miércoles, 11 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 2

Tanteó buscando al niño y lo cogió de la mano. Salieron a la calle y empezaron a caminar juntos. La Taberna del Hechicero no estaba muy lejos, allí se juntaban para beber y jugar muchos de los negros que vivían en Sevilla. Era propiedad de Juan, el Hechicero, un esclavo liberado que con la herencia de su amo había montado el negocio. Gran conocedor de las hierbas y remedios mágicos que había aprendido de su padre en África tenía una parroquia muy surtida de enfermos de todas clases, algunos físicos, otros de amores u odios a los que discretamente atendía en la trastienda del local. Por el camino Aquilino espiaba de reojo al franciscano, con la mano libre se limpiaba los mocos de la cara.

- ¿Cómo es que te has perdido?- Volvió a entablar conversación el fraile sonriendo. - ¿Has venido hace poco de México?
- Dos días, ¿cómo lo sabe?- Le gustaron los ojos dulces y oscuros del fraile.
- Por tu acento. Ya vamos a llegar, puedes dejar de llorar. Esta noche dormirás en tu cama. No te preocupes, tu amo debe haberse dado cuenta de tu desaparición y te estarán buscando. Las noticias corren rápidas en esta ciudad.
- Don Gonzalo no está aquí, todavía no ha llegado. Vendrá pronto. Yo vine con varios criados para preparar la casa, nos trasladamos a vivir a Sevilla. Vinimos en un barco muy grande desde Veracruz a Sanlúcar y luego en una carreta. ¿Se ha montado usted alguna vez en un barco grande? Al principio la tripa hace cosas raras y la comida no se está quieta pero después te acostumbras. ¿Usted dónde ha nacido?
- Aquí, en Sevilla - le contestó Fray Pedro de Alfaro. - Hablas muy bien, no es normal que los niños sean tan listos.
- En México estaba aprendiendo a leer y a escribir. Don Gonzalo quiere que yo sepa leer y escribir para que le ayude cuando sea mayor.

La puerta de la taberna estaba abierta, en su interior varias mesas de madera con sillas y bancos en ellas seis o siete negros bebían y hablaban a gritos. La estancia, iluminada con cuatro candiles, tenía una tonalidad ocre que se oscurecía en las esquinas donde se apilaban grandes toneles de vino. La llegada de los visitantes produjo un insólito silencio y las miradas interrogantes los siguieron hasta la barra. Habló primero el Padre Alfaro con el dueño y después se dirigió a los clientes. Ninguno sabía nada de Don Gonzalo de Ronquillo.

- Creo que esta noche tendrás que venir conmigo al convento. Mañana preguntaremos a la autoridad si alguien te anda buscando.

Dirigiéndose a los que estaban en la taberna, el Padre Alfaro dijo despidiéndose: “Si alguien pregunta por el niño, estará en la Casa Grande de los Franciscanos. Queden con Dios”. Aquilino enmudeció, ni las bromas ni las preguntas del fraile consiguieron restablecer su habitual charlatanería. Cuando franquearon la puerta del convento, un temblor inexplicable le invadió el cuerpo. El Padre Alfaro no podía comprender qué le pasaba a su invitado; si hubiera podido leer sus pensamientos, habría vuelto a reír. El temor del niño se debía a otro de los cuentos de Lucio, quien le había dicho en infinidad de ocasiones que si no se quedaba en casa sin seguirlo, terminaría llevándolo a un convento de donde nunca salen los hombres pues les cortan su hombría y por eso los sacerdotes no se casaban y vestían sayos largos como las mujeres.

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