viernes, 30 de diciembre de 2011

EL REINO DE CHINA 6

Cinco días antes, los navíos Santiago y San Juan, que habían salido de Acapulco el 6 de abril, arribaron en el puerto de Manila. Después de la calma que retardó su llegada a las Islas de los Ladrones, se desató un fuerte temporal que los mantuvo retenidos para desconsuelo de los ilustres pasajeros que no habían dejado de quejarse desde que se inició la travesía. A pesar del resguardo que les había proporcionado el puerto de Pagan, en Los Ladrones, las naves llegaron a Luzón con grandes dificultades y muy deterioradas.

Francisco de Sande se arregló antes de bajar a tomar posesión de su nuevo destino. Su hermano le ayudó a vestirse.
- Mira, Bernardino, a un hombre se le conoce por su vestimenta. Si soy el nuevo gobernador debo tener apariencia de tal. Los incultos se fijan sólo en el exterior y la gente de bien desvía la mirada ante los harapos. Tenlo presente, hermano.
    Sande irguió la espalda al comienzo del puente que descendía hasta el embarcadero. Esperaba que el maestre de campo y el gobernador en funciones estuviera a pie de escalerilla esperándole. También pensaba que habrían preparado algún tipo de ceremonia para darle a la bienvenida. Miró hacia un lado y otro y se enfadó al contemplar a unos pocos soldados que a su vez lo miraban con extrañeza, preguntándose si aquel hombre que torcía la cabeza de un lado a otro, vestido como para ir a una recepción en el palacio de un rey, afeitado, acicalado y perfumado sería el nuevo gobernador. Sintió la mano de Luis de Sahajosa en su hombro mientras le soplaba con sorna en un oído "me las vas a pagar por este engaño".

    La llegada, de tan esperada, había sido resultado una sorpresa. Ninguna autoridad recibió en el puerto a los viajeros. Tras unos instantes de vacilación, algunos soldados se acercaron a darles la bienvenida mientras otros corrían a avisar a Lavezaris. A Sande no le gustaban las familiaridades que se tomaban los soldados con él, con cara de disgusto los apartó pidiéndoles que le indicaran dónde estaban las Casas Reales, "y, por favor, díganselo a sus compañeros, llámenme Doctor Sande o señor gobernador". Los hombres se apartaron con semblante de pesar ante la arrogancia de su nuevo jefe cuyo atuendo y forma de comportarse estaban muy alejados de los militares campechanos que, hasta aquel momento, habían dirigido sus destinos. El Doctor Sande y su séquito anduvieron por las calles asoladas de Manila.
    - ¡Dios bendito, esto no es ni siquiera una ciudad! Pero ¿qué han estado haciendo estos infelices? ¡Bonito Gobierno! ¿Qué pretenden, que levante yo solo un imperio? Luis, también a mí me han engañado. Esto es una burla. Ni una casa, todo está quemado. Y esos tablones ahí hincados... Un niño haría mejor una empalizada que estos inútiles. Mirad - dijo acercándose a uno de los troncos que sobresalían torcidos del suelo. - Se cae con rozarlo. ¡Magnífica defensa en caso de ataque!
      Sande lo empujó suavemente y cayó al suelo. Luis de Sahajosa asentía a las exclamaciones de su amigo. Con las manos en la cintura dio una ojeada circular a lo que debía ser la capital de Filipinas, vio chozas medio construidas aunque él pensó que estaban medio derruidas.
      - Y yo que quería beber en una taberna…
      - Oh, cállate, Luis. Hablo en serio. Nadie me había comentado que esto era un poblado de indios maloliente.

        jueves, 29 de diciembre de 2011

        EL REINO DE CHINA 5

        El amanecer encontró a los soldados españoles llorando. Agotados por el cerco y muchos de ellos además enfermos gemían al contemplar con la fría luz del alba la burla de la que habían sido objeto. El capitán Salcedo, sin disimular su rabia, destrozaba los hangares con techo de ramas que habían cobijado los trabajos del enemigo. Los soldados tocaban con las manos los muros partidos que desembocaban en las zanjas llenas del agua que había inundado parte del fuerte. Así intentaban convencerse de que todo era realidad y no un mal sueño colectivo. "Malditos sean" gritaba Pedro de Chaves. "El infierno los espera a todos" replicaba con impotencia el sargento mayor Antonio Hurtado. El capitán de la Haya y el Padre Alburquerque mandaron a algunos soldados que recogieran los cadáveres de los vigilantes y prepararan fosas para darles cristiana sepultura. Al final de la mañana el capitán Salcedo gritó con todas sus fuerzas "quemad el fuerte, que no quede en pie ni una madera".

        Pero no podían quedarse de brazos cruzados. El maestre de campo organizó la persecución. Él iría con cien hombres por mar para hostigar a los huidos y no darles oportunidad de desembarcar en las costas de Luzón, el resto de las fuerzas regresarían por tierra a Manila.
         
        -------------------------------------------------------------------------------------------

        La embajada de paz continuaba disfrutando en Ucheo de la hospitalidad y generosidad de sus anfitriones. Los agustinos se perdían en ensoñaciones sobre la cantidad de almas que podrían salvar cuando les permitiesen empezar su verdadera tarea. El Padre Rada estaba encantado con las conversaciones que mantenía con los principales señores de la ciudad sobre navegación, arte y música. Su corazón se henchía de gozo al ver tangible y cercana la posibilidad de atraer a la única y cierta fe a aquellas personas cultivadas, tan distintas de los indios de Filipinas y de América.

        Los españoles sabían que el virrey se había entrevistado con los gobernadores y alcaldes de su provincia pero nadie les avisó hasta el último segundo de las conclusiones de la reunión. A los chinos les pareció más acertado dejar la paz y la predicación para cuando los castilla entregaran a Li- Ma-Hong, vivo o muerto.

        El 19 de agosto la embajada junto con Sinsay y Oumoncon, ascendidos a capitanes reales, asistió a un banquete en el palacio del virrey y éste les comunicó que mientras esperaban la contestación del Rey, que vivía en Pekín, era preferible que regresaran a Manila. Miguel de Luarca protestó siendo acallado por el conbun que le explicó que el viaje a Pekín era largo, casi tres meses, y que por tanto la respuesta no estaría de vuelta hasta después de seis meses. Con la sonrisa en los labios y las manos abiertas "les deseó un buen viaje y prometió que si regresaban los recibiría de nuevo con mucho gusto". Al término del ágape, el tesorero real leyó la lista de presentes que les daba: Cuarenta piezas de seda, una silla de hombros dorada, dos quitasoles de seda y dos caballos que esperaban en el puerto de Tonsuco para el gobernador Lavezaris y el capitán Salcedo. En dos cofres iban las cartas de contestación del conbun. Además, cuarenta piezas de seda para los oficiales y capitanes del cerco; para los soldados, trescientas mantas negras e igual número de quitasoles de seda; para los frailes, ocho piezas de seda y un quitasol. Sin permitirles replicar partieron alzados en las sillas hacia Tonsuco, puerto que alcanzaron el 30 de agosto.

        miércoles, 28 de diciembre de 2011

        EL REINO DE CHINA 4

        Li – Ma –Hong no había cambiado sus costumbres aunque los españoles pensaran que sí, aunque creyeran que era imposible que ninguna nave se estuviera construyendo en el interior del cercado. Los castilla subestimaron al enemigo que era muy superior y experimentado. A finales de julio de 1.575, había acabado su nueva escuadra y la había ocultado a los ojos de los españoles por multitud de techos cubiertos por ramas de árboles. Durante varias noches, sus sicarios abrieron zanjas en los pantanos que rodeaban el fuerte y las iban tapando con hojarasca. Los ruidos de los pájaros de la selva disimulaban la labor apresurada de los piratas y los vigilantes no percibieron ninguna actividad inusual. Gran conocedor de las cosas de la mar, el corsario esperaba que se produjeran las mareas más altas del año, fenómeno que ocurriría entre los días 2 y 4 de agosto. Todo estaba dispuesto para la huída.

        Durante la madrugada del 4 de agosto, el río creció inundando las tierras colindantes y llenando a rebosar los surcos que se habían abierto desde el fuerte hasta la orilla del Pangansinan. Tenían suficiente anchura para que pasaran las barcas que con diligencia habían ensamblado en los seis meses que estuvieron cercados. Li- Ma- Hong mandó una primera barca a la desembocadura para que hiciese un agujero en la verja de madera que los españoles habían colocado cerrando el paso. Con los machetes, diez hombres resquebrajaron los troncos que impedían la salida a mar abierto. Los vigilantes tampoco no oyeron nada y la oscuridad impidió que observaran los movimientos de los forajidos. Li- Ma- Hong, experimentado guerrero, ordenó que el boquete se abriera en el extremo más alejado de la fortaleza española para evitar ser descubiertos antes de tiempo y para que cuando esto ocurriera las balas no les alcanzaran debido a la anchura del cauce del Pangansinan. Cuando todo estuvo listo, tres salvas disparadas desde el cercado despertaron a la guarnición.
        "¿Qué ha sido eso?", "¿Quién dispara?". La sorpresa no les permitió reaccionar con acierto. Al momento, la puerta del fuerte se abrió dando paso a los arcabuceros que dispararon a los puestos de vigilancia de los castilla. Un estruendo, como si el cielo se rajase, les hizo olvidarse de las armas. Las paredes del fuerte cayeron y comenzaron a salir las barcas, empujadas por piratas, flotando en las zanjas que el agua había anegado. Los hombres y mujeres, que quedaban dentro, disparaban a quien se movía mientras se acercaban a la orilla del río montando con rapidez en las lanchas que surgían de los laterales, como fantasmas. Sin demora, cualquier retraso era duramente castigado con latigazos, las pequeñas embarcaciones descendieron hacia el mar. Los españoles disparaban inútilmente en la oscuridad, las balas se perdían en chapoteos alejados de su blanco. El caos cundió entre los soldados castellanos. "Disparad, zoquetes, que se escapan". "No se ve a nadie". "Han matado a los centinelas". Las voces se confundían con la algarabía procedente de las barcas que escapaban, treinta y siete en total. Las lanchas atravesaron a remo la estacada, desplegaron las velas y se perdieron en la lejanía.

        martes, 27 de diciembre de 2011

        EL REINO DE CHINA 3

        A la séptima jornada llegaron a los arrabales de Ucheo. No les permitieron continuar hacia el interior de la ciudad al ser de noche, para que no quedara deslucida su entrada. La comitiva volvió a ser aclamada y vitoreada pero los corazones estaban demasiado impacientes para agradecer tantas muestras de júbilo. La audiencia tuvo lugar a la mañana siguiente. El virrey estaba sentado detrás de una mesa con incrustaciones de marfil. A su lado dos arqueros con coseletes de escamas de oro que les llegaban hasta las pantorrillas, los arcos también eran dorados. La embajada se arrodilló y le entregaron las cartas y la memoria del presente que le ofrecían. El virrey, agachado, no mostraba su rostro, lacró la memoria y la enseñó a sus invitados; lo mismo había hecho días antes el gobernador. Esta vez no se sintieron ofendidos, el Padre Rada les había explicado que las leyes de China prohibían a sus empleados aceptar para sí cualquier regalo, por mínimo que fuera, bajo pena de privarlos de su cargo de por vida. Por eso los empleados debían enviar los dones que recibían al Rey para que éste decidiese si podían quedárselos. Tampoco pudieron en esta ocasión mantener una conversación fluida con el virrey; no obstante, el conbun leyó la carta dirigida a él y les brindó su hospitalidad mientras llegaba la contestación de Pekín.

