lunes, 6 de febrero de 2012

EL DESCONTENTO 3


Los meses transcurrían en la casa de Don Gonzalo de Ronquillo lentamente; el calor sofocante del verano sevillano, dio paso a los templados días del otoño. Aquilino seguía su paso por la infancia entre recados y estudios. El padre Alfaro lo visitaba de vez en cuando y mantenía animadas charlas con él. El corazón del muchacho ya no pertenecía en exclusiva a Lucio. Su pasión por copiar los malos pasos del gigante se tambaleaba ante la ternura de Mariano y su concepto religioso de la existencia. Los intentos de Mariano por reconducir la vida disipada de Lucio daban lugar a fuertes escenas a las horas de las comidas. Mariano veía en la pasión por el juego, la bebida y las mujeres de Lucio un reflejo de la vida que él llevara antes de su experiencia mística. Intentaba que el arisco hombre no tuviera que llegar tan bajo como él para darse cuenta de sus equivocaciones o para morir. Pero el ser humano no aprende de consejos, debe sentir en sus carnes el dolor de los errores para despertar de los malos sueños. La costumbre de Aquilino de perseguir por las noches a Lucio, se convirtió en una obligación impuesta por Mariano. Éste veía el deterioro que la bebida iba produciendo en su compañero, sabía de sus deudas de juego y quiénes eran los acreedores por los relatos del muchacho. Mientras pudo fue tapando a Lucio ante Amancio y a sus espaldas pagaba las deudas o retrasaba los pagos ya que conocía bien los ambientes secretos de la ciudad, no en vano perteneció a ellos durante largos años. Mientras las deudas fueron pequeñas, no hubo problema; cuando el volumen empezó a crecer, Mariano no pudo responder y empezaron a desaparecer cosas de la casa: candelabros, cubiertos y copas. Llegó el momento en que Amancio lo descubrió.

Por esta misma época, la Casa Grande de los Franciscanos recibió con grandes muestras de alegría el regreso de Fray Francisco Mariano desde la Corte. El padre dio cuenta a la comunidad del éxito de su viaje, contó que había obtenido un despacho del Rey y otro del Consejo de Indias, despachos que procedió a leer ante la impaciencia de sus hermanos. Concluyó la lectura con la bendición del padre comisario de la Orden en España quien los tranquilizaba y les decía que podían dirigirse con toda confianza hacia las Islas Filipinas, que él mismo daría cuenta del cambio a Su Santidad el Papa en Roma. Lo único que quedaba por hacer, además de esperar a la flota que navegaría en primavera hasta Nueva España, era elegir el nombre del Primer Prelado que tendría el honor de ser el Primer Custodio de San Gregorio en Filipinas o, lo que es igual, el fundador de la Orden Franciscana en esas tierras.
Los nombres de los reunidos bajo la presidencia del Padre Guardián de Convento de Sevilla, Fray Juan de la Cruz, al que se le otorgaban amplios poderes para confirmar en su cargo a quien fuese escogido y hacer que todos reconociesen al electo, eran: Fray Pedro de Alfaro, de la provincia de Santiago; Fray Juan Bautista Lucarelli de Péssaro, conventual italiano incorporado a la provincia de San José; Fray Juan de Plasencia, de la provincia de Santiago; Fray Antonio de Barriales, de la provincia de la Concepción; Fray Francisco Mariano, de la provincia de Aragón; Fray Francisco Menor, de la provincia de Castilla; Fray Antonio de San Gregorio, de la provincia de los Doce Apóstoles; y once más de la provincia de San José. El elegido por unanimidad fue el Padre Alfaro.

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