lunes, 16 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 1

Don Gonzalo de Ronquillo y Peñalosa se ciñó la espada y llamó a Aquilino para que lo acompañara en su paseo matinal por Sevilla. Habían pasado dos semanas desde la aventura del muchacho y unos pocos días desde que Ronquillo arribara en las costas de Sanlúcar. El cielo azul profundo se reflejaba límpido en la fuente del patio central rodeado por columnas de mármol en el que le esperaba su compañero, además de primo, Don Diego. Diego era más joven y su carrera, siempre a la sombra de Gonzalo, tenía visos de ser menos prometedora. Gonzalo de Ronquillo, a sus treinta y cinco años, había cumplido con un importante destino en México, ahora descansaba aunque pensaba sin cesar en realizar un sueño que lo llevaría a viajar al otro extremo del mundo. En 1.576, ese sueño era apenas un punto oculto en su mente; algo en lo que por las noches, divagando en la espera que precede a la inconsciencia, cuando las cosas más inconfesadas de los hombres van tomando forma tras los párpados cerrados, le producía una sensación de ahogo, una parálisis momentánea de los latidos del corazón.

- ¿Otra vez va a venir este enano con nosotros? La verdad, primo, me preocupa un poco la obsesión que tienes con hacerte acompañar por ese pequeño esclavo.- Aquilino le lanzó una mirada de odio, siempre le había parecido Don Diego una persona engreída. El sentimiento de antipatía era mutuo. - ¿No te preocupa que la gente murmure?

- No entiendo, Diego, ¿de qué van a murmurar? Olvídate de él, me gusta su compañía, es divertido. ¿Has visto cómo está de engalanada la ciudad? Dentro de dos días será jueves santo. Tengo ganas de vivir una Semana Santa en Sevilla, me han hablado maravillas de ella. El fervor del pueblo sevillano es tal que, según cuentan, las calles quedan regadas por la sangre de los disciplinantes y deben pasar muchas noches hasta que el rastro de la penitencia se borra. Dicen que es la ciudad que más cofradías tiene.

Don Diego no le escuchaba, su mirada se había perdido detrás de una espléndida muchacha de pocos años, morena y con una gran trenza que había entrado en una tienda de comida que había a su izquierda.

- Por favor, Diego, deja de mirar a todas las jóvenes que se cruzan en tu camino. Dentro de poco, si me das tiempo, conocerás a las mujeres más bonitas del Reino, a las más elegantes y de mejor cuna.

Diego miró a su primo con ironía y le replicó: Sí, lo mismo me dijiste en México y mira cómo estoy, perdiendo el resuello detrás de cualquier criada.

- Esta vez va a ser mejor. Ten confianza en mí. Tengo grandes planes aunque todavía no puedo decirte nada. Voy a marcharme a la Corte a entrevistarme con los hombres cercanos al Rey. Quiero saber de primera mano cuáles son sus inquietudes y deseos. Tengo una idea pero debo estudiar antes todas las posibilidades. Vendrás conmigo y, mientras yo busco apoyos para mi proyecto, podrás dedicar tu tiempo a sacar información a las mujeres más bellas de la Corte.

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