jueves, 10 de mayo de 2012

LOS PRIMEROS CONQUISTADORES DE FILIPINAS

Hace años con intención de escribir una novela histórica tuve la suerte de investigar durante varios meses en el Archivo de Indias de Sevilla. Allí hay guardada gran parte de la historia de España, de la conquista de América. Entonces no existía todavía eso que ahora tan obvio nos parece que es la digitalización. Tuve en mis manos las auténticas cartas que se enviaban hace siglos, algunas casi se deshacían en las manos. Es increíble cómo aquellos hombres detallaban todo hasta cuántos tornillos iban en cada barco. No sabía muy bien sobre qué época escribir, tampoco qué historia contar. Mi primera idea era investigar y ver algo sobre México, Colombia. Pero se cruzó en mi investigación la palabra Filipinas, allí estaban también todos los documentos relativos a la conquista de esa parte tan olvidada del Imperio de Felipe II, enamorada como soy del mundo oriental supe al instante que tenía mi historia. Pronto me familiaricé con nombres como Legazpi, el doctor Sande, Martín de Goiti o Andrés de Cauchela. Tras meses de investigación me senté a escribir y salió una novela histórica y de aventuras que recoge lo que pasó en aquellas islas durante 5 años, de 1575 a 1580. Manila apenas era un conjunto de chozas, estaba amenazada por un pirata chino que volvió loco a su Reino, se llamaba Li.Ma-Hong. Junté datos reales con otros novelados.
Una vez acabada la envié a un par de concursos, que evidentemente no ganó, y se me olvidó su existencia. Hoy se me ha ocurrido utilizar este blog como una herramienta para que aquellos interesados en la historia de ese país puedan saber cómo fueron sus comienzos de una manera espero que amena. A la vez la pongoa vuestra disposición como se hacía antes, por entregas. Debajo de esta entrada, a lo largo de más de cien podréis conocer cómo se vivía en Filipinas a finales del siglo XVI, qué personajes se movían por esas lejanas islas y podréis disfrutar de una novela histórica y de aventuras.

viernes, 20 de abril de 2012

PUBLICADA EN AMAZON

Una vez terminada la novela, he decidido autopublicarla en amazon. Desde mañana, sábado, y por 5 días estará en promoción gratuita para quien quiera barjársela y leerla del tirón.Está publicada sólo en versión digital para leerla es necesario el kindle o bajarse la aplicación gratuita que hay para i pad y otros ebooks.

lunes, 16 de abril de 2012

AGRADECIMIENTOS

No quiero dar por concluido este blog dedicado a la novela "Los conquistadores de Filipinas" sin agradecerte a ti que en este momento me estás leyendo y a todos los que durante estos meses me habéis seguido fielmente. Me ha encantado ver día a día que lectores de tantos lugares del mundo han podido acompañarme en esta pequeña aventura. Doy las gracias también a los lectores que en el futuro encuentren este blog en las veredas perdidas de internet. Ha sido un orgullo descubrir que mi novela ha interesado a personas de España, de Alemania, de Rusia, México, EEUU y tantos sitios y sé que de no haber empezado este blog ninguno de vosotros habríais leído mi novela jamás. Espero que os haya gustado.

domingo, 15 de abril de 2012

EPÍLOGO


Don Gonzalo de Ronquillo no podía sospechar que su cargo vitalicio iba a ser muy corto, tres años después de su llegada murió. Antes se vio afectado por algunos de los males que aquejaban a Sande; así cuando Lavezaris murió, quedando su viuda como heredera única de las encomiendas, intentó una ruin maniobra y propuso a la desconsolada mujer que se casara con su primo Don Diego para evitar, de este modo, que cuando la anciana falleciera esas ricas tierras pasaran a manos de los indios como era costumbre en Filipinas. La buena mujer se negó.
El doctor Sande cargó veintidós toneladas de mercancías en los barcos que le llevaban a Acapulco y estuvo en México hasta 1.592 cuando se hizo cargo del Gobierno de Guatemala por cuatro años. Acabó sus días en Nueva Granada. Su forma de actuar continuó siendo parecida a la que había mostrado en Filipinas y sus continuos desmanes e injusticias llevaron en 1.602 al visitador Salierna de Mariaca a desplazarse hasta Santa Fe de Bogotá para inspeccionar sus posesiones y su forma de gobierno. La muerte de ambos dejó abierta la investigación. Tales fueron sus desmanes y crueldad que se le conoció en esta zona como el doctor Sangre.
El cuerpo del Padre Alfaro fue encontrado cuatro días después del naufragio. Una leyenda rodea su figura. Se asegura, aún en estos días, que se enterró su cuerpo incorrupto en una pequeña aldea del sur de Sumatra y que quienes se acercan a su tumba o invocan su nombre son obsequiados con milagros sin fin.
El Padre Lucarelli fue expulsado de Macao y amarrado en la bodega de un barco que cubría la misma ruta que tomara su desafortunado amigo, llegó a Malaca y regresó con el tiempo a Macao. El capitán Juan Díaz Pardo ingresó en la Orden de San Francisco con el nombre de Fray Juan el Pobre.
 Aquilino siguió su educación y a la muerte de Ronquillo, él y sus compañeros consiguieron la anhelada libertad que nunca soñaron tener. Acompañado de Amancio, ya muy mayor y casi ciego, regresó a Nueva España y abrió una escuela para niños ayudado por los franciscanos de México. Se casó con una india y tuvieron doce hijos, murió a los setenta años rodeado de una gran familia. Mariano prefirió quedarse a predicar con los agustinos en Filipinas en cuya orden ingresó.
La ciudad de Manila continuó su desarrollo. La llegada del primer Obispo, Fray Domingo de Salazar, y la construcción de la catedral cambió la fisonomía de las calles y elevó la esperanza de sus habitantes, aunque Manila fue destruida y reconstruida en numerosas ocasiones. Sufrió ataques y revueltas de los pueblos vecinos y varias incursiones de ingleses y holandeses. En el siglo XIX se generó un fuerte sentimiento nacionalista y, a mediados de ese siglo, las agitaciones provocaron serios disgustos a los españoles, hasta que en 1.892 se desencadenó la guerra total contra España. En 1.896 los nacionalistas se agruparon en una organización denominada katipunam y desafiaron con una cruel guerra de independencia la soberanía de España. En 1.898, el Archipiélago es cedido a los Estados Unidos de Norteamérica.

sábado, 14 de abril de 2012

RONQUILLO NUEVO GOBERNADOR DE FILIPINAS 2


El relevo de poder se llevó a cabo con toda normalidad. Sande se había prometido a si mismo no demostrar la humillación que sentía y sin dilación traspasó la dirección de Filipinas y se dedicó a preparar su regreso a Nueva España. Sahajosa y Bernardino de Sande decidieron quedarse de momento en Filipinas. Don Gonzalo de Ronquillo era abordado por capitanes, soldados y habitantes de las islas; todos querían darle la bienvenida y contarle sus cuitas personales con Sande. Ronquillo era prudente en sus manifestaciones porque sabía que un gobernador siempre es criticado y lo que veía en Manila, revelaba que su predecesor no lo había hecho tan mal. Los soldados vivían en casas confortables, la fortificación de la ciudad estaba terminada, las memorias oficiales reflejaban un control riguroso del gasto, la pacificación de la tierra había avanzado, los tratos con Borneo proseguían y los muelles recibían periódicamente la visita de los buques de China.


Mientras el doctor Sande terminaba de empaquetar sus infinitas posesiones decidido a embarcar el 22 de junio, Ronquillo tocó levemente con los dedos la gran mesa que a partir de ese momento iba a ser su lugar de trabajo y admiró el magnífico armario de artesanía oriental que le había regalado su predecesor. “Todavía hay mucho que hacer” pensaba hinchando su pecho, respirando con fruición el aire de esa habitación que representaba la culminación de sus aspiraciones. En cuanto llegó había tomado las riendas de las islas y se apresuró a tomar decisiones. Una criada filipina abrió la puerta y se sorprendió al encontrarlo allí, él pidió que le trajese algo de beber y separó la silla de la mesa, se sentó y tocó la pluma y el tintero que reposaban  en una esquina. Escribiría al virrey de Nueva España y mandaría la carta en el barco que llevaba a Sande.
“Salí de Panamá el 24 de febrero… Los de esta tierra han mostrado mucho contento y muestran estar muy molestos con el doctor Sande pero, según son de mal contentos dichos hombres de Indias, otro tanto puedo yo aguardar presto y más quien comienza a picarles en la bolsa. Yo hallé a casi todos los que viven en las islas ricos y a su Majestad pobre y tanto que si no es valiéndose de las haciendas de los ausentes y difuntos no pueden sustentar el gasto que tienen. Parecióme cosa rigurosa pasar adelante con que ganen 300 o 400 por ciento de las mercancías que llevan las naves de Su Majestad sin que ellas paguen fletes ni almojarifazgo. Así me he echado al agua y les he puesto a tres por ciento de entrada y salida de este reino y 12 pesos de flete de cada tonelada; todo es bien moderado y poco, según son gruesas las ganancias…” La criada llamó tímidamente a la puerta y entró con una botella de vino y un vaso, haciendo una reverencia salió. “Estoy pensando que lo más esencial es abrir la puerta a todos para este reino. Porque siguiéndose el trato y comercio con toda la gente de todas partes siempre entrará gente de refresco en ellas. También he visto grandes ganancias que hay de las cosas de China y de esta tierra vienen algunos navíos de particulares y así probaré los medios que me parecen buenos a tal ejercicio…” Sorbió la bebida con cara de satisfacción. “Según las buenas nuevas que se van teniendo de esta tierra se puede socorrer a los que quieran venir con solo el flete y el matalotaje. Aunque a Vuestra Merced le parece no conveniente entre mucha en ella, yo no lo entiendo así porque ninguna tierra puede ser mucho si la gente es poca y ella es la que rompe la tierra, labra las minas. Especialmente aquí nunca sobra gente porque son muchas las ocasiones y están muy a la mano en qué ocuparlas. Y lo principal es la China. Yo no estoy muy fuera de ella. Si me veo con caudal de gente y más teniendo a los portugueses…” Se levantó para contemplar el atardecer, encendió un candelabro que había en una repisa y lo acercó a la hoja que estaba escribiendo. “Lo que pienso este verano es ocupar las fuerzas, aunque tengo pocas y con poca salud, en la población de Ilocos y otros condados para buscar oro, para ver qué se puede aprovechar. Se necesitan más españoles, según me certifican en la Jornada de Borneo se perdieron doscientos. También sería preciso que enviaran a un boticario, ganaría bien de comer. Y arcabuces de munición y pólvora, todo lo demás por ahora puede esperar. La mitad de los que vinieron conmigo por marineros no lo son pero los aprovecharé como soldados”. La noche se echó encima, guardando la carta en un cajón salió hacia el comedor, la risa de Aquilino sonaba por toda la casa.

jueves, 12 de abril de 2012

RONQUILLO NUEVO GOBERNADOR DE FILIPINAS 1


Don Gonzalo de Ronquillo y la expedición de pobladores pasaron las Navidades de 1.579 en Panamá. Ronquillo oteaba el horizonte cada mañana esperando ver aparecer las velas de los navíos que los llevarían por fin a su destino, pero su vigilancia era en vano. Mandó un correo urgente al virrey de Nueva España para que le proveyera de gente y completar el número inicial de pobladores muy menguado por las deserciones y muertes, en Panamá desaparecieron casi ochenta hombres más. A finales de enero, las dos esperadas naves llegaron y el júbilo del campamento fue inmenso. Todos se apresuraron a cargar lo necesario para la larga travesía y el 24 de febrero de 1.580 desplegaron velas rumbo a Acapulco, primera escala donde otro navío con cincuenta voluntarios se uniría a la pequeña flota. Habían permanecido en Panamá cuatro meses. La navegación hasta Filipinas fue más corta, tres apacibles meses y después de tantos infortunios casi no se lo podían creer, sin ningún contratiempo. El 1 de junio lanzaron las amarras en el puerto de Manila.
- Mira, Diego, lo hemos conseguido.
    Gonzalo, emocionado, no pudo evitar dar un abrazo a su primo.
    - Eh, ¿qué modales sensibleros son esos para el gobernador de estas islas?- le contestó Diego desembarazándose del abrazo. - Veo acercarse a nuestro amigo Sande y no vamos a darle el gusto de que vaya diciendo a nuestras espaldas que somos dos mujercitas.
      Aquilino, que había crecido mucho durante el largo viaje y se había convertido en un espigado muchachito con una sombra de bozo sobre su labio superior, gritaba en cubierta "hemos llegado. Por fin, hemos llegado". Amancio y Mariano sonreían y hablaban. "Creí que nunca íbamos a pisar estas extrañas tierras". "No se apresure, Amancio, que todavía estamos en el barco..." Los demás criados empezaron a sacar los baúles más necesarios, subían y bajaban las escaleras deprisa, con ganas de pisar suelo firme. Los colonos que aún estaban en la bodega cantaban, los que miraban a Manila desde cubierta se abrazaban y besaban sin importarles lo que dijeran los extraños. Las pocas mujeres que habían conseguido superar la prueba, diez en total, atusaban sus cabellos y se arreglaban los vestidos raídos y sucios. La misma algarabía se formó en el puerto. Los mercaderes chinos cerraban más sus ojos y preguntaban el motivo de tanto alboroto. Los indios iban colocándose en fila para descargar las bodegas de los barcos en cuanto tocaran los muelles.
      Gonzalo de Ronquillo tuvo el mismo recibimiento que cinco años atrás Sande; aunque éste, en contra de lo que hizo Lavezaris, fue a recibirlo al puerto en cuanto se divisaron las naves y le dieron el aviso.
      - Encantado de verle, doctor Sande. Ha sido un viaje muy trabajoso. .. En varias ocasiones pensé que no llegaríamos a Manila.
        Ronquillo se alejaba con el gobernador hacia el centro de la ciudad.
        - Vamos a las Casas Reales para proceder al traspaso de poderes.
          El gobernador vio a Don Diego pero no se molestó en saludarlo.
          - No hay prisa, desearía escuchar primero una Misa en agradecimiento a la bondad del Señor que nos ha traído sanos y salvos hasta ustedes. Hay un religioso franciscano, el Padre Alfaro, al que conocí en Sevilla que me gustaría ver. Quizás él quisiera oficiar la ceremonia.
            Don Diego gritó a Aquilino que dejara de hablar. Los dos hombres se volvieron y los ojos de Don Gonzalo expresaron un mudo reproche.
            Mucho me temo que eso no será posible. El Padre Alfaro se encuentra en Macao, en China. Es una larga historia que después, si le place, le contaré. No obstante, el Prelado de los agustinos, Fray Agustín de Alburquerque, se considerará honrado de celebrar la Santa Misa.

            miércoles, 11 de abril de 2012

            EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO DE CHINA 6

            Las lágrimas corrían por las mejillas del italiano, su cuerpo se inclinó entre sollozos hasta posar sus rizos negros en los pies de su amigo, de su superior, del Padre Alfaro.
            El barco donde montó Alfaro era pequeño y estaba abarrotado de pasajeros y mercancías. El trayecto hasta Malaca se vislumbraba largo y peligroso. Se alejaron de las costas de China con buen tiempo, el Padre Alfaro había llevado consigo a Fray Jacinto, el hermano que mejor conocía la lengua china y que le había servido de intérprete en tantas ocasiones. Pasaban las horas rezando y hablando con los compañeros de travesía. Las gallinas cloqueaban en las jaulas que cubrían la cubierta y los puercos tiraban con fuerza de las sogas que los sujetaban. Fray Jacinto, divertido, jugaba con los niños mientras Alfaro prestaba atención a las historias que le contaban hombres y mujeres, comprendiendo cada día un poco más de esa extraña tierra que tantos disgustos le estaba dando. Cuando los dos frailes se arrodillaban mirando al cielo para rezar, la chiquillería entre risas los imitaba, creyendo que se trataba de un juego más. Los niños copiaban sus gestos, hacían sobre la frente y el pecho la señal de la cruz y emitía murmullos inteligibles que se suponía eran las oraciones. Los padres se acostumbraron pronto a estas bromas inocentes y los dejaban hacer. Alfaro los miraba con simpatía y fabricaba rosarios con granos de arroz e hilos de seda, uno para cada niño.
            El tiempo empeoró al acercarse a la gran isla de Borneo. Una gran tormenta los envolvió. Las olas ahogaron a las gallinas y los gritos de las mujeres que aferraban a los niños no cesaban. Dejaron a los animales en cubierta y se amontonaron como pudieron en las bodegas pero el barco era demasiado frágil para los rigores de esa mar embravecida, el agua se colaba entre los maderos. En medio de la noche, el piloto no pudo ver lo cerca que estaba de los arrecifes. El ruido del barco al chocar con las rocas fue como un rugido furioso; el agua resquebrajó la madera entrando en tromba en las bodegas, los chillidos estridentes de los niños y los gritos de dolor de los heridos se confundían con el sonido del huracán. Todo fue muy rápido, el barco se inclinó y se hundió en las negras aguas turbulentas. El padre Alfaro sintió la punzada de la roca traspasar su costado tiñendo de rojo el hábito de tela parda y desgastada. Malherido cogió a una niña que lloraba a su lado y por la abertura del casco nadó hacia la superficie, le pesaba la ropa, tocó una jaula que flotaba con varias gallinas muertas y agarró los bracitos de la pequeña a ella. No podía respirar, las olas lo zarandeaban, se alejaba de los restos del barco hundido. Agotado por el esfuerzo y la sangre derramada, perdió el conocimiento y descendió con dulzura hacia las profundidades marinas.

            martes, 10 de abril de 2012

            EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO DE CHINA 5

            Los temores de Villarroel se hicieron realidad a finales de mayo, un oficial portugués interceptó una carta de Alfaro a Sande en la que decía: "Es de suma importancia la paz con los portugueses a fin de que no se repita el caso de que nos infamen ante los mandarines de China y frenar, de este modo, la conversión de estos infieles que se revela incierta y peligrosa". El escándalo estalló en Macao; las voces que pedían la expulsión de los espías sonaban mas fuertes que las que defendían a los franciscanos alegando su vida cristiana y caritativa. El asunto fue tomando un cariz desconsolador, hasta los más pacíficos de la ciudad estaban convencidos de que Alfaro sería expulsado a Goa, colonia portuguesa en la India, para ser juzgado por espionaje y traición. El nerviosismo se instaló en la Casa de los Franciscanos. Los frailes hablaban en murmullos para que Alfaro y Lucarelli no se enteraran de sus temores. "Nos expulsarán y ¿qué será de nosotros que somos portugueses?¿Cómo viviremos entre los españoles que no nos perdonarán esta ofensa? Tampoco podemos retroceder, en Macao seguirán viéndonos como los traidores que ayudaron a los espías...." Éstos y otros lamentos se pronunciaban en voz baja, temían la reacción, sobre todo, del Padre Lucarelli que se mostraba inflexible con ellos y no atendía ninguna de sus peticiones, ni siquiera la de darles un poco de carne para evitar desmayarse en las horas del centro del día, muy calurosas. Las miradas se volvieron furtivas y el silencio era como una losa en la mesa. Los rezos, sin embargo, se tornaron más vivaces, más suplicantes, tenían mucho que pedir.

            - Hermanos, ya está bien de seguir en esta incertidumbre. Ruego me disculpen por haberlos obligado a vivir en esta zozobra durante los últimos días. No he querida precipitarme y tomar una decisión errónea. - Alfaro hablaba desde el altar, acababa de concluir la misa de la tarde y sólo quedaban en la iglesia los hermanos de la congregación. - Lo primero que debo decirles es que todos los rumores se deben a un malentendido. Nadie ignora que nuestra presencia en Macao ha molestado a muchas personas. Que nos hemos creado, sin pretenderlo, peligrosos enemigos. Mi orgullo me hizo desoír los cabales consejos del hermano Villarroel que, más cercano a las traiciones de este mundo, me advirtió de la malquerencia de algunos oficiales. Pero estaba tan enfrascado en la misión evangelizadora que no lo escuché. Mi única intención al escribir a Manila fue la de procurar la paz, ¡Demasiados peligros nos acechan en este reino de infieles para pelearnos entre hermanos cristianos! Pero mis palabras han sido tergiversadas y donde yo puse caridad, ellos leyeron traición.
            Los hermanos escuchaban compungidos.
            - El error, sin embargo, es sólo mío y se deshará en cuanto explique mis razones al arzobispo de Malaca. Estoy seguro de que Nuestro Señor, que tanto ha velado por nosotros desde que abandonamos Manila- miró a Lucarelli que tenía los ojos enrojecidos- y tantas compensaciones nos ha dado, como verles a ustedes sentados frente a este altar, no me abandonará en esta nueva empresa, He decidido tomar el barco que parte mañana hacia Malaca y de allí, si es preciso, continuaré a Goa. Pero no teman, mi fe me asegura que volveré y que, conmigo, traeré a más hermanos que nos aligerarán la carga que soportamos.

            La voz de Alfaro se diluyó en su garganta, la emoción le ató un nudo en el estómago.

            - Acérquese, Padre Lucarelli y arrodíllese –dijo en tono pausado. - Oh, mi compañero, pensaba que podría resistir a los portugueses siendo un español humilde y manso, pero aquí estoy teniendo que decir... Por la Santa Obediencia, te ordeno que aceptes mi cargo y mi oficio.

            lunes, 9 de abril de 2012

            EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO DE CHINA 4


            Alfaro contemplaba el avance de las obras de la capilla y desgranaba sus quejas al padre Lucarelli. Su insatisfacción no lo dejaba descansar ni disfrutar de las buenas cosas que ofrecía la tierra que le había acogido.
            - La misión de evangelizar aquí es imposible, hermano Lucarelli. Estos infieles no tendrán excusa pues españoles y portugueses les hemos hablado de la única verdad que existe. Nuestra casa es visitada cada día por más feligreses pero son todos portugueses. Cada vez que subo al púlpito mis ojos se desgastan buscando entre los asistentes una cara extraña, distinta.
              Alfaro miraba con detenimiento el estado de las obras de la ermita de Lucarelli, éste lo escuchaba con las mangas de su hábito por encima de los codos, empapado en sudor.
              - No se desespere. Apenas llevamos medio año en Macao y es mucho lo que hemos conseguido. Es cierto que la conversión de Filipinas resultaba una tarea mucho más sencilla pero ¿no fue eso precisamente lo que le movió a cruzar el mar y venir a China? Hace mucho tiempo que no tenía usted palabras tan desesperanzadas. ¿Qué le ha ocurrido? - preguntó Lucarelli, que conocía bien a su amigo mientras se sentaba en una piedra desde la que se veía el infinito azul del mar.

