lunes, 13 de febrero de 2012

LA PROPUESTA DE RONQUILLO 5

El sentimiento general en Filipinas era de desánimo. Las dos galeras que se habían fabricado en el astillero de Miguel de Luarca no se habían pagado. Los trabajos de la gran nao Trinidad iban lentos.
-         No sé cuánto tiempo podré seguir con este proyecto, Andrés.
Luarca visitaba las obras de la Trinidad en compañía de Andrés de Mirandola quien, por orden de Sande, había viajado hasta el astillero.
- Toda la madera es mía, no habéis mandado ni un mísero tablón     de los almacenes reales.
-         No es culpa nuestra. El gobernador no atiende a razones y comenta que tienes muchos árboles en tus tierras – dijo Mirandola avergonzado.
-         Sé que no es culpa de los Oficiales, pero debes comprender lo que está pasando. Las dos galeras siguen sin pagarse, el salario de los soldados no llega y están nerviosos; a veces me preocupa que hagan una barbaridad. Cada día prestan menos atención al trabajo y no puedo, en conciencia, obligarlos. Si me excedo, temo que se marchen o que se produzca un levantamiento. Costeo de mi bolsillo su alimentación y el material y, bien sabe Dios, que lo hago por Su Majestad pues ya me he dado cuenta de cómo es Sande.
Diego López y varios hombres pararon sus tareas al ver llegar a los dos hombres. López dejó el martillo que sostenía en su mano derecha y se aproximó.
-         Espero que su visita tenga algo que ver con el dinero que nos deben.
-         Con respecto a eso, no hay novedad.
Mirandola se encontraba incómodo. Notaba la animosidad del ambiente.
-          Me deben mucho dinero y ya me estoy cansando de excusas.- El tono del soldado era amenazador. -También me he cansado de trabajar de balde. ¿Quiere, usted, coger el martillo y comprobar cómo resbala en las manos sudorosas? No, usted es demasiado fino.
-         Por favor, Diego, el oficial Mirandola no tiene la culpa - dijo Luarca poniéndose entre los dos hombres. -Él, como todos, cumple órdenes.
Los demás trabajadores se iban acercando al lugar de la disputa con caras enfadadas.
-         Diego tiene razón. Ya basta de partirnos el lomo en este lugar de mierda para morirnos de hambre- gritó un viejo desde dentro del casco medio construido de la nao Trinidad. Los demás jaleaban sus palabras.
-         Mire a Mateo- siguió López desafiando a Mirandola. -Veinte años sirviendo fielmente al Rey para terminar su vida sin un gramo de plata en los bolsillos. Mírenos a todos. Ni siquiera tenemos para una camisa nueva. ¿Con qué cree que nos vestimos? ¿Con ramas? Hace meses que no llegan los salarios, por no hablar de las deudas pendientes. Si él no tiene la culpa- dijo mirando a Luarca.- ¿Quién la tiene? Él es el representante del gobernador y del Rey. Él nos vigila los trabajos, pues que también nos pague. Antes los oficiales nos agradecían nuestros esfuerzos, ahora nos espían.
La multitud congregada chillaba "bien, Diego", "que se enteren", "queremos nuestro dinero", "ya estamos hartos". La situación se iba calentando y Miguel de Luarca temía algún estallido de violencia. Agarrando del brazo a Mirandola, que no sabía qué decir ni cómo justificarse, se abrió paso entre sus trabajadores y con un par de gritos se alejó hacia la casa, empujando delante al oficial real.
- Lo siento, Andrés. De veras que lo siento. Pero ya te lo decía, los hombres están muy descontentos y los comprendo porque a mí me pasa lo mismo.
Durante las dos horas siguientes, los trabajadores permanecieron en el astillero hablando a gritos. Los indios los contemplaban divertidos, los soldados se enojaron más al ver las muecas irónicas de los naturales. Nada hay peor que un grupo enfurecido, llega un momento en que la cordura se pierde y se hacen cosas de las que luego todos se arrepienten. Diego López era el cabecilla, sus compañeros animaban sus discursos de justicia y lo incitaban a proseguir. En un momento dado, Diego López se acercó al barracón que compartían y sacó una gran espada de un cajón que había al lado de su catre. Era la espada que le había acompañado como fiel mujer durante la mitad de su vida. La rabia lo cegaba y su mente enloquecida por la embriaguez de los gritos de sus compañeros, no era consciente de lo que hacía. Pidió silencio y mandó que lo esperaran en el barracón. El viejo que se había enfrentado a Mirandola desde el barco se asustó e intentó detener al soldado. "Diego, para. No cometas una locura". Pero Diego no oía a nadie, un zumbido resonaba en su cabeza; como en un sueño cruzó entre los árboles hasta la casa del patrón, Mirandola descansaba en una silla del porche, adormilado por el calor. No lo vio llegar, sus ojos se abrieron al sentir el frío acero quemándolo un dedo más arriba del corazón; con las manos cubiertas de sangre, apretándose la herida, cayó al suelo de madera, no pronunció ni una queja. Los gritos de la mujer de Luarca que salía con una bebida para su invitado despertaron a Diego López de su sonambulismo asesino; como si no fuera suya, contempló la mano que empuñaba la hoja carmesí de la espada, la arrojó lejos y cayó de rodillas ante Mirandola suplicando perdón.
Luarca al escuchar los gritos de su esposa salió corriendo y al ver lo que había pasado, se agachó a recoger el cuerpo de Mirandola y lo tendió en su propia cama, aún respiraba. Mandó llamar a los hombres del barracón para que se hicieran cargo de Diego López. La agonía de Mirandola duró veintitrés días pero nada se pudo hacer por salvar su vida. El asesino no intentó huir, rezaba noche y día por la curación del oficial y los hombres, apenados, le quitaron las cadenas y grilletes que lo sujetaban, convencidos de su arrepentimiento. No eludió su castigo y años después, cuando cumplió la condena que le fue impuesta, el soldado López consagró su vida a Dios.

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