        Sabiendo que nada haría cambiar la lenta maquinaria del Reino de China, soldados y frailes aprovecharon el tiempo en Ucheo y visitaron la ciudad; el Padre Rada y Nicolás Cuenca pudieron al fin dedicar horas a mirar en las librerías. Con ayuda de Sinsay descubrieron libros de astronomía, medicina, historia, arquitectura, política e, incluso de las malas artes de la adivinación y el ocultismo, como ellos los llamaban. Les gustaban los caracteres chinos y las descripciones que Sinsay les hacía de las fabulosas leyendas que narraban los cuentos. Las habitaciones del fraile y del soldado se llenaron pronto con toda esa sabiduría. Pasearon por los muros de Ucheo y disfrutaron con la arquitectura local de curvos tejados. Más tranquilos que la primera vez entraron en un gran templo pagano donde contaron en una sola capilla, la mayor, ciento doce ídolos. Volvieron a ver a la diosa de múltiples brazos que tanto les asustó en la antesala del inzantón de Chincheo; ahora sosegadamente la estudiaron. Asistieron como invitados a una graduación en la Universidad y fueron homenajeados con una exhibición militar de un regimiento de mil soldados piqueros. Sentados bajo un parasol de seda rosa, sobre una estera de junco, pudieron observar en un prado que se extendía a la izquierda de la muralla trasera cómo al toque de corneta los mil piqueros se ponían en marcha y cómo a cierta señal que no consiguieron descubrir se apartaban los arcabuceros y disparaban, arremetían los piqueros y se recogían. Por la tarde, en sus aposentos, comentaban el orden y la disciplina sin igual del ejército sangley. "Serán muy peligrosos en el campo de batalla" dijo Sarmiento. "Su alineación y método son dignos del mejor escuadrón italiano" concluyó Cuenca.

        lunes, 26 de diciembre de 2011

        EL REINO DE CHINA 2

        Cuando a mitad del trayecto a Chincheo llegó un capitán con cuatrocientos soldados para escoltarles y dar a la embajada la solemnidad necesaria, el Padre Rada sabía todo lo necesario sobre la forma de ser y vivir de sus anfitriones. Miguel de Luarca y Pedro Sarmiento se divertían con las caras de Sinsay cuando sentía que el fraile se acercaba. La entrada de la comitiva en Chincheo, el 11 de julio de 1.575, fue recordada toda la vida por sus protagonistas. Salvas y cohetes anunciaron la inminente llegada de los invitados, el pueblo aclamaba a los visitantes y se postraba a su paso. Sin detenerse llegaron al monasterio bonzo que los iba a albergar. Apenas tuvieron tiempo de refrescarse cuando les comunicaron que el gobernador los recibiría esa misma tarde.
        Los agustinos montaron de nuevo en sillas alzadas, adornadas con seda, plata y piedras preciosas; para los soldados esperaban seis magníficos caballos con las crines trenzadas, atadas con hilos dorados. La calle que llevaba al palacio del gobernador estaba franqueada por soldados con arcabuces, picas y libreas de seda; al entrar en el patio de la casa oficial, empezó a sonar música. Un par de hombres altos con las cabezas rapadas y una larga cola en la coronilla los condujeron a través de corredores con bastoneros vestidos de negro y amarillo y con alguaciles que lucían insignias de materiales preciosos hasta una pequeña capilla. Mientras esperaban que el gobernador los llamase a su presencia permanecieron en el templo que tenía un iluminado altar con varios ídolos. Oumoncon y Sinsay, respetuosos, encendieron dos varillas de incienso que cogieron de un pequeño cofre de madera labrada y se postraron ante la imagen de una diosa dorada con más de una docena de brazos. Fray Jerónimo Marín exclamó "es el demonio" al verla y se santiguó; ejemplo que siguieron sus compañeros, horrorizados al contemplar a aquella mujer deforme que sonreía rodeada de brazos que sujetaban collares y espadas. Fray Jerónimo Marín intentó salir hacia el patio pero las lanzas cruzadas de los guardianes se lo impidieron, cerró los ojos y sacó del bolsillo de su hábito un rosario empezando a rezar compulsivamente. El Padre Rada también cogió el suyo pero, más calmado que su hermano, fue orando mientras estudiaba con interés los ídolos que adornaban las restantes capillas. El repaso le reafirmó en su idea de que era preciso comenzar cuanto antes el adoctrinamiento de esos infieles por los que tenía un gran respeto después de haber comprobado las normas de funcionamiento del engranaje del reino.

        La entrevista con el gobernador fue corta y desilusionó a los españoles. La sala de audiencias era muy grande. Cuando el inzantón, que así era llamado el cargo en chino, hizo su entrada los obligaron a arrodillarse. El capitán Sinsay tradujo sus palabras, que sonaron amables y de buena voluntad. Recogió las cartas de Lavezaris y Salcedo y unos esclavos pusieron a los pies de los visitantes dos piezas de seda para cada uno, ramilletes de plata y mantas para los esclavos. Tras esa corta visita, los despachó con cara risueña. La comitiva volvió a sus aposentos y no sabían qué hacer. Sinsay les dijo que esperaran, que descansaran y aprovecharan el tiempo para salir y conocer la ciudad. Unos días después llamaron a los soldados que venían de Pangansinan para que contaran las noticias que traían de Li- M-Hong. La entrevista fue también breve.
        Pocos días después recibieron la noticia de que iban a partir para Ucheo donde se entrevistarían con el conbun. La noche antes de la partida fueron invitados a cenar por el gobernador. La música, la comida, y la amabilidad fascinaron a todos pero estaban impacientes por tratar el asunto que les había impelido a abandonar Manila. Miguel de Luarca solicitó a Sinsay que dijera al gobernador que desearían hablar del motivo de su visita y sus pretensiones. La cara del inzantón mostró la misma sonrisa que era habitual pero con un gesto de la mano declinó entrar en conversación sobre esos temas. Miguel de Luarca, enojado por tanta amabilidad, insistió y el gobernador respondió que era preferible que conversaran con el virrey.
        - Ya me estoy cansando de tantos halagos ¿Somos soldados o señoritas?- comentaba Pedro Sarmiento a Miguel de Luarca y Nicolás Cuenca, la hoguera del campamento chisporroteaba.
          Habían salido los tres de la tienda de seda que los esclavos montaban cada noche para que descansaran y se protegieran de las bajas temperaturas. Dentro de ella permanecían los frailes conversando con Sinsay y Oumoncon. La conversación de los soldados a salvo de ser descubiertos por los capitanes chinos transcurría en voz baja.
          - No me fío de esos chinos, están todo el día sonriendo, nunca puedes adivinar por su cara qué están pensando. Es imposible mantener una conversación con ellos, sólo permiten que hablemos cuando les apetece y tienes que contestarles a lo que les interesa, nada más. Algo no me huele bien con esos capitanes, con Sinsay y Oumoncon ¿No te diste cuenta, Miguel, de las preguntas tan raras que nos hizo el gobernador sobre Li-Ma-Hong?
          - Sí, me di cuenta pero no consigo sacarle a Sinsay qué fue lo que ellos le contaron - contestó Luarca-. A lo mejor le dijeron que el cerco lo montaron ellos. Los chinos son muy avispados, algo esperan sacar de acompañarnos.
            Un crujido en la hierba hizo que se callaran e instintivamente llevaron sus manos hacia las espadas. Juan de Triana apareció entre los árboles.

            - Tranquilos que soy yo -dijo poniendo sus manos en alto. - Vaya, si estáis solos, creo que es la primera vez que esos dos espías no están poniendo la oreja a lo que hablamos.
            - Tú también lo has notado - señaló Pedro Sarmiento.
            - ¿Cómo no me voy a dar cuenta? Si nos persiguen hasta cuando vamos a mear. Me ponen nerviosos, un día les voy a dar un buen puñetazo.
              La tela que cubría la puerta de la tienda se levantó y Sinsay salió mirando a todos los lados. Se acercó al grupo de la hoguera mientras musitaba " muchas preguntas para mí, fraile hacer muchas preguntas". Su sonrisa se mantuvo a pesar de la fría acogida que le dispensaron los soldados; sin darse por aludido, se sentó junto a Luarca y comenzó a hablar.

              jueves, 22 de diciembre de 2011

              El Reino de China 1

              Seis navíos de la Armada Real china, con todas las velas al viento, escoltaban a los dos barcos que llegaban de Manila con noticias del bandido más buscado del reino. Eran las cinco de la tarde del 5 de julio de 1.575 cuando los castellanos contemplaron por vez primera las murallas de Tonsuco. En el puerto les esperaban el corregidor y tres capitanes delegados del Conbun, cargo que denominaba al virrey de la provincia. Penetraron a pie por la puerta principal de la ciudad, profusamente decorada con ribetes dorados, y los llevaron por pequeñas calles encaladas hasta las Casas Reales donde se iban a alojar. Los españoles se quedaron admirados por la riqueza de sus aposentos y fueron agasajados con interminables banquetes y se reían intentando capturar las presas de comida con unos extraños palillos de madera.

              El corregidor se hizo cargo de los prisioneros y con tranquilidad pudieron pasear por aquella ciudad donde vivían cuatro mil habitantes y más de mil soldados. En la puerta siempre había dos centinelas que interrogaban a todos los extraños; la comitiva de los Castilla, invitados especiales del Conbun, nunca fueron molestados. Las casas chinas no se veían, ocultas tras puertas de colores, tan sólo se adivinaban los tejados graciosamente curvados. En ocasiones se vieron sorprendidos por las sillas donde eran transportados los principales de la ciudad; cuando esto ocurría, todos se apartaban para dejar el paso libre a la silla de hombros alzada por esclavos y se inclinaban a su paso. Los hombres, membrudos y con barba rala, llevaban los cabellos largos, recogidos encima de la cabeza con un bonete. Les sorprendió la vestimenta de sus anfitriones, varios sayos largos de seda multicolor y bromeaban con que todos parecían frailes muy ricos. Permanecieron en Tonsuco dos días, al tercero les condujeron hasta unas barcas de remos y se dirigieron río arriba.

              La corriente era caudalosa y los sampanes cargados de pescado fresco se cruzaban a su paso sin cesar; cuando esto sucedía, los pescadores se arrodillaban. La tercera noche la pasaron en Tangao y desde allí, montados en sillas de manos, atravesaron montañas y valles en dirección a Chincheo. El capitán Sinsay contestaba diligentemente a las preguntas que el Padre Martín de la Rada le hacía sin descanso. Si el camino no era demasiado estrecho, el agustino mandaba colocar su silla a la altura del capitán chino y seguía con el interrogatorio. El Padre Rada se enteró de que en China la agricultura era la labor más preciada; atravesó arrozales y preguntó; cruzaron las tierras del algodón y preguntó; observó las legumbres desde la altura en que viajaba y se admiró de los campos labrados por búfalos y las casas con cercados de puercos, vacas, cabras, patos y gallinas. Se enteró de que en Chincheo había minas de oro y plata y en Ucheo de plata. Su mente de cosmógrafo dibujó en su imaginación las quince provincias que componían el Reino de China y Pekín, la capital, donde vivía el Rey. Supo que trece de ellas estaban gobernadas por virreyes, llamados conbun; y que las dos restantes, Pekín y Lanquin, eran administradas por el Consejo Real. Tras varios días insistiendo sobre el mismo tema pudo comprender cómo se organizaba tan vasto imperio: un virrey en cada provincia, un gobernador en cada ciudad, un alcalde mayor en cada villa; además de la gente de la guerra. Cada alcalde mayor tenía a su cargo a otros alcaldes, uno por cada mil habitantes. Le costó entender qué funciones tenia la figura del visitador o chaen, la persona que iba de ciudad en ciudad inquiriendo sobre los agravios que habían cometido las diferentes autoridades para dar cuenta al Consejo Real o al Rey; un cargo que no podía durar más de un año. También supo de las distintas clases de esclavos, los antiguos, los que se vendían por deudas y los castigados por delitos y aprendió a diferenciarlos al comprobar que iban vestidos con unas mantas azules. El resto de la embajada se entretenía durante el camino observando a los trabajadores chinos que, tapados por unos gorros picudos, se inclinaban de sol a sol en los campos. También grabaron en su memoria las figuras de los campesinos acarreando agua sobre unas pértigas que colocaban en sus hombros y de las que descendían dos cubos.

              miércoles, 21 de diciembre de 2011

              EL CERCO DE PANGANSINAN 8

              Dos días después, tras escuchar misa en el Monasterio de San Agustín y recibir la bendición del prelado, la comitiva se despidió del gobernador en el muelle y los dos barcos chinos se dirigieron a Pangansinan. En el navío de Oumoncon subieron Fray Martín de la Rada, Fray Jerónimo Marín, Miguel de Luarca y Pedro Sarmiento. El otro barco, bajo las órdenes de Sinsay, les seguía a corta distancia. Siete días después fondearon en Bolinao. El Padre Rada, Miguel de Luarca y Oumoncon se acercaron al lugar del asedio, contemplaron la desembocadura del río cortada por la valla, no había novedades en el cerco. Hablaron con el capitán Salcedo para exponerle sus inquietudes y el maestre de campo prometió que reforzaría la vigilancia pero negó que hubieran observado movimientos que pudieran presuponer que dentro del fuerte se estaban construyendo barcos para huir. Al contrario, según les explicó, algunos de los naturales se habían pasado al bando de los españoles y las noticias que traían eran esperanzadoras. Contaban que la comida era cada día más escasa y la situación se tornaba por horas más angustiosa dentro del cercado. Llevaban casi tres meses completamente aislados.

              El capitán Salcedo pidió a la expedición que se dirigía a China que aceptaran como pasajero a Nicolás Cuenca al que encargó que comprara diversos utensilios y además de su puño y letra escribió dos cartas dando cuenta de lo que pasaba en Pangansinan. Una de las cartas era destinada al virrey de Ucheo y la otra era para el gobernador de Chincheo. Los barcos esperaban en Bolinaoa que todo estuviera a punto para partir hacia el vecino Reino. El 26 de junio se unió el último componente de la embajada, Juan de Triana. Con todos los prisioneros en el barco de Sinsay levaron anclas el 26 de junio de 1. 575. Era la primera embajada de paz española que se dirigía al Reino de China y la primera que poco después lo pisó.

              martes, 20 de diciembre de 2011

              EL CERCO DE PANGANSINAN 7

              - Os he reunido aquí porque quiero pedir vuestra opinión sobre una idea que lleva tiempo rondándome en la cabeza.

              El gobernador Lavezaris había mandado llamar al Padre Martín de la Rada, a Miguel de Luarca y a los oficiales reales. Todos se apiñaban en el minúsculo despacho de las Casas Reales.
              - Nuestro querido Martín de Goiti, que en paz descanse, estaba de acuerdo conmigo, pero no me atrevo a seguir mi voluntad sin hablar antes con vosotros. Desde hace años he estado pensando en la conveniencia de mandar una embajada de paz al Reino de China. Las relaciones comerciales y los lazos, que cada día se estrechan más, lo hacen aconsejable.
                Un murmullo de aceptación se elevó de los asistentes a la reunión.
                - Creo que ahora, que tenemos a Li- Ma- Hong bien sujeto y que el capitán Oumoncon regresa para informar de la situación del cerco, sería un buen momento para que alguno de vosotros le acompañe y ofrezca nuestra amistad y cooperación a las autoridades de China. Me he tomado la libertad de escribir una carta para Su Majestad el Rey de los chinos. En ella le cuento que ya llevamos aquí 5 años y que siempre hemos protegido a los mercaderes chinos. Le cuento lo del cerco de Li - Ma -Hong y afirmo en ella que en un par de meses estará preso o muerto. ¿Qué os parece?
                  El primero en contestar fue Andrés de Mirandola, factor de Su Majestad. "Me parece muy acertada la decisión pero sería conveniente enviar algunos presentes. Ya sabes, Guido, cómo son estos chinos y lo que les gustan los regalos". Todos estuvieron de acuerdo. Miguel de Luarca insinuó cuál podría ser uno de esos regalos. "En Pangansinan hay setenta rehenes entre mujeres y niños. Sabemos que Li- Ma- Hong no está dispuesto a negociar con ellos; por tanto allí son un estorbo para nuestros hombres que deben vigilarlos y además alimentarlos. Podríamos entregárselos al Rey de China; al fin y al cabo son súbditos suyos". La insinuación suscitó una calurosa ovación. Salvador de Aldave, tesorero real, hizo la pregunta que todos tenían en mente: "¿Quiénes son los elegidos?"
                  - Bien, he pensado en el Padre Rada, que nos acompaña. Es una persona estudiosa y puede ser de mucha utilidad que nos traiga informes y descripciones de ese gran país. Usted, Padre Rada, puede elegir al compañero que desee. También tú, Miguel- dijo señalando a Luarca-. Y Pedro Sarmiento, alguacil mayor de Cebú, que está ayudándome desde que lo hice venir en marzo cuando comenzó el cerco.

                  lunes, 19 de diciembre de 2011

                  EL CERCO DE PANGANSINAN 6

                  El capitán del barco miraba desde la torre de vigilancia hacia el grupo que, sentado en la sombra del parasol hecho con una vieja vela, se divertía planeando el futuro de las islas. Por el cargo del pasajero debía callar pero interiormente se lamentaba de la poca fortuna que iban a tener los valientes soldados de Filipinas. Observaba con dolor al sustituto que el Rey había mandado para suplir la desgraciada pérdida del Adelantado López de Legazpi que tan buen juicio y exquisitas maneras dejó siempre al descubierto. Un soldado fue para él que lo había conocido en innumerables batallas, pero un soldado que podía llevar a gala el título de caballero. El capitán de la nao Santiago no acertaba a comprender que aquellos groseros que jugaban a las cartas, vestidos con ropas de escribanos, con finos pañuelos de encaje, pudieran ser los escogidos para sacar adelante el proyecto que, con tanta ilusión y coraje, había comenzado el desaparecido Legazpi. Sande era un jovenzuelo de poco más de 20 años con muchas, demasiadas pretensiones. Nacido en Cáceres de una familia de hidalgos venida a menos, se decía que estudió leyes en Salamanca. Su carrera política y administrativa acaba de comenzar en Nueva España donde había ejercido a su corta edad varios cargos como Fiscal, Alcalde del Crimen y Oídor de la Audiencia. Su carrera, como demostraba el nuevo cargo que el Rey le había conferido, iba a ser muy brillante y exitosa. Era un hombre de Estado, muy alejado de las costumbres y los códigos de honor de los soldados. Esos soldados que hasta entonces habían luchado por conquistar las lejanas islas de Filipinas y sus alrededores.

                  viernes, 16 de diciembre de 2011

                  EL CERCO DE PANGANSINAN 5

                  Una calma absoluta envolvía la superficie turquesa del océano. La nao capitana Santiago no podía mover su pesado casco por aquella masa de agua inerte. Habían salido de Acapulco el 6 de abril de 1.575, el buen tiempo infundió esperanzas a los tripulantes e ilustres pasajeros pero la brisa fue tornándose inmóvil y el trayecto hasta la primera escala en las Islas de Los Ladrones estaba resultando penoso. El nuevo gobernador de Filipinas, Francisco de Sande, su hermano menor, Bernardino, y su compañero de andanzas, Luis de Sahajosa, jugaban a las cartas en cubierta, bajo un toldo dispuesto por los marineros para soportar el sol que caía de pleno durante todo el día.
                  - Malditos cabrones, les he pedido un vaso de agua y ni siquiera me han mirado.- Luis de Sahajosa se secaba el sudor que le caía por los ojos con un pañuelo blanco. - No sé cómo me he dejado convencer para seguirte en este viaje. El camarote es un infierno, hasta las sábanas del catre queman y aquí fuera nos consumimos con este maldito sol. Si pudiera te abandonaba, Francisco, en medio de este asqueroso mar de mierda y me volvía a México. Ah, mi dulce Raquel... Todas las noches la recuerdo, su acento suave susurrándome al oído "mi hombretón"... y ese par de…
                  - Cállate, Luis, y deja de soñar. A mÍ tampoco me gusta este barco ni esos asquerosos marineros, por no hablar del capitán. Pero tenemos que aguantar un poco más, las cosas cambiarán mucho cuando lleguemos a Manila. Soy el gobernador y ahí sí que me tendrán que respetar. ¡Eh, tú, bellaco! Mi amigo te ha pedido agua hace rato ¿qué esperas para traérsela? ¿Que te salga barba en esa cara de mujercita? - Sande se reía y no se daba por enterado de las miradas de odio que todos los tripulantes le lanzaban. Su hermano Bernardino, de apenas quince años, lo miraba con admiración. - Venga, Luis, tira una carta que nos va a pillar aquí el Juicio Final.
                  - Sesenta días encerrados en este estercolero - siguió quejándose Sahajosa. - Espero que en Manila haya buenas tabernas donde perder el sentido y mujeres, muchas mujeres. - Los tres irrumpieron en groseras carcajadas. - Aunque por lo que me han dicho, las filipinas tienen unas tetas muy pequeñas.
                  - No te preocupes, Luis- replicó Sande bebiendo agua que habían traído. - ¡Qué asco! Caliente, no hay quien se la beba, todo está caliente en este apestoso barco. Si es preciso, Luis, las engordaremos... El Rey me ordena encarecidamente que cuide a los naturales, que los trate bien y los adoctrine- dijo con ironía. Las risas se escuchaban desde el navío San Juan que les seguía a la misma altura. - Las adoctrinaremos bien. ¡Ja, Ja! Y también adoctrinaremos a esos maricones que han llevado hasta ahora el Gobierno de Filipinas. Ya tengo ganas de ver las caras de ese tal Guido de Lavezaris y del maestre de campo. ¿Cómo se llama? Goiti; eso, no sé qué Goiti. Dice Su Majestad que los cuide y les gratifique por sus servicios, pero están muy equivocados si piensan que van a comer a costa de la Corona ¡Muy equivocados! Creo que ya se han repartido todas las tierras a través de encomiendas; algo me ha contado el virrey de Nueva España. Se les va a acabar pronto esa forma de vida. Nosotros vamos a conseguir que Filipinas sea tan importante corno lo es Perú o Nueva España. ¿Qué han hecho esos vagos en todos estos años? Nada, no han hecho sino quejarse. Y esto si obviamos al venerado Miguel López de Legazpi, que lo mejor que hizo fue morirse rápido; no son hombres de gobierno. Son patanes. Un sastre, eso es lo que era Legazpi. - Las risas volvieron a atronar en cubierta. - Y de los religiosos también nos encargaremos; siempre pidiendo, siempre pidiendo para llenar su bolsa, porque los curas no tienen nunca la bolsa vacía. Para eso te necesito, Luis, voy a hacer muchos enemigos y sólo os tengo a vosotros para que me apoyéis. Bernardino, tú aprende de Luis y de tu hermano, que soy yo...

                  El jovenzuelo asentía y sus risotadas coreaban al compás.

                  jueves, 15 de diciembre de 2011

                  EL CERCO DE PANGANSINAN 4

                  Los centinelas españoles vigilaban siendo vigilados a su vez por los espías chinos. "No sé qué pueden hacer ahí adentro. Se mueven de un lado para otro como cochinos enjaulados. Dentro de poco se amotinarán, en cuanto les falte la comida..." Los vigilantes se divertían con ese juego del gato y el ratón. Los terrenos que rodeaban la fortaleza de los enemigos eran impracticables, pantanos donde los insectos revoloteaban, fango y agua embalsada. "La verdad, dicen que este tirano es muy inteligente pero yo que él hubiera puesto el fuerte en un terreno más llano y seco para tener la posibilidad de huir por varios lados" comentaban los soldados creyéndose más listos que el acosado. "Sí que es cierto, con la posición de los muros rodeando las ciénagas, sólo ha dejado una posibilidad de escapatoria: la puerta principal y, enfrente, nos tiene a nosotros con muchísimas ganas de disparar". El capitán Salcedo no era tan confiado. Compartía las impresiones de los soldados pero adivinaba alguna baza oculta en la especial localización del enclave.
                  - No sé, estoy de acuerdo en que sólo hay una posible escapatoria, pero no acabo de comprender por qué un hombre de guerra tan avezado, con experiencia en situaciones comprometidas, ha escogido un lugar tan poco afortunado para él. En un terreno seco y liso podría abrir nuestra defensa y nos obligaría a rodearlo, con lo que nuestras fuerzas se dividirían, nos debilitaría, y tendría más posibilidades de escapar.
                  - No te preocupes, Juan- dijo Pedro de Chaves. - Seguro que todo lo que cuentan de ese Li- Ma- Hong no son más que fantasías engrandecidas por las lenguas de esos comerciantes de los que yo no acabo de creerme ni la mitad de lo que cuentan. Estos chinos son mentirosos por naturaleza.
                  - Lo sé, Pedro; sin embargo, no estoy tranquilo. He recorrido los alrededores y lo único que he visto son las cabezas de algunos centinelas. He andado con el agua por encima de las rodillas, matando mosquitos, separando la maleza que te rasga la piel y creo que, desde una visión militar, es imposible que decidan huir a través de los pantanos. Sería un suicidio. En fin, sólo podemos esperar que dentro de poco les falte la comida y salgan con los brazos en alto.

                  Miguel de Luarca recibió con alegría a su nuevo pasajero, Fray Martín de la Rada. El meticuloso fraile se fijaba en los más mínimos detalles, todo lo anotaba en su memoria para después transcribirlo. Mantenía una ágil correspondencia, dentro de lo que se podía debido a la distancia, con Juan Bautista Gessio, cosmógrafo de Felipe II, y sus cartas repletas de descripciones minuciosas y teorías de navegación eran muy valoradas por los expertos en asuntos del mar del Imperio. Los habitantes de Filipinas sabían de esta afición y nadie se molestaba por las continuas preguntas del agustino que iban desde la flora del lugar hasta los cabos de los barcos en los que se montaba. Siempre investigaba sobre las formas de mejorar la navegación y la colonización. Todo le importaba, el tamaño de una vela, la corriente marina más propicia para acelerar y asegurar los viajes a Nueva España o entre las islas. Nadie se tomaba a broma los esfuerzos de Rada, sabían que de hombres como él y de sus esfuerzos y descubrimientos dependían muchas vidas; más en Filipinas donde tantos navíos se perdían ante la imposibilidad de encontrar un camino marítimo seguro para el viaje de regreso de los buques hasta Acapulco y donde los vientos traicioneros truncaban las esperanzas de los pioneros de esas lejanas tierras varias veces al año. El número de naufragios era muy elevado, por desgracia.

                  Otro barco les acompañaba en su viaje hasta Manila, era el buque del capitán Sinsay. A mitad del recorrido, dos navíos chinos toparon con los navegantes. Sinsay y Miguel de Luarca mantuvieron una interesante charla con el capitán que comandaba las naves, Oumoncon. Las noticias que trajo acongojaron a los castellanos y juntos dirigieron sus proas a Manila para dar cuenta al gobernador. Lavezaris recibió con premura a los visitantes y, ejerciendo como intérprete Sinsay, se enteró de algunas costumbres desconocidas del famoso pirata.
                  - Li- Ma- Hong siempre cortar mucha madera cuando llegar a un sitio y tener mucha comida en almacenes. Con la madera él hacer barcos. Ya hizo antes eso. Li- Ma- Hong, rodeado por doscientos hombres, zas, romper cerco y con barcas de madera salir.
                  El gobernador Lavezaris miraba asustado a Miguel de Luarca esperando que le confirmara si esos preparativos estaban teniendo lugar en Pangansinan. Luarca se encogió de hombros. "No sé qué están haciendo dentro del fuerte. Nadie lo sabe", dijo con cara de desolación. Oumoncon venía de parte del Virrey de Yeheó para comprobar que el temido corsario estaba a buen recaudo y no podía escapar. El emisario del Virrey se mostró inflexible y solicitó ir en persona al cerco de Pangansinan.

                  miércoles, 14 de diciembre de 2011

                  EL CERCO DE PANGANSINAN 3

                  El capitán Sinsay arribó con su barco detrás de la verja, quería comprobar que Li-Ma-Hong, al que tanto odiaba, estaba prisionero. No le gustó la idea del cerco y convenció al capitán Salcedo para que intentara entablar contacto con el pirata y conseguir su rendición. Objetivo muy difícil como pronto se vio. Sinsay escribió una carta en lengua china en la cual se pedía al corsario que se entregara y se le devolverían las mujeres y los niños que seguían prisioneros. El tirano contestó que primero volviesen los navíos de Castilla a Manila y después él, en persona, iría a besar sus manos. La respuesta fue considerada una declaración formal de guerra y los españoles comprendieron que iba a ser un largo asedio.
                  Para mejorar las condiciones de vida, Salcedo mandó que se levantara un fuerte donde guarecerse durante la estación de lluvias que se aproximaba y decidió envíar al capitán Ramírez a Manila para abastecerse de provisiones. Por el camino el oficial se cruzó con los dos frailes que habían dado la noticia del paradero de Li-Ma- Hong, Fray Martín de la Rada y Fray Agustín de Alburquerque quienes, después de alertar al gobernador, habían continuado con su peregrinación por la zona norte de la Isla de Luzón predicando en las aldeas perdidas de la selva. Ésta era una zona con buenos yacimientos mineros de oro y era normal encontrar destacamentos de soldados por lo que los dos agustinos acostumbraban a vagar por ella sin protección especial. Saludaron al capitán Ramírez y éste les pidió que se acercaran a Pangansinan para dar apoyo y ánimos a las tropas que allí quedaban. "El cerco será largo, los hombres necesitan esperanza". Los religiosos se despidieron del capitán y cambiaron el rumbo de su viaje para ir a llevar consuelo a los soldados atrapados en aquella traicionera jungla.
                  En el campamento, los trabajos de fortificación estaban muy adelantados. Los hombres recibieron con cariño a los frailes y el capitán Salcedo y sus compañeros, los capitanes Pedro de Chaves y Luis de la Haya, les suplicaron que uno de ellos se quedase durante todo el tiempo que durase el cerco. Con una solemne misa, oficiada bajo una lluvia torrencial, inauguraron la pequeña fortaleza.
                  Oficiales y religiosos se hacinaban en una diminuta habitación de la especie de fuerte que habían construido. Como podían intentaban no mojarse con el agua que se colaba entre las ranuras de las palmas del techo.
                  - Capitán Salcedo, es usted hombre de buen juicio y conocedor de nuestras necesidades – dijo Fray Martín de la Rada. - Nada nos gustaría más que permanecer con estos valientes hombres para ampararlos y darles nuestro apoyo; pero, como bien sabe, es imposible que permanezcamos los dos. El Padre Alburquerque y yo hablamos y hemos decidido que sea él quien les auxilie. Yo regresaré por tierra a Manila – continuó mientras se abanicaba con un trozo de palma que había encontrado en el suelo.
                  El calor de los cuerpos en el habitáculo y la humedad del ambiente hacían difícil un acto tan sencillo como respirar.
                  - No - le interrumpió el capitán de la Haya- no hace falta que vaya usted por tierra. En dos días partirá el navío de Miguel de Luarca. Los caminos, con estos aguaceros, están impracticables. Es preferible que vaya con él.

