viernes, 24 de febrero de 2012

LA TOMA DE BORNEO 3

El doctor Sande dispuso que los navíos más pesados anclaran a cuatro leguas de la costa y él en persona encabezó la marcha hacia el poblado. Recogieron a Magachina, que les hacía señas desde la orilla, y llegaron al lugar donde el principal de Balayán había estado encerrado. Los soldados se desplegaron por las calles con el agua por las rodillas, las casas se levantaban tres o cuatro brazos sobre el líquido marrón oscuro. En el extremo más oriental del conjunto de chozas, los brazos de agua se abrían en una laguna igual de embarrada presidida por una edificación gigantesca en comparación con las que habían visto hasta ese momento. Acertaron al apostar que se trataba del Palacio del Sultán. Dos sierras enmarcaban la laguna, se deslizaban de sus cumbres cascadas de agua cristalina, la misma que perdía su pureza al tomar contacto con la tierra pantanosa de la base de las colinas.
El gobernador recorrió sin descanso el poblado buscando un sitio llano para levantar un campamento. Tras muchas vueltas escogió una diminuta llanura que salvaba a la única mezquita de la aldea de ser tragada por las aguas. El terreno seguía siendo fangoso pero allí la humedad que brotaba del suelo no superaba los tobillos de los soldados. Sande ordenó que se levantara una empalizada en previsión de que el Sultán regresara para defender sus tierras. En cuanto los soldados empezaron a cortar madera, el gobernador acompañado del Padre Rada subió al Palacio que dormitaba vacío en la laguna. La escalera de troncos que partía del agua terminaba en una especie de mirador que se abría al lago plagado de mosquitos. La edificación era de madera hasta el techo que jugaba con varios niveles de tejadillos cubiertos de musgo. Un corredor techado permitía acceder a las habitaciones comunicadas entre si por puertas y cortinas. El suelo estaba  tapizado por esteras de palmas trenzadas de dos colores: gris y marrón. No había ningún signo de lujo; nada que mereciera la pena expoliar, incluso la vajilla y los enseres estaban fabricados con tosca madera sin adornos. El Padre Rada comentaba a cada paso la diferencia de ese palacio con los de los virreyes y gobernadores de China.
-         Son muy pobres -decía el agustino. - Si hubiera visto las sedas y el oro de los chinos...
-         Cállese, Padre Rada, ya me lo ha contado -atajó, brusco, el gobernador.
Sande, decepcionado, estableció en el palacio su cuartel general. Los días transcurrieron sin novedad; los barcos españoles regresaron con la mala noticia de que habían perdido al Sultán. Los soldados se afanaban en concluir la cerca para lo que necesitaron doce jornadas. Los primeros síntomas de enfermedad aparecieron pronto. El agua fangosa, la humedad, las picaduras de animales afectaron a todos, incluido Sande. El maestre de campo organizó grupos para capturar indígenas huidos. Cuando empezaron a llegar los prisioneros supieron que el Sultán había burlado a los Castilla escapando por un río menor y que permanecía escondido en una población a tres días de camino. Sande envió al capitán Salvador Herrera, con ciento veinte hombres, a darle captura. Salieron a bordo de tres galeotas y dos fragatas de las que habían tomado a los vencidos de Borneo.

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