas Reales, adornado ahora con profusión de detalles orientales como un escritorio de pequeños cajones lacados o una zona de recibidor con un tresillo tapizado en seda azul y verde con ribetes dorados. Sande les dijo que era inconveniente y muy costoso para la Hacienda Real que los oficiales de Su Majestad tuvieran encomiendas de indios, " tal y como lo tiene negado Su Majestad en una carta que les escribió en respuesta a otra que ustedes le enviaron solicitando esa merced. La carta, fechada en 1.574, dice en uno de sus capítulos que tener licencia de indios le parece inconveniente para realizar las funciones que ustedes tienen a su cargo porque las ocupaciones de los oficiales es servir en sus oficios y que no tengan ni indios ni moros".

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