jueves, 16 de febrero de 2012

LA PROPUESTA DE RONQUILLO 8

La fe era lo único que animaba a los franciscanos que permanecían en el Convento de San Francisco de México. Esperaban descansar, recibir ayuda y ánimos pero hallaron recelos y trabas, muchas trabas. Los frailes no daban crédito a la actitud de sus anfitriones quienes se oponían a que fuesen a fundar la orden a Filipinas; pasaron muchos días debatiendo el tema. No obstante, el tiempo que permanecieron en México luchando contra la burocracia de su propia orden, consiguió que  se restableciera el color de la mermada expedición.
-         No lo puedo entender, Padre Alfaro. Si no creyera en la santidad de estos hombres, juraría que la envidia los corroe.
-         No siga, Padre Lucarelli, que después se arrepentirá de sus palabras. Disfrute de la Natividad de nuestro Señor en un clima tan benigno. Este año no se le helarán los pies en la Misa del Gallo. ¿Dónde está ahora ese lirismo del que hacía gala en el puerto de San Juan cuando llegamos? Los frailes están sanos y por fin hemos llegado  a un acuerdo que nos permitirá embarcar dentro de unos meses hacia Filipinas. Tenemos una gran labor por delante, no esperaba de usted este abatimiento.
Después de las primeras reticencias muchos frailes de México se ofrecieron a acompañarlos y hacer una expedición digna. Entre los voluntarios Alfaro escogió a Fray Juan de Ayora, provincial de Jalisco; Fray Bartolomé Ruiz, Fray Esteban Ortiz y Fray Francisco Muñique, todos de la provincia de Valencia; Fray Juan de Porras, de San Miguel  y Fray Juan Clemente, religioso lego de la provincia de Burgos. A los dos días de la partida de México llegaron a Caravaca, a la tercera jornada a Txalapa donde permanecieron diez días hospedados en el Convento de los Padres Agustinos; el último tramo los llevó hasta aguas de Acapulco, hasta el brillante Océano Pacífico.
Los franciscanos, a pesar de su impaciencia, tuvieron que esperar un mes hasta que el 7 de marzo de 1.578 el navío que los llevaría a su destino final desplegó las velas y se adentró en el Mar del Sur. El color azul del horizonte devolvió al Padre Lucarelli todo su ímpetu religioso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada