jueves, 5 de enero de 2012

LEVANTANDO MANILA 3

"Juro por Dios, por Santa María y por la señal de la Cruz que antes de venir el gobernador doctor Sande había una gran falta de plomo en la ciudad y que sólo tenía un poco el capitán Juan Maldonado; pero ya no hay nada, salvo lo de los navíos". Andrés de Cauchela estaba declarando ante las autoridades de Manila la gran necesidad que había en las islas de un material tan imprescindible como el plomo. Sande había decidido quitar los cuarenta quintales que la nao capitana Santiago traía en sus costados para defenderse de posibles ataques y fundirlos en forma de munición. La defensa de Manila era, en aquellos momentos, imposible; los castilla se encontraban indefensos. Siguiendo el procedimiento habitual, los oficiales reales, capitanes y algunos importantes ciudadanos juraban su parecer sobre la propuesta del gobernador y el escribano, Fernando Riquel, registraba las palabras que enviaría al Consejo de Indias para justificar tan imprudente y necesaria acción.

"Juro por Dios, por Santa María y por la señal de la Cruz que en la Casa de Munición de Su Majestad hace tiempo que se tiene necesidad de plomo, pólvora y otras muchas cosas pero era tanta la necesidad cuando llegó el doctor Sande que sólo había dos quintales en la casa que tengo a mi cargo". Prestaba juramento el capitán de artillería Juan Maldonado de Berrocal, encargado de la Casa de Munición de Manila. "Ya lo había avisado al anterior Gobernador, Guido de Lavezaris. Éste preguntó a los indios la forma de conseguir plomo pero no pudimos conseguir que nos ayudaran. Me parece forzoso quitar el plomo de los costados de la nao capitana".

Durante toda la mañana del 7 de diciembre de 1.575, los testigos fueron declarando en una sala, habilitada en unos antiguos almacenes de las Casas Reales. Los trabajos de reconstrucción iban cambiando la fisonomía de la ciudad aunque más despacio y con peor fortuna de la que hubiera querido Sande. La fortificación estaba resultando humillante. Sin buenos carpinteros ni ingenieros, los troncos no conseguían enlazarse con precisión y se caían cuando el aire los agitaba ante el jolgorio de los soldados chinos, que habían tomado simbólicamente la población durante aquel invierno. La expedición china, que había sido recibida con los brazos abiertos, empezó a causar problemas. Los soldados pretendían que se les tratara como ellos acostumbraban con sus invitados; sin embargo, Manila no estaba para derrochar en convites. Acomodaron a los huéspedes lo mejor que pudieron en casas de soldados españoles y les ofrecieron lo poco que había. Los Padres Rada y Marín, así como Miguel de Luarca, Juan de Triana y Nicolás Cuenca se deshacían en atenciones con sus huéspedes intentando paliar la carestía que tenían que sufrir. Los españoles no podían ofrecer sedas, caballos o interminables ágapes a sus convidados.
- Si no tenemos plomo ni aceite - decía Sande al Padre Rada, - ¿cómo vamos a darles regalos? Bastante hacemos que les alimentamos, son seiscientos y la Caja Real está vacía.
- Lo sé, doctor Sande, pero quizás si usted los tratara con más delicadeza. Ellos respetan mucho las formas, según pude comprobar en mi viaje. A lo mejor una cena oficial...
- Pamplinas, Padre Rada, pamplinas. Tengo demasiado trabajo para perder el tiempo con esos mentirosos. ¿Sabe lo que me han insinuado algunos de esos capitanes? Que escriba una carta diciendo que hemos matado a Li- Ma- Hong. Se comportan como niños, parece que tienen miedo de regresar con las manos vacías y por eso no se mueven de aquí. Además estorban, se burlan de nuestros esfuerzos.
- Están nerviosos.- Los justificó el fraile agustino. - Pero tal vez con un poco de adulación... He pensado que aprovechando su viaje de vuelta... si usted me concede la licencia... podría regresar a China con Fray Agustín de Alburquerque e intentarlo de nuevo - comentó tímidamente el Padre Rada.
- Bueno, bueno... Ya veremos de aquí a que se marchen cómo están las cosas - zanjó Sande, poniendo punto final a la conversación.

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