              - Me preocupan mis sentimientos. Esta vez no es desesperación; es más bien rabia. No consigo traspasar con mis palabras esa sonrisa permanente que esgrimen en su rostro; no muestran rechazo, ni cólera. Nada, no demuestran nada, nunca puedo adivinar sus pensamientos. Llevo dos semanas visitando a una familia muy pobre que vive en el centro de la ciudad, cerca del mercado. El abuelo agoniza, el padre murió recientemente en un naufragio, tienen siete hijas, la mujer no puede alimentar tantas bocas. Durante este tiempo les he llevado comida, les he hablado con las pocas palabras que puedo pronunciar en su lengua; les he explicado la historia de Jesucristo. Todos me escuchan con atención, los niños me preguntan cosas. En los últimos días me he llevado a Fray Jacinto, que sabe mucho más chino que yo para que me sirviera de traductor, sus caras reflejaban, eso creía yo, comprensión de mis relatos. Los niños lloraron cuando les conté el sufrimiento de la pasión de Nuestro Señor. -Alfaro levantó hacia la cara de Lucarelli su puño cerrado. - Y mire qué me han dado, observe hasta dónde llega su falsedad. Yo creía que habían entendido el significado del Evangelio.- Abrió la mano mostrando un pequeño ídolo de jade, un hombre gordo, casi desnudo. Con fuerza lo arrojó al mar. -¿Qué pretenden con esto?

              - No se incomode, Padre Alfaro, seguro que no ha habido mala intención. Nuestro limitado vocabulario nos impide comunicar todo el significado del mensaje divino. Todo es cuestión de tiempo, no se deje abatir por este incidente.
                Alfaro sí se preocupaba, las costumbres de ese extraño reino lo confundían. No obstante sabía de la verdad de las plabras de Lucarelli. La lengua era tan compleja que la comunicación estaba muy limitada así que los padres se aplicaron en el estudio del chino y decidieron poner en práctica los métodos que utilizaban los jesuitas: Jugar con niños, haciéndoles repetir en su lengua los nombres de los objetos que iban señalando; asistir a los oficios de otras congregaciones y repetir sin cesar las palabras de los frailes que hablaban chino; hicieron recitar en alto un catecismo a Fray Jacinto Deus, que debido a su contacto permanente con los leprosos podía mantener largas conversaciones con ellos y copiaron la pronunciación de todos los vocablos. Por la noche, alrededor de la mesa, los hermanos repetían hasta la saciedad los nuevos términos aprendidos.
                Absortos en su aprendizaje de la lengua china, los frailes no se daban cuenta de cómo eran espiados todos sus movimientos en la isla. Olvidaron que eran huéspedes de sus más reconocidos enemigos en la conquista de esa zona del mundo, de los portugueses. El único que veía todo con realismo y frialdad era Villarroel que estaba cada día más preocupado por la vigilancia constante que mantenían los oficiales portugueses.
                - Por favor, Padre Alfaro, debe olvidarse por un tiempo de escribir a Manila. Tengo dos soldados que me siguen a todas partes y cada vez es más complicado deshacerme de ellos para que no les quiten las cartas a los mercaderes que ejercen de correos. Los oficiales hablan mal de nosotros a los gobernantes chinos, creando un clima hostil a nuestra causa. Hay quien se atreve a decir que nuestro modo de vida no es cristiano, que despreciamos sus limosnas y en vez de hacer imágenes religiosas con las que honrar a Dios, se las damos a esos desagradecidos de los nativos que ya tienen suficiente dinero aunque no lo aparenten, pues todos son astutos mercaderes y cobran precios abusivos a los comerciantes portugueses.
                  Alfaro quitaba importancia a las sensatas palabras del soldado.
                  - No escribo ninguna ofensa en ellas. Al contrario, procuro la paz. Recomiendo al gobernador que firme la paz con los portugueses y le informo de los beneficios que se pueden conseguir con ella. La conversión del Reino es harto difícil y debemos, por Nuestro Señor Jesucristo, aunar los esfuerzos para lograrlo.

                  viernes, 6 de abril de 2012

                  EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO EN CHINA 3

                  Se despertó en la calle, un sentimiento de culpa le impulsó a correr hasta la colina que se alzaba a las afueras de la ciudad donde vio a sus compañeros discutir acaloradamente.
                  - No, hermano Quintero, no puede ser tan grande. No es necesario -gritaba el Padre Lucarelli.
                    Alfaro respiró hondo mientras escuchaba el sonido del mar rompiendo en las piedras del acantilado. El montículo elegido era una pequeña península. El azul del agua la envolvía y por el camino que serpenteaba hasta la cumbre se divisaba la ciudad de Macao.
                    - Menos mal que ha llegado, Padre Alfaro. El hermano Quintero- dijo Lucarelli- no escucha mis palabras y quiere construir aquí una iglesia como la Catedral de Sevilla. Tal vez a usted le haga más caso.
                      El Padre Alfaro se impuso la penitencia de dormir en el suelo y rezar tres rosarios al día por la sensación de plenitud que le había invadido en el sacrílego templo.
                      - No, hermano Quintero. Aunque imagino que el Padre Lucarelli exagera, nuestras necesidades son muy pocas y deseamos una pequeña ermita y una sencilla casa donde vivir y comenzar nuestra labor. Nuestra Señora de los Ángeles estará satisfecha con una humilde ermita. La ostentación no es buena consejera en ninguna parte, menos en tierra de infieles.
                        Pedro Quintero se vio desarmado y la iglesia se levantó según los deseos de los padres franciscanos. Alfaro, en una de sus cartas, describiría la capilla como "una fuente de agua". El 2 de febrero de 1.580, los franciscanos sentían sus corazones golpear en el pecho, esperaban en la puerta de la ermita la llegada del obispo, de los hermanos de otras congregaciones y principales señores de la ciudad quienes, acompañados por los naturales conversos, se acercaron cantando hasta la cima de la colina. Con una solemne misa celebrada por Alfaro y con un sermón que gentilmente cedió al obispo, se declaró oficialmente inaugurada la primera Casa Franciscana de China.
                        En su nueva morada, la vida de los castellanos se estableció siguiendo los preceptos que regían a su orden. Se levantaban antes del amanecer para orar, dedicaban dos horas al estudio de la lengua china, desayunaban una pieza de fruta y marchaban al hospital de leprosos, instalado en el otro extremo de la ciudad, para ayudar a Fray Jacinto Deus en la ingrata tarea de curar las heridas y en la más edificante de animar a los enfermos. Pasado el mediodía regresaban satisfechos al convento y comían un poco de verdura. Por la tarde, mientras el Padre Lucarelli se dedicaba a levantar con sus propias manos una nueva ermita muy cerca del monasterio, que con el tiempo consagraría a Nuestra Señora del Rosario, Alfaro recorría los barrios de Macao predicando. Cuando la luz abandonaba el cielo, la sagrada misa y la oración volvían a inundar la capilla y las celdas de los monjes. Alfaro tenía el convencimiento que una vida humilde y caritativa terminaría por barrer las desconfianzas de los portugueses. Dormían en esteras sobre el suelo y entregaban más de la mitad de las provisiones que regalaban las almas cristianas de la ciudad. Un aura de santidad se fue forjando en torno a estos dos religiosos. El soldado Villarroel atendía las cuestiones menos espirituales: buscaba correos entre los navegantes chinos para que llevasen las cartas que, de vez en cuando, escribía Alfaro para sus superiores y para Sande; controlaba que la madera de las obras estuviera bien cortada y pulida para la ermita del Padre Lucarelli; buscaba artesanos capaces de esculpir las imágenes religiosas que se iban necesitando y visitaba con frecuencia al castellano Quintero, el único laico que no le negaba el saludo en la ciudad. Las palabras de Alfaro no conseguían convencerlo, él estaba seguro de que no era cuestión de tiempo el que los aceptasen en la ciudad. "Los oficiales nos espían y están esperando que cometamos el más mínimo error para expulsarnos. Si no fuera por el apoyo del obispo, nos habrían matado ya". Alfaro no compartía los temores de Villarroel, la vida de penitencia estaba comenzando a dar sus frutos y las peticiones de jóvenes para ingresar en la orden se acumulaban en la mesa de Andrés Couthino, varios frailes solicitaron permiso para cambiar de congregación e ingresar en los franciscanos. En la primavera de 1.580, la pequeña comunidad se vio incrementada con Fray Antonio de los Mártires, Fray Buenaventura de Lisboa, Fray Bernardino de Jesús y el novicio Fray Jacinto. No obstante, Alfaro no estaba satisfecho, todos los hermanos eran portugueses.

                        jueves, 5 de abril de 2012

                        EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO EN CHINA 2

                        El camino hasta el terreno donde se iba a edificar el primer Monasterio Franciscano de China era agradable. Saliendo del obispado, a mano izquierda, se atravesaba una calle que los naturales utilizaban como mercado. Las verduras y frutas se amontonaban en el suelo sobre unas esteras, la estrecha callejuela parecía un auténtico vergel. El verde, rojo, amarillo, unido a los colores de las vestimentas de las vendedoras, todas mujeres de edad indefinida con los ojos semicerrados de tan cegados por el sol traían recuerdos a Alfaro de su infancia en Sevilla cuando iba a comprar por las mañanas con las criadas de su madre. Los pescados, de ojos neblinosos, lo observaban desde las cestas de bambú. Al terminar la callejuela giró a la derecha y volvió la cara al toparse con un puesto de pollos. Los cuerpos escuálidos y desplumados se apoyaban en una madera, colgando los cuellos y las cabezas. La vieja del tenderete sonrió mientras exhalaba humo de la pipa que tenía entre los dientes. Se metió por un callejón para evitar los puestos de carne y anduvo un rato en solitario viendo las llamativas persianas de madera pintada con que los comerciantes tapaban los porches que estaban delante de sus negocios para resguardarse del sol y la lluvia tropical. No entendía los extraños signos que los adornaban pero reconocía que animaban las fachadas sucias y enmohecidas. Escondido en una esquina vio un templo chino. Nunca había entrado en ninguno pues en Cantón estaban vigilados a todas horas; sentía una gran curiosidad desde que llegó a esa tierra y deseaba ver algún templo por dentro. Fray Martín de la Rada había descrito los que visitó. Durante su estancia en Xauquin, en el monasterio bonzo, no les permitieron moverse de la cabaña donde se alojaban. El Padre Lucarelli y el alférez Dueñas habían intentado una de las noches acercarse a la nave central donde asomaban algunas imágenes pero fueron descubiertos y acompañados gentilmente hasta donde se encontraban los demás descansando.
                        Contempló la pira roja, resquebrajada por los cambios de temperatura y teñida de negro en la boca y en la parte superior por donde se escapaba el humo. Avanzando unos pasos palpó el león de piedra verde que había delante, sus fauces abiertas permitían ver los colmillos, el cuerpo gordo y la cabeza estaban decorados con profusión de espirales que simulaban serpientes. Se santiguó antes de acceder al tenebroso santuario. Sus pupilas tardaron unos segundos en habituarse a la oscuridad; sólo entonces divisó a un anciano inclinado en un mostrador pintando caracteres chinos en finas láminas de madera bajo la tímida luz que penetraba por una abertura del techo. Olía a incienso. El humo se elevaba, acariciando la atmósfera, delante de una figura barbuda y tétrica. Las varillas sobresalían entre las ofrendas de los devotos, pequeños platos con arroz y vasos diminutos de bebida, El hombre no se perturbó por la entrada del extraño, estaba enfrascado en su trabajo de decorar las tablillas. La luz se colaba también por otro lateral abierto al exterior. Debajo, protegidas por un tejadillo, multitud de figuritas de soldados y hombres como si fuera un teatro de títeres perfectamente colocadas en el estante; más abajo, un tigre en relieve sacaba la cabeza de la pared, la luz ponía sombras en su cuerpo amarillo y negro. La quietud era total. Alfaro sintió la tentación de postrarse a orar. Una mujer entró arrastrando los pies, sus pasos producían un imperceptible ruido. Se acercó al hombre y le tendió una moneda, el anciano le entregó varias barritas de incienso. Sus diminutos pies se acercaron al dios barbudo, inclinó su cuerpo en dos reverencias, encendió el incienso y se arrodilló en silencio. El mundo se detuvo para Alfaro y nunca supo con certeza cuánto tiempo permaneció en aquel templo. Una sensación de paz y recogimiento se apoderó de él, como un trance.

