jueves, 29 de diciembre de 2011

EL REINO DE CHINA 5

El amanecer encontró a los soldados españoles llorando. Agotados por el cerco y muchos de ellos además enfermos gemían al contemplar con la fría luz del alba la burla de la que habían sido objeto. El capitán Salcedo, sin disimular su rabia, destrozaba los hangares con techo de ramas que habían cobijado los trabajos del enemigo. Los soldados tocaban con las manos los muros partidos que desembocaban en las zanjas llenas del agua que había inundado parte del fuerte. Así intentaban convencerse de que todo era realidad y no un mal sueño colectivo. "Malditos sean" gritaba Pedro de Chaves. "El infierno los espera a todos" replicaba con impotencia el sargento mayor Antonio Hurtado. El capitán de la Haya y el Padre Alburquerque mandaron a algunos soldados que recogieran los cadáveres de los vigilantes y prepararan fosas para darles cristiana sepultura. Al final de la mañana el capitán Salcedo gritó con todas sus fuerzas "quemad el fuerte, que no quede en pie ni una madera".

Pero no podían quedarse de brazos cruzados. El maestre de campo organizó la persecución. Él iría con cien hombres por mar para hostigar a los huidos y no darles oportunidad de desembarcar en las costas de Luzón, el resto de las fuerzas regresarían por tierra a Manila.
 
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La embajada de paz continuaba disfrutando en Ucheo de la hospitalidad y generosidad de sus anfitriones. Los agustinos se perdían en ensoñaciones sobre la cantidad de almas que podrían salvar cuando les permitiesen empezar su verdadera tarea. El Padre Rada estaba encantado con las conversaciones que mantenía con los principales señores de la ciudad sobre navegación, arte y música. Su corazón se henchía de gozo al ver tangible y cercana la posibilidad de atraer a la única y cierta fe a aquellas personas cultivadas, tan distintas de los indios de Filipinas y de América.

Los españoles sabían que el virrey se había entrevistado con los gobernadores y alcaldes de su provincia pero nadie les avisó hasta el último segundo de las conclusiones de la reunión. A los chinos les pareció más acertado dejar la paz y la predicación para cuando los castilla entregaran a Li- Ma-Hong, vivo o muerto.

El 19 de agosto la embajada junto con Sinsay y Oumoncon, ascendidos a capitanes reales, asistió a un banquete en el palacio del virrey y éste les comunicó que mientras esperaban la contestación del Rey, que vivía en Pekín, era preferible que regresaran a Manila. Miguel de Luarca protestó siendo acallado por el conbun que le explicó que el viaje a Pekín era largo, casi tres meses, y que por tanto la respuesta no estaría de vuelta hasta después de seis meses. Con la sonrisa en los labios y las manos abiertas "les deseó un buen viaje y prometió que si regresaban los recibiría de nuevo con mucho gusto". Al término del ágape, el tesorero real leyó la lista de presentes que les daba: Cuarenta piezas de seda, una silla de hombros dorada, dos quitasoles de seda y dos caballos que esperaban en el puerto de Tonsuco para el gobernador Lavezaris y el capitán Salcedo. En dos cofres iban las cartas de contestación del conbun. Además, cuarenta piezas de seda para los oficiales y capitanes del cerco; para los soldados, trescientas mantas negras e igual número de quitasoles de seda; para los frailes, ocho piezas de seda y un quitasol. Sin permitirles replicar partieron alzados en las sillas hacia Tonsuco, puerto que alcanzaron el 30 de agosto.

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