martes, 21 de febrero de 2012

LA JORNADA DE BORNEO 5


-         Estoy impaciente por llegar- dijo el Padre Lucarelli apoyado en la barandilla de estribor del barco que les llevaba en la etapa final de su complicado viaje.
Llevaban más de un mes navegando con placidez y sin contratiempos. El velo de temor que cubría a los franciscanos cuando contemplaron el navío en el que debían encerrarse durante varios meses se había descorrido con el aire limpio y sano que rodeaba la cubierta apenas oscilante sobre las tranquilas aguas.
-         Temía que volviera a cercarnos la enfermedad. - Susurró el Padre Lucarelli dejando que sus anchos pulmones se llenaran del aroma del salitre marino.
-         Yo también lo temí pero Dios, nuestro Señor, no nos abandona y ha escuchado nuestras plegarias. Este viaje tranquilo y placentero, comparado al que nos llevó de España a México es una bendición. Debemos agradecer al Señor su misericordia. -El Padre Alfaro sonreía cegado por los destellos que el sol ponía en la superficie cristalina del mar -. ¿Ha visto alguna vez aguas más claras que éstas?
-         Nunca, tienen un color que embriaga si se contemplan mucho rato. El Caribe es verdoso, este mar es como el paraíso. ¿Será igual Filipinas? ¿No siente curiosidad, Padre Alfaro, por lo que nos encontraremos? - Lucarelli se secó una gota de sudor
-         Más que curiosidad, estoy deseando empezar nuestra labor, hace doce meses que iniciamos esta peregrinación, mi corazón está en ascuas, impaciente por predicar el mensaje de Jesucristo, por perderme en la selva llevando en mis labios la palabra de Dios. He interrogado a los capitanes y marineros que han estado en Manila y todos coinciden en que la falta de religiosos es uno de los problemas principales para la pacificación. Los agustinos no pueden multiplicarse y llegar a todos los territorios que componen el Archipiélago. En Manila hay más conversiones porque mantenemos un férreo control pero en las demás aldeas los indios olvidan pronto las promesas que hacen y vuelven a su idolatría pagana en cuanto los misioneros los abandonan. Los capitanes aconsejan que nos ejercitemos en el manejo de las armas, eso no me gustaría.... La palabra de Dios no puede ir acompañada de violencia. Muchos frailes se comportan como verdaderos soldados pero yo no admitiré esas actitudes en nuestra Orden.
-         Estoy de acuerdo. Nuestra misión es salvar almas, no matar. Yo le quería pedir un favor.
El Padre Alfaro lo miró con una sonrisa interrogante pero varios franciscanos se acercaron a la pareja y los dos Padres se volvieron para integrar a los recién llegados en la conversación.
-         Los veo muy sonrientes - dijo Alfaro a los tres religiosos que se habían incorporado al grupo.
-         Nos reímos, aunque no esté bien, de Fray Esteban Ortiz. Tiene un miedo pavoroso al agua y se pasa el día rezando tembloroso -dijo con marcado acento mexicano Fray Juan de Ayora.
-         Ninguno sabíamos de ese pánico de Fray Esteban. Nunca había comentado nada pero en cuanto vio el navío amarrado en Acapulco sus piernas se aflojaron y estuvo a punto de caer de bruces. Creíamos que se encontraba un poco débil, ésa fue la excusa que nos dio -agregó Fray Bartolomé Ruiz.
-         Le preguntamos pero no admitió, entonces, la verdadera causa de su palidez. Cuando el barco comenzó a moverse, confesó que nunca había podido soportar los barcos, pero tenía más miedo de usted. -Rió abiertamente Fray Francisco Muñique.
-         ¿De mí? - El Padre Alfaro estaba asombrado. -¿Tan duro parezco?
-         No, no es eso - se disculpó Fray Francisco Muñique. - El temía que si usted se enteraba de su pavor al mar, no lo dejaría ir a Filipinas. Se ha impuesto como penitencia este viaje y está muy avergonzado de su miedo. Se castiga porque piensa que es indigno de un representante de Dios tener miedo de sus creaciones. Nos reímos pero lo está pasando fatal. -Fray Juan de Ayora concluyó en tono de disculpa al ver la cara seria de Alfaro.
-         No sabía nada, luego hablaré con él. Estábamos comentando sobre Filipinas y lo que nos espera. ¿Qué piensan ustedes, que vienen de México, y tendrán más experiencia que nosotros en lo referente a conversiones?
-          El grado de colonización en las islas es muy bajo, no es comparable a Nueva España pero no creo que sea complicado atraer a los naturales a la verdadera fe si se les trata con paciencia y delicadeza.
-         Eso decíamos -apuntó Lucarelli. - Los capitanes han recomendado que aprendamos a manejar armas pero opinamos que va en contra de lo que predicamos. Nuestro Señor nos manda que en caso de ofensa pongamos la otra mejilla, no que carguemos contra el ofensor con una espada en la mano.
Un murmullo de aprobación surgió en el corrillo de franciscanos. Fray Pablo de Jesús se acercó para avisarles de que la comida estaba lista.
-         Me tenía que decir algo.- Alfaro paró las grandes zancadas de Lucarelli. - Algo de un favor.
-          Sí, claro, el favor. Se me había olvidado. Quería pedirle, siempre que usted lo estime conveniente, que cuando lleguemos a Manila no me detenga en la ciudad. Desearía viajar por las islas, querría descubrir las tribus, conocer a sus gentes y apoyar los en sus labores cotidianas mientras les explico la palabra de Jesucristo.
-         Ya veremos cuando lleguemos. No puedo prometer le nada pero comprendo su ansia y tendré en cuenta esta conversación.

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