                  martes, 13 de diciembre de 2011

                  EL CERCO DE PANGANSINAN 2

                  En marzo de 1.575, los capitanes Luis de la Haya de Panay y Pedro de Chaves de Camarines atracaron en el puerto de Manila con refuerzos. Durante ese mes, el nuevo maestre de campo, Juan de Salcedo, abasteció la flota con municiones y bastimentos, los necesarios para una gran confrontación. El 21 de marzo se desplegaron las velas de la armada compuesta por sesenta embarcaciones con seiscientos españoles, entre soldados y oficiales, y mil cuatrocientos naturales amigos. Pocas jornadas después alcanzaron la desembocadura del Río Pangansinan. Un río muy ancho con las orillas cubiertas de maleza y el agua turbia.
                  El capitán Salcedo, nada más llegar, cerró la desembocadura con varios barcos encadenados para evitar que los piratas se hicieran a la mar y envió a tres capitanes a inspeccionar la zona con órdenes expresas de tomar algún navío si tenían oportunidad. Li-Ma-Hong se encontraba tan confiado que no había colocado centinelas que le avisaran de un posible ataque. Los capitanes Pedro de Chaves y Lorenzo Chacón avanzaron por el río con ochenta soldados, llegaron a la flota que descansaba unas dos leguas arriba y sin problemas la redujeron a cenizas. Su compañero, el capitán Juan de Ribera, que había subido por tierra con apenas treinta soldados, sorprendió igual a Li- Ma- Hong y con gran despliegue de artillería entraron en la fortaleza matando a los hombres y capturando a las mujeres y niños que corrían a refugiarse sin conseguirlo en un segundo fuerte interior donde el corsario se había atrincherado.
                  Más de mil pasos tenía el cercado de punta a punta, los españoles no se aventuraron muy adentro ante el temor de ser acorralados, como ellos hicieron en la defensa de Manila. Atando a los rehenes volvieron al lugar en que les esperaban el resto de las fuerzas. Tres muertes tuvieron que lamentarse aquella noche pero Salcedo y sus compañeros estaban contentos por la derrota infringida al adversario. Los setenta rehenes protestaban sin parar hasta que fueron encerrados en las bodegas de los barcos. El capitán Salcedo dejó los barcos en la desembocadura y se encaminó con todas las fuerzas disponibles a dar asalto a la fortaleza china. Asentó el campamento frente al enemigo, con dos pedreros y dos piezas de artillería, esperando que Li-Ma- Hong respondiera a la provocación; el tirano, que era impaciente, no tardó mucho en comenzar a disparar. Los españoles ofrecían un blanco fácil para los expertos tiradores piratas y, lo que meses antes había ocurrido en Manila, sucedió ahora en Pangansinan; las bajas de los castellanos y los naturales amigos fueron numerosas. El capitán Salcedo sabía que continuar era una locura. "Nos matará a todos. Debemos retroceder”.
                  Una cosa era retroceder y otra huir. Los españoles no pensaron en ningún momento en esta posibilidad así que construyeron una cerca de troncos tapando la desembocadura del Pangansinan, donde antes fondeaban los navíos encadenados, y se dispusieron a esperar. "No puede estar mucho tiempo ahí dentro. No tiene barcos con los que huir, ni comida para sobrevivir. En una semana habrá salido" era el pensamiento generalizado de los asaltantes, una confianza ciega los animaba y no se preocuparon más. Pasó una semana, dos y tres. Los castellanos estaban cansados, la tierra era pantanosa, los mosquitos picaban incansables.

                  viernes, 9 de diciembre de 2011

                  EL CERCO DE PANGANSINAN 1

                  Manila quedó arrasada, ni una de las ciento cincuenta casas, que con cariño habían levantado los españoles en aquellos años, se mantuvo en pie; el fuerte también estaba seriamente dañado. Era necesario un esfuerzo extra para levantar Manila de nuevo. Se necesitaba tanto dinero como mano de obra. Guido de Lavezaris solicitó a los encomenderos que le enviasen tres mil pesos para iniciar las labores de reconstrucción y el capitán Juan de Salcedo presionó a los jefes de las tribus locales y los mantuvo prisioneros para forzar a los indios a trabajar en la selva cortando madera. El gobernador, en reconocimiento al auxilio prestado por el joven, le nombró maestre de campo en sustitución del desafortunado Martín de Goiti. "Es un honor para mí que tú, Juan, seas mi nuevo compañero. Sin tu llegada providencial y tu buen juicio, no estoy seguro de haber podido contemplar esta amarga victoria”. Los presentes aplaudieron la designación del nuevo maestre. "Nunca un cargo fue tan merecido" comentó Andrés de Cauchela, siendo esta afirmación corroborada por los demás.

                  El Monasterio de San Agustín fue lo primero que se arregló, Cuando las paredes de la primera capilla estuvieron levantadas, Lucía del Corral colocó la imagen de San Antonio en un hueco al lado de San Pedro. Los dos santos habían sido pegados con esmero por los frailes agustinos y la pequeña estatua de madera, que había salvado la vida de la mujer, se convirtió con el tiempo en la más venerada del lugar. Se le atribuían toda suerte de milagros y las esposas de los soldados le llevaban flores para que los protegiera de las heridas de puñales y espadas. Esa Navidad los Oficios Religiosos se celebraron en la capilla sin techo del que sería el nuevo Monasterio de San Agustín. Los supervivientes se agolparon para dar gracias por continuar con vida y rezaron con profundo dolor por los fallecidos. Fue la Navidad más triste desde la fundación de Manila.

                  A finales de enero, unas sorprendentes noticias alarmaron a los Castilla. Superado el susto del asalto y creyéndose a salvo, no se habían preguntado qué había sido de Li- Ma- Hong. Todos pensaban, entre clavo y clavo, machetada y machetada para rehacer sus casas, que el corsario chino se había ido con el rabo entre las patas y estaría lejos, refugiado en alguna isla.

                  El destacamento de Ilocos era el que había llegado en auxilio de los cercados con Juan de Salcedo a la cabeza, esa zona se había quedado sin ningún español, por eso tardaron tanto en conocer el refugio del pirata. Fueron dos agustinos, Fray Martín de la Rada y Fray Agustín de Alburquerque, quienes emprendieron viaje después de Nochebuena hacia Ilocos, allí escucharon a los indios que el jefe pirata se había refugiado en el Río Pangansinan, muy cerca de Manila. Había construido un fuerte y se hacía llamar "Rey de Ilocos". Haciendo uso y abuso de su cargo obligaba a los indios a tributarle oro y comida. A nadie se le ocurrió negarse tan atemorizados estaban por su crueldad.

                  Los dos frailes comprendiendo la gravedad de la noticia volvieron sin demora a Manila para avisar a Lavezaris. Fueron recibidos en Manila con sorpresa. Cuando los soldados tuvieron conocimiento de la noticia comenzaron a gritar y amenazar. Todos querían salir inmediatamente camino de Ilocos para acabar de una vez por todas con Li-Ma-Hong. Pero el gobernador más prudente calmó los ánimos como pudo y decidió esperar un poco, ya estaba bien de imprevistos y de mala planificación. Para vencer a un enemigo tan cruel y peligroso era preciso organizar una completa armada con todos los soldados de las Filipinas, y así juntos asestar el golpe definitivo al pirata. Reunir a todos los españoles del archipiélago no era tarea fácil. Estaban diseminados a lo largo de numerosas islas y territorios, la tarea duraría bastante tiempo. Lo primero que hizo fue despachar avisos urgentes a Panay, Cebú y Camarines para que se reunieran en Manila los capitanes de esas comarcas con soldados e indios amigos. Los nervios afloraron durante esos meses de espera.

                  jueves, 8 de diciembre de 2011

                  ASALTO A MANILA 5

                  Los secuestradores salieron a las dos de la madrugada, ésa fue también la hora elegida por Li- Ma- Hong para volver al ataque. Tras el fracaso inicial decidió bajar él mismo a tierra. Este gesto atemorizó a sus sicarios que lo entendieron como una obligación de morir luchando. El gran jefe no permitiría una retirada como la que ya habían protagonizado dos días antes. A esa hora, las dos de la madrugada, los españoles fueron sorprendidos por tres salvas de artillería. No podían en medio de la oscuridad adivinar los movimientos de la flota pirata. Los invasores descendieron los bateles de la Armada que en formación esperaba frente a Manila cuando apareció en el horizonte la primera luz diurna. Li- Ma-Hong, sentado en una silla sobre la arena, distribuyó sus fuerzas en dos escuadrones de más de mil hombres y mandó retirar las lanchas de la orilla. Sioco, el lugarteniente del corsario, repartió a su vez el escuadrón que tenía a su cargo en tres grupos que avanzaron por la playa, el río y el centro de la ciudad. El resto esperó en la retaguardia. Los españoles se encerraron en el fuerte y Lavezaris no dejó salir a nadie.

                  La batalla comenzó. Los chinos arrastraban consigo numerosos y pesados artificios de fuego de los que salían unas bolas ardientes que quemaban la madera y todo lo que cogían en su vuelo. Los soldados, parapetados tras los troncos de la empalizada, comenzaron a disparar sus arcabuces causando muchas bajas en el bando contrario pero Sioco azuzaba a sus hombres sin piedad; a quienes se iban rezagando los azotaba con un látigo que sostenía en su mano izquierda, con la derecha apuntaba el arcabuz. Los piratas avanzaban por todos los frentes sin resistencia y fueron a concentrarse en el fuerte. Los españoles en franca minoría seguían disparando contra los que trepaban por el muro. El fuego alcanzó las Casas Reales, los heridos se acumulaban en el interior, no había tiempo para recogerlos y mucho menos curarlos. Las mujeres dejaron de rasgar enaguas y vestidos y concentraron sus esfuerzos en apagar las llamas que iban avivándose amenazando con quemarlos a todos. Sioco alentaba a su gente que, gritando feroces, empujaban con un tronco la puerta principal de la fortaleza hasta que cedió. Los Castilla quedaron al descubierto y se apresuraron a pelear cuerpo a cuerpo mientras se replegaban hacia el cercado de tablas y arena que habían levantado en el centro de la plaza, Los niños lloraban, los cadáveres caían, los frailes rezaban, las mujeres arremetían con las espadas que los heridos abandonaban. Un grupo de soldados españoles, dirigidos por Juan de Salcedo, logró atrancar la puerta de nuevo; unos quinientos chinos quedaron atrapados y fueron rematados sin mucho peligro.

                  Sioco fue uno de los que quedaron cercados y sintió demasiado tarde el zumbido de la bala que le explotó en el corazón. La sangre le salía a borbotones por la herida, sujetándose el pecho avanzó cuatro pasos hasta derrumbarse sobre Fray Martín de la Rada. Sin la dirección del capitán nipón, los piratas se desconcertaron; los que llegaban a lo alto del muro veían caer a sus compañeros acuchillados y comenzaron a dar marcha atrás. Cuando los corsarios del interior fueron derrotados, Lavezaris abrió la puerta del fuerte y gritó que los persiguieran hasta la playa.


                  El asalto duró desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Envalentonados por su inesperado triunfo, los Castilla salieron chillando en persecución de los que retrocedían en dirección al mar. Los piratas enfurecidos quemaron todas las casas. El Monasterio de San Agustín, donde se guardaban las únicas obras de arte de las islas y algunos documentos importantes, fue pasto de las llamas.


                  En cuanto tuvo noticia de la muerte de Sioco, Li- Ma-Hong llamó a uno de los bateles y regresó a su guarida en alta mar. Sus hombres llegaron a la playa pero las lanchas no estaban esperando para salvarlos, solos y abandonados no pudieron hacer otra cosa que batirse en la arena contra los soldados que los perseguían. Los que pudieron se escondieron entre los matorrales de la jungla. Sabían que el temido corsario no mandaría las barcas hasta que hubiera oscurecido para evitar que los Castilla tomaran alguna de ellas y se acercaran hasta su refugio. Los españoles celebraron la victoria. De madrugada sonaron las campanas llamando a los vencidos que sigilosamente salieron de la espesura con miedo. Los muertos eran incontables. El amanecer del 3 de diciembre de 1.574 descubrió un horizonte limpio de velas asesinas.

                  ASALTO A MANILA 4

                  Lavezaris no dudó de la veracidad del relato. Sabía de la ferocidad que eran capaces de desplegar sus vecinos del reino de China, y si ese Li-Ma-Hong era temido por ellos, mucho más debían de cuidarse ellos que apenas eran unos pocos soldados en un terreno sin fortificar. Cuando regresaron los soldados, Lavezaris separó a los hombres en dos grupos, envió al primer grupo a la selva para recoger a los que andaban escondidos y llevarlos de vuelta al fuerte para refugiarlos. El segundo comenzó sin demora a quitar la paja y las palmas de los tejados y a llenar con arena barriles, sacos, cajas. Se trataba de hacer un cercado en medio de la plaza del fuerte.
                  La noche llegó, la selva se cerraba en torno a los huidos que habían perdido el sentido de orientación para volver a sus casas; los Castilla los iban agrupando y los acercaban hasta la orilla del río Pasig para que, siguiendo su cauce, llegaran hasta la fortaleza, pero la labor era complicada. El poder de los soldados españoles en aquellas tierras era todavía muy débil. Las tribus se rebelaban un día sí y otro también, y se oponían a la invasión. El poder de los Castilla se basaba en aquellos primeros años en la defensa que hacían en algunas zonas de Filipinas contra los moros, los indígenas preferían esa defensa española a caer en manos de los musulmanes. Otra base de la conquista fue la pacificación de las luchas tribales. Las islas Filipinas eran un conglomerado de cientos de tribus, razas, idiomas y costumbres.
                  La base de la conquista era frágil, muy frágil, por eso en aquella noche de finales de noviembre, la mayoría de los indígenas que vivían en Manila, al ver que el número de invasores chinos era muy superior, decidieron rebelarse a la autoridad castellana y se negaron a ayudar a los soldados. Muchos pensaron que había llegado el momento de ver cómo aquellos altivos extranjeros eran vencidos y se volvían a su tierra. No sabían que los chinos se habían replegado pero decidieron ayudarles en aquella lucha que había comenzado. No tenían armas, pero tiraban piedras a los soldados que los buscaban en la espesura y se reían de ellos. Un grupo de indios acorraló a dos frailes y, con agua hirviendo, los bautizaron entre risas. Los agustinos rezaban intentando no gritar mientras sentían el dolor lacerante de las quemaduras que les produjeron en la cabeza y la cara. Otros, alentados por el desconcierto de los españoles, que no comprendían la actitud de los hasta entonces pacíficos indios, asaltaron las iglesias y realizaron sacrificios paganos en los altares, matando carneros, rompiendo las imágenes de los santos, quebrando las cruces y bebiendo licores en los cálices.
                  En medio del caos, tres soldados castellanos entraron en la asolada ciudad sin aliento. "Hemos llegado demasiado tarde" se lamentaban con rabia. Corriendo entre los cadáveres que alfombraban las calles, alcanzaron el fuerte. La puerta estaba abierta y por ella entraban y salían personas muy atareadas con carretillas llenas de arena; del río subían mujeres y niños que volvían de la jungla. La esposa de Guido de Lavezaris atendía a Lucía del Corral, la herida del cuello era profunda pero no mortal, "Has tenido mucha suerte, Lucía. Si no es por el Santo estarías muerta " decía mientras intentaba separar las manos de la mujer de la figura de San Antonio sin ningún éxito. Los tres soldados preguntaron por el gobernador, pero nadie sabía de su paradero. Después de dar vueltas durante más de una hora, lo hallaron dando sepultura con sus propias manos al cadáver mutilado de su buen amigo Martín de Goiti. Con la ayuda de un soldado había trasladado los restos calcinados hasta la planicie que se extendía a la derecha del fuerte y cavando sin descanso introdujeron en el hueco el cuerpo del maestre de campo. Los forasteros no se atrevieron a interrumpir tan delicada tarea y se unieron a los rezos del gobernador. Cuando la última pala de tierra tapó la sepultura. Lavezaris los miró con extrañeza.
                  - ¿No eres tú el sargento Gómez? - preguntó al alejarse del improvisado cementerio.
                  - Sí, señor. Traemos noticias, aunque hemos llegado demasiado tarde - contestó el muchacho con respeto.
                  - Habla, hijo. Espero que sean buenas - le indicó Lavezaris.
                  - El capitán Salcedo viene hacia aquí con cincuenta hombres. Debe de estar a punto de llegar -dijo con emoción.
                  - ¡Refuerzos! ¡Virgen Santísima, te pedí un milagro y ésta es tu respuesta!- Los brazos del gobernador se extendieron hacia el cielo. Pasado el primer instante de entusiasmo, posó una mirada interrogante en los recién llegados-. Pero ¿cómo lo habéis sabido? Nos han atacado a traición.
                  - La armada enemiga topó hace unos días con una galera de quince bancos que iba a Cagayán a proveerse de víveres. Ese demonio mató a todos los tripulantes, catorce hermanos españoles y cuatro indios amigos, y se quedó con la embarcación. El capitán Salcedo lo vio todo y comprendió que venían hacia Manila y no con buenas intenciones. Nos mandó a nosotros para que le adivirtiéramos mientras él juntaba a la tropa y emprendía camino por tierra desde Villa Fernandina. Pero la mala suerte se ha cebado con nosotros y el corsario nos acosó hasta que tuvimos que salirnos de la ruta y embarrancamos. Hemos estado dos días y dos noches andando sin respiro. Sentimos mucho no haber llegado a tiempo.
                  - ¡Dios Santo! De Villa Fernandina a Manila son casi ochenta leguas…
                  Lavezaris los obligó a descansar. "Seréis de más utilidad cuando hayáis comido y dormido. Según me han informado, el asalto no ha hecho sino empezar". La noche fue frenética y pasó como un suspiro. Las mujeres y los niños, que habían regresado de la selva, se unieron a las labores de construcción del cercado. La tensión se rebajó con algunos comentarios graciosos como " parece un corral de toros" o "¿cuándo empieza la corrida?". Lavezaris dejó que los hombres se relajaran con esos chistes y al amanecer dio la orden de enterrar los cadáveres, advirtiendo que en cuanto vieran a un pirata regresaran de inmediato al fuerte.
                  El 1 de diciembre transcurrió lento. Los piratas regresaron para llevarse a sus muertos sin acercarse lo suficiente a donde los esperaban los Castilla; no se disparó un solo tiro. Los soldados, encaramados a la empalizada, veían a los indígenas continuar con su particular fiesta. Algunos recogían cuerpos enemigos y los acercaban a la playa donde habían encendido varias piras para quemarlos. Lavezaris y sus hombres esperaban atentos e impacientes. El gobernador, al ver cómo se afanaban lejos de ellos los asaltantes, estableció turnos de descanso y dispuso que dos espías salieran a vigilar los movimientos de los piratas.
                  "No es normal esta calma”. “¿Qué pretenden esos infieles?” “Van a saber quiénes somos". “Mirad cómo se esconden esos cobardes”. “Tienen miedo los canallas". Los comentarios en el interior del fuerte se confundían con el llanto de los niños que pedían comida. Lavezaris se lamentaba de su poca previsión, no había avituallamiento, no el suficiente para resistir un largo asedio pero callaba bajo la mirada vigilante de su esposa que comprendía el temor de su marido. La oscuridad inundó la plaza y con ella se escucharon las cornetas de los refuerzos que llegaban capitaneados por Juan de Salcedo. Su aparición provocó que la tensión se quebrase en vítores y aplausos de todos los que estaban encerrados en el fuerte. Los cincuenta hombres hicieron su entrada flanqueados por dos filas de enloquecidos que los tocaban como si fueran ángeles caídos del cielo. El capitán Juan de Salcedo se retiró con Lavezaris, dejando que sus hombres descansaran y comieran.
                  - Querido Juan ¡qué alegría me da verte! - Lavezaris abrazó al nieto de su predecesor Miguel López de Legazpi. - Ha sido terrible. Una batalla como no he visto otra hace años.
                  - Ya me he dado cuenta al entrar, la sangre tiñe las calles como si fuese un manto. - Salcedo era joven, unos veinticinco años, pero muy experimentado. Hacia más de un lustro que había llegado de Acapulco con dos galeones para ayudar a su abuelo en la conquista de Luzón. Su talante conciliador, heredado del primer gobernador de Filipinas, había permitido que fuese respetado por todos, incluso por los que le doblaban la edad.
                  - Nos cogieron por sorpresa, Juan. Apenas quedaban doscientos hombres para defender Manila. Ha sido una masacre aunque hasta ahora la Divina Providencia nos ha ayudado. Hemos perdido a cincuenta hermanos pero ellos han tenido más de seiscientas bajas. Sin embargo, no confío tanto en el futuro. Mis espías han visto la flota que traen y aseguran que en ella pueden ir cuatro mil hombres... Si restamos las pérdidas que han tenido, aún debemos enfrentarnos a un enemigo muy superior. Van bien armados y son muy sanguinarios.- Lavezaris meneaba la cabeza con desesperación. - Nosotros seguimos siendo doscientos ahora que tú has llegado.
                  - He pensado que puedo emboscarme con alguno de los míos y atacarles por la espalda desde la selva. Ahí es más fácil escapar - comentó el capitán Salcedo.
                  - Ni se te ocurra, la jungla es más peligrosa... Los indios se han rebelado al comprobar nuestra inferioridad y están haciendo atrocidades. Me da miedo hasta contártelas. ¡Esos desagradecidos!
                  - ¿Se han rebelado? ¿Cómo puede ser eso? No podemos permitirlo. Manda un par de hombres para que secuestren a los jefes de las tribus que viven en Manila y que me los traigan. ¿Cómo pueden levantarse esos ingratos contra nosotros? Si lo consentimos, tendremos que marcharnos de estas tierras.

