domingo, 5 de febrero de 2012

EL DESCONTENTO 2

El problema de las encomiendas no había hecho más que empezar. Luis de Sahajosa, por orden de Sande, interrogaba a capitanes, soldados y demás pobladores para anotar dónde se encontraban las tierras que cada uno poseía y comprobar los beneficios. Uno de los primeros incidentes, muy grave y que pudo tener consecuencias nefastas, ocurrió a comienzos de agosto de 1.576. Sahajosa había conseguido embaucar a un pobre soldado que servía desde diez años atrás en las islas. Con la falsa promesa de concederle una licencia para que abandonara Filipinas para siempre y saliese con el San Felipe, el soldado entregó a Sahajosa la escritura de sus tierras. Cuando llegó la hora de embarcar, la licencia no había llegado. Al verse burlado y en la más absoluta miseria, perdió la razón; fue directo al maestre de campo con su arcabuz y le disparó, alcanzándole en el hombro. El desgraciado huyó a la selva y los soldados, que envió Sande tras él, no lo alcanzaron. Esa fue la versión oficial que el gobernador dio; aunque la realidad fue distinta: los soldados, contentos del escarmiento que había sufrido Sahajosa, retardaron la persecución, amparando así la huida del pobre hombre.
Andrés de Cauchela fue de los primeros que pusieron sus quejas por escrito.
-         ¿Qué has puesto en la carta? - preguntó Lavezaris, mientras acompañaba a Cauchela en su visita diaria a los trabajadores.
-         La verdad. Sencillamente eso. He contado a Su Majestad que había libros de todo, que si alguno se perdió fue por el asalto así que sobraba esa muestra de desconfianza. También le he dejado muy claro que no nos quiere pasar los salarios, que a los tres oficiales nos adeuda ocho mil pesos y que además nos faltan por cobrar treinta y cinco mil de servicios personales. Le he hablado de los depósitos de la Caja Real que hemos adelantado, sin ver nada a cambio.
-         ¿Has dicho algo de los negocios de Sande?
-         No, eso no. Es muy delicado y quiero estar completamente seguro. No obstante, le he expuesto nuestra indignación por la negativa del gobernador a darnos licencia para salir de las islas y exponer en persona nuestras quejas.
El descontento cundía también en el Monasterio de San Agustín, adonde habían regresado curados de sus heridas los Padres Rada y Alburquerque. Las esperanzas que habían puesto en China se desmoronaron.
-         Ese camino está cerrado, por ahora. Debemos olvidarnos del reino vecino.
Los frailes estaban asustados del trato que se les había dado a sus compañeros y miraban con aflicción las cicatrices que cubrían los cuerpos de los dos valientes frailes.
-         No puedo comprender por qué se comportaron tan cruelmente. ¿Por qué se ensañaron con dos hombres desarmados y desvalidos? - Fray Francisco Ortega andaba por la cocina del monasterio hablando solo.- Aunque no sé por qué me extraño, los castellanos no somos mejores. Los españoles estamos en esta tierra infamados, nuestro nombre es aborrecido, somos conocidos por los naturales como usurpadores de lo ajeno, corsarios y derramadores de sangre humana porque ven que aún a nuestros propios amigos acosamos y los violentamos. Forzamos sus casas, a sus mujeres y los maltratamos de palabra y obra y a quienes vienen pidiendo ayuda, nadie les tiende una mano. Los encomenderos van de pueblo en pueblo sólo para pedir tributo y a veces pasan por un pueblo más de una vez al año. Y el tributo es excesivo y si no les pagan, queman sus casas. Y eso, sin hablar de nosotros. No nos dejan vivir entre los pobres como es nuestra obligación y no nos dan ayuda para la conversión, ni aceite para las lamparillas del Oficio Sagrado. Hay muy pocos indios bautizados fuera de Cebú. Claro que allí  se les trató de otra forma... Los encomenderos abusan de los indios y el gobernador no lo remedia. Al contrario...
-          Padre Ortega- le interrumpió Fray Martín Picón. - ¿Otra vez hablando con nuestro Señor Jesucristo?
-         A ver, hijo, alguien tendrá que contarle lo que pasa por aquí abajo.

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