miércoles, 15 de febrero de 2012

LA PROPUESTA DE RONQUILLO 7

En Sevilla las dificultades crecían, los robos de Lucio cada vez eran más descarados y su carácter más agresivo. Ni la experiencia de Mariano, ni los castigos de Amancio podían regenerar las costumbres del gigante. Aquilino era el más perjudicado, sufría en sus carnes la ira de Lucio, el titán le pegaba cada vez que se cruzaba en su camino y lo amenazaba si no cumplía todos sus caprichos. La veneración del niño se había trastocado en termor, ya no lo seguía, ni Mariano lo obligaba a hacerlo. La cuantía de las deudas era tal que los acreedores de la ciudad lo perseguían. Lucio tuvo que huir de Sevilla en tres ocasiones. Todos sabían que aprovechó esas escapadas para robar en los pueblos de alrededor y hacer frente a sus pagos. Amancio se debatía entre seguir amparando sus excesos o entregarlo a la justicia.
-         No sé qué hacer. - Amancio conversaba con Mariano en la cocina. - Es como un hermano para mí. Si lo entrego a la Justicia, lo mandarán a galeras sino le hacen algo peor. Pero él no atiende a mis ruegos. Es como si estuviera poseído por alguna fuerza maligna que lo empuja hacia lo hondo.
Los ojos del buen hombre brillaban; quería a Lucio como quería a los demás criados.
-         No es culpa de él - le reconfortó Mariano. - Es la bebida. Lucio ya no existe, se acabó en el momento que el vino regó su corazón. Es algo más fuerte que su persona. Obsérvalo, su única razón de vivir es el vino. Cuando por la mañana coge la jarra, fíjate en la expresión de su cara; para Lucio, el vino es Dios, su cuerpo dolorido necesita ese remedio. Tras la primera copa, la mente se oscurece y sólo pide más, más... Es muy fácil aprovecharse de un hombre en sus circunstancias; con los ojos nublados por el alcohol no se pueden hacer apuestas, los desaprensivos conocen su debilidad y la fomentan para que pierda sin descanso. Amancio, él no tiene la culpa, la tiene el vino.
-         Lo sé y lo he intentado todo, tu lo has visto, hasta encerrarlo en el cuarto dándole sólo agua y comida. Sus gritos me desgarran el alma. No puedo tenerlo ahí, chillando, golpeándose la cabeza contra las paredes. Si por lo menos no robara...Don Gonzalo ha enviado recado de que volverá el próximo mes para arreglar unos asuntos. ¿Qué puedo decirle cuando note la desaparición de los candelabros o de la caja de plata que era un regalo de su madre? Y si se le ocurre celebrar una gran cena y no tenemos suficientes cubiertos. Debo arreglar este asunto antes de que venga Don Gonzalo. Lo he estado meditando, apenas he dormido desde que recibí la misiva del señor... No podría morir en paz si lo entrego a la Justicia, bastante nos toca sufrir en vida, siempre al servicio de otros, sin un cachito de privacidad, sin un sueño que hacer realidad. No puedo llevar a un hermano, cuyos tormentos son mayores que los míos, de la mano a la horca. Lucio tiene grandes anhelos de libertad, es inteligente y su mente no tiene descanso pensando en la injusticia de este mundo. Su odio hacia los blancos y hacia el destino que lo encadenó en una sucia bodega cuando era joven, no le permiten descansar. Cuando miro a Aquilino, que nació en cautiverio, me sorprendo pensando en la suerte que tiene, no conoce otro tipo de vida, no puede imaginar lo que es sentirse libre en la selva, correr sin yugos por la arena, respirar el aire que no pertenece a nadie. No sabe ni concibe lo que es ser libre. Tiene suerte, para él ser el perro de su amo es la única realidad. Lucio no pudo resignarse. A mí me costó años y ahora, que ya soy viejo, vuelven a apoderarse de mí esos pensamientos tan peligrosos de independencia. No me afligen como en mi juventud, cuando era fuerte y vigoroso. Estoy cercano a la muerte y si es verdadero ese Dios de los blancos, mi recompensa en el otro mundo va a ser muy grande. La recompensa de Lucio será mayor pues sus tormentos han sido infinitos. Pero me desvío de lo que iba a decirte... Los laberintos de la edad, la cabeza se pierde... Lo mejor, antes del regreso de Don Gonzalo, es hablar con Lucio y pedirle que se vaya; después contaremos al señor que Lucio robó las cosas y huyó. Lo más seguro es que Don Gonzalo dé parte a la Justicia y comiencen a buscarlo; así que sería apropiado decírselo cuanto antes para que tenga tiempo de desaparecer. No es fácil para un negro esconderse en estas tierras de blancos. ¿Qué te parece?
-         Me parece bien. Eres muy caritativo, en tu corazón no hay maldad. Aunque dudes de ese Dios que llamas de los blancos, te diré que existe, yo lo he visto y ten por seguro que hallarás piedad tras la muerte. Nos ha puesto a prueba en este mundo. Él dijo que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrara en el Reino de los Cielos. Nosotros somos afortunados, somos pobres, esclavos, estamos muy cerca de su Reino.
Amancio miró con condescendencia a Mariano y se apoyó en su hombro para levantarse del taburete donde estaba sentado.
-         Me admira tu credulidad. Desearía tener esa fe, estar tan seguro como tú- concluyó con voz apagada.

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