martes, 31 de enero de 2012

LA REVANCHA 4

Luis de Sahajosa se sintió indispuesto por el calor y pidió permiso para ausentarse un rato.
Los oficiales – continuó Sande- deben vigilar a los trabajadores una vez al día, por la mañana o por la tarde, cuando estén más desocupados y deben hacerlo diplomáticamente. Si los trabajadores son asalariados y no cumplen, las faltas que cometan serán descontadas. Si están enfermos, deben avisar al médico de campo que los visitará para comprobar el mal que los aqueja y si no avisan, se les contará como falta. Los oficiales que trabajan como maestres pilotos y marineros, a los que les pagamos sus salarios, deben tener una nómina y harán una memoria de esos hombres cada mes, nombrándolos por su nombre y oficio. Incluirán en esa lista a los soldados pobres o enfermos, que no puedan trabajar, y el día primero de cada mes me la entregarán para que yo pueda comprobar las necesidades de abastecimiento. Cuando den algún adelanto a los oficiales, deberán hacer una certificación, la relación de ayudas se enviará a Nueva España para que se sepa y se descuente de sus salarios. Además enviarán una copia al registro de la nao a la que pertenezcan para que no haya fraude. Cuando se precisen indios, moros o personas de cualquier oficio para servir a Su Majestad, se les pagará cada quincena dos mays de oro.

Sande paró para beber un poco de agua que tenía en una jarra sobre la mesa y prosiguió.

- Veo que les he abrumado con tantas disposiciones. Se acostumbrarán pronto. Para que no se aburran de hacer siempre lo mismo, he pensado que pueden cambiar cada semana de ocupaciones. Ustedes se distribuyen el trabajo como les venga en gana y cada semana van rotando. Ah, se me olvidaba. El libro de registro principal, el del almacén real, debe estar señalado y rubricado en todas sus hojas, para que se vea bien cuántas páginas contiene y no haya errores.
Luís de Vivanco, Rodrigo de Frías y Alonso Álvarez de Toledo, los tres mudos espectadores de la escena, se acercaron a rubricar como testigos de las Ordenanzas de Sande. Terminada la reunión los dos grupos se separaron. Los oficiales reales y Lavezaris, callados y cabizbajos, se alejaron hacia su casa. Los testigos bajaron al río.
- ¿Cuándo parará de rebajarnos?- exclamó hacia el cielo Mirandola.
- Tenemos que escribir a Su Majestad dándole cuenta de los agravios que estamos padeciendo. - Cauchela con la mano abierta atrapaba finos hilos de lluvia que se deslizaban entre sus dedos.
- Y nos queda la estocada de las encomiendas. Desde que Guido nos avisó, he prestado atención a los comentarios del círculo de Sande y estoy convencido que tus presentimientos son ciertos.- Aldave pegó una patada a una embarrada piedra.
- Sí, sigo pensando igual y creo que su venganza no ha hecho más que empezar. No descansará hasta colocar a todos sus amigos. Andrés tiene razón, debemos escribir al Rey; es más, también al virrey de Nueva España.
 Lavezaris se retorcía nervioso las manos.

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