lunes, 2 de enero de 2012

LEVANTANDO MANILA 1

Las cosas en Manila cambiaron rápidamente. El doctor Sande estableció un horario riguroso para las audiencias que nadie podía saltarse bajo ningún concepto. Los días posteriores a su llegada los ocupó en inspeccionar los almacenes vacíos, los libros y las cartas de Lavezaris. A cada requerimiento escuchaba la misma contestación: "no hay", "no puede ser". No había libros de contabilidad, "se quemaron en el asalto de Li- Ma- Hong". No había suficientes carpinteros, no había ni un ingeniero para fortificar la ciudad, no había madera para las casas, no había clavos, no había municiones, no había artillería. Por no haber, no había ni aceite, ni salitre, ni cera. No había nada.
- Es inconcebible. Una ciudad sin carpinteros, es una ciudad muerta. ¿Quién construirá barcos y casas? Claro que llamar a esto ciudad, es soñar despiertos.
    Lavezaris estaba sentado en la silla opuesta al lugar que había ocupado durante los últimos tres años. Comprendía la desesperación de su sustituto.
    - Y las minas ¿qué? - preguntó Sande con dureza. -¿O también en eso han estado perdiendo el tiempo? Porque no me irá a decir que las minas también las ha quemado ese corsario.
    - No, doctor Sande. Tenemos algunos yacimientos controlados, sabemos que hay oro en Ilocos, pero la tierra es áspera y da pocos frutos. Además somos tan pocos que no conseguimos abarcar todo el territorio.

    Lavezaris pasó por alto la alusión a su incapacidad, era hombre justo y decidió dar un margen razonable al nuevo gobernador, no quería juzgarlo con precipitación. No pensaban lo mismo los oficiales reales. Andrés de Cauchela había tenido que sufrir los insultos del nuevo jefe al comprobar que no había nada en los almacenes reales y ninguna excusa, sobre el estado en que quedó Manila tras el encuentro con los piratas chinos, fue aceptada. Salvador de Aldave fue tachado de judío al comprobar Sande que no había quedado constancia escrita de las cuentas reales. "Me ha dicho a la cara que he robado a la hacienda real. Taimado como un judío me ha llamado. Si Lavezaris no me para con su brazo, me hubiera lanzado a su cuello para retorcérselo". Los dos compañeros estaban en casa del soldado Gómez, que también había sufrido las humillaciones del nuevo gobernador. "Borracho. Borracho, yo, que nunca he probado una copa de vino y vosotros sois testigos". El joven apretaba los puños con rabia.

    En medio de los comentarios agrios que el carácter de Sande suscitaba, aparecieron los hombres que volvían del cerco de Pangansinan. La derrota sumió a los castilla que estaban en Manila y todavía no se habían enterado de la taimada huida de Li – Ma- Hong en la desesperación. Los improperios de Sande no tardaron en escucharse.

    - ¡Muy buenos soldados! Están seis meses vigilando a un asqueroso chino y se les escapa ¿Qué excusa me pondrán ahora? Manila es una pocilga porque todos estaban contemplando cómo el corsario de las narices hacía sus barquitos dentro del fuerte. Cuatrocientos hombres mirando un pequeño cercado y nadie se da cuenta que están fabricando lanchas. Parece que ellos sí tienen buenos carpinteros...

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