lunes, 26 de diciembre de 2011

EL REINO DE CHINA 2

Cuando a mitad del trayecto a Chincheo llegó un capitán con cuatrocientos soldados para escoltarles y dar a la embajada la solemnidad necesaria, el Padre Rada sabía todo lo necesario sobre la forma de ser y vivir de sus anfitriones. Miguel de Luarca y Pedro Sarmiento se divertían con las caras de Sinsay cuando sentía que el fraile se acercaba. La entrada de la comitiva en Chincheo, el 11 de julio de 1.575, fue recordada toda la vida por sus protagonistas. Salvas y cohetes anunciaron la inminente llegada de los invitados, el pueblo aclamaba a los visitantes y se postraba a su paso. Sin detenerse llegaron al monasterio bonzo que los iba a albergar. Apenas tuvieron tiempo de refrescarse cuando les comunicaron que el gobernador los recibiría esa misma tarde.
Los agustinos montaron de nuevo en sillas alzadas, adornadas con seda, plata y piedras preciosas; para los soldados esperaban seis magníficos caballos con las crines trenzadas, atadas con hilos dorados. La calle que llevaba al palacio del gobernador estaba franqueada por soldados con arcabuces, picas y libreas de seda; al entrar en el patio de la casa oficial, empezó a sonar música. Un par de hombres altos con las cabezas rapadas y una larga cola en la coronilla los condujeron a través de corredores con bastoneros vestidos de negro y amarillo y con alguaciles que lucían insignias de materiales preciosos hasta una pequeña capilla. Mientras esperaban que el gobernador los llamase a su presencia permanecieron en el templo que tenía un iluminado altar con varios ídolos. Oumoncon y Sinsay, respetuosos, encendieron dos varillas de incienso que cogieron de un pequeño cofre de madera labrada y se postraron ante la imagen de una diosa dorada con más de una docena de brazos. Fray Jerónimo Marín exclamó "es el demonio" al verla y se santiguó; ejemplo que siguieron sus compañeros, horrorizados al contemplar a aquella mujer deforme que sonreía rodeada de brazos que sujetaban collares y espadas. Fray Jerónimo Marín intentó salir hacia el patio pero las lanzas cruzadas de los guardianes se lo impidieron, cerró los ojos y sacó del bolsillo de su hábito un rosario empezando a rezar compulsivamente. El Padre Rada también cogió el suyo pero, más calmado que su hermano, fue orando mientras estudiaba con interés los ídolos que adornaban las restantes capillas. El repaso le reafirmó en su idea de que era preciso comenzar cuanto antes el adoctrinamiento de esos infieles por los que tenía un gran respeto después de haber comprobado las normas de funcionamiento del engranaje del reino.

La entrevista con el gobernador fue corta y desilusionó a los españoles. La sala de audiencias era muy grande. Cuando el inzantón, que así era llamado el cargo en chino, hizo su entrada los obligaron a arrodillarse. El capitán Sinsay tradujo sus palabras, que sonaron amables y de buena voluntad. Recogió las cartas de Lavezaris y Salcedo y unos esclavos pusieron a los pies de los visitantes dos piezas de seda para cada uno, ramilletes de plata y mantas para los esclavos. Tras esa corta visita, los despachó con cara risueña. La comitiva volvió a sus aposentos y no sabían qué hacer. Sinsay les dijo que esperaran, que descansaran y aprovecharan el tiempo para salir y conocer la ciudad. Unos días después llamaron a los soldados que venían de Pangansinan para que contaran las noticias que traían de Li- M-Hong. La entrevista fue también breve.
Pocos días después recibieron la noticia de que iban a partir para Ucheo donde se entrevistarían con el conbun. La noche antes de la partida fueron invitados a cenar por el gobernador. La música, la comida, y la amabilidad fascinaron a todos pero estaban impacientes por tratar el asunto que les había impelido a abandonar Manila. Miguel de Luarca solicitó a Sinsay que dijera al gobernador que desearían hablar del motivo de su visita y sus pretensiones. La cara del inzantón mostró la misma sonrisa que era habitual pero con un gesto de la mano declinó entrar en conversación sobre esos temas. Miguel de Luarca, enojado por tanta amabilidad, insistió y el gobernador respondió que era preferible que conversaran con el virrey.
- Ya me estoy cansando de tantos halagos ¿Somos soldados o señoritas?- comentaba Pedro Sarmiento a Miguel de Luarca y Nicolás Cuenca, la hoguera del campamento chisporroteaba.
    Habían salido los tres de la tienda de seda que los esclavos montaban cada noche para que descansaran y se protegieran de las bajas temperaturas. Dentro de ella permanecían los frailes conversando con Sinsay y Oumoncon. La conversación de los soldados a salvo de ser descubiertos por los capitanes chinos transcurría en voz baja.
    - No me fío de esos chinos, están todo el día sonriendo, nunca puedes adivinar por su cara qué están pensando. Es imposible mantener una conversación con ellos, sólo permiten que hablemos cuando les apetece y tienes que contestarles a lo que les interesa, nada más. Algo no me huele bien con esos capitanes, con Sinsay y Oumoncon ¿No te diste cuenta, Miguel, de las preguntas tan raras que nos hizo el gobernador sobre Li-Ma-Hong?
    - Sí, me di cuenta pero no consigo sacarle a Sinsay qué fue lo que ellos le contaron - contestó Luarca-. A lo mejor le dijeron que el cerco lo montaron ellos. Los chinos son muy avispados, algo esperan sacar de acompañarnos.
      Un crujido en la hierba hizo que se callaran e instintivamente llevaron sus manos hacia las espadas. Juan de Triana apareció entre los árboles.

      - Tranquilos que soy yo -dijo poniendo sus manos en alto. - Vaya, si estáis solos, creo que es la primera vez que esos dos espías no están poniendo la oreja a lo que hablamos.
      - Tú también lo has notado - señaló Pedro Sarmiento.
      - ¿Cómo no me voy a dar cuenta? Si nos persiguen hasta cuando vamos a mear. Me ponen nerviosos, un día les voy a dar un buen puñetazo.
        La tela que cubría la puerta de la tienda se levantó y Sinsay salió mirando a todos los lados. Se acercó al grupo de la hoguera mientras musitaba " muchas preguntas para mí, fraile hacer muchas preguntas". Su sonrisa se mantuvo a pesar de la fría acogida que le dispensaron los soldados; sin darse por aludido, se sentó junto a Luarca y comenzó a hablar.

        No hay comentarios:

        Publicar un comentario en la entrada