miércoles, 1 de febrero de 2012

LA REVANCHA 5

El otro grupo caminaba por la vereda del río con pensamientos muy diferentes. La idea común era que se iba a poner orden en Manila.
- Por fin vamos a saber a qué atenernos. En estas tierras se derrochan desde clavos hasta hombres. Lavezaris no es hombre de mando, se implica demasiado y sus relaciones con los oficiales y capitanes son demasiado familiares. Sigue pensando que Filipinas es una familia, como cuando llegó con Legazpi, y si queremos levantar estas islas hay que separar los sentimientos de los deberes.
Quien así hablaba era Rodrigo de Frías, comerciante que tenía un par de barcos. Se entendía bien con Sande, eran hombres con gran instinto para los negocios, coincidían en que la conquista de una tierra no se justificaba si no era con oro en las arcas.
- El futuro para los comerciantes – continuó - está en las relaciones con los chinos, son astutos y refinados. Sus mercancías se venderán a precios muy altos en América y España. No hay más que ver la textura delicada de las sedas y porcelanas; las señoras se pelearán por vestirse y adornar sus mesas con ellas.
 - Bueno, te olvidas de las especias; el motivo fundamental que nos trajo a estas tierras tan inhóspitas – le recordó Alonso Álvarez de Toledo.
 - No, no me olvido. La tierra es rica en especias, quizás en lo único porque el tema de las minas se está retrasando mucho. Aquí hay de todo, pero eso ya lo sabemos, canela, pimienta tanto redonda como alargada, jengibre, tamarindos... Eso ya lo conocemos; decía lo de China porque ahí está la clave para un buen negocio. Los chinos son avariciosos. El doctor Sande está preocupado por las repercusiones que pueda tener la huida de Li- Ma- Hong, pero lo he tranquilizado: una cosa es el Gobierno y otra los mercaderes. Si estos últimos ven las posibilidades que tienen con nosotros de ganar dinero, no dejarán que nada ni nadie interfiera. El corsario ya les ha causado bastantes problemas robándoles barcos repletos de mercancías para que su sombra se cuele ahora en la bolsa.

Rodrigo de Frías se disculpó por tener que abandonarlos pero comentó que tenía una cita ineludible y ya se había retrasado demasiado. Con una inclinación del ala de su sombrero, se despidió y marchó hacia el puerto.
Esteban Rodríguez de Figueroa llevaba una hora de pie a la entrada del muelle. No se había atrevido a hablar con el capitán sangley cuyo barco estaba amarrado a diez pasos de él. Vio acercarse a Rodrigo Frías, encorvado para que el viento no le abriera el capote.
- Lo siento, Esteban, pero he tenido que actuar como testigo para el gobernador y la reunión acaba de terminar. No he podido avisarte porque el doctor Sande me ha llamado esta mañana. ¿Has hablado con ellos?
 - No, esperaba que llegases. Tú tienes más experiencia que yo en estos asuntos.

La voz profunda y sonora de Esteban Rodríguez sonó baja, como si temiera que alguien los pudiera escuchar.

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