sábado, 18 de febrero de 2012

LA JORNADA DE BORNEO 2

Gonzalo de Ronquillo no tuvo problemas para ver aceptada su propuesta por el Consejo de Indias. Sus expectativas de poder fueron ampliamente superadas. Tras las consultas pertinentes, sólo tuvo que modificar un punto a petición del virrey de Nueva España: de los seiscientos hombres, al menos doscientos deberían ser casados y sus mujeres viajarían con ellos. Hecha la modificación, la Capitulación siguió su curso y en ella quedó constatado para Ronquillo el cargo vitalicio de gobernador de Filipinas, 4.450 pesos anuales de salario y el cargo de alguacil mayor, con facultad para poner o quitar alguaciles menores en los pueblos que poblara. En esos mismos pueblos podría escoger tres repartos de indios, en moderada cantidad y se le hacía merced de una pesquería de perlas y otra de pescado. Asímismo, no tenía que pagar ningún impuesto aduanero por las provisiones y equipaje de los hombres que reclutara, se le concedió la exención almojarifazgo en esos términos. Se facultó a Ronquillo también para encomendar indios y repartir tierras, solares, estancias y caballerías a los hombres que llevaba y a sus hijos, legítimos o ilegítimos. Podía nombrar regidores, oficios, señalar términos y se le daba licencia para poblar las islas con ganado, edificios, molinos y todo lo que creyera conveniente para el buen gobierno de la zona. El Consejo también le hizo algunas recomendaciones, pocas para tantas facultades. Tan sólo algunos consejos sobre la conveniencia de tratar benignamente a los indios, sobre todo en el caso de los traductores y guías que debían acompañar por su propia voluntad a los españoles, con autorización de los jefes de las tribus de las que procedieran. Por último un encargo muy especial: el buen trato, conversión y doctrina de los indios. Su Majestad prometía que todo lo necesario sería enviado. El Consejo de Indias ayudó al coste de la expedición con 12.000 ducados.
Felipe II aceptó el proyecto aunque en una carta, dirigida al Consejo de Indias, se mostraba algo reticente con la expedición al considerar que se ofrecía mucho dinero y demasiada ayuda a unos hombres que no iban a descubrir nada ya que las islas estaban pobladas. El Consejo de Indias reconsideró la propuesta y redujo su ayuda; sin embargo, los avatares del destino y el mal tiempo hicieron que la reducción fuera pura teoría.
-         Y sólo una orden, Gonzalo, el anzuelo que sabíamos iban a picar: descubrir minas de oro y plata, registrarlas y aprovechar lo que de ellas se extraiga.
Diego leía la Capitulación ansioso, sus expectativas habían sido más que cumplidas, jamás se aventuró a soñar tanto.
- Nos han dado mucho más de lo imaginado. Tengo ganas de ver     la cara de Sande cuando lleguemos.
-         No corras tanto, Diego. Ahora queda lo más difícil. Tenemos mucho que preparar. La próxima semana volvemos a casa, quiero controlar personalmente los preparativos. Ah, quería encargarte que busques algunos criados más en Sevilla, los vamos a necesitar.
La maquinaria burocrática se puso en marcha de inmediato, las Reales Cédulas se multiplicaron. Era preciso disponer de naves en América, dispuestas y preparadas para cuando llegara la expedición; se necesitaban expertos en la navegación del Mar del Sur. El correo entre Nueva España, Tierra Firme, Guatemala, Nicaragua y Panamá se puso en marcha reflejando la importancia de la propuesta de Ronquillo. La búsqueda de pobladores se realizó en toda España: Burgos, Palencia, Valladolid, Medina del Campo, Segovia, Jaén, Granada, Murcia, Córdoba, Medina Sidonia, Martos... Como estaba dispuesto, se llamó a los hombres “sin tocar pífano, ni tambor, ni enarbolar bandera” y se les convocó en Sevilla o Sanlúcar. A la Orden de San Agustín se le pidió que escogiera a doce religiosos que acompañarían a Ronquillo para atender la conversión de indios y administrar los sacramentos a los pobladores que fueran a las Islas.

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