martes, 10 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 1

Comenzaba a oler a azahar en Sevilla, las casas blancas y albero refulgían por el sol primaveral que calentaba como en pleno verano. Aquilino buscó la sombra de un naranjo cercano a la inmensa iglesia que tenía frente a si, tan grande como jamás había visto otra y se dedicó a observar la torre rectangular que se elevaba a la izquierda de la puerta principal por donde entraban y salían elegantes damas con parasoles de encaje. Las iglesias de México no eran tan grandes y su boca se abría conforme daba la vuelta a los muros y contemplaba los arcos sin fin que se elevaban unos sobre otros, temiendo que las curvas se desintegraran cayendo sobre su cabeza. Tropezando con la gente que llenaba la parte de atrás de la catedral llegó a los pies de la Giralda que tanto le gustó. Las pequeñas ventanas que se abrían en el centro de cada cara le atrajeron y pensó que serían las habitaciones de los curas. Concluida la vuelta se adentró por una calle al fondo de la cual había otra torre, más pequeña y redonda, que se asomaba al río, verde y profundo. Se sentó en un pequeño muelle sonriendo a los que se cruzaban con él, le gustaba Sevilla, era una bonita ciudad para vivir. Llevaba dos días en ella pero lo que había visto hasta el momento le agradaba. Lucio le había mentido, no era verdad que los castellanos golpeaban a los niños negros cuando andaban por sus calles, además había visto a varios hombres del mismo color que él por el camino desde la casa de Don Gonzalo de Ronquillo, ahora mismo estaba mirando a dos cargar sacos en una lancha, y nadie les pegaba. Lucio siempre le mentía y le metía miedo para que no lo siguiera cuando iba a la cantina; si por él fuera, Aquilino se pasaría el día encerrado en la cocina o, mejor aún, en el sótano con las ratas. Pero a él le daba igual lo mal que lo tratara Lucio, sentía pasión por aquel gigante de músculos de acero y cuando fuera mayor, quería ser como él. Sin prisa se levantó y enfiló hacia su casa intentando volver por las mismas calles que había venido; era un camino difícil de memorizar, callejuelas estrechas se enredaban sin orden. Las casas tenían grandes portones con patios floridos, las flores también cubrían algunos balcones poniendo pinceladas rosas y verdes en las fachadas. Aquilino comenzó a preocuparse cuando los callejones se fueron haciendo más pobres, cuando las paredes encaladas empezaron a mostrar desconchones y grietas y cuando vio una muralla y tras ella los arrabales de la ciudad sintió miedo. Estaba perdido. Lo intentó varias veces metiéndose por aquel laberinto albino pero no consiguió orientarse. Preguntó a los caminantes pero nadie pudo darle razón de la casa de Don Gonzalo de Ronquillo; en Nueva España todos le conocían, mas en Sevilla nadie sabía quién era o dónde vivía el anterior alguacil mayor de México. Aquilino, con la inocencia propia de sus nueve años, se sentó en una puerta y comenzó a llorar. Nadie se apiadó de un pobre esclavo negro y la tarde fue dando paso al anochecer, la humedad envolvió al niño que tiritaba de frío. Acertó a pasar un fraile franciscano que se sorprendió con los sollozos que salían del zaguán de la casa donde se había refugiado el pequeño y, curioso por ver quién sufría de manera tan ruidosa, se acercó.
- ¿Quién llora ahí oculto en la oscuridad? - preguntó, sonando su voz grave y armoniosa.
- Soy Aquilino, esclavo de Don Gonzalo de Ronquillo y Peñalosa, alguacil mayor de México - contestó el niño sin atreverse a levantarse del suelo donde estaba acurrucado.
- ¿Y por qué lloras con tanto sentimiento? - siguió interrogando el fraile, divertido por la respuesta tan formal dada por el muchacho.
- Me he perdido, no encuentro mi casa. He dado vueltas y vueltas desde esta mañana y no sé dónde estoy. He preguntado y nadie conoce a mi amo.- Iluminaron una ventana en la casa de enfrente y el débil rayo de luz descubrió los pies desnudos del franciscano-. Tú tampoco sabrás dónde vive mi señor, no eres un caballero.
- ¿Por qué dices que no soy un caballero? Yo no puedo verte, no sé cómo eres, tú tampoco puedes verme ¿o eres un gato?
El tono suave de las palabras acariciaba la negrura del zaguán y transmitía confianza.
- Vas descalzo, como yo, también eres un esclavo.
- Puede que tengas razón, también soy un esclavo aunque no como te imaginas. Soy el Padre Alfaro, de la Orden Franciscana de los Descalzos. ¿Entiendes? Mi Orden prohíbe llevar cualquier tipo de calzado pero ¿no te parece que podríamos continuar esta conversación fuera de aquí, viéndonos las caras, ahora que ya nos hemos presentado? No sé dónde está la casa de tu amo pero conozco un sitio donde se reúnen algunos esclavos de esta ciudad y seguro que ellos saben dónde vives.

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