                        miércoles, 4 de abril de 2012

                        EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO EN CHINA

                        Las gotas de lluvia golpeaban el alféizar de la ventana del dormitorio del Padre Alfaro en Macao aquel 20 de noviembre de1.579. La casa del obispo era una edificación típicamente portuguesa, la fachada blanca estaba adornada con cenefas labradas en la piedra bordeando las ventanas y los balconcillos rematados en arcos de cristales pequeños. La habitación de Alfaro tenía una enorme cama de mullido colchón con una mosquitera que la envolvía, dos cómodos sillones con una pequeña mesa y un lujoso escritorio chino con una silla de madera y piel. Un reclinatorio de terciopelo rojo bajo un crucifijo completaba el mobiliario. Sin embargo, y debido a tanto lujo, Alfaro no descansaba bien. Acostumbrado a la rigidez de la madera o del suelo, la espalda se curvaba dolorida entre los almohadones y despertaba cada mañana cansado. El Padre Lucarelli se reía de él y le insistía en que no desaprovechara esos bienes que Dios les regalaba. Villarroel estaba eufórico. Esa húmeda mañana de noviembre, Alfaro estaba escribiendo una carta dirigida a Fray Agustín de Tordesillas dando cuenta de su viaje hasta el territorio portugués. "Llegamos a Macao el domingo en la noche y con mi venida no sólo el señor obispo y nuestro devotísimo hermano Andrés Couthino, sinos todo el pueblo se alegró mucho... El señor obispo quiere que nos quedemos con él y comparte su casa con nosotros. Los padres de la compañía son muy generosos, sobre todo el Padre Couthino que es todo corazón y quiere hacernos una casita aparte, fuera del pueblo, muy a nuestro gusto y modo. Porque no piense, hermano, que ya he olvidado el negocio a que vinimos a tratar a Conchinchina..."
                        - Padre Alfaro, nos están esperando el Padre Couthino y el castellano Pedro Quintero con los trabajadores que van a levantar la iglesia. Vamos a tomar medidas. ¿Nos acompaña? – preguntó Lucarelli asomando la cabeza por la puerta entreabierta.

                        - Ahora mismo no puedo, deseo terminar esta carta. Más tarde me reúno con usted.
                          "No consentirán por ahora que salgamos de Macao hasta que el Señor nos multiplique de manera que siempre queden aquí algunos que sustenten la Orden y la religión. . ." Alfaro se postró ante el crucifijo de plata. Rememoraba las imágenes de su llegada, los ofrecimientos de los principales señores de la ciudad para que vivieran bajo su techo. A primera vista, el recibimiento, después de tanta indiferencia y mentira en Cantón, era un regalo del cielo; pero Alfaro tenía malos presentimientos. El Padre Couthino le había contado cómo fue encarcelado, por orden del capitán mayor de Macao, tras recibir la carta que Alfaro le escribió desde Cantón solicitando limosna para emprender el viaje hasta donde ahora se encontraba; cómo tuvo que interceder el obispo para liberarlo. Muchos de los portugueses, lo notaba en las miradas y sonrisas falsas, recelaban de ellos, seguían creyendo que eran espías. Elevó su oración a la Virgen de los Ángeles, como siempre hacía cuando tenía problemas y a la que había prometido dedicar la iglesia que iban a construir y pidió que los portugueses olvidaran sus temores y les permitieran proseguir en aquella tierra donde tanta falta hacían.

                          martes, 3 de abril de 2012

                          LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 6

                          Era más de medianoche, el Padre Alfaro escribía, iluminado por la temblorosa luz de una vela, las cartas que pensaba enviar con Fray Agustín de Tordesillas y el capitán Juan Díaz Pardo para el gobernador Sande y el Padre Guardián del Convento de San Francisco, Fray Juan de Ayora. Se había comprometido si llegaba el momento a mostrarse como el único responsable del desafío, como el instigador de todo el engaño y el momento había llegado.
                          "Pax et Guadium in Spiritu Santo.
                          Terminada la primera carta continuó mientras la luz húmeda del alba se filtraba bañando los manuscritos. "... podrán hacer fe delante del Rey y del Papa si menester fuere que todo lo que se pudo hacer por nuestra parte, se hizo; mas el Señor no fue servido que aún ahora se abra esta puerta; el cuándo, él lo sabe. Estos hermanos nuestros van con algún recelo de que Vuestra Señoría les podía hacer algún agravio o molestia por haber venido a esta jornada sin su licencia. A mí se me debe toda la pena pues fui causa de que los demás se arrojasen tras de mí. Sólo hay a quien contentemos y satisfagamos, que al señor Rodrigo de Frías que le trajimos sus criados y fragata. Vuestra Señoría, tan devoto, me reconciliará con él y le ofrecerá la tercia parte de todo lo que se ha merecido por parte de Dios en esta jornada..."
                          Con estas palabras el Padre Alfaro esperaba reconciliarse con las autoridades españolas. Daba cuenta así de los infructuosos intentos de evangelizar China e intentaba que su osadía no perjudicara a aquellos que con tanto valor y devoción lo habían seguido en su loca aventura.
                          Usted tenía que saber de nosotros y del suceso de la jornada. Teníamos que avisar allá de lo que por acá pasa, que es harto diferente de como allá nos lo fabricamos…" La brisa de la noche plagada de estrellas se colaba por el ojo de buey del camarote. "Viniendo pues al punto, aquí no es posible quedarse por interés, ni por ruegos, ni por esclavos..." El canto agudo de los pájaros de la selva lo acompañaban, Alfaro se levantó de la mesa y estiró los brazos. "Nos fue servido cupiese la suerte muy dichosa a nuestro buen hermano Fray Sebastián de morir sobre el cerco de esta ciudad, en tan buena demanda y pretensión que no dudo sino que ya tiene premio de verdad. Sea que cuando llegamos a Ilocos hallé al hermano enfermo y a los otros muy flacos y descoloridos y al hermano Fray Sebastián algo necesitado del estómago pero con tal disposición que me pareció podía hacer la jornada sin peligro y me pareció justo sacarlo de allí. Visto y entendido del hermano Juan Díaz y su compañero quererse volver a Manila porque antes que ir con los portugueses se dejan hacer pedazos de estos infieles…"

                          lunes, 2 de abril de 2012

                          LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 5

                          Andrés de Cauchela contemplaba feliz a Guido de Lavezaris mientras empaquetaba las últimas cosas necesarias para su traslado a Bitis. Sande no había podido retrasar mucho tiempo la aplicación de la Orden de Su Majestad y devolvió las encomiendas de Bitis y Lubao al anterior gobernador de Filipinas. La esposa de Lavezaris, mujer de edad avanzada, revisaba el trabajo de las criadas y escuchaba de lejos la conversación de los hombres.
                          -         Me siento dichoso, Andrés. Al fin podré dedicarme a mis tierras y descansar de tantos disgustos. Sande ha tenido que tragarse su orgullo y no ha tenido más remedio que devolvernos las encomiendas y pagar los salarios. ¡Lástima que Mirandola no pueda estar con nosotros! A partir de ahora van a cambiar mucho las cosas en estas islas. Menos mal que nuestras quejas fueron escuchadas, aunque nunca pensé que degradaran a Sande de este modo. ¡Un nuevo gobernador!
                          -         Sande se ha vuelto loco, no para de comprar y enviar mercancías a Acapulco; lo habrán degradado pero en cuatro años se ha hecho rico. Los capitanes me han dicho que han escrito a Su Majestad pidiéndole órdenes expresas para que ningún gobernador pueda hacer negocios particulares y que además han insinuado que se debería comprobar quién ha ayudado a estos ladrones vendiendo sus mercancías en México. Ya no disimula y va en persona a negociar con los chinos. El pasado martes tuvo la desfachatez de aparecer por la almoneda y se lo quedó todo; pero ya los precios se van elevando, los comerciantes saben que Sande tiene los días contados y pujan esperando que se marche y puedan, como antes, enviar los productos a Nueva España. ¿Te vas a quedar a vivir en Bitis?
                          -         Eso tengo previsto. La hacienda es más confortable y mi mujer la prefiere a Lubao. Yo me dedicaré a recorrer las tierras sin prisa. Lo primero que quiero averiguar es cuánto dinero ha robado Sande a la Corona de los beneficios de mis encomiendas.
                          Los dos hombres se sentaron en las sillas de la terraza de la casa cuando vieron a una criada con una botella de vino y dos vasos.
                          -         No descansarás hasta que te vengues de ese usurero, ¿verdad?
                          -         Tampoco es venganza lo que busco. Podríamos llamarlo, mejor, justicia. Nuestro desgraciado amigo Mirandola se lo merece. No se me quita de la cabeza que si el gobernador no hubiera abusado tanto de la buena fe de los hombres de estas islas, Andrés aún seguiría con vida.- La voz de Lavezaris tembló en la garganta.
                          -         Yo también pienso lo mismo, pero ya no hay remedio. ¿Te has enterado de la escapada de los frailes?
                          -         Ha sido una auténtica sorpresa. ¡Qué valor! Nunca lo hubiera pensado de unos franciscanos, desafiar la voluntad del gobernador y urdir esa trama tan cuidadosa. Cuando Fray Diego de Oropesa desveló la verdadera razón de la desaparición de sus hermanos, no podía dar crédito a lo que me contaban. Es inaudito en unos hombres acostumbrados como los soldados a acatar las órdenes de sus superiores. Esperemos que Dios los acompañe. No se sabe todavía si consiguieron su objetivo, ¿verdad?
                          -         No, pero nadie ha dado cuenta del naufragio; así que es de suponer que habrán llegado. Tendremos que rezar para que no los metan en la cárcel o les pase algo peor.- Cauchela se despidió con un apretón de manos. - Me voy que tu esposa te llama. ¡Que tengan un buen viaje!- gritó para que la mujer lo escuchara.

                          domingo, 1 de abril de 2012

                          LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 4


                          "Mucha confusión y admiración causaría el atrevimiento de los ingleses de navegar y atravesar el Estrecho de Magallanes y podrían hacer mucho daño, si esta posibilidad no estuviera prevista desde mucho tiempo atrás. Para prevenirse de los corsarios es necesario poblar el Estrecho. Cabría preguntarse las razones de los ingleses para atreverse en tan peligrosa navegación. Tres pueden ser las razones: para enriquecerse, para hurtar y ver caminos y volver con más poderío, y tercero para descubrir tierra rica y poblarla.
                          Si sólo vienen por las dos primeras razones será fácil echarlos pero si se deciden a conquistar será más difícil por no haber fortificaciones en toda esta zona sur de América. Será difícil, dañoso, trabajoso y perjudicial. Si son corsarios y van a robar una vez y no piensan volver más, es mejor y más propicio que vayan a Panamá, al Golfo de San Miguel y de allí volverse seguros a Inglaterra, agrupándose con otros corsarios. Si piensan volver de nuevo, no querrán estropear los navíos. Buscarán una salida por la parte norte del Estrecho o por la navegación de los portugueses o por donde entraron.
                          La primera opción, navegar hacia Nueva España, México, buscando otra salida, no tiene mucho sentido, parece cosa sin razón y fuera de juicio querer hallar otra salida porque no es seguro que la haya y pueden tardar mucho tiempo. Los navíos no pueden tampoco estar tan largo tiempo en el agua sin riesgo de perderse. No parece muy verosímil, ni buena.
                          La posibilidad de volver por el camino de los portugueses parece verosímil. Subir hasta el puerto de Acapulco y después tomar el derrotero de  los castellanos por Filipinas. Hay dos buenas razones para que esta opción me parezca verosímil y buena: porque esa ruta de navegación es muy conocida y por la posibilidad de encontrarse con los navíos que hacen el viaje de las islas Filipinas a Nueva España y de paso robar lo que llevan. Una vez en Filipinas proseguirían el viaje hacia el Cabo de Buena Esperanza. En este camino tiene la facilidad de encontrar muchas provisiones, hay muchas islas y tierras pobladas y fértiles. No obstante, tienen dos problema, que el navío no pueda aguantar tantos meses de navegación y el otro peligro, que se podrían topar con los portugueses en el Estrecho de Cingapura y Malaca y entonces deberían buscar salida por el Canal de Sunda o entre Sunda y Samatra, una zona muy difícil y peligrosa, la otra alternativa sería navegar al sur del Maluco y coger el Cabo de Buena Esperanza por afuera de la Isla de San Lorenzo. Este camino es mucho más peligroso y más largo y tampoco están seguros de no encontrarse con la armada portuguesa.
                          La cuarta posibilidad es volver por donde han entrado, lo cual es verosímil pues toda persona de buen juicio que entre en una cala por una parte conocida no quiere buscar otra salida dudosa y no segura. El remedio es impedirles la salida  taparles el paso, si se pudiere, y si no perseguirlos con fuertes navíos, bien armados y echarlos de ese Mar del Sur no dejándoles tomar puerto ni parar por toda la costa de Chile y Perú. Cortarles el paso no se puede si no es en el Estrecho haciendo un fuerte en una de las cuatro angosturas, la más cómoda y apropiada para ellos y para eso debe poblarse el Estrecho, pues es preciso antes andar palmo a palmo la zona para comprobar que no hay más salidas y entradas ya que con los muchos canales que hay, si hubiera otra entrada o salida sería en balde fortificar.
                          Es preciso que manden gente de España, pues la gente de Perú y Chile no tienen experiencia. También es conveniente que la armada llegue desde España porque de lo contrario pueden cruzarse con el corsario o encontrárselo invernando en el Estrecho o en otra parte. El número de gente que venga no puede ser menor de mil o mil quinientos soldados porque, aunque para poblar y guardar los fuertes, bastaría con doscientos, todavía hay peligro de perder algún navío en el camino y, por lo que se puede sospechar, el corsario ha dejado guardia en esa zona. Cuando no haya que pelear en el Estrecho, el resto de los hombres pueden ir a Filipinas, a la Conquista de China o contra los portugueses para hacer la guerra. Porque más mal hacemos a los portugueses declarando la guerra con dos mil hombres, que aquí con cincuenta mil. Porque además de ocuparles las fuerzas que tienen, les impedimos el comercio que tienen con China y los tratos de Malaca, con los que ellos se sustentan”. Así escribía Gessio al rey sobre la necesidad de luchar contra el corsario inglés. 

                          viernes, 30 de marzo de 2012

                          LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 3

                          "¿Que no están los barcos listos? ¿Que el corsario inglés ha robado uno de los navíos que tenían preparados para mí?" Gonzalo da Ronquillo gritaba y golpeaba el suelo con los pies, sus manos cogieron por el cuello de la camisa al oficial del puerto de Panamá que en voz muy baja se lamentaba de haber sido víctima de Drake. Don Diego separó a su primo del inocente soldado y le pidió que se tranquilizara.
                          Panamá era un pequeño pueblo en comparación con Cartagena, las poblaciones de la parte oriental de América eran muy jóvenes y carecían de todo.
                          - No sé cómo disculparme por este problema - decía el gobernador de Panamá a su invitado que refunfuñaba en una silla de la casa de madera que cumplía las funciones de residencia oficial. - Nadie podía esperar que el corsario Drake pudiera atravesar el Estrecho de Magallanes y subir por el Mar del Sur. Es muy inteligente y peligroso.
                            El gobernador temía la reacción de Ronquillo cuando le dijera lo peor, por eso dilataba el momento.
                            - De todas formas, lo capturaremos muy pronto. Sabemos que ha perdido a muchos de sus hombres en el Estrecho, al menos cuatro barcos y otro grande se hundió en la costa de Perú. Pero es muy listo y con un solo navío ha seguido subiendo y robando en todas las poblaciones que ha encontrado a su paso hasta que llegó a nuestra altura y se topó con el barco que venía a Panamá para esperarles. Lo asaltó en el mar y cogió a uno de los pilotos... y las cartas de mar y del virrey de Nueva España que mandaba instrucciones para usted…
                              El gobernador espiaba el semblante de don Gonzalo mientras decía esto último, pero Ronquillo estaba demasiado desmoralizado para captar lo que quería sugerirle.
                              - Sin embargo, no creo que hayan cogido el derrotero de Filipinas, el camino es muy largo... Claro que ahora conocen la ruta.
                                Esperó un poco mas, a ver si su invitado reaccionaba y se daba cuenta del peligro y los problemas que podían surgir ahora que el peligroso pirata conocía el camino de los españoles hacia las nuevas tierras de Filipinas. El silencio de don Gonzalo era pertinaz. ¿Qué podía ocurrir si al pirata le daba por interceptar los barcos cargados de mercancías que hacían la ruta entre América y Filipinas? Como no había respuesta prosiguió hablando.

                                - Han salido desde Perú dos navíos con sus bergantines y soldados para cortar la retirada de Drake y estudiar las posibilidades de fortificación del Estrecho. Ahora es invierno y no pueden regresar a Inglaterra. Van muy cargados, sabemos que tienen municiones y provisiones en abundancia. Hace poco hemos recibido la mala noticia de que asaltaron Guatulco. Los soldados no supieron reaccionar y los corsarios se hicieron los dueños de la ciudad. Tenemos muchos problemas porque hasta esta parte no llega la artillería pesada, es casi imposible atravesar la selva cargados con cañones y piezas gruesas; las municiones escasean... Pues, lo que le iba diciendo, para que usted comprenda la crueldad de esos demonios, entraron en la iglesia de Guatulco y la emprendieron a cuchilladas con el crucifijo. ¡Un crucifijo! Prendieron al clérigo y a dos españoles, los desnudaron y obligaron a recorrer las calles mientras les pinchaban con los puñales y machetes. No mataron a nadie. Saquearon la ciudad aunque ellos tienen ya de todo. Riéndose marcharon, y avisaron que se fueran preparando nuestros hermanos de Acapulco.

                                    Don Gonzalo era consciente de las carencias de la zona y la situación límite que había ocasionado el pirata. Todos tenían su parecer sobre las intenciones de Drake, las cartas viajaban entre México, Panamá, Perú, Guatemala y Nicaragua llevando ideas sobre la mejor manera de cortar su retirada. En México se abogaba por avisar a Filipinas para que se fortificaran por si a Drake, que tenía las cartas de navegación, se le ocurría buscar una salida por la llamada navegación de los portugueses. En Perú defendían la tesis de mandar expertos que estudiaran el Estrecho de Magallanes y vieran la efectividad de fortificarlo. La audiencia de Guatemala dio un aviso y se acuerda enviar a doscientos hombres en persecución del inglés. Todos están de acuerdo en que la mejor defensa del Estrecho son las galeras. Las múltiples tesis se resumen en el informe que Juan Bautista Gessio preparó para Felipe II, fechado el 27 de agosto de 1.579.

                                jueves, 29 de marzo de 2012

                                LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA 2

                                Conversaciones como ésta se repetían sin cesar. En los cincuenta días que la expedición tuvo que permanecer en Cartagena preparando lo necesario para proseguir el camino hasta Panamá desertaron cien hombres. Don Gonzalo de Ronquillo llegó a amenazar al gobernador, Pedro Fernández de Burgos, por no ordenar la búsqueda y captura de los prófugos.
                                -  No, señor Ronquillo. La seguridad de este puerto me importa más que cien desarrapados que no van a durar vivos en la selva ni una semana. Con la protección que les presto a ustedes hasta Tierra Firme ya dejo bastante indefensa la ciudad. Puede amenazarme y escribir, si quiere, al Consejo de Indias y al mismísimo Rey de España, yo tengo una tarea encomendada y nada me hará incumplir mis deberes buscando fugitivos.
                                  Don Gonzalo estaba indignado, la tarea de encontrar indios que acarrearan las mercancías, mulas "me piden hasta veinte ducados por mula, un robo", el tiempo que iba empeorando, "va a llegar la época de las lluvias y los caminos serán impracticables", y los hombres que se esfumaban como por arte de magia, "si seguimos aquí mucho tiempo, Diego, nos quedamos solos", todos estos pensamientos lo sumieron en una profunda desesperación. El camino hasta Nombre de Dios no mejoró los ánimos de Ronquillo, la marcha era lenta. Atravesaron selvas bajo intensos aguaceros que hacían resbaladizo el terreno cubierto de hojas; las mulas y porteadores caían llenos de barro. Los colonos entorpecían la marcha, nada acostumbrados al clima, al agua contaminada y a las picaduras de los insectos comenzaron a enfermar. "¿Cuántos han muerto ya?" preguntaba Gonzalo al sargento mayor Esteban. "Cincuenta, señor y hay muchos muy malos". A pesar de la fiebre seguían escalando lomas, cortando ramas y lianas. Dormían calados hasta los huesos. "Me duele el hombro" se quejaba Aquilino, resentida su herida con la humedad.
                                  Cruzaron Nombre de Dios, en la costa del Caribe, y al otro lado del istmo, en octubre, alcanzaron a ver las casas de Panamá. Ochenta pobladores habían muerto en el camino, otros tantos esperaban el momento de contemplar la civilización para seguir el ejemplo de sus compañeros en Cartagena y desertar.

                                  miércoles, 28 de marzo de 2012

                                  LOS POBLADORES LLEGAN A AMÉRICA

                                  Los meses transcurrían despacio en los barcos que iban a Tierra Firme, nombre que se le daba al territorio que comprendía Venezuela, el istmo de Panamá y parte de Colombia. El cansancio de los pasajeros y la impaciencia por llegar al primer destino provocaron algunos alborotos en las naves que llevaban a los pobladores. Peleas por juego, por borracheras. Broncas sin sentido provocadas por hombres acostumbrados a los espacios ilimitados de la Mancha o a los verdes olivares de Andalucía. Sus espíritus libres se sentían aprisionados entre las maderas de los navíos, muchos no habían podido superar el miedo que el naufragio de Sanlúcar les había provocado. Si una ola más alta que otra meneaba los barcos se oían gritos de pánico que suplicaban "otra vez no, por favor". Cuando en pleno verano español, la flota dobló por la Isla de la Española, un velero rápido que estaba esperando salió del Puerto de Santa Catalina en pos de la Capitana. Un oficial con un mensaje del virrey de Tierra Firme y varias cartas de Nueva España subió al puesto de mando para hablar con el capitán.
                                  - Se nos recomienda- dijo el capitán Maldonado- que cambiemos de nuevo el rumbo y vayamos prestos al puerto de Cartagena. Al parecer un corsario inglés, conocido como Francisco Drake, anda huido por esta zona después de haber asaltado varios puertos y debido a nuestra débil posición, sin grandes barcos ni munición con que defendernos, consideran que es más seguro recalar en Cartagena y seguir por tierra hasta Panamá. No es una orden categórica pero, después de tantos descalabros, no puedo arrastrar a la flota que tengo a mi mando a más peligros. Si hubiera una confrontación con los corsarios ingleses no tendríamos posibilidad alguna de salir victoriosos.
                                    El puerto de Cartagena no se había salvado de los demoledores efectos del ataque de los ingleses. Los pasajeros de la flota bajaron a tierra entre apresurados indios que acarreaban lo necesario para fortificar la zona. La ciudad era un desbarajuste desde que varios meses antes hubiera despertado por el fuego del temible enemigo. Ni una casa se ocultó a los expertos ojos de los piratas. Sin embargo, la valentía de los soldados había ocasionado muchas bajas y la ciudad no estaba arrasada. Don Gonzalo y su séquito fueron acomodados en una bonita residencia de frondosos patios muy cerca de la plaza mayor de Cartagena. El olor de las flores inundaba estancias que tenían grandes balcones de madera con flores colgando. "Parece Sevilla" decía Aquilino al penetrar por la calle donde estaba situada su nueva residencia, una larga y populosa travesía que comenzaba en la plaza y descubría en el otro extremo el azul intenso de la bahía. Enojado por el nuevo retraso, Don Gonzalo no podía apreciar las maravillas de su alojamiento.
                                    Cuatrocientos soldados e igual número de pobladores se perdieron por las ajetreadas calles en busca de tabernas donde refrescarse del calor pegajoso y donde estirar las piernas que seguían más abiertas que de costumbre para evitar caerse, como si aún siguieran en alta mar. Los hombres, con unas cuantas copas de ron, se reían unos de otros al verse andar de lado. La ciudad los acogió con alegría y todos querían contarles las excelencias de la tierra, la calidez de sus mujeres, los desastres de los corsarios. Muchos de los que tenían licencia para Filipinas comenzaron a pensar que, después de tantos problemas, sería temerario continuar; cuando se enteraron de los meses que todavía faltaban para llegar a su destino, sus fuerzas flaquearon.
                                    - A mí no me mete nadie en un barco. Nunca jamás.

                                    - Aquí, dicen, hay trabajo. No voy a tentar a la suerte subiéndome de nuevo en uno de esos cascarones.
                                      Yo me marcho esta misma noche hacia el interior. Cuentan que en la selva nadie te encuentra. Cuando se hayan marchado, regresaré. ¿Quién se viene conmigo?

                                      martes, 27 de marzo de 2012

                                      EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 6

                                      El conbun volvió a llamarlos a la mañana siguiente y pidió que entregaran lo que llevaban encima. Tocó las cruces y los rosarios y los mandó al tesorero al que había dado órdenes para que los despachara. El tesorero se sintió intrigado por la figura de la cruz y preguntó qué era. Los semblantes se iluminaran, Alfaro con la voz entrecortada por la emoción explicó que era Jesucristo, el Hijo de Dios, que había venido al mundo y muerto para salvar a los hombres, que su palabra era única y verdadera y ellos los apóstoles encargados de transmitirla. Simón rehizo la contestación y dijo que era un soldado castellano al que los japoneses habían martirizado por negarse a dar información de las tropas. El tesorero hizo un gesto con la cabeza de comprensión, los japoneses eran antiguos enemigos de los chinos.
                                      Dos días después llegó la contestación del conbun que les permitía utilizar una casa en Cantón hasta que se marcharan con los portugueses, adjuntaba algo de dinero para el viaje. La alegría de Alfaro y sus compañeros era inmensa.
                                      - Repítelo de nuevo, Simón. Nos han dado una casa para que podamos empezar nuestra labor, para que nos quedemos a vivir aquí.- El Padre Lucarelli abrazaba sin pudor al intérprete. - Tenía razón, Padre Alfaro, conseguiremos que estos hombres abracen nuestra fe. ¿Se fijó en la cara del tesorero cuando escuchó quién era Jesucristo? Dentro de poco, en vez de esos templos lacados en rojo, habrá luminosas iglesias con imágenes de la Virgen. Escribiremos a Su Majestad para que mande hermanos de todas las Órdenes. . .
                                      Imaginando las posibilidades que se les abrían hicieron el viaje de regreso a Cantón. El único que no disfrutó con los arrozales y los extensos campos fue Fray Sebastián de Baeza, la fiebre lo consumía y en cuanto llegó a la fragata se tumbó en el catre sin fuerzas. Sus compañeros fueron inmediatamente a ver la casa que iba a ser su hogar. La alegría se trastocó en estupor cuando estuvieron delante de la ruinosa edificación que habían dispuesto para ellos. Las ratas corrían entre los escombros de algunas paredes derrumbadas, la madera de puertas y ventanas estaba carcomida. No se explicaban cómo el virrey, que se había mostrado tan amable, les cedía una choza.
                                      - Una choza no, una cuadra. Las vacas que tenía mi padre vivían mejor - dijo el soldado Villarroel.
                                        Los Padres Alfaro y Lucarelli interrogaron a Simón.
                                        - ¿No habrá entendido mal y es otra casa?
                                          Simón se encogía de hombros vigilado de cerca por Juanico. El mudo había visitado Cantón mientras los castellanos viajaban a Xauquin. Los comentarios que escucharon sobre Simón, su mala fama, los motivos por los que tuvo que escapar de Macao lo alarmaron y dedicó dos mañanas a investigar sobre el verdadero estado de los asuntos de los franciscanos. Supo que les iban a dar licencia para unos pocos meses, comprendió el engaño. Juanico sabía que había llegado el momento de hablar aunque temía las reacciones de los españoles cuando supieran lo que había pasado.
                                          En el camino de vuelta a la fragata, se acercó a Alfaro y pidió que lo escuchara en confesión. Alfaro contento de ver que el converso hablaba se rezagó y sentados en un tronco dieron paso al sacramento.
                                          - Me acuso, Padre, de haber sido débil. De haber callado por temor y ser cómplice de un engaño.
                                            Acallada su conciencia le expuso al asombrado franciscano la verdadera calaña de Simón y sus negocios. Esa misma noche, en el camarote, se desarrolló la siguiente escena:
                                            - Ya os he contado lo que me ha dicho Juanico. Como vistéis, esta tarde he mantenido una larga conversación con Simón. Al principio lo negó todo, después no le ha quedado otro remedio y ha confesado. Se ha exculpado asegurando que si hubiera expuesto a los oficiales del Emperador nuestras pretensiones, nos habrían cortado la cabeza. La única posibilidad que tenemos de momento para quedarnos en China es aceptar la invitación de nuestros hermanos de Macao.

                                            - Antes me dejo cortar en trocitos que ir con los portugueses –gritó el capitán Díaz Pardo.

                                            - Yo pienso igual. Ya hemos desafiado demasiado a Su Majestad el Rey de España al venir a esta Jornada sin licencia, huyendo como ladrones, para ir a estrechar la mano de nuestros enemigos y aparecer ante ellos como perros sin rabo - apuntó el alférez Francisco Dueñas.

                                            - Comprendo bien vuestras razones. No os puedo obligar a proseguir, además considero conveniente que algunos vuelvan a Manila para dar cuenta de todos nuestros infortunios y explicar lo falsos que son los chinos.

                                            - Yo, lo siento, Padre Alfaro, pero en mis condiciones, sin poder andar, continuar hasta Macao sólo podría causarles inconvenientes. Desearía volver a Filipinas - dijo Fray Sebastián de Baeza como en un suspiro, extenuado por el esfuerzo de hablar. Sus pulmones emitían preocupantes sonidos.

                                            - Por supuesto que podrá regresar, Fray Sebastián, ya le he pedido demasiado. Yo, sin embargo, pueden tacharme de loco, pero no voy a retroceder. Aceptaré el auxilio que nos ofrecen nuestros vecinos. El obispo y el clérigo Andrés Couthino me han contado en sus cartas la necesidad de religiosos que tienen e iré a ayudarles.

                                            - Yo iré con usted- dijo Lucarelli. - Quiero fundar la Orden de San Francisco en esta tierra y nada me detendrá cuando estamos tan cerca del final. Además deseo aprender su extraña lengua para que nunca vuelva a pasar lo que hoy hemos sabido.
                                              El soldado Villarroel, temeroso de volver a Filipinas después de haber abandonado su puesto y regresar sin gloria ni fortuna, decidió que continuaría con los frailes hasta que viera una salida más honorífica a su escapada ( *). Fray Agustín de Tordesillas, el único que no se había pronunciado, concluyó que haría lo que se le ordenase.

                                              El Padre Alfaro escribió al obispo de Macao y a Andrés Couthino pidiendo limosna para los dos viajes. Alfaro entregó al capitán el segundo, y último, cáliz para que lo vendiese. La fragata estaba en muy malas condiciones, no soportaría el largo viaje, los que se dirigían a Manila tendrían que ir por tierra hasta Chicheo y allí negociar con los mercaderes que hacían la ruta de Luzón. Los castellanos ya no se fiaban de nadie.
                                              Los preparativos para la visita del Virrey a Cantón entorpecieron las gestiones de los españoles. Fray Sebastián de Baeza no pudo resistir más y tras una lenta agonía que duró cuatro días murió. Fray Agustín de Tordesillas quedó encargado de llevar su cuerpo y darle cristiana sepultura en Manila. El virrey, enterado de la precipitada marcha de los extranjeros y de sus planes, les entregó, en un rasgo de buena voluntad, monedas de plata para cinco días a los que iban a Macao y las suficientes, para cuarenta días, a los que regresaban a Filipinas.
                                              * NOTA DE LA AUTORA- Según los escritos de la época y los distintos historiadores no queda muy claro si Pedro de Villarroel vuelve a Manila con sus compañeros o prosigue hasta Macao. Si tomamos, como referencia, la carta que Alfaro envía al guardián del Convento de Manila, Fray Juan de Ayora, el 13 de noviembre de 1.579, en la que ruega tome bajo su protección al capitán Díaz Pardo y al alférez Dueñas, cabe suponer que Villarroel sigue con ellos en Macao.

