martes, 17 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 2

Aquilino sintió náuseas al ver a Don Diego atusarse su fino bigote. No le gustaba la idea de abandonar tan pronto esa ciudad luminosa y preguntó, sin importarle los comentarios que saldrían de la lengua viperina de Don Diego: ¿Yo también voy a ir a la Corte?

Las risotadas de Diego se oyeron en toda la plaza.

- ¿Tú? ¡Infeliz! ¿Qué vas a hacer tú en la Corte? - Dirigiéndose a su primo continuó.- ¿No se te habrá ocurrido llevar con nosotros a este mocoso, verdad? En Madrid las apariencias son más importantes que las verdades. Debemos llevar un séquito de acuerdo a nuestras pretensiones y si, como adivino por tus palabras, queremos tocar el cielo, no debemos dejarnos ver con gusanos.

Al decir la última palabra movió la cabeza hacia el niño.

- No, Aquilino, esta vez no puedes acompañarme, eres demasiado pequeño. Tú te quedarás aquí con Lucio y Amancio cuidando la casa. Yo iré con Paulino, Lucas y José.

Aquilino respiró tranquilo y prosiguieron el paseo hasta la catedral. En la puerta les llamó la atención un hombre de unos cuarenta años que gritaba, sentado en el suelo, haciendo volver la cabeza a los feligreses. "Vendo mi libertad para sacar en procesión a Nuestra Señora de los Ángeles". "Vendo mi libertad para sacar en procesión a Nuestra Señora de los Ángeles". Los curiosos iban formando un corro cada vez más apretado. El hombre parecía estar sano, no le faltaba ninguna parte del cuerpo, tenía brazos, piernas y sus ojos no estaban ciegos. Con curiosidad, Don Diego se abrió paso entre la gente.

- Puedes explicarme, negro, ¿qué es lo que dices?- preguntó poniéndose cerca de una joven, muy bien vestida, que estaba acompañada por una vieja aya.

El hombre lo miró y contestó: Ya ha oído lo que digo, vendo mi libertad para sacar en procesión a la Madre de nuestro Señor.

- ¿Y cuánto pides por tu libertad?
- Cincuenta ducados, caballero.

La muchacha miraba de reojo a Don Diego. Éste, atrevido, se decidió a abordarla.

- No entiendo cómo puede vender su libertad por tan poco dinero. Estos negros han nacido para ser esclavos. ¡En qué poco valoran su vida!
La dama ocultó una sonrisa insinuante con la mano y esquivó el verde intenso de los ojos de Don Diego. Sin embargo, no se movió. Alentado por la quietud de la joven, prosiguió en voz más alta y dándole un ligero acento mexicano a sus palabras para resultar más interesante.

- Y por cincuenta ducados, ¿te vendrías conmigo? ¿Me venderías tu alma y tu vida?

- Sí, señor. Si la Divina Madre quiere que usted sea quien me compre y así poder llevarla en Santa Procesión, yo me arrodillaré ante sus deseos y me convertiré en su esclavo.

Gonzalo de Ronquillo y Aquilino, intrigados por la tardanza de Don Diego, se acercaron al centro del corrillo.

- Entonces, si entiendo bien, tú emplearías los cincuenta ducados en sacar en procesión a la Virgen. No es mucho dinero para comprar una parcela segura en el Reino de los Cielos. Ah, Gonzalo, estás aquí. He decidido hacer una buena obra, voy a comprar a este hombre.- Mientras hablaba espiaba la reacción de la joven quien ahora lo miraba cara a cara. Las negras pestañas sombreaban sus pupilas. Diego pensó que era preciosa. - Levántate que ya tienes dueño. ¿Cómo te llamas?

- Mariano, señor. La Hermandad del Santo Crucifijo de la Piedad y muy especialmente Nuestra Señora de los Ángeles le agradecerán siempre su generosidad.

El hombre se levantó entre los murmullos de los curiosos. No era muy alto pero su cuerpo tenía fuerza, su cara por el contrario reflejaba sólo bondad. Entre los comentarios de los curiosos, Diego entendió las palabras que la joven dirigió, en un tono mas elevado del preciso, a su aya:”Ha sido un gesto muy caritativo. En la misa de las nueve, rezaré todos los días por ese esclavo. ¡Qué devoción tan pura hacia la Virgen!”

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada