domingo, 22 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 5

Idéntico fervor había suscitado la salida de la Hermandad de los Negritos, como se conocía popularmente a la Hermandad del Santísimo Cristo de la Piedad y Nuestra Señora de los Ángeles. El gesto de Mariano había corrido de boca en boca por toda Sevilla, siendo puesto como ejemplo de sacrificio cristiano en los sermones. Sus hermanos de la cofradía, considerando que ya había hecho demasiado por la Virgen, le prohibieron que saliera como disciplinante y lo obligaron a quedarse en el lavatorio. Mariano calló su decepción pero no se enfrentó a las órdenes bien intencionadas de sus amigos. Aquilino se había empeñado en ir con él y correteaba entre los hombres ayudando a colocar cruces y a liar los cinturones de esparto. Mariano, para evitar que perturbase el recogimiento de la salida, cuando todos se arrepentían de sus pecados y el párroco les imponía como penitencia el martirio que voluntariamente habían escogido al salir en la procesión, lo mandó a la sacristía para que se entretuviera con las hierbas que perfumarían el baño de los hermanos cuando regresaran de madrugada con el cuerpo exhausto, ensangrentado, y el alma reconciliada con Dios. Aquilino olió todos los saquitos que había sobre la mesa; contenían arrayán, rosas, laurel, romero y violetas; cuando se cansó de tocarlos, que fue pronto, se metió dentro de una de las tinajas donde se procedería a lavar las heridas producidas por las rigurosas flagelaciones a las que se sometían los disciplinantes.

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Las malas noticias no daban descanso a los pobladores de Manila. La ciudad no se había repuesto del duro golpe que supuso el hundimiento del navío Espíritu Santo cuando llegó la triste nueva de la muerte del capitán Juan de Salcedo.

- ¡Qué desgracia! - Lavezaris lloraba, sus hombros se agitaban sin disimulo. - Lo quería como al hijo que nunca tuve. ¡Qué desgracia! repetía ahogándose entre sollozos.

Cauchela, Mirandola y Aldave lo miraban igual de afligidos.

- Dicen que murió de repente. Los soldados que han vuelto de Igolot cuentan que fue repentino, como cuando murió Legazpi. Sin sentirlo, sin esperarlo. Lo enterraron en un monte cercano a la mina.

Mirandola se limpiaba los ojos enrojecidos que le picaban.

- ¡Qué vida tan dura! Moriremos todos aquí como perros.

Así se lamentaba Aldave.

- No nos merecemos tantas desgracias. Hace días lo del Espíritu Santo, el huracán, el barco destrozado y luego esos demonios... ¿Cómo pudieron apalear hasta la muerte a los que conseguían llegar a tierra? Son crueles...
Cauchela no lloraba, su tensión se traslucía en el puñal que clavaba con odio en la mesa.

- Esta tierra nos tragará, nos dejamos la piel hasta que ella nos cubra una vez muertos. Es una tierra enferma, cada año se pierden cien hombres o más. Gastamos dinero, vidas y no vuelven de retorno sino pleitos y sufrimientos. –Lavazaris seguía hipando. - Ya soy viejo, estoy cansado de luchar y ahora que creía que podía descansar, ese desgraciado de Sande me quita todo por lo que he peleado. Toda mi merecida recompensa.

- ¿Qué dices, Guido? ¿Qué te va a quitar? - preguntó impaciente Cauchela.

- No es el mejor momento para hablar de estos temas, pero tantos disgustos me están haciendo flaquear. El gobernador no tiene en mente más que una idea desde que llegó. He ido retrasando el momento de confiaros mis temores hasta ver si recapacitaba; sé de vuestras diferencias con él y no quería preocuparos. Nada más llegar me pidió una relación por escrito de las encomiendas que han sido distribuidas por las islas. Estoy convencido de que no las va a quitar.

Un coro de reprobación invadió la habitación.

- No puede hacer eso. Todos los conquistadores tienen derecho a disfrutar en pago a sus servicios del reparto de tierras. ¿De qué vamos a vivir cuando seamos demasiado viejos para continuar con nuestro trabajo? - Cauchela clavó el cuchillo tan hondo que no podía sacarlo de la mesa.

- Lo sé. Ésa es la costumbre y Su Majestad siempre ha defendido que se premie a los conquistadores; pero Sande se va a sacar de la manga un párrafo de una carta del monarca y nos las va a quitar. No a todos los encomenderos de Filipinas, sólo a los que tenemos cargos del Reino. Me lo ha dicho Rufino, que ya está cansado de las vejaciones del gobernador y del bisoño de su hermano.

- ¿Rufino, el criado? ¿Cómo ha podido enterarse? ¿No te habrá mentido? - preguntó Aldave.

- No, no me ha mentido. El tiene permiso para andar por la casa y ha atado cabos de distintos comentarios que ha oído. Los criados son los más fiables para saber qué se cuece en la cabeza de su señor. Todos los que sirven en las Casas Reales están hartos de los abusos de esos señoritos. Hay que tener cuidado con Sande y con los que se arriman a él. Ya lo voy conociendo, los años sirven para algo, he visto tanto. Estos ojos han visto casi todo.

Lavezaris se levantó a buscar una botella de licor de arroz y sirvió a sus amigos.

- Ahora que hablamos de esto, os voy a contar algo que me dijo el otro día el capitán Chacón. Por lo visto, Esteban Rodríguez de Figueroa anda haciendo muchas preguntas sobre las encomiendas. Hasta ahora no había prestado atención al comentario – continuó Mirandola.

- ¿Figueroa? ¿El que es conocido como el portugués? Corretea a la sombra de Sande. - Cauchela sorbió el licor. -Prefiero una copa de buen vino a este licor que te agujerea el estómago. O un buen vaso de ron.

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