                                              lunes, 26 de marzo de 2012

                                              EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 5

                                              Los días pasaban y la comida escaseaba. El Padre Alfaro temía por la salud de Fray Sebastián de Baeza que adelgazaba sin remedio. Los franciscanos estaban acostumbrados a comer muy poco, nunca probaban la carne, su dieta se reducía a un poco de verdura y fruta. Sus cuerpos hacía tiempo que no se rebelaban por la abstinencia. Sin embargo, Alfaro sufría al comprobar los tormentos que el hambre producía en los jóvenes estómagos de Dueñas y Villarroel y en los marineros. El capitán Díaz Pardo soportaba los rigores del forzado ayuno sin pronunciar una queja. El Prelado, compadecido, decidió que saldrían a mendigar por los arrabales de la ciudad. Los extranjeros eran muy populares, los cantoneses conocían las penurias que habían vivido y les tenían lástima por estar tan lejos de su tierra. Cuando los vieron con la mano alzada en las calles más pobres, se volcaron para ayudarles. Al depositar las monedas en sus manos, sonreían y ofrecían palabras de consuelo. Por el contrario la acción molestó a las autoridades. Para que no se movieran de la nave mandaban viandas todos los días. Las caras de los soldados y marineros se alegraron con el olor del pollo y las especias.
                                              La noticia de que el virrey de Xauquin quería verlos sin demora provocó una auténtica revolución en la fragata. Excepto Juanico y los marineros, todos se dispusieron para el corto viaje hasta la capital de la provincia. Alfaro creía soñar cuando entró en el monasterio bonzo donde se alojaron. Como el Padre Rada. Ya estamos más cerca de nuestro objetivo pensaba esperanzado.
                                              El palacio del virrey era muy grande, el Prelado franciscano creía hallarse en el cuerpo de Rada, recordaba cada una de las palabras que había escrito el agustino y coincidía en que el Reino de China era mucho más rico que el de España. Las porcelanas, las figuras de marfil, los muebles finamente tallados de las estancias que iban cruzando provocaban exclamaciones de asombro entre sus compañeros. Al fin llegaron a la sala de audiencias, una habitación gigantesca con un pequeño trono elevado del suelo. Los soldados de la sala los obligaron a arrodillarse y dijeron unas palabras que Simón tradujo azorado: No pueden mirar a la cara al conbun. No pueden preguntar nada, sólo contestar cuando el virrey les hable.
                                              La indignación prendió en los españoles. Alfaro también consideraba humillante tener que postrarse ante un hombre pero calmó a sus amigos convenciéndoles de que muchas cosas dependían de esa entrevista. "No podemos abandonar esta importante empresa por un estúpido orgullo". Sintió una mano que empujaba su cabeza hacia el suelo, la puerta se estaba abriendo, el conbun se acercaba al estrado, podía ver los pies tapados por medias y enfundados en sandalias. El traje era de seda amarilla bordada con pájaros. Desde su postura no alcanzaba a verle la cara, intentó levantar la vista pero la mano de hierro se lo impidió. La voz del virrey era estridente, la habitación vacía producía un leve eco. Preguntó de qué tierra eran, contestó Alfaro que de Castila, tradujo Simón que de Castilla. Preguntó el virrey que a qué iban a China, contestó Alfaro que iban a predicar la ley de Dios y su Evangelio, tradujo Simón que habían llegado tras un lamentable naufragio y que esperaban a la nave portuguesa que comerciaba en la zona para no viajar solos. Preguntó el conbun qué mercancías traían, contestó Alfaro que ninguna, tradujo Simón que ninguna. Tras el breve interrogatorio el virrey abandonó la sala.
                                              - Los monjes chinos comen menos que ustedes - bromeó el alférez Dueñas con los frailes tras salir de la entrevista, una vez regresaron al monasterio donde se alojaban. - Menos mal que en Cantón comemos muy bien últimamente.

                                              - ¿Qué pensáis, hermanos? -preguntó Alfaro masticando una zanahoria.

                                              - Yo creo que si todavía estamos aquí, es que todo marcha bien. Son lentos pero ya sabíamos que el Reino de China está mucho más organizado que el de Castilla. Nadie se mueve sin haber recibido una orden de su superior y además todos tienen algún superior. Usted mismo me habló de lo que había escrito el Padre Rada y que precisamente tuvieron que abandonar Chincheo porque la respuesta del Emperador podía tardar seis meses. Nadie ha hablado de momento del Emperador y aunque nos ha costado un poco llegar al virrey, éste nos ha recibido. Yo estoy bastante esperanzado- dijo el capitán Díaz Pardo mirando con resignación su plato de sopa.
                                                Simón comía sin hablar, escuchaba y reflexionaba sobre el momento más propicio para abandonar a los españoles. En algún momento se darían cuenta de que la licencia no era permanente y no quería estar presente cuando los soldados los echasen por la fuerza del país. Todavía le quedaban un par de meses para sacar algo más de valor pero después debía desaparecer.

                                                sábado, 24 de marzo de 2012

                                                EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 4

                                                Tres horas después los condujeron ante el mandarín de Cantón. Cansados y sucios explicaron a aquel hombre de largos bigotes que eran personas de bien. “Somos de Castilla, establecidos en la cercana Isla de Luzón. Venimos a solicitar su permiso para predicar en su Reino la Palabra de Dios; la única y verdadera. Nuestra misión es de paz y amistad”. Simón temía que si traducía lo que los frailes habían dicho les cortarían a todos, incluido a él, la cabeza, así que dijo al mandarín que eran monjes, como los de China, que yendo de Luzón a otra tierra habían sido envueltos por una tormenta y la nao había zozobrado muriendo toda la tripulación excepto ellos y cuatro indios que estaban en el río. Preguntó el mandarín si traían armas, oro y plata. Simón, siguiendo las palabras de Alfara, lo negó. El representante del Emperador creyó la versión de Simón al observar los hábitos pardos de los monjes que contrastaban con las sedas de su vestido y se compadeció de los náufragos. Dijo que comprobaría, no obstante, la veracidad del relato registrando la nave. Los soldados no hallaron nada sospechoso en el registro y el mandarín les prohibió abandonar la fragata hasta que no recibieran noticias suyas.
                                                Simón los visitaba cada mañana y agradecía con humildad las muestras de simpatía de los españoles. Juanico seguía mudo. Aunque tenía muchos remordimientos por el aprieto en que había metido a sus amigos, se sentía aliviado de que fuera otro quien tratara con las autoridades. Le asombró la traducción que Simón había hecho pero él también sabía que decir la verdad sólo podría costarles la vida. El pérfido intérprete era hombre meticuloso, pasados dos días, notando que los frailes confiaban en él, pidió dinero para pagar a algunos funcionarios que, dijo, estaban trabajando para conseguir la licencia que les permitiera quedarse en China por tiempo indefinido. Alfaro le explicó que no tenían dinero. Simón replicó que los funcionarios eran gente de mala fe y, sin oro, nunca pondrían los sellos en la ansiada cédula. Su gesto desesperanzado convenció a Alfaro que acabó entregándole uno de los dos cálices que tenían. Simón, muy astuto, protestó alegando que eso era demasiado importante y además no estaba seguro de poder empeñarlo. Alfaro insistió y el intérprete lo cogió prometiendo que haría lo que pudiera. El chino no se molestó en empeñarlo, lo fundió rápidamente y guardó en su habitación el dinero obtenido. Estaba eufórico por lo sencillo que resultaba engañar a los castellanos, hasta Juanico lo miraba con adoración. No contento con el cáliz, a los pocos días volvió a solicitar más dinero. El Padre Alfaro se negó.
                                                -         No puedo, ya te he entregado un cáliz.
                                                Alfaro estaba desolado, los oficiales del Emperador habían ido tres veces más a registrar la fragata. Todos los días, acompañado de Simón, visitaba a algún funcionario, algún juez para pedir que agilizaran los trámites de la licencia. Simón lo mantenía engañado: el franciscano sabía que los extranjeros no podían vivir en el Reino de China pero el chino le hacía creer que con un poco de tiempo y dinero, el virrey aceptaría que ellos se quedaran en Cantón.
                                                -         Lo único que se me ocurre es escribir a nuestros hermanos de Macao solicitando limosna. He recibido dos misivas invitándonos a ir a la ciudad, las trajo hace unos días un mercader.
                                                Alfaro escribió dos cartas: una para el obispo de Macao y otra para el clérigo Andrés Couthino solicitando limosna para rescatar el cáliz y pagar al intérprete. Los portugueses estaban enterados de la llegada de los franciscanos, el comercio entre las dos poblaciones era continuo y dos días después del encarcelamiento la noticia había llegado al territorio portugués. Un cisma se produjo en la población entre los que se alegraban de la llegada de religiosos aunque fueran españoles y los que no se fiaban y lanzaban amenazas acusándolos de espías. El obispo y el clérigo Andrés Couthino estaban entre los primeros, sólo vieron más manos para continuar la labor misionera. En Macao se amontonaban los árboles talados en espera de brazos que levantaran iglesias. Sus continuos ruegos a Lisboa para que enviaran nuevos misioneros se veían entorpecidos por uno de los objetivos de la Compañía de Jesús, el principal en aquella época, la conquista de Japón. Ambos se alegraron con la proximidad de los castellanos y enviaron sin tardanza sendas cartas de presentación poniéndose a las órdenes de Alfaro para lo que necesitara e invitándolos a que se establecieran en Macao.
                                                Simón buscó un mensajero y en cinco días estaba de vuelta con el dinero solicitado y una sorpresa, una carta de un español afincado en la ciudad portuguesa, llamado Pedro Quintero, que les suplicaba que aceptaran la invitación del obispo y marcharan cuanto antes para Macao. Los ojos le brillaban a Simón cuando Alfaro puso en sus manos el dinero. Su codicia, sin embargo, era insaciable.
                                                El mandarín los llamó una tarde para comunicarles que el virrey había ordenado que los tratara bien y les proveyera de lo necesario para proseguir su viaje pues era imposible que permanecieran en China. Simón vio peligrar su sustento y tradujo lo que le interesó, silenció la parte que trataba de la marcha forzada del reino, y suplicó al mandarín que prorrogara su clemencia unos meses mientras los extranjeros arreglaban el barco y esperaban mejores vientos y así, de paso, para no regresar solos se unirían a la nave portuguesa que todos los años tocaba las aguas de Cantón. El mandatario sangley comprendió la angustia de los náufragos y prometió escribir al virrey para que les concediera una casa donde pasar los cuatro meses que faltaban hasta que arribara la nao portuguesa.

