jueves, 19 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 3

Aquilino no le quitaba la vista de encima a su nuevo compañero en el camino de regreso a casa. Mariano rezaba en silencio sin prestar atención ni al niño ni a lo que había a su alrededor, sus pies descalzos apenas rozaban el suelo. El niño estaba intrigado por la escena, no podía comprender qué era eso de vender la libertad. Esa palabra le sonaba a blanco, los negros que él conocía no tenían libertad. Al único que le había oído decir que era un derecho que todos tenían era a Lucio pero cuando hablaba de esos temas lo hacía a escondidas. Sabía que en México había negros que huían a las montañas para escapar de sus amos, los llamaban cimarrones. Había visto a algunos volver encadenados de la sierra y después acababan colgados en la plaza. Lucio estuvo a punto de escapar una vez, Aquilino lo había seguido pasada la medianoche al bosque. Escondido entre la maleza vio cómo el viejo Amancio también lo seguía y tenían airadas palabras, de las que entendió sólo frases sueltas. "No lo hagas, te cogerán y te matarán", "no aguanto más", "es duro pero es nuestro destino", "los mataré" eran algunas de las que se acordaba. Recordaba aquel día porque fue el único que vio o imaginó dos lágrimas que se deslizaban por las rasuradas mejillas del gigante.

- ¿Tú no tenías amo? - preguntó al silencioso acompañante.

- Sí, lo tuve pero murió. Era un buen hombre, muy cristiano y devoto.

- Después de que se murió ¿quién te daba de comer?

- Mi amo me dejó algún dinero y me dio la libertad. Algunos buenos hombres cuando mueren permiten a sus esclavos disfrutar de lo que ellos tuvieron tanto en vida. Pero fui un tonto, un estúpido. Cuando se me acabó el dinero que gasté en miles de caprichos desdichados, me encontré solo, sin casa y tuve que ponerme a trabajar en lo que pude. La humedad y los vicios hicieron que mi pecho enfermara y acabé tirado en la calle, sin poder levantarme, hasta que un fraile me llevó al Hospital de Nuestra Señora de los Ángeles. Es un hospital que el Arzobispo Don Gonzalo de Mena fundó hace tiempo para que los negros sanaran de las heridas del cuerpo y del alma.

- Y ¿dónde está ese hospital? - inquirió Aquilino muy interesado en la historia.

- Aquí en Sevilla, muy cerca de las murallas. Todos creían que no iba a resistir tanto dolor, pero en mis delirios vi a una mujer muy bella que me hablaba con dulzura, me reprochaba con delicadeza el mal gasto que había hecho del regalo que me diera mi amo. Yo le prometí que si volvía a la vida dedicaría los años que me quedaban a ella, sólo a ella. Cuando ya me habían puesto un lienzo por encima y los curas rezaban a los pies de la cama, desperté. Nadie daba crédito a una recuperación tan repentina pero cuando hablé de mi sueño, estuvieron de acuerdo en que era un milagro de Nuestra Señora de los Ángeles, el nombre que lleva el hospital.

- Antes decías algo de una procesión. ¿La podré ver yo?

- Sí, dentro de dos días. Este año no teníamos dinero, los hermanos somos pobres y a veces no hay suficientes ducados para comprar las túnicas, ni las cruces o las velas. Yo fui a visitar a la Señora y le dije que si no sabía usar mi libertad para el bien, mejor era que la vendiese y, con el dinero que recibiera, dar ocasión a otros incrédulos y pecadores de verla en la calle y así contemplando su dulce belleza y su amor, la puedan querer y le entreguen su vida como yo he hecho.

Los dos primos, que andaban unos pasos adelantados, no perdían detalle del relato, se volvieron y Don Diego preguntó: ¿Tú puedes salir en una procesión?

- Sí, señor. La Hermandad a la que pertenezco está formada por hermanos negros de las mejores casas de Sevilla y también por otros que deambulan por la ciudad. Perdonen los señores si lo que vaya decirles resulta ofensivo... Es una Hermandad donde no se permite la participación de hermanos blancos.

- Pero qué dice este tarugo- interrumpió molesto Don Diego -. Una hermandad sólo de negros. A esto se llega con tanta confianza como algunos, como tú, Gonzalo, les dan a sus servidores. ¿Ves? Se les trata bien y ellos se juntan para conspirar contra nosotros.

- Perdone, señor, allí no se conspira. Hay fiestas a las que los blancos pueden venir. Tenemos carreras de gansos y carreras con los hermanos de la Real Maestranza de Sevilla. No hay engaños en nuestra unión, lo único que nos anima es la devoción por la Santa Cruz y por la Madre de Dios.

- Déjalo ya, Diego. Es un buen hombre.- Gonzalo de Ronquillo agarró el brazo a su primo. -Y ahora dime ¿qué vas a hacer con él?

- No sé. Tú tienes varios esclavos; uno más, uno menos, no te va a resultar mucho problema. ¿Viste cómo me miraba aquella joven? Va a misa de nueve, se lo he oído cuando hablaba con la vieja. Lo ha dicho alto para que yo lo escuchara. ¡Qué bella ciudad! Sus ojos eran negros, como toca de monja.

- Por favor, Diego, no seas irreverente. Paso porque compres a un hombre para contemplar a una dama, pero no te metas con esas santas mujeres que son las religiosas. Tú mismo tienes una hermana en un convento de clausura. Deberías ser más respetuoso.

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