viernes, 10 de febrero de 2012

LA PROPUESTA DE RONQUILLO 2

Gonzalo de Ronquillo le tiró el sombrero que Diego olvidaba y comenzó a pensar en la propuesta de su primo. Diego era mucho más inteligente de lo que la gente creía, por eso lo mantenía muy cerca de él. Tras esa personalidad frívola e impertinente se escondía una mente ágil que no dejaba escapar ningún detalle del mundo que le rodeaba. Su fama de hombre sólo preocupado en el vestir y en gozar de placeres permitía que las lenguas se soltaran sin preocupación y esas valiosas informaciones eran transmitidas con diligencia a Gonzalo. Otras veces ocurría lo contrario, si algún plan de Gonzalo necesitaba apoyo, Diego dejaba caer las palabras precisas en los oídos más acertados. Componían un equipo perfecto aunque a los ojos de los extraños Diego fuera un caradura que se aprovechaba del buen corazón y del bolsillo de su primo.

La primavera, en cambio, era seca en Sevilla como había ocurrido en los últimos años. La Casa Grande de los Franciscanos despidió a los veinte misioneros capitaneados por Alfaro que iban a predicar en las Islas Filipinas. Hasta llegar a las lejanas tierras quedaba mucho, su primera etapa fue Sanlúcar y de allí hacia Nueva España. Abandonaron Sevilla en mayo; no embarcaron, sin embargo, hasta mediados de junio. Todos iban muy ilusionados pero esa alegría fue sustituida pronto por la enfermedad. El primero en sentir los síntomas del tabardillo fue Fray Francisco de los Santos. El Padre Alfaro no quería riesgos en la expedición, no escuchó los ruegos del fraile y lo obligó a desembarcar el 1 de julio en las Islas Canarias. A pesar de la prudencia de Alfaro, otros hermanos comenzaron a sentirse indispuestos poco después. Los vómitos y los cólicos unidos a una fiebre cada vez más alta alarmaron a los viajeros. Ni el aire puro del océano conseguía eliminar el nauseabundo olor que impregnaba los camarotes donde descansaban los enfermos; unos camarotes que cada día estaban más abarrotados. El Padre Alfaro no descansaba prestando consuelo y ayuda a los moribundos en medio del inquietante Oceáno Atlántico.
La brisa de la noche despeinaba los cabellos de Alfaro que le tapaban la cara, ocultando así unas profundas ojeras. De repente sintió la mano firme del Padre Lucarelli en su hombro.
-         Debería dormir un poco, Padre Alfaro. El viaje no ha hecho sino empezar... Ya sabíamos que sería difícil, son las pruebas que nos envían de lo Alto. No puede dejarse abatir por el primer contratiempo que se presenta. Es el responsable de que la Orden Franciscana se establezca en esas lejanas tierras de las Filipinas, no puede fallar a la confianza que depositamos en usted. Pero entienda que también es humano, debe comer y descansar si no su cuerpo se debilitará  y será presa fácil para la enfermedad. Sabemos que su corazón no puede abandonar al que sufre pero su actitud está siendo ya arrogante. ¿Cuántos días lleva sin dormir? Contestaré yo, cinco. Durante cinco días y noches no ha pegado más que cabezadas sueltas. No desafíe los límites que nuestro Señor Jesucristo nos impuso en este imperfecto cuerpo.
Las gotas del mar salpicaban mojando los hábitos de tela basta y parda. El Padre Lucarelli acarició su poblada barba mientras buscaba nuevas razones para convencer a Alfaro de que debía dormir.
-         Le conozco, Padre Lucarelli. Deje de tocarse la barba y a ver si un día de estos se la corta. Ya me ha convencido pero déjeme un poco más respirar este aire fresco y limpio. No comprendo, a veces, los designios del Señor aunque siempre los acepto sin levantar una queja o, por lo menos, lo procuro hacer. Si tan importante es nuestra misión, si miles de almas pueden salvarse gracias a nuestro mensaje, ¿por qué nuestro Señor calla esas bocas que piden enfebrecidas agua antes siquiera de haberles dado una oportunidad de transmitir su mensaje? ¿Por qué no permite el Altísimo que cumplan su tarea? ¿Es que no es tan importante como creemos?
-         Tal vez no sea cosa de Dios sino del Diablo. Quizás sea obra de Satán matar esos labios que van a difundir la verdadera ley y por eso los aniquila. Con ese silencio el maligno consigue aumentar el número de sus seguidores.
-         Sí, tiene razón, Padre Lucarelli, debe ser cosa de Satanás. No está bien que dude y me atrape entre sus garras. Disculpe, es el cansancio el que me ha hecho hablar demasiado. Ya hemos perdido a dos hermanos en esta lucha y, por lo que parece, esto no ha hecho más que comenzar. Cuando dejamos a Fray Lorenzo de Santa María de Valverde en el Puerto de Ocoa pensé que era el último pero. .. Sufro más que ellos al escuchar sus lamentos y desvaríos a causa de la fiebre y al sentir sus cuerpos arquearse de dolor con los vientres tensos.
-         Váyase a dormir, esta noche le relevaré yo. No se preocupe.

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