domingo, 8 de enero de 2012

LEVANTANDO MANILA 5

Cuando la noticia de los preparativos de la Jornada de Cagayán transcendió, los capitanes de Manila montaron en cólera e intentaron pedir explicaciones a Sande. Éste fue el primer enfrentamiento directo con los soldados que vivían en Filipinas. El segundo conflicto importante lo tuvo con la Iglesia. La celebración de Navidad era una ocasión especial, el Monasterio de San Agustín estaba terminado y la población esperaba con fervor la inauguración oficial y sentimental que tendría lugar en Nochebuena. Ni Sande ni Sahajosa habían pisado un templo desde el día en que llegaron a Manila cuando a disgusto y con prisas habían asistido a una misa en su honor; los agustinos se sentían abandonados, pero perdonaron al gobernador que “está muy ocupado teniendo que levantar una ciudad entera". El 24 de diciembre de 1.575, a medianoche, el pueblo abarrotaba la nave de la capilla central de San Agustín, la silla reservada al gobernador permanecía vacía. Se retrasó el oficio quince minutos.  Entre murmullos de los asistentes, el mudo espacio del sillón seguía sin ocuparse. Los fieles se impacientaban y el prelado de San Agustín salió de la sacristía hacia el altar mayor. Cuando se encontraba a mitad de la homilía, que recordaba los tristes sucesos que les acompañaron un año antes en ese mismo día y daba gracias a Dios por la visible recuperación de todos, llegó Sande con Sahajosa. Sin ningún respeto, atravesaron a grandes zancadas el crucero central hasta la silla colocada en el sitio de honor, a la derecha del altar, Sande tomó asiento. Sahajosa, al comprobar que no había un hueco libre, levantó a un niño que estaba sentado en el primer banco y se dejó caer pesadamente.
Lavezaris sintió en su pecho una punzada de humillación aquella noche y el 25 de diciembre, nada más levantarse, se encaminó hacia las Casas Reales para tener una conversación con Sande. El antiguo gobernador se plantó en la antesala con determinación y manifestó su intención de no moverse mientras no tuviera oportunidad de hablar con su sucesor. Pasó más de una hora que Lavezaris gastó paseando furioso de un lado a otro de la habitación hasta que Sande, malhumorado y en batín, se dignó a hacer acto de presencia.
-         Algo muy importante debe ser lo que se le ofrece, señor Lavezaris, para presentarse de esa forma tan airada en mi casa y molestarme en el día de Navidad.
La bienvenida sonó como una bofetada pero Lavezaris no estaba dispuesto a que le comieran el terreno, había tenido que enfrentarse a enemigos más peligrosos durante su larga carrera de conquistador.
-         Sí, es muy importante, doctor Sande.- El apelativo cortó como un puñal directo al corazón- - He tenido mucha paciencia durante estos meses. Sé lo difícil que es el cargo que ostenta y la situación en que usted encontró Manila cuando llegó. Durante toda mi vida he intentado ser un hombre de buen juicio y no me dejo arrastrar por impresiones precipitadas, pero mi paciencia también tiene un límite.
-         Vaya, veo que viene a darme lecciones...
-         No quiero darle lecciones de nada, sino constatar la situación que está viviendo Manila.- Sande intentó interrumpir a Lavezaris. -Durante meses he callado mientras veía cómo insultaba a los capitanes y soldados que tan fielmente han servido a Su Majestad durante años. Los ha llamado bellacos, borrachos e incluso judíos. Ellos han demostrado más respeto que usted y hasta ahora permanecen en silencio. Son hombres que luchan por nuestro reino y por llevar la palabra de Cristo a lugares inhóspitos, peligrosos, y su valor no merece una recompensa llena de afrentas. El ambiente es malo en la guarnición y le recuerdo que unos soldados insatisfechos no pueden sino ocasionar disgustos. Sin embargo, no he venido por ellos, los capitanes y soldados son gente acostumbrada a la pelea y a las condiciones difíciles. Hasta ahora he callado, pero la humillación de anoche no tiene perdón. - Sande dejó hablar a Lavezaris mientras una sonrisa sarcástica se iba formando en su boca. - El respeto a la Iglesia es lo mínimo que podemos exigir al gobernador, al representante de Su Majestad. Semana tras semana he comprobado los desprecios que usted y sus amigos han infringido a los frailes de esta ciudad no asistiendo a la santa misa o evitando recibirlos.
-         Ya he pedido a España más religiosos, ¿satisfecho?- dijo Sande con la sonrisa abierta en sus labios.
-         No sólo hay que solicitar más religiosos. Hay que dar ejemplo. ¿Qué dirán los indios a los que intentamos atraer a la verdadera fe cuando comprueben que la máxima autoridad desprecia la religión que les imponemos y no cumple sus preceptos?
La pregunta quedó en el aire. A pesar de que intentaba aparentar serenidad, Sande sentía un nudo en el estómago. Siguiendo la norma " la mejor defensa es un buen ataque", el gobernador tomó las riendas de la discusión.
-         No tengo que darle explicaciones ni a usted, ni a nadie sobre mi forma de actuar. Yo soy el que manda y usted ya no. Eso nos lleva...- se fue calmando y su voz se tornó sibilina como una serpiente- a que usted sí tiene que darme explicaciones de por qué hasta el momento no me ha entregado el informe que le solicité de buenas maneras sobre las reparticiones que se han entregado. ¿Dónde está la lista de las encomiendas? ¿O teme usted, antiguo gobernador, algo?
Lavezaris estaba preparado para un contraataque como ése, mirando a la cara a Sande, se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó un pliego. Lo tiró con rabia sobre la mesa que había a sus espaldas y salió de la antesala sin despedirse. Sande lo tomó y marchó con parsimonia al despacho donde lo leyó atentamente. Comprobó que Lavezaris había tomado para si los territorios de Bitis y Lubao, los más rentables y cercanos a Manila, además de algunos pueblos en Cebú. Andrés de Cauchela era encomendero de Balayán, Río Aguan, los pueblos de Bulabuta, Matamblaca, Mabulau y Río Mabotán, las minas de Gumur y Río Bacoun, Longos, Río Isin y los pueblos de Minangona y mina. Andrés de Mirandola poseía la costa de Tule y Quedis. Salvador de Aldave encomendaba mil indios del valle de Sunguian en Ilocos. Dejó de leer, el resto lo haría más tarde, sabía lo suficiente.

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