                  ASALTO A MANILA 3

                  Guido de Lavezaris desayunaba cuando los centinelas del fuerte le avisaron que unos enemigos habían invadido la ciudad. El gobernador, todavía un poco adormilado, no era capaz de comprender a los indios que aterrorizados se quitaban la palabra de la boca, cada uno decía una cosa y las más eran contradictorias. Alarmado pero sin saber la dimensión real de la agresión subió a una de las torres de vigilancia del fuerte y contempló el humo que ascendía de la casa del maestre de campo y de otras de los alrededores. Comprobando que era cierto que alguien pretendía tomarles por la fuerza, mandó al Capitán Alonso Velázquez y a doce hombres que salieran al encuentro de los intrusos y les cortaran el paso. El capitán y el reducido escuadrón enfilaron por la calle de los Agustinos, como se conocía a la vía central de Manila, y Lavezaris cerró el portón del fuerte. Los trece hombres alcanzaron a los corsarios que ascendían hacia su posición a la altura del Monasterio de San Agustín y allí tuvo lugar la primera refriega. Los soldados españoles quienes se llamaban los Castilla estaban en franca desventaja, trece hombres contra un ejército de piratas chinos tenían todas las de perder, pero a veces la suerte se alía del lado del más débil. Ante la inferioridad numérica no les quedó más remedio que echar mano de su valor y arrojo y multiplicarse como por encanto. El primer recuento de víctimas, cincuenta piratas rematados frente a la iglesia, les infundió esperanzas. El gobernador, que seguía la contienda desde la torre, empezó a valorar la cruenta invasión en que estaban inmersos y envió más hombres a pelear.

                  Los grupos de españoles se veían asaltados en cada esquina por los feroces corsarios. No contaba Lavezaris con más de doscientos hombres en aquel lugar. La población de Manila asustada abandonaba la ciudad hacia la jungla arrastrando heridos. Sin embargo, el asalto no tuvo éxito. Los arcabuces españoles no erraban tiro y al mediodía, Manila estaba sembrada de cadáveres. La sangre teñía la arena de la playa hacia donde se replegaban las fuerzas invasoras sorprendidas de una defensa tan tenaz y valiente. Las barcas les esperaban y los hombres que habían sobrevivido montaron en ellas para regresar a su escondite e informar a su jefe.

                  Un silencio de muerte sobrevoló Manila esa tarde del 30 de noviembre de 1.574. Los soldados recogieron los cuerpos destrozados de cincuenta Castillas y contaron más de seiscientos enemigos abatidos. El gobernador Lavezaris, consternado, daba vueltas por su despacho sin saber muy bien qué hacer. Cuando llegó el anochecer, recibió una inesperada visita. El contador real, Andrés de Cauchela, entró manchado con sangre reseca y una mano herida y acompañado del capitán chino con el que estaba hablando la tarde anterior. Lavezaris pegó un respingo cuando vio al visitante, Cauchela lo tranquilizó.
                  - No te preocupes, Guido. Te presento al capitán Sinsay, amigo nuestro. Quiere advertirnos del modo de actuar del enemigo que nos acosa.
                  Los hombres se estrecharon la mano y Lavezaris señaló dos sillas de madera que había frente a la mesa.
                  - El capitán Sinsay - continuó Andrés de Cauchela- es un buen amigo. Doy fe de ello pues hace varios años que mantengo contacto con él. Conoce al causante de todo este sufrimiento. Es un conocido corsario chino que responde al nombre de Li-Ma-Hong, acérrimo enemigo del Rey de China, que ha provocado en su tierra grandes alborotos. - El capitán sangley asentía con la cabeza a las palabras de Cauchela. - En el Reino de China tienen puesto precio a su cabeza. Al parecer, Li- Ma- Hong nació en la ciudad de Trucheo, en el seno de una buena familia. Un corsario amigo de sus padres lo tomó bajo su protección cuando aún era un niño y le enseñó las artes de hacer la guerra. Es muy inteligente y feroz. - Cauchela tomó aire y Lavezaris le hizo un gesto para que prosiguiera-. Con sólo cien navíos y tres mil hombres desbarató a la Armada Real de China compuesta por más de mil doscientos navíos y cien mil soldados. Una vez rehecha, la Armada lo combatió y derrotó, pero no del todo; Li- Ma- Hong consiguió huir y se apoderó de las naves que había fondeadas en Fukien. Con ellas se dirigió a la Isla de Lu para pelear con un corsario, enemigo suyo, llamado Lintoquian al que arrebató cincuenta y siete navíos. Acosado por la Armada Real, que le seguía la pista, luchó contra ellos, los venció y decidió descansar un tiempo en la Isla de Tacoatican. Allí se le pierde la pista, hasta hoy. Según el capitán Sinsay, Li- Ma- Hong siempre ha querido unas tierras para erigirse rey de ellas y establecer un refugio permanente. Sinsay considera que el asalto de esta mañana da a entender que las tierras elegidas son éstas.
                  Lavezaris era un hombre prudente. Los años le habían llevado a ser cauteloso. No le asustaba el peligro, había recorrido el mundo luchando contra todo tipo de adversidades, incluso había conseguido escapar de la isla de Ambon, en Indonesia, donde los portugueses tenían una prisión. Pero en esta ocasión, ante la descripción de la misteriosa figura que había dirigido el ataque a su ciudad, escuchaba alarmado. En ningún momento de la intensa jornada que había vivido había pensado que el enemigo fuera tan peligroso. Y el relato no había terminado.

                  - No es por asustarte, Guido, pero entre las hazañas de ese mal nacido se cuenta que en una ciudad de China pasó a cuchillo, en un sólo día, a cien mil personas. Nada le detiene. Viaja con buen armamento, fuertes navíos e, incluso, con mujeres y niños. Gobierna su flota como si se tratara de una fortaleza. Orden y control. Según Sinsay, lo de hoy ha sido una primera toma de contacto. Li- Ma- Hong regresará con más guerreros. Aconseja que nos fortifiquemos y quitemos la paja de los tejados.

                  ASALTO A MANILA 2

                  Desconocedores del peligro que les acechaba, el gobernador y el maestre de campo seguían con su tranquila charla en el fuerte que dominaba la ciudad de Manila. El licor de arroz iba haciendo su efecto.
                  - ¿Cómo será el nuevo gobernador? - preguntaba, con las mejillas encendidas, Martín de Goiti.
                  - No lo sé, nadie lo conoce. Viene de Nueva España, lleva varios años como oídor de la Audiencia de México. Debe ser joven. Eso es lo que se necesita en estas tierras, sangre fresca e inquieta; yo ya estoy muy viejo para estos menesteres – dijo Lavezaris poniendo un poco más de licor en las copas. - Desde que murió nuestro querido compañero, Miguel López de Legazpi, he intentado ejercer el cargo de gobernador lo mejor posible, pero tengo muchos años... ¡Ay, Martín, nosotros hemos luchado ya demasiado! Tengo ganas de descansar, retirarme a mis tierras y disfrutar un poco de la vejez que está llamando a mi puerta. Sólo con lo que rinden las encomiendas de Bitis y Lubao mi mujer y yo podemos tener un retiro tranquilo, y que los jóvenes, como el nuevo gobernador, peleen como nosotros hicimos.

                  - Sí, Guido, tienes muchísima razón. Lucía me dice lo mismo: "Martín, tienes que descansar que tu cuerpo ya no es el de un jovencito". Y es verdad, debería tomarme un respiro, llevamos tantos años luchando por esas tierras… tantos…- Su voz abotargada se fue perdiendo.
                  - Ya se me olvidan, amigo. Llegamos en el sesenta y cinco a Cebú. Fueron buenos tiempos aquellos. - Los ojos de Lavezaris se humedecieron. - Las tribus se sometían con facilidad, aunque todo se debió a Legazpi, a su buen hacer con los jefes de las islas. Fue un acierto garantizar la defensa contra los moros y poner paz a las disputas de los poblados rivales. Si no hubiera sido por los portugueses y su empeño en que nos marcháramos, no habría habido conquista más rápida que la de Filipinas, y sin derramamiento de sangre. ¡Hasta siete requerimientos nos mandaron esos bastardos! - ¿Te acuerdas cuando llegamos a Manila? – preguntó con melancolía Goiti.
                  - ¿Cómo lo voy a olvidar? Siempre recordaré el 19 de mayo de 1.571 cuando fundamos esta ciudad. No había nada, unas cuantas cabañas y este fuerte que les quitamos a los moros. Y el día de San Juan de aquel año… Legazpi, alegre, el primer gobernador de la capital de Filipinas repartiendo nuestros cargos y delimitando la ciudad. Parece que lo estoy viendo. ¡Lástima que su proyecto esté todavía incompleto! Con los pocos medios que nos llegan del Imperio, no hemos podido ni hacer la empalizada. ..
                  - ¡Cómo echo de menos a Legazpi! Su integridad, su valor... Aún lloro cuando pienso en sumuerte. Fue tan rápida…

                  Unos golpes en la puerta les hicieron levantar la cabeza y dejar de lado los recuerdos. Una mujer alta y morena, todavía joven, entró mirando con indulgencia a las sombras que bebían.
                  - Sabía que te iba a encontrar aquí.- Su tono, al contrario que sus ojos, era de reproche-. Sois como niños, no os habéis dado cuenta de que no hay luz. Ni una triste vela encendida. Claro que para emborracharse no hace falta ver. - Dio un tirón a la camisa de Martín de Goiti, su marido. - Vamos, que ya es muy tarde.