                                                viernes, 23 de marzo de 2012

                                                EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 3

                                                Una gruesa pared de piedra rodeaba todas las edificaciones. Desde el río espiaron el trajín de los habitantes, las barcas cargadas de fruta y pescados, los hombres y las mujeres de tierra que iban y venían muy atareados alrededor del muro. Los tejados suavemente curvados asomaban por encima de él. Durante varias horas esperaron en el río para ver si alguien adivinaba quiénes eran y de dónde venían. Nadie les molestó. Aburridos y tranquilizados llamaron a gritos a una pequeña embarcación cargada de fruta, Juanico les habló y los ayudaron a llegar hasta la orilla. Como iba muy cargada fueron necesarios tres viajes para llevar a los cuatro religiosos, los tres soldados y Juanico hasta la hierba que bordeaba la muralla. El converso preguntó y se enteraron que estaban muy alejados de su destino, a cien leguas, que habían llegado a una ciudad llamada Río Cantón. Todos juntos en la orilla entonaron con devoción el Te Deum Laudamos. Los hombres que andaban por la zona miraron con curiosidad al grupo de extranjeros que hablaba en alto arrodillados en el suelo. Poco a poco, entre risas y codazos, los rodearon tocando sus hábitos y las armaduras de los soldados. Juanico se encogía nervioso y asustado. Mientras estuvo en Filipinas, había olvidado lo crueles que eran los oficiales de su país. Sabía que sin licencia no podrían dar un paso por China, recordó la prohibición expresa del Emperador de admitir en su Reino a ningún extraño. Habría interrogatorios y prisión por osar desafiar sus leyes. Empujado por la multitud que los llevaba casi en volandas hacia la puerta principal de la ciudad vio, como en una pesadilla, aparecer a dos soldados que se abrían paso a manotazos hasta el pintoresco grupo. No habían dado ni treinta pasos desde que cruzaron las puertas de madera decoradas con metal dorado cuando los dos soldados les dieron el alto. Juanico enardecido por su nueva pasión cristiana no había sopesado los peligros de su aventura y fue en el barco cuando despertó de su místico sueño, pero ya era demasiado tarde, no podía escapar; ahora el pánico a la cárcel, donde habían muerto su padre y un hermano, lo enmudeció. Los vigilantes interrogaban a los visitantes y los españoles miraban a Juanico esperando su traducción pero el converso sólo oía un zumbido en su cabeza. Los ojos desorbitados, la tez blanca, el sudor frío corriéndole por la espalda. El capitán Díaz Pardo lo zarandeó ordenándole que descifrara el extraño lenguaje, los centinelas se impacientaban. Juanico abría la boca aspirando ruidosamente aire pero no conseguía articular palabra. Los soldados del Emperador, impertérritos ante las súplicas de los religiosos, los detuvieron y escoltaron hasta una húmeda celda de la prisión de Cantón.
                                                El capitán Díaz Pardo gritaba y amenazaba a Juanico quien se tapaba la cara llorando en un rincón. Los Padres Alfaro y Lucarelli sujetaron al encolerizado soldado que había comenzado a golpear al converso.
                                                - No lo asuste más, capitán. Si lo sigue golpeando, no hablará nunca. Debemos dejar que se calme para que pueda recuperar el habla. Tenemos un verdadero problema y él es el único que puede ayudarnos. Si estuviera aquí Fray Esteban...
                                                  La noticia de la detención se extendió por la ciudad. No había hombre o mujer que no jurara que él había asistido a la detención o que no dijera que los había visto cantando en la orilla del río. Simón, un sangley que había vivido en Macao y había aprendido allí el portugués, oyó la historia de boca del dueño del bar donde pasaba la mayor parte del día. Sonrió al comprender por las descripciones que eran frailes, como los que paseaban por Macao; pensó que eran portugueses. Frailes sin armas pero con cruces y copas de oro, plata y piedras preciosas a las que eran tan aficionados. Eran gente de paz, había conocido a muchos, fáciles de engañar. Frotándose las manos se fue a la posada donde vivía, rescató unos viejos pantalones como los que usaban los portugueses y una camisa. Tenía que convencerlos de que era cristiano, que en Macao había abrazado la religión que predicaban y que sólo deseaba ayudarles. No sería complicado, siempre y cuando el chino que los acompañaba y que por la historia que le habían contado era mudo, no descubriera sus verdaderas intenciones. Si esto llegaba a suceder, ya se encargaría de él. Esperaría a la mañana siguiente, después de una noche en la cárcel estarían más desanimados.
                                                  Con gesto humilde se acercó a los barrotes de la celda donde estaba apoyado Fray Agustín de Tordesillas. El Padre Alfaro se inclinaba ante Fray Sebastián de Baeza que tenía mareos y la temperatura muy alta. Juanico dormitaba en el suelo. El Padre Lucarelli y los soldados hablaban muy quedo en un rincón. Las palabras portuguesas de saludo les sonaron a música celestial. Se agolparon en la reja mientras Simón se presentaba y les ofrecía sus servicios como intérprete. Como cristiano que era no podía permitir que sus hermanos sufrieran en prisión. Sus ojos miraban hacia abajo y dando la espalda al vigilante hizo sobre su frente la señal de la cruz.
                                                  - Simón, ha sido usted enviado del cielo. Una vez más, Nuestra Señora de los Ángeles no nos ha abandonado - proclamó triunfante el Padre Alfaro. - ¿Dónde ha aprendido portugués?
                                                    Simón tardó unos instantes en comprender al fraile que le hablaba, sus palabras aunque muy parecidas no sonaban como el idioma que él había aprendido; no obstante, podían entenderse. El falso cristiano explicó que Macao, donde vivían los portugueses, estaba a dos jornadas de Cantón y que él había vivido en esa población diez años. Les preguntó su procedencia y torció el gesto al comprobar que se había equivocado y los cautivos eran de los famosos Castilla tan odiados por los portugueses. No se arredró ante el fallo y prometió que los sacaría de allí.

                                                    jueves, 22 de marzo de 2012

                                                    EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 2

                                                    La primera tentativa para salir de la barra de Vigan fue infructuosa, las olas barrían y zarandeaban a La Justicia que oscilaba como un barquito de papel. Fray Esteban Ortiz rezaba temblando en el camarote mientras los demás procuraban serenarlo. Ese mismo día lo intentaron dos veces más con idénticos resultados. Los marineros suplicaron al Padre Alfaro que abandonase su idea hasta que hubiera una mejoría, pero el Prelado no escuchó sus lamentos. El día 13 de junio amaneció más negro que el anterior, los vientos levantaban olas que ascendían el barco para dejarlo caer pesadamente envuelto en agua. La tripulación no podía gobernar la nave. Todos, excepto Fray Esteban, ayudaron a los marineros. En una de las embestidas estuvieron a punto de naufragar; asustados regresaron a la orilla y Fray Esteban, histérico, se negó a proseguir. Su deserción causó un gran desconsuelo al ser el único de los hermanos que conocía la lengua china. Mucho tuvieron que arrepentirse de su deserción poco después.
                                                    El 14 de junio, Día de la Santísima Trinidad, los vientos se calmaron y el mar ofrecía una tranquilidad propicia para iniciar la marcha. Sin problemas esta vez atravesaron la barra y en un islote cercano, Alfaro desembarcó a la mayor parte de la tripulación dejando proseguir el viaje sólo a cuatro filipinos. Fray Esteban se había quedado en Vigan con órdenes de esperar y acompañar al capitán Carrión cuando llegara. "Al final no he mentido tanto. El capitán cuenta con un religioso como prometí a Sande" ironizó Alfaro guiñando un ojo a Lucarelli. Pasaron la noche en la isleta, el temporal arreció; a pesar de ello, al alba pusieron rumbo a Chicheo. Remolinos de viento los empujaban sin concierto, los cuatro marineros no conseguían gobernar la fragata, la inexperta ayuda de los demás no hacía sino entorpecer. Entre gemidos de los filipinos y rezos de los castellanos se abandonaron a la suerte que el destino quisiera depararles.
                                                    "Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad..." Los rosarios se sucedían en el camarote. Religiosos y soldados intentaban mantener el equilibrio de rodillas pero caían golpeándose con los pocos muebles que había en el cubículo.
                                                    - No aguanto más sin hacer nada. Voy a subir a cubierta.
                                                      El Padre Lucarelli rompió el sopor que envolvía la estancia donde los rezos eran un murmullo apagado tras el estruendo de las enfurecidas olas que azotaban el casco.
                                                      - No sea usted loco -gritó Alfaro empujando a Lucarelli hacia el catre donde yacía Fray Sebastián, un golpe de mar se confundió con el movimiento y el italiano cayó sobre la cama. - Perdone, no pensaba que tenía tanta fuerza -se disculpó Alfaro. - Fray Esteban, ¿se encuentra bien?

                                                      - No ha pasado nada - contestó con un gemido el fraile enfermo.

                                                      - Padre Lucarelli, subir a cubierta y ser arrojado por la borda no nos ayudará. Los marineros han abandonado las velas y el timón, es demasiado peligroso estar ahí afuera. Estamos a merced del viento y de lo que Dios nos tenga reservado.

                                                      - Perdone, Padre Alfaro. Esta sensación de impotencia me carcome. No es así como esperaba morir.

                                                      - Sí, ahogados. Moriremos todos ahogados -comentó el capitán Díaz Pardo acercándose a la mesa donde se apoyaban los franciscanos. - Dicen que es una muerte muy dulce, como si durmieras. Yo imaginaba que cuando me llegase la hora de abandonar este mundo sería con una lanza enemiga en el corazón. Una agonía terrible, he visto a muchos morir en el campo de batalla, sus gritos ensordecen; el estómago se encoge con esos aullidos que no parecen humanos. Estaba seguro de que alguna vez sería yo el que abriera la boca y expulsara el último aliento aferrado a una lanza clavada en mi pecho.

                                                      - Por favor, capitán, deje ya de hablar de eso- dijo Alfaro. – No se ponga tan dramático, nadie va a morir, nuestra misión es demasiado importante para que se trunque antes de empezar.- Se acercó al armario que estaba detrás de él y cogió una botella. - No me miren así, el calor del vino nos reconfortará.
                                                        El día 19 divisaron unas islas en la lejanía y numerosos puntos móviles, que estuvieron de acuerdo, eran velas de barcos. Revividos celebraron en cubierta una Misa de Acción de Gracias y se aproximaron confiados a tierra. Pasaron entre los islotes e intentaron establecer contacto con los navíos que se cruzaban con ellos para preguntar dónde se encontraban exactamente pero los barquitos se alejaban presurosos cuando los veían acercarse. Navegando despacio, recelosos después de ver la reacción de los pescadores, hallaron la desembocadura de un gran río. A cada lado se levantaban unas poderosas fortificaciones con vigilantes bien armados. Juanico les advirtió que los chinos tenían militares y espías por todas partes y que era mejor, de momento, evitar todo contacto hasta que llegaran a la ciudad. El río se bifurcó y comprobando que la mayoría de los viajeros tomaban la corriente de la izquierda, los siguieron. La fragatilla no llamó la atención de nadie y el día 21 llegaron ante las murallas de una populosa población.