miércoles, 28 de diciembre de 2011

EL REINO DE CHINA 4

Li – Ma –Hong no había cambiado sus costumbres aunque los españoles pensaran que sí, aunque creyeran que era imposible que ninguna nave se estuviera construyendo en el interior del cercado. Los castilla subestimaron al enemigo que era muy superior y experimentado. A finales de julio de 1.575, había acabado su nueva escuadra y la había ocultado a los ojos de los españoles por multitud de techos cubiertos por ramas de árboles. Durante varias noches, sus sicarios abrieron zanjas en los pantanos que rodeaban el fuerte y las iban tapando con hojarasca. Los ruidos de los pájaros de la selva disimulaban la labor apresurada de los piratas y los vigilantes no percibieron ninguna actividad inusual. Gran conocedor de las cosas de la mar, el corsario esperaba que se produjeran las mareas más altas del año, fenómeno que ocurriría entre los días 2 y 4 de agosto. Todo estaba dispuesto para la huída.

Durante la madrugada del 4 de agosto, el río creció inundando las tierras colindantes y llenando a rebosar los surcos que se habían abierto desde el fuerte hasta la orilla del Pangansinan. Tenían suficiente anchura para que pasaran las barcas que con diligencia habían ensamblado en los seis meses que estuvieron cercados. Li- Ma- Hong mandó una primera barca a la desembocadura para que hiciese un agujero en la verja de madera que los españoles habían colocado cerrando el paso. Con los machetes, diez hombres resquebrajaron los troncos que impedían la salida a mar abierto. Los vigilantes tampoco no oyeron nada y la oscuridad impidió que observaran los movimientos de los forajidos. Li- Ma- Hong, experimentado guerrero, ordenó que el boquete se abriera en el extremo más alejado de la fortaleza española para evitar ser descubiertos antes de tiempo y para que cuando esto ocurriera las balas no les alcanzaran debido a la anchura del cauce del Pangansinan. Cuando todo estuvo listo, tres salvas disparadas desde el cercado despertaron a la guarnición.
"¿Qué ha sido eso?", "¿Quién dispara?". La sorpresa no les permitió reaccionar con acierto. Al momento, la puerta del fuerte se abrió dando paso a los arcabuceros que dispararon a los puestos de vigilancia de los castilla. Un estruendo, como si el cielo se rajase, les hizo olvidarse de las armas. Las paredes del fuerte cayeron y comenzaron a salir las barcas, empujadas por piratas, flotando en las zanjas que el agua había anegado. Los hombres y mujeres, que quedaban dentro, disparaban a quien se movía mientras se acercaban a la orilla del río montando con rapidez en las lanchas que surgían de los laterales, como fantasmas. Sin demora, cualquier retraso era duramente castigado con latigazos, las pequeñas embarcaciones descendieron hacia el mar. Los españoles disparaban inútilmente en la oscuridad, las balas se perdían en chapoteos alejados de su blanco. El caos cundió entre los soldados castellanos. "Disparad, zoquetes, que se escapan". "No se ve a nadie". "Han matado a los centinelas". Las voces se confundían con la algarabía procedente de las barcas que escapaban, treinta y siete en total. Las lanchas atravesaron a remo la estacada, desplegaron las velas y se perdieron en la lejanía.

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