                  Lavezaris se levantó para despedirse. Goiti protestaba "Lucía, te he dicho mil veces que no entres cuando estoy reunido con el gobernador". "¿Reunido?" contestó en tono irónico Lucía del Corral mientras, guiñando un ojo a Lavezaris, se llevaba a su esposo hacia su casa situada en el extremo opuesto de la ciudad. La noche era desapacible. Fuertes ráfagas de aire enredaban la falda a sus piernas, impidiéndole caminar deprisa.

                  El mar rugió toda la noche pero a las cuatro de la madrugada una calma total inundó la bahía. La ciudad dormía. Detrás de la Isla del Corregidor comenzó de nuevo la actividad, los bateles volvieron a caer al agua con un chapoteo profundo y los soldados descendieron hasta ellos. La luna resplandeciente iluminaba la superficie plateada y no fue necesario encender las teas cuyos reflejos pudieran haberlos delatado. Sin contratiempos, esta vez, las proas de las lanchas tocaron la arena de la Playa de Parañaque. Se precisaron varios viajes para llevar a tierra a los mil quinientos corsarios que se disponían a arrasar Manila. El capitán japonés Sioco, armado con espada, látigo, arcabuz y cota de malla, dirigía la operación. Su jefe, el jefe de todos, observaba el desembarco desde el navío principal; tenía una gran confianza en sus hombres, estaba convencido de que el asalto sería un triunfo rápido, no hacía falta que él se expusiera.

                  Algunos indígenas se despertaron con los ruidos que procedían de la playa y, asustados, vieron a los chinos prepararse para entrar en la ciudad. Despavoridos comenzaron a huir, unos hacia la selva para evitar toparse con los piratas, otros hacia Manila para avisar a los soldados. Sioco se percató de que habían sido descubiertos y dio la orden de avanzar; los que faltaban por llegar se unirían después, no podía permitir que la sorpresa se desvelase y los españoles tuvieran tiempo de ponerse en guardia. Destrozaron algunas chozas para ir entrando en calor y gritaban amedrentando a los indios. Les divertía ver correr a niños y mujeres, se reían. Los gritos y los primeros indios llegaron a la vez a la casa del maestre de campo, situaden el extremo sur de la población; una casa de madera y palma, alzada sobre troncos.


                  Lucía del Corral se encontraba, con las mujeres de los soldados que compartían con ellos la vivienda, preparando el desayuno. El alegre parloteo cesó al descubrir entre la maleza a los primeros piratas que empuñando las espadas azuzaban a los indígenas quienes, si se detenían, corrían el riesgo de quedarse clavados en ellas. Las mujeres gritaron llamaron a sus maridos. Martín de Goiti estaba en la cama cuando un agudo "Martín" lo sacó del profundo sueño en el que el licor de arroz lo había sumido. Los cuatro soldados pegaron un salto hacia sus armas. Los corsarios chinos seguían su avance pasando a pocos metros de la casa. Lucía que era una mujer guerrera, sin miedo, les gritó con furia: "Andad, perros, que todos habéis de morir hoy". Su voz tuvo el desafortunado efecto de atraer la atención de los piratas. Señalaron con los puñales a la mujer y se fueron directos hacia ella. Lucía, temblorosa, entró al comedor y cogió la imagen de San Antonio de la repisa, la abrazó y golpeó con el santo al furioso chino que se atrevió a asomar su cabeza por la puerta. Aturdido por el golpe no sintió a Martín de Goiti que en calzones había salido del dormitorio con la espada en una mano; el peso del acero cayó y la cabeza del invasor quedó colgando del cuerpo que se retorcía con los últimos espasmos de la muerte. Varios compañeros del agonizante penetraron y los avisos de Lucía y las demás mujeres no pudieron impedir que cayeran implacables sobre Martín de Goiti. Los soldados castellanos peleaban fuera pero les duplicaban en número. Lucía, aferrada todavía a la imagen del santo, luchaba con los enemigos que querían robarle la cadena de oro con una medalla de la Virgen del Carmen que colgaba sobre su pecho. Cansados del forcejeo, un puñal dio un tajo en la garganta pero tropezó con la cabeza de San Antonio y, en vez de cortar el cuello de Lucía, decapitó al santo. El fuego prendió con rapidez en la madera y las hojas de palma; las mujeres de los soldados quedaron tendidas en el suelo. Lucía, desvanecida por la herida, se salvó de ver a los corsarios cortar la nariz, las orejas y el miembro de su marido. Aquellos bárbaros se repartían sus despojos como botín triunfal. Las paredes ardieron y se desprendió el techo inundando de chispas la habitación. Los enemigos, satisfechos por haber comenzado la verdadera batalla, se dirigieron al centro de la ciudad. Uno de los soldados de Castilla, malherido, se abrió paso entre las llamas y arrastró a Lucía al exterior apagando con sus manos las lenguas de fuego que quemaban las enaguas de la mujer.

                  ASALTO A MANILA 1

                  La tarde a pesar del viento era tranquila en Manila aquel 29 de noviembre de 1.574. Los cargadores del puerto se afanaban en completar la tarea para ir a descansar a sus casas. El maestre de campo, Martín de Goiti, paseaba en compañía del gobernador, Guido de Lavezaris, contemplando los barcos del vecino Reino de China los cuales amarrados se balanceaban por las olas que el aire levantaba en la laguna. Estaban de acuerdo en que esa noche iba a haber tormenta. Saludaron con la mano a Andrés de Cauchela y Salvador de Aldave, oficiales reales de Filipinas, que hablaban animadamente con un capitán chino muy elegante. El sol brillaba en lo alto pero pronto descendería. "¡Qué rápido se hace de noche en estas islas!" comentaba Martín de Goiti a su buen amigo Lavezaris. Éste asentía posando la mirada en dos frailes que andaban en sentido contrario al suyo. "Hay que pensar en mandar una embajada a China. Nuestras relaciones comerciales cada día van mejor" le dijo mientras inclinaba respetuoso su cabeza en señal de saludo a los dos agustinos. "Sí, estoy de acuerdo. Los lazos que nos unen a los chinos se estrechan por momentos. Saben que, mientras estemos aquí, no tienen nada que temer de los moros. Habrá que pensar en una embajada de paz". Martín de Goiti tosió y pidió perdón a su acompañante. "Creo que me voy a meter en la cama esta noche y no voy a salir en un par de días, hasta que se me quite este maldito resfriado". Lavezaris sonrió. "Lo mejor que podemos hacer es tomarnos una copa de vino o de ese licor de arroz tan fuerte que nos regalan cada vez que llega uno de esos barcos".


                  Andando pausados se fueron acercando hasta el fuerte donde vivía el gobernador y atravesaron el patio hasta las Casas Reales que estaban en el centro. "Guido,- comentó Martín de Goiti- esto no le va a gustar al nuevo gobernador. Un hombre que lleva varios años en México debe de estar acostumbrado a algunos pequeños lujos y la minúscula habitación que usas para despachar los asuntos oficiales le va a parecer una pocilga. Si por lo menos ordenaras los papeles…" El maestre de campo empezó a reír a carcajadas, la hilaridad le produjo un nuevo acceso de tos que amenazó con partirle el pecho. "Anda, toma Martín, que te vas a morir en cualquier momento como no te cuides". El maestre de campo cogió la copa de licor sangley y se la bebió de un trago, el fuego le bajó por el esófago calmándole las convulsiones. "Ésta es la mejor medicina, pero no se lo digas a mi mujer." La luz comenzaba a aflojar y apenas entraba por el ventanuco del cuarto.

                  Setenta navíos de guerra se escondían a los ojos de Manila detrás de la Isla del Corregidor, unas dos leguas los separaban de la playa de Paañaque. Cuatrocientos hombres esperaban la orden de partida en varios bateles. No se oía una voz, tan sólo el rugir del mar que se agitaba por momentos haciendo peligrar la estabilidad de las barcas cargadas en exceso con hombres armados. Un toque de campaña los puso en movimiento, los remos peleaban con el agua y comenzaron a dar la vuelta a la isla, las olas se agrandaron, un primer batel volcó. Los hombres, expertos nadadores, intentaron darle la vuelta para montar de nuevo en él, pero la corriente hacía inútiles sus esfuerzos. Una gran ola elevó la barca y la estrelló contra las rocas, dos hombres no pudieron soltarse a tiempo y los gritos, al chocar sus cuerpos contra las aristas de las piedras, se oyeron por encima del sordo golpetear de los remos de las otras lanchas. Nadie fue a ayudarles. Los restantes náufragos nadaron hacia uno de los galeones que había tirado por la borda las escalas de cuerda y, como hormigas, comenzaron el ascenso. A lo lejos otra barca dio la vuelta cayendo sus ocupantes al mar embravecido. El viento azotaba los barcos escondidos tras la isla, la campana llamó a retirada a los bateles que, lentamente, iniciaron el regreso a los grandes buques, un tercer bote perdió el equilibrio. Las escalas colgaban de los costados de los navíos y los soldados, con gran habilidad, treparon por ellas. La noche estaba cercana, casi no había luz.

                  Los primeros de Filipinas en una novela por entregas

                  Hace años con intención de escribir una novela histórica tuve la suerte de investigar durante varios meses en el Archivo de Indias de Sevilla. Allí hay guardada gran parte de la historia de España, de la conquista de América. Entonces no existía todavía eso que ahora tan obvio nos parece que es la digitalización. Tuve en mis manos las auténticas cartas que se enviaban hace siglos, algunas casi se deshacían en las manos. Es increíble cómo aquellos hombres detallaban todo hasta cuántos tornillos iban en cada barco. No sabía muy bien sobre qué época escribir, tampoco qué historia contar. Mi primera idea era investigar y ver algo sobre México, Colombia. Pero se cruzó en mi investigación la palabra Filipinas, allí estaban también todos los documentos relativos a la conquista de esa parte tan olvidada del Imperio de Felipe II, enamorada como soy del mundo oriental supe al instante que tenía mi historia. Pronto me familiaricé con nombres como Legazpi, el doctor Sande, Martín de Goiti o Andrés de Cauchela. Tras meses de investigación me senté a escribir y salió una novela histórica y de aventuras que recoge lo que pasó en aquellas islas durante 5 años, de 1575 a 1580. Manila apenas era un conjunto de chozas, estaba amenazada por un pirata chino que volvió loco a su Reino, se llamaba Li.Ma-Hong. Junté datos reales con otros novelados.
                  Una vez acabada la envié a un par de concursos, que evidentemente no ganó, y se me olvidó su existencia. Hoy se me ha ocurrido utilizar este blog como una herramienta para que aquellos interesados en la historia de ese país puedan saber cómo fueron sus comienzos de una manera espero que amena. A la vez la pongo´a vuestra disposición como se hacía antes, por entregas.