viernes, 13 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 4

Alfaro se levantó y sonrió a Aquilino que seguía con cara de susto. Cogió al pequeño y lo llevó a la cocina. Él mismo tomó pan y queso. Mientras comían los dos le hablaba con voz tranquila, le sorprendía el miedo que parecía tener el niño y observaba sus reacciones intentando descubrir la causa de tanto terror.

- Debes tener hambre si llevas todo el día vagando por la ciudad. Esta noche dormirás en una celda y mañana, como te he dicho, buscaremos tu casa si no viene nadie preguntando por ti, aunque estoy seguro que tus compañeros llegarán al amanecer. No debes tener miedo, nada te va a pasar en la casa de Dios. En ningún sitio estarás más protegido que aquí.

El fraile espaciaba las palabras esperando ser interrumpido en cualquier momento por aquella boca que se abría y cerraba devorando las viandas. Viendo cómo Aquilino casi se atraganta con el pan, un poco duro, le tendió una jarra con agua. El niño se había sosegado un poco con la promesa de marcharse a la mañana siguiente y sus ojos comenzaron a cerrarse. Alfaro, compadecido, lo elevó en sus brazos y lo acostó en una celda contigua a la suya. El muchacho no sintió la dureza del lecho de madera ni el tronco que había por almohada. Recogido en su celda, el Padre comenzó a orar y a pensar en la nueva ruta que les ordenaba tomar el Rey. El espíritu aventurero que le había impulsado toda la vida se sentía atraído por esa nueva oportunidad que le daba el destino de ir más lejos, de desafiar todas las convenciones para adentrarse en lo desconocido. No era como Fray Antonio de Zamora, cuyo cuerpo cansado y su especial sentido del orden le hacían temblar ante cualquier cambio que no hubiera podido analizar y sopesar durante largo tiempo. Él se parecía más a Fray Juan Bautista Lucarelli de Péssaro, ese italiano grande y decidido como un verdadero soldado. Sus miradas se habían cruzado con un brillo especial durante la deliberación de esa noche y ambos se habían entendido a la perfección; ese brillo dejaba entrever un "¿por qué no?". Nada sabía de Filipinas, pero si tenían que esperar varios meses, quizás un año, a la flota que iría a Nueva España, tendría tiempo de enterarse por los soldados y mercaderes del puerto de cómo eran aquellas recién conquistadas islas. Cualquier tierra tan joven era un regalo para un misionero; las almas infieles, que permanecían en la oscuridad esperando que Dios las viniera a iluminar a través de sus mensajeros, serían muchas. El trabajo, arduo y la recompensa, celestial. Él no tenía dudas, no iba a desertar de la misión elegida hace años; si el Señor y la Virgen le señalaban esa dirección, no se opondría. Arrodillado en la oscuridad, elevó su plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles, por la que sentía una especial devoción. Sonrieron sus labios en silenciosa oración.

La sonrisa no había desaparecido cuando los rayos del amanecer comenzaron a dar color a los naranjos del claustro. La actividad de la Casa Grande de los Franciscanos había comenzado varias horas antes con los maitines y ahora los hermanos se afanaban en sus ocupaciones. Acabada la reunión de los misioneros con Fray Juan de la Cruz, la mayoría decidieron seguir el consejo del Padre Guardián, sólo unos pocos optaron por volver a sus provincias. Fray Francisco Mariano fue el elegido para marchar a Madrid. Era de mediana edad, sus mejillas se tiñeron de carmesí cuando escuchó su nombre y, besando la Cruz del Padre Guardián, se dispuso a arreglar lo necesario para emprender el camino que le llevaría a los pies de Su Majestad Felipe II.

Alfaro y Lucarelli se miraron a los ojos y salieron juntos hacia la biblioteca. Fray Luis de Rioja, el portero del convento, los detuvo para decirles que un esclavo negro estaba en la puerta preguntando por el chiquillo. Alfaro pidió a Lucarelli que fuera a despertarlo y él se dirigió hacia el portón. No le gustó el hombre, que se negó obstinadamente a entrar, su ceño se apretaba más a cada pregunta o explicación que le iban dando.

- Lucio, menos mal que has venido a buscarme. No sabes el miedo que